El amor, el dandysmo y la intriga

Part 5

Chapter 54,174 wordsPublic domain

--Es un abate que ha venido con una señora. Se han inscrito en el hotel así: «La duquesa de Catalfano y el abate Girovanna».

Al día siguiente, el abate me volvió a hablar y me dijo que la duquesa tenía interés en conocerme. No comprendí qué interés podía ser el suyo, pero fuí con el abate al cuarto de la duquesa.

Era ésta una mujer de unos cuarenta años, con la cara larga y marchita, la nariz también larga, el color muy pálido, los labios muy finos, con las comisuras para abajo. Tenía un aire de galgo, un tipo muy aristocrático; se manifestaba muy lánguida, muy amable y como sumida en una profunda tristeza. Toda su vida estaba en los ojos, unos ojos claros, profundos y enigmáticos que miraban muy atentamente, con una fijeza de felino.

Hablamos un instante la duquesa y yo, y al salir de su habitación el abate Girovanna se despidió de mí con grandes demostraciones de amistad.

Volví a interrogar al mozo acerca de aquellos extraños personajes. Me dijo que la duquesa vivía alternativamente en Nápoles, en Niza y en París, y que el abate Girovanna hacía las veces de secretario o de mayordomo, aunque en sus relaciones con la duquesa más parecía el amo.

UN HOMBRE EXTRAÑO

Al día siguiente, el abate Girovanna fué a mi oficina y estuvo charlando largamente conmigo. Hablaba español muy bien, aunque en su conversación mezclaba palabras de italiano y de francés. Me invitó a dar una vuelta; fuimos paseando por los arcos hasta la catedral, tomamos hacia la muralla, y por el Rempart Lachepaillet salimos a la Puerta de España.

Me habló de las torres que había habido antiguamente en Bayona y me indicó los sitios por donde pasaba la muralla galorromana.

--Vamos a seguir un poco hacia San Pedro de Irube--dijo--. Este camino se conocía antes con el nombre de camino de los Agotes.

Luego vi que, efectivamente, así era.

El abate me dijo que se llamaba Jenaro Girovanna y que había nacido en Nápoles, aunque se consideraba cosmopolita. Me asombró. Era un hombre inquieto y turbulento. Sabía diez o doce idiomas. Su cabeza no regía bien: discurría a veces con buen sentido, pero de pronto desbarraba. Me dijo que era botánico y médico; me habló de todos los países del mundo, y me contó unas cosas que me dejaron espantado.

Según él, en los últimos tiempos, en las cortes de Roma, de Nápoles, de Viena y de Madrid se había envenenado mucho.

--No lo creo--le dije yo.

--No sea usted _naívo_--me contestó él--. Está probado. Muchos príncipes, palaciegos y cardenales han muerto envenenados.

--¿Y se sigue envenenando?

--No; porque ha habido un químico inglés, Marsh, que ha descubierto hace un par de años un aparato que revela los rastros del arsénico, y el arsénico era el veneno más usado.

El abate Girovanna me contó una porción de casos de envenenamiento, y sólo se interrumpió a la vuelta de nuestro paseo para mirar con curiosidad un escaparate de una tienda de ultramarinos de la calle de España, que no tenía nada de curioso.

Al día siguiente, el abate volvió a mi oficina, y salimos a pasear hacia Anglet.

El abate me interesaba cada vez más. Yo no he conocido un hombre más sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tenía una ciencia de benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de conocimientos.

A esto unía una versatilidad de mujer histérica y una imaginación de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La historia la conocía al dedillo; se ponía a hablar de geología y explicaba la formación de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista; de esto pasaba a la política o a los idiomas, y se veía que no sólo sabía de todo, sino que tenía de la mayoría de las cosas una idea propia y original.

Sabiendo que yo era vasco me habló del vascuence y me explicó una porción de particularidades del idioma que yo ignoraba.

El abate tenía unas opiniones radicales. Decía que el cristianismo y los bárbaros del Norte habían perdido el mundo.

Para Girovanna todas las extravagancias de la época tenían una gran importancia: la frenología, el magnetismo animal, la necromancia. Creía también, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que existieran elixires de larga vida y bebedizos hechos con sangre de niño. Hablando de esto expuso la teoría de que la sangre fresca, fuerte, debía emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres superiores.

Cada vez que le veía al abate mostraba una nueva faceta. Resultó que era también algo ventrílocuo y prestidigitador. Lo más curioso suyo era el rápido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegría a la tristeza, y de la risa casi al llanto, sin tránsito apenas.

A mí me producía una mezcla de atracción y de horror. Algún día no apareció; luego me dijo, más tarde, que a veces tenía dolores muy fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba opio.

Sus observaciones frenológicas eran muy curiosas; de repente cambiaba de aspecto y se notaba que experimentaba una gran curiosidad o una gran repulsión por una persona en cuya cabeza había visto algún signo que le desagradaba.

--Tiene usted la sagacidad comparativa--me dijo una vez.

--Y eso, ¿en qué se distingue?

--En esa protuberancia de en medio de la frente.

Yo, no sé por qué, no creía en esto gran cosa, y se lo dije.

--Pues hay algo de verdad--replicó él--. Fíjese usted en los hombres valientes, decididos, que tienen condiciones para la música y las matemáticas. Verá usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas, en los historiadores, no verá usted con frecuencia esas cabezas, sino cabezas largas, con la frente prominente.

--¿Y yo qué clase de hombre soy, según usted?

--Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en usted fuertes que corrigen su sensualidad.

--¿Y son?

--La intuición y la lógica. Usted no hará grandes tonterías; si las hace será llevado por el orgullo o por la curiosidad, impulsado por una pasión intelectual, pero nunca por el instinto ciego.

A la semana de conocerme, el abate me dió un frasquito que contenía un narcótico.

--Guárdelo usted--me dijo--; a veces se encuentra uno con una persona que estorba. Se le dan unas gotas de este licor en un vino _capitoso_, y ya lo tiene usted fuera de combate.

Hice la prueba dándole unas gotas en un terrón de azúcar al perro del hotel, que se quedó durante muchas horas dormido. En vista de la eficacia del narcótico me decidí a llevar siempre el frasquito en el chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pensé que estaría viejo y lo tiré.

UNA PROPOSICIÓN

A los diez o doce días de conocerle, el abate me propuso ser secretario de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar demasiado nervioso. Me daría quinientos francos al mes y todos los gastos pagados. Tendría en perspectiva una vida espléndida, viajes, gran mundo, trato con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad de la duquesa me mostró un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que ella le había regalado.

Yo, pensando en Aviraneta, le contesté que tenía que consultar con mi padre.

--¿Para qué? Los padres nunca saben dar buenos consejos...; pero, en fin, haga usted lo que quiera.

Estaba indeciso; la proposición me halagaba extraordinariamente. No sabía qué hacer, y me decidí a explicar el asunto a Delfina.

Ella me dijo que le parecía una imprudencia el seguir a la duquesa y al abate, que probablemente serían unos aventureros.

--Es muy extraño--añadió ella--que le hagan un ofrecimiento así, sin motivo alguno, y sin conocerle. Por lo menos, entérese usted de quiénes son.

El consejo era bueno y me determiné a seguirle. Fuí a ver al canciller del Consulado de España para que pidiera al cónsul de las Dos Sicilias datos de la duquesa y del abate.

Al día siguiente los dos habían desaparecido.

RUMORES

Poco tiempo después corrió el rumor extraño de que la duquesa de Catalfano era una mujer vampiro.

Se dijo que al ver a un muchacho de la fonda que se había hecho sangre en una mano le había entrado una gran agitación, brillándole los ojos como a un ave de rapiña; que tomó la actitud de abalanzarse hacia él, y que el abate le había detenido.

Luego se añadió que la duquesa necesitaba para vivir el sorber sangre, y que el abate le llevaba muchachos engañados.

No se pudo averiguar de dónde salió este rumor, ni de qué procedía; a pesar de no tener la menor verosimilitud, la idea me hacía temblar.

Más o menos claramente, había tenido la sospecha de que la titulada duquesa era una mujer lasciva que se valía de su secretario para tener hombres jóvenes.

Luego se dijo que detrás de la duquesa y del abate vino a Bayona un viejo de Nápoles, a quien el abate le había llevado un hijo que no se sabía dónde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que sí resultó verdad fué que, en Niza, el abate se hacía llamar Lazaretti, y ella, la princesa de Campo Chiaro.

También averiguamos que, a una señora vieja del hotel, el abate había prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la primera luna del año siguiente. La señora estaba desconsolada porque el abate se había marchado, dejándola preocupada, y pensando, sin duda, en la transformación que iba a haber en sus instintos para que le empezaran a gustar las mujeres más que los hombres. Con este motivo se habló de Cagliostro, del conde de San Germán, de los elixires, de los vampiros y de los brucolacos.

Yo no creí gran cosa que Girovanna fuera un bandido. Más bien pensaba que era un hombre fantástico y raro y amigo de asombrar con sus conocimientos y sus ideas; pero aun así me producía cierto espanto.

Delfina se rió mucho comentando los peligros a que me hubiera expuesto si llego a aceptar la plaza de secretario de la Catalfano.

--Lo que me choca es que creyera usted que le iban a hacer un ofrecimiento tan espléndido por nada. Algo le tenían que pedir.

--Sí; es verdad.

--En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy orgulloso.

A veces, en sueños, recordaba a la duquesa y al abate con sus ojos hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imaginé que entre los dos me metían en una campana de cristal y me dejaban exangüe y blanco como un papel.

XIII

LA ARBITRARIEDAD

IBA intimando más con madama D'Aubignac y asistiendo con frecuencia a su casa.

Delfina encontraba que mi manera de hablar francés era dura y recortada, y me recomendó que aprendiera de memoria trozos de Corneille y de Racine, como el sueño de Atalia, el furor de Hermiona, las imprecaciones de Camila, cosas que me aburrían lo indecible. También me recomendó que leyera en voz alta los _Mártires_, de Chateaubriand. Tampoco podía con ellos; todos los personajes del ilustre vizconde me parecían de cartón, figuras sin relieve ni calor humano, como las estampas que reproducían cuadros de Ingres y de David, que tanto gustaban a Delfina.

Para convencerme con el ejemplo, madama D'Aubignac me leyó una vez aquel trozo de los _Mártires_: ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! Ella pronunciaba esto de una manera perfiladísima; a mí me parecía todo ello amaneramiento y afectación. Si no de una manera clara, con algún circunloquio se lo dije.

LA AFECTACIÓN Y LA TRADICIÓN

Para Delfina el reproche de afectación no constituía un defecto. Ella creía que la afectación amanerada era la verdadera forma de la civilización; suponía que la pérdida de las costumbres, y de las modas de la antigua sociedad francesa, con sus peinados y sus pelucas, sus moscas, y sus tacones rojos, y el colorete, era lastimoso. A mí todo esto me sorprendía y me indignaba. Ahora no me hubiera indignado; comprendo que la sociedad que pretenda ser elegante tiene que ser amanerada, jerárquica y tradicionalista. Las cosas no se improvisan tan fácilmente como quieren creer los revolucionarios.

Durante mucho tiempo yo he tenido el desdén y la antipatía por la tradición en la política, y sobre todo en la literatura, y he llegado hasta leer con gusto los libros de Tolstoy, Dostoievski e Ibsen, con su psicología del hombre solo y desnudo de viejas fórmulas; pero ahora voy volviendo al redil y prefiero la psicología del hombre vestido, acompañado y con tradiciones.

Del amor por la literatura obscura y caótica, aunque llena de sugestión, he pasado, por grados sucesivos, al gusto, para mí aviranetiano, por la claridad y la sequedad.

Es la influencia de la vejez y del retorno a lo antiguo.

Actualmente, este gusto no es un gusto a la moda, porque el público de hoy desea la solemnidad y que el poeta, el músico, el cantor y el bailarín tomen aires de sacerdotes; pero, en fin, no me preocupa gran cosa estar a la moda.

INCOMPRENSIÓN

Delfina era muy partidaria de la aristocracia; yo me sentía entonces rabiosamente demagogo. Hoy tampoco lo soy. No se puede creer que un hombre, por el hecho de pertenecer a una familia aristocrática, sea sólo por eso noble y distinguido; ni al revés: que un hombre, porque su familia haya sido obscura, sea un bruto; pero que en el régimen de vida actual hay mucho en el individuo que se pega de la familia, es indudable.

Delfina me preguntó por los Leguías, y cuando le dije que tenían su escudo, le pareció bien.

La verdad es que hay una incomprensión completa entre las personas de los distintos países.

Delfina aceptaba únicamente su punto de vista francés; más, era un defecto; menos, también.

Creía, como un dogma, que el idioma francés era bonito, y el alemán y el inglés, feos. Yo le decía:

--Para mí un idioma es bonito si se entiende. Si no se en en tiende y no se ha oído, todos los idiomas parecen absurdos. La prueba está en los chicos. Un chico oye hablar a un extranjero y se burla de él; le parece ridículo.

Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales. Hablábamos, por ejemplo, de las mujeres españolas, y las reprochaba que andaban con pasos menudos y con mucho melindre.

--Sí--decía yo--; las españolas son más pequeñas de estatura que las francesas; tienen que dar los pasos más cortos si le gusta a usted que una mujer tenga el paso largo, le gustará la manera de andar de una inglesa.

--¡Ah, no! La inglesa anda como un granadero.

En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tenía que dar la norma: estaba en el fiel de la balanza.

DESCONTENTO

Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona. Pasaba el tiempo y no hacía nada; los planes de Aviraneta no tenían el menor éxito; la casa de comisión no marchaba bien, cosa natural, porque no ofrecía condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropecé con la mala voluntad del cónsul Gamboa; llegamos a reñir, y yo le dije algunas cosas duras.

Hubiera vuelto a España con mucho gusto, ¿pero adónde? El ir de dependiente de comercio me parecía horrible; volver a mi casa de Vera, estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.

Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la madre de Corito, y esta señora me acogió muy fríamente. A mí me fué también bastante antipática mi futura suegra; me pareció muy orgullosa y muy entonada.

Volví a Bayona pensando que la suerte me volvía la espalda. Estaba desesperado, desilusionado. No tenía tampoco un amigo a quien contar mis penas.

Mucho de mi malhumor se convirtió en autocrítica.

--Qué bruto soy--pensaba muchas veces--. ¡Qué farsantería hay dentro de mí! ¡Me emborracho de petulancia y de deseo de ser interesante!

Entre los demás y yo mismo me habían laminado. Aviraneta, doña Paca Falcón, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me habían alargado y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo toda espontaneidad y toda alegría.

Hablando de esto, Delfina me decía:

--Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un niño.

La verdad, no agradecía el cambio.

SEGUNDA PARTE

DANDYSMO

EN LA FRONTERA DEL TIROL

COMO el enfermo que cambia de postura, me he trasladado a otro pueblo del mismo valle de los Grisones.

Es un pueblo en un alto, desde el cual se divisa un gran panorama de montes de Suiza y del Tirol. He ido al único hotel de la aldea, que tiene una espléndida terraza.

Estamos ahora en el momento más caliente del verano; el sol brilla de una manera implacable y el cielo se muestra uniformemente azul.

A la caída de la tarde salgo a pasear. El río murmura en el fondo del valle; se oye en los montes, entre los árboles, el cencerro de las vacas y el sonido romántico del cuerno de los pastores.

Por el camino no pasa casi nunca nadie; a veces me cruzo con algún hombre barbudo en un carro y, con frecuencia también, con un deshollinador vestido de negro, con un sombrero de copa encasquetado en la cabeza y una escalera en la espalda, que marcha montado en bicicleta.

Como el campo está seco, me siento sobre la hierba y contemplo estos prados con las anémonas y pulsatilas florecidas, de colores variados; los vilanos del diente de león y de las escabiosas, que se deshacen con el viento; los tomillos, las saxífragas, las siemprevivas y las pequeñas flores azules de los myosotis.

Cuando el sol se retira se siente en seguida frío, y vuelvo a mi cuarto del hotel.

No tengo nada que hacer, no tengo nada actual en qué pensar, y me dedico a seguir mis MEMORIAS.

I

UNA IMPRUDENCIA

EN el invierno de 1837, estando en Bayona, tuve como negociante una gran sorpresa y un acontecimiento inesperado en mi vida. La sorpresa fué el entrar en relación directa con las casas de Collado y Lasala, de San Sebastián, y empezar a hacer negocios con las compras para el ejército cristino.

La Casa de Comisión de Etchegaray y Leguía, puesta sin más objeto que el de servir de pantalla para las intrigas de Aviraneta, comenzó a marchar de pronto viento en popa.

Gamboa me llamó, y fué él quien me relacionó estrechamente con Lasala y Collado. Poco después me entendí con algunos vinateros españoles para entrar vino de Navarra y de la Rioja en Francia.

Gamboa quiso avasallarme, y en los negocios en que entré con él tomó la parte del león.

Gamboa era el tipo del hombre honrado que se aprovecha de todo lo que es legal. De ahí no pasaba su moralidad. A pesar de creerse el prototipo de la justicia y de la honradez, se beneficiaba de su cargo y de sus relaciones para enriquecerse. A mí me puso la proa mientras creyó que no tenía gran formalidad ni resistencia comercial; cuando vió que seguía firme, se hizo amigo y aliado mío.

Esta prudencia, que en la burguesía pasa por sesudez y por buen juicio, es una cualidad de los miserables y de las gentes de espíritu bajo e innoble.

Yo no le tuve nunca simpatía a aquel hombre, y al globo inflado de su vanidad le hubiera dado con gusto un alfilerazo si hubiese podido.

Entre las comisiones de Gamboa y las de los vinateros comencé a tener mucho trabajo, y me vi en la necesidad de tomar un dependiente en mi oficina, y al cabo de poco tiempo, dos.

GOMES SALCEDO

Colaboraba conmigo un judío, Gomes Salcedo, hombre más listo que el hambre. Claro que esta listeza en un judío no es cosa rara, y menos siendo de la familia de Leví, como Gomes Salcedo, porque los Leví descienden del rey David, o del rey Salomón, o de no sé qué otro ilustre granuja bíblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste, era un águila. Se había arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras tantas. Afortunadamente para mí, sus intereses y los míos no eran contrarios; si no, yo hubiese andado muy mal.

Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a Collado con una energía terrible, y se imponía al cónsul Gamboa, que era el representante y el asociado de los dos comerciantes de San Sebastián, luego ingresados en la aristocracia española. No se podía saber de todos estos negociantes quién era el más judío.

Gomes Salcedo tenía como ayudante para los negocios sucios a un tal Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafés, jugando al billar, fumando y bebiendo.

Cazalet había hecho de todo: el espionaje, el _chantage_, la compra de correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc. Si no había envenenado a nadie, lo confesaba él mismo, era porque no tenía valor y le temía al Código y a los gendarmes.

Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un conocimiento instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no podía utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.

Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata flotante, venía con frecuencia a mi oficina y contaba una porción de historias, a cual más escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual cinismo. Oyendo a aquel bohemio se veía la parte baja de negocios y de chanchullos que había en el comercio de Bayona y en la guerra de España, a pesar de que carlistas y liberales se batían por puro fanatismo.

TORPEZA

El acontecimiento inesperado de que hablo al principio comenzó por unas palabras mías imprudentes.

Había ido una noche a la tertulia de la librería de Mocochain, donde estaban los contertulios de siempre y un señor viejo a quien no conocía.

En medio de la conversación, de pronto, me preguntó Miñano:

--¿Usted conoce al comandante D'Aubignac?

--Sí.

--¿Qué clase de hombre es?

--Es un hombre de poco talento y un tremendo reaccionario.

--A mí me lo habían pintado como hombre inteligente y liberal--dijo el viejo desconocido.

--No. ¡Ca!--repliqué yo--; el otro día estuvo hablando mal del general Harispe y lamentándose de que el Gobierno de Luis Felipe haya puesto al mando de la división de Bayona a un republicano.

--¿Así que usted cree que D'Aubignac es realista?

--Lo es, sin duda alguna.

--¿Y qué dice del subprefecto?

--Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.

--Y de Delfina, ¿qué opina usted?--me preguntó el viejo.

--Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy compuesta.

--¿A usted no le entusiasma?

--No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.

--¿Y se le conoce algún amante?

--No; yo creo que no le quiere gran cosa a su marido; pero su virtud consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste de verdad.

Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la librería pensé que había hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido como había hablado, y más a una persona desconocida.

La primera vez que fuí a casa de madama D'Aubignac tuve un momento la sospecha de que alguien habría contado lo dicho por mí en la librería; pero se me pasó este susto.

Quince días después estaba de visita en casa de Delfina, hablando delante de la chimenea, cuando ella repitió mis palabras de la librería. Al principio no supe qué replicar, tan turbado me hallaba; luego, levantándome nervioso, la dije:

--Aunque esto no sea la verdad estricta, sino adornada, no creo que tenga más valor que una estúpida indiscreción mía y una indiscreción, aún mayor, del que ha venido a usted con el cuento.

--Ha podido usted perjudicar a mi marido.

--Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente, ya lo sé, y para castigarme como merezco, no volveré más a su casa.

El pedir perdón no venía a cuento; así que me marché al hotel consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y otras proponiéndome no hablar de nada.

II

DESAFIO

HUBIERA deseado que la cosa no tuviera más derivaciones, pero las tuvo.

Unos días después, al pasar por delante del café de la plaza del teatro para ir al Consulado de España, me llamó el teniente Gassion, que estaba con otros dos oficiales.

--¡Adiós, señor Leguía!--me dijo--. Siéntese usted; no vaya usted tan deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama D'Aubignac.

--Son ustedes muy amables. Ando estos días un poco atareado.

--Siéntese usted y tome algo. Pues, sí; madama D'Aubignac me preguntó varias veces por usted; si no le habíamos visto, etcétera. Le tiene a usted mucho afecto.

--Sí; es una señora muy buena.

El teniente Gassion siguió hablando de Delfina de una manera tan indiscreta, que me puso frenético.

--Gassion--le dijo uno de los oficiales--, está usted molestando a su amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.

--Yo, ¿por qué?

--Como se dice que es usted un buen amigo de madama D'Aubignac.