El amor, el dandysmo y la intriga

Part 4

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Los franceses, en general, creen que el colmo de la civilización es llevar un _redingote_ con elegancia, y que decir cuatro o cinco lugares comunes con una pronunciación muy perfilada y con un acento muy nasal es algo sublime. En esto se engañan. El mundo que admira el acento parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de café concierto, es el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados. Al mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportación a la cultura general, sobre todo su aportación científica.

LOS GRANDES HOMBRES DE LA ÉPOCA

Una cosa que me asombró leyendo la _Biografía Universal_, principalmente los tomos del «Suplemento», que se referían a hombres contemporáneos, fué ver que casi todos ellos habían sido de una perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Además, no sólo ocurría esto, sino que casi todos los traidores habían sido premiados, y casi todos los hombres fieles a una causa acababan en la miseria, en la prisión o en el patíbulo.

Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me fijaba, sobre todo, en españoles y franceses. Los fieles a una idea, Robespierre, Vergniaud, Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado, Torrijos, caían en la lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouché, los Bernardotte, los Soult, subían como la espuma.

La ingratitud de los reyes era verdaderamente espantosa. Fernando VII fusilaba a los generales de la Independencia, que habían luchado heroicamente por él, y hundía en la miseria a Godoy, que quizá era su padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos y dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante más de treinta años, que, viéndose en la vejez, sin amparo, acabó suicidándose. María Cristina, traicionando a los que la defendían, pactaba con Don Carlos, y este último veía con inquietud los éxitos de Zumalacárregui y escuchaba con tranquilidad la noticia de su muerte.

Si de la historia puede desprenderse una moral, de la historia de nuestro tiempo no podía desprenderse más que una lección de inmoralidad.

¡Qué grandes hombres de estercolero todos los grandes hombres de la época! Me hizo pensar mucho su ejemplo. ¿Es que los hombres, como las hortalizas, necesitarán el fiemo para crecer y desarrollarse?--pensaba--. ¿Es que las sociedades honestas y virtuosas no producirán más que hombres mediocres?

IX

NOTICIAS DE AVIRANETA

AL marcharse Aviraneta de Bayona leí la prensa española con curiosidad, por ver si aparecía su nombre y en qué concepto se le tenía.

Unas tres semanas después de su marcha lo encontré citado en el periódico _El Eco de la Razón y de la Justicia_.

Decía así el periódico madrileño:

«¿Pretende quizá _El Eco del Comercio_ secundar los buenos oficios del señor Aviraneta, que, según se asegura, ha ido a las provincias del Norte a promover escisiones, como acostumbra, y a introducir el desorden en el ejército?»

El 25 de julio aparecía otra noticia en el mismo periódico:

«El célebre Aviraneta, según carta que hemos visto de Cádiz, ha llegado a aquella ciudad acompañado de otro revolucionario, ayudante suyo, y cuyo nombre no dice la carta. Ignoramos si lleva recomendaciones de don Gil de los Ojos Verdes, firmadas _El Consabido_, como las que le dirigía a Zaragoza, o si el magnate de los unitarios habrá tomado otro seudónimo.»

Don Gil de los Ojos Verdes era, indudablemente, Gil de la Cuadra. ¿Por qué le aludían a él, tomándole como compinche, siendo como era enemigo de Aviraneta? No lo supe.

Estas noticias procedían, indudablemente, de las logias, y como los informes que tenían éstos no eran buenos, se distinguían por su confusión.

Dos días después, el 27 del mismo mes, volvió a aparecer en el mismo periódico otro suelto, enviado desde San Sebastián, titulado:

«NOTICIAS DE LA FRONTERA»

«Hace varios días que el famoso Aviraneta se ha presentado aquí, y aunque no permaneció mas que cortos instantes, pues el conde de Mirasol le hizo conducir a Francia en una trincadura de guerra, no por eso dejó de sembrar sus principios revolucionarios entre nuestros soldados. Desde San Juan de Luz, donde se halla, parece que envió un impreso, que circuló entre la tropa, y en el cual se decía que el Gobierno había enviado medios suficientes para pagar al ejército hasta 1840, pero que los oficiales y jefes que quieren prolongar la guerra se han apoderado de este dinero.»

El 30 de julio, el mismo periódico, publicó esta noticia:

«AVISO IMPORTANTE A LOS GADITANOS»

«El célebre Aviraneta regresó a Madrid desde San Juan de Luz; tuvo una conferencia con El Consabido, el magnate de los unitarios; otra con un alto personaje; recibió sus instrucciones y marchó el jueves de la semana pasada a Cádiz.»

La insistencia en pintarle a Aviraneta conjurado con Gil de la Cuadra, con quien estaba reñido hacía tiempo, y de llevarle a Cádiz, me chocaba.

_El Eco del Comercio_ comentó estas noticias hablando desdeñosamente de Aviraneta. Mientras se le creía en Cádiz, don Eugenio estaba entre Pau y Perpiñán. Pensé que si todas las noticias de los periódicos tenían la misma exactitud, no estábamos muy bien enterados de lo que pasaba en el mundo, ni en España, ni en ninguna parte. A mediados de agosto, Aviraneta contestó en los periódicos de Madrid negando las andanzas que le atribuían y diciendo que no tenía nada que ver con el motín de Hernani.

UNA CARTA

Poco después, Aviraneta me escribió una carta larga; me hablaba de sus diferencias con el cónsul de Bayona, que habían hecho que el subprefecto diera una orden para expulsarle de la ciudad de Bayona. El 30 de junio Aviraneta había ido a Pau, y estando aquí ocurrió, el 4 de julio, un motín militar en Hernani, a pesar de lo cual los periódicos de Madrid se lo atribuyeron a él. De Pau, el 12 de julio, marchó a Tolosa; luego, a Carcasona, y llegó a Perpiñán el 24. No hizo más que llegar a esta ciudad cuando se vió rodeado por agentes de policía secreta que le impidieron hacer nada. Los tenía en el pasillo de la fonda, y cuando salía de ella le acompañaban por calles y paseos. Aburrido, y viendo que no había acción posible en aquellas condiciones, se decidió a volver a España, se embarcó en Port Vendres y marchó a Barcelona.

Recordando su prisión de la época de Mina, no quiso salir del barco; pero el gobernador le llamó a su presencia y tuvo que ir y dar una serie de explicaciones para que le dejaran seguir a Valencia. De Valencia se trasladó a Madrid, y allí estaba esperando, como siempre, el buen momento para entrar en acción.

«Tenía el proyecto de publicar un manifiesto para confundir a mis enemigos--me decía Aviraneta con cierta solemnidad, al final de su carta--; pero las circunstancias son tan graves, que en obsequio de la causa nacional voy a sacrificar la mía propia. El Pretendiente, con sus hordas, se acerca a la Corte; se necesita unión entre los patriotas para acudir a la común defensa, y creo sería una traición el dividir los ánimos en un momento de peligro con un alegato que necesariamente heriría la susceptibilidad de algunas notabilidades. Tampoco quiero llamar la atención ni arrojar luz sobre el objeto de mi viaje a Francia. Tú sigue ahí, aunque te aburras, porque puedes prestar grandes servicios.»

X

MADAMA DE LAUSSAT

CUANDO venga septiembre--me había dicho doña Paca Falcón--le presentaré a algunas señoras distinguidas de aquí.

Efectivamente, en la misma tienda me presentó a las señoras de Laussat y de Saint-Allais, que eran personas ricas y de distinción.

Mi amigo Tartas, el elegante, me habló de madama Laussat, a quien él había hecho la corte.

Madama Laussat había tenido amantes y seguía teniéndolos, siempre con una gran discreción y sin dar el menor escándalo. Era muy amable con todo el mundo, y desarmaba con su amabilidad al que tuviera intenciones agresivas para ella.

El marido de madama Laussat era un comerciante rico, y, como estaba enfermo, dejaba a su mujer que hiciera la vida que quisiera.

Probablemente sabía que tenía amantes, pero, aun así, miraba a su mujer como a una amiga y, al mismo tiempo, como una colaboradora. Ella, para él, era un motivo de lujo y de ornamentación, como una hermosa finca, y quería lucirla y demostrar con su esplendidez que era rico y poderoso.

Madama de Laussat era una rubia de unos treinta a treinta y cinco años, de cara ancha y un poco juanetuda, de ojos claros y labios gruesos y rojos.

Creo que, espontáneamente, yo no me hubiera fijado en ella, ni ella en mí; pero con esa tendencia a la tercería que hay en Francia, nos empujaron al uno hacia el otro.

Madama Laussat fué varias veces a la tienda de la Falcón y me citó en su casa.

Realmente, yo no sentía entusiasmo por ella, ni ella tampoco por mí; pero ella tenía casi siempre un amante y, durante un par de meses, ese amante fuí yo.

Uno de los medios de seducción de aquella dama era la risa; tenía unos dientes muy hermosos y una boca muy fresca.

Era una mujer sana, fuerte, con la nariz gruesa y respingona, y cierta tendencia a la gordura.

Doña Paca Falcón, siempre muy lista, me dijo:

--Estos amores con madama Laussat le avisparán a usted.

--¿Usted cree?

--¡Ah! Es una lagarta muy viva.

Uno de los contertulios de la librería de Mocochain, un cura viejo, el abate Faurel, hablando de madama Laussat, me decía:

--La cara de madama Laussat es una de esas caras que tienen atractivo con la juventud y con la frescura de los pocos años, pero que se convierten en máscaras grotescas con la vejez, sobre todo si la mujer se empeña en luchar con afeites contra los estragos de la edad.

Como no sentía entusiasmo por aquella madama, no me costó gran trabajo retenerme y no hacer enormes tonterías. A pesar de esto, tuve que pasar por muchas humillaciones y bajezas, adular a su marido y fingir gran admiración por Francia. Estas admiraciones fingidas me avergonzaban y me hicieron creerme un miserable.

Si yo fingí frialdad y egoísmo con ella, ella no tuvo necesidad de fingirlo, porque lo sentía espontáneamente. Su amor, si aquello podía llamarse amor, estaba condicionado por sus amistades, sus compromisos, y hasta sus digestiones. Todo esto me parecía desagradable y ridículo, y me humillaba y me ofendía.

El deseo de conseguir todo de las gentes de los países que se llaman civilizados me parecía, y me sigue pareciendo, muy antipático. Da una mezquindad, un cuadriculado a la vida completamente odioso.

Madama Laussat iba a las citas con este espíritu ansioso y glotón. Era completamente práctica y positiva. Si en una de nuestras citas le hubiera estropeado un lazo, no me lo hubiera perdonado nunca.

Consideraba madama Laussat que el mundo entero le debía una cantidad de satisfacciones y de placeres suficientes que tenía que cobrar.

Me instó a que le hiciera un regalo; pero como no tenía dinero, ni voluntad, le hice un regalo pequeño...

Actualmente veo que en los países del centro de Europa se habla con un entusiasmo lírico de la vida sexual: hay profesores serios que cantan el amor físico con una mezcla de lirismo y de pedantería, como algo misterioso y sublime, y lo que para nosotros, los españoles, sobre todo los españoles viejos, es puro cerdismo, para ellos es algo intelectual y maravilloso.

Madama Laussat tenía también una idea ansiosa del placer. Era una idea de avaro. No comprendía que sólo el sacrificar algo da perspectivas nobles a la vida.

Ella no quería sacrificar nada, y este espíritu tan mezquino me llegó a hacer a aquella mujer perfectamente antipática. No era sólo su espíritu el que me rechazaba, sino su manera de comer y de beber, de hablar y de sonreír.

Al notar mi alejamiento, ella me sustituyó pronto por un teniente de Artillería, el señor de Gassion.

El haber sido el preferido de madama de Laussat durante algún tiempo me dió cierto prestigio entre las señoras de la buena sociedad, que me acogieron más amablemente. Conocí por entonces a madama D'Aubignac, que era la mujer de un militar, y fuí presentado en su casa por el teniente Gassion.

XI

MADAMA D'AUBIGNAC

MADAMA D'Aubignac, Delfina Vitelli, no se parecía en nada a madama Laussat; era un tipo completamente distinto.

Madama D'Aubignac tendría entonces veintiséis o veintisiete años. Era rubia, con un color como desteñido, de ojos azules, la nariz recta, las cejas finas, la boca pequeña, de labios pálidos, la expresión reservada y un tanto teatral. Era muy elegante y esbelta; tenía las manos delgadas, de dedos largos, con las que accionaba muy bien, y tomaba unas actitudes artísticas. Tenía un niño y una niña. Delfina era nieta de un italiano, y decía que era descendiente de Vitellozzo Vitelli, uno de los _condottieri_ muerto por César Borgia en la célebre emboscada de Sinigaglia.

Delfina tenía un ingenio muy agudo y un gran sentido de observación, lo que no le impedía ser muy romántica.

Entonces, no; pero hoy hubiera dicho que era una mujer envenenada por la literatura. Le hubiera gustado ser sacerdotisa como Velleda, no como la de Tácito, sino como la de Chateaubriand, y tener un destino trágico y triste. Excitada por la literatura y por la música, Delfina era una mujer descontenta, una mujer alambicada, con una gran inclinación a las sutilezas psicológicas y literarias, muy aficionada a escribir largas cartas, con análisis espirituales.

Madama D'Aubignac tenía en sus reuniones la actitud de una señora de casa que aspira a que la gente se distraiga en su salón; hablaba de una manera muy insinuante, y sus explicaciones eran siempre claras, precisas, sin obscuridades, y las ayudaba con el gesto y con el ademán de aquellas manos de dedos largos y finos.

El señor D'Aubignac era militar, hombre correcto, frío, realista y muy arbitrario. Oí decir que se había casado con Delfina principalmente por la dote; guardaba consideraciones a su mujer, pero no le tenía cariño. Galanteaba a madama Picamilh, que era una morena opulenta, de ojos negros, que estaba muy enamorada de su marido.

El señor D'Aubignac me trataba muy amablemente.

LAS AMISTADES DE DELFINA

A casa de Delfina solían ir con frecuencia madama Picamilh y madama Saint-Allais, que era una viuda vaporosa, como una sílfide, que hacía versos sepulcrales. También iba madama Laussat, pero Delfina sabía demostrar que no consideraba a esta dama entre sus amistades íntimas.

Los hombres que acudían a las reuniones eran en su mayoría militares, aunque había también paisanos, magistrados, empleados y comerciantes. El clero frecuentaba poco la casa; algunas veces iba un canónigo, y, en una o dos ocasiones, el obispo, que se dedicó a galantear a las señoras.

Uno de los hombres que más bullía era el doctor Iriart, hombre alto, viejo, muy empaquetado, muy derecho, muy bien vestido, y a quien se le tenía por una eminencia. El doctor hablaba como si tuviera el secreto de todas las cosas. A mí me pareció un antipático farsante de la tribu de los galenos.

Otro médico que frecuentaba la casa era el doctor Lacroix, médico del regimiento. El doctor Lacroix tenía un tipo frailuno: era fuerte, rechoncho, displicente, con el cráneo calvo y abultado; había vivido en Argelia; era soltero, y tenía afición por los caballos y por los perros.

Los jóvenes oficiales que acudían a casa de madama D'Aubignac estaban cortados todos por el mismo patrón: eran fatuos, vanidosos y de aire frío y ceremonioso.

El único amable, al menos conmigo, era el teniente Gassion, mi substituto cerca de madama Laussat. Gassion era alto, delgado, rubio, con los bigotes en punta, con la cara roja y con esa insignificancia corriente en el tipo rubio, que da la impresión de un joven de mostrador o de un mozo de fonda. El teniente Gassion era una buena persona, hombre amable y servicial, pero un charlatán desenfrenado.

MIS RESENTIMIENTOS

En esta tertulia, muchas veces los oficiales jóvenes me trataban con desdén o me decían alguna impertinencia. Varias veces me propuse no ir.

Al principio me sentía muy cohibido y muy molesto. Me encontraba como un mozo del campo a quien le ponen por primera vez cuello almidonado y botas nuevas. A veces, por una frase, por una sonrisa, la ira brotaba en mí de una manera súbita.

No sospechaba yo que tuviera este fondo de violencia y de barbarie.

Me sentía más iracundo y más irritable en Bayona que en España. Yo me explicaba a veces esto, porque en España, con el odio de los dos partidos, se dividían las actividades psíquicas, y una gran cantidad de irritación y de cólera se empleaba en detestar a los enemigos; pero en Francia, en donde esta división no era posible para un español, ponía uno la violencia y la rabia dentro de la vida social.

Me chocaba encontrar en mí mismo, de una manera tan exagerada, esta mezcla de violencia, de brutalidad y de debilidad. Por un motivo pequeño me sentía indignado e irritado, y al cabo de un par de días surgía otro que recogía a su alrededor la misma cólera y violencia.

Me había creído cándidamente un hombre comprensible y amable, pero iba viendo que no había tal cosa y que estallaba por dentro a cada paso con una irritación y una rabia frenéticas.

Algunos días en que había poca gente me sentía muy a gusto en casa de madama D'Aubignac. Era ya a principios de otoño; se encendía fuego en la chimenea, se charlaba, y yo me encontraba bien y, a veces, hasta ocurrente.

LAS IDEAS DE MADAMA D'AUBIGNAC

Delfina me invitó varias veces a comer en su casa, y llegué a tener cierta confianza, nunca mucha, porque la manera de ser de aquella señora no lo permitía, y había que estar siempre en guardia.

Madama D'Aubignac era la pulcritud llevada al último extremo: toda su casa estaba tan cuidada, que daba pena pisar el suelo con las botas sucias de la calle. Tenían un salón verde, con una sillería Chippendale, de seda también verde; un piano Erard, la araña en el techo, un velador, una vitrina con miniaturas y abanicos preciosos, unas cortinas de terciopelo verde con guarniciones de hierro forjado, un retrato al óleo de una dama de su familia y varias estampas; la llegada de una diligencia, de Bailly, grabada por Massard, y Le Bal Paré y el Concierto, dibujados por Saint-Aubin y grabados por Duclos, que son pequeñas obras maestras en el género.

Delfina tocaba el piano y cantaba, si no con mucha voz, con mucho sentimiento, _El barbero de Sevilla_, _Lucía de Lammermoor_, que se estrenó por entonces, y algunas canciones vascas como _Iru damacho_ (las tres señoritas donostiarras de una tienda de Rentería, que saben coser bien, pero que saben mejor beber vino). Esta canción la había instrumentado el músico francés Habeneck, y llegó a hacerse popular.

Delfina era muy entusiasta de los libros de Balzac y de los dibujos de Gavarni, que le parecían maravillosos. Estaba suscrita al periódico _La Moda_, árbitro entonces de las opiniones y de las costumbres de la gente elegante.

Tenía también gran entusiasmo por Víctor Hugo, aunque el carácter demagógico que iba tomando el poeta no le gustaba. Sabía de memoria trozos de _Hernani_, y una vez ella y un joven oficial recitaron la escena de Hernani y Doña Sol, en que Doña Sol dice aquella frase célebre: _¡Vous êtes mon lion superbe et généreux!_ Realmente, madama D'Aubignac declamaba muy bien.

Delfina hubiera querido vivir en París. No sentía amor por su marido, pero era de una conducta severa. Unicamente una gran pasión la hubiera arrancado de su pasividad. Tenía por la gran pasión un amor exaltado. Yo sospechaba que en este culto por la gran pasión había mucho de exasperación, producida por la literatura romántica.

Tenía también un entusiasmo exagerado por la belleza, por la prestancia y por el rango, que a mí me irritaba profundamente.

La verdad es que en la vida todos los caminos, cuando queremos recorrerlos hasta el final, nos llevan a algo feo e innoble.

La admiración por la belleza, por la fuerza, por el rango, es justa, está bien, pero nos induce fácilmente a la adulación y hasta a la vileza. La compasión, la piedad, tienen mucho de sublime, pero conducen, a poco que crezcan, al odio por el feliz y por el ecuánime.

¡Tan difícil es tomar una posición sentimental honesta en la vida!

Yo, cuando veo a una persona que busca deliberadamente como amigos a los ricos, a los fuertes, a los hombres de rango, desconfío de ella; pero cuando veo a otro que busca también deliberadamente a los desgraciados, a los tristes, a los rencorosos, desconfío más.

Sólo el amor por lo intelectual tiene nobleza en su comienzo y en su fin.

Delfina era eminentemente social. A mí me chocaba que fuera tan amable con viejos estúpidos y malhumorados, que apenas si hacían caso de sus lagoterías.

Había uno, sobre todo, un señor Durand, rico, que a mí me exasperaba. Era un hombre gordo, rojo, apoplético, con un pelo blanco que parecía lana, unos ojos claros y una voz con notas agudas de falsete. Era el hombre de las observaciones mal intencionadas. Yo, en un período de revolución y teniendo poder, lo hubiera mandado fusilar sólo por el tipo.

Cuando tuve confianza con Delfina le dije:

--Me choca que haga usted caso y que prodigue usted sus amabilidades a ese viejo estúpido y antipático, que además no le agradece su solicitud. ¡Qué manera de dilapidar la amabilidad!

--Pero así hay que ser: todos tenemos defectos.

Claro que todos tenemos defectos--pensaba yo--. Hay hasta defectos que son muy simpáticos. Lo que me chocaba es que Delfina tuviera simpatía, estimación por gentes pesadas, plúmbeas, sin ninguna cualidad.

Entonces sentía yo por la burguesía, por el filisteo negado y petulante, un odio verdaderamente violento.

Me hubiera parecido una obra casi meritoria, encontrando un tipo de estos estúpidos, satisfechos y mal intencionados, como el señor Durand, el quitarle el dinero, el arrebatarle la mujer y el seducir a su hija.

Hoy ya la más intensa de las estupideces me deja frío.

LA IDEA SOBRE ESPAÑA

Si algunas veces yo chocaba con las opiniones de Delfina llevándole la contraria, ella me hería siempre que hablaba de España y de los españoles. La mala opinión que tenía de nosotros me irritaba, y a veces la replicaba violentamente. Todos hablaban de España con ironía, como de un país atrasado, sucio, bárbaro, que no hacía nada bien. Esto me ofendía, y pensaba en devolver el golpe que me daban. Me irritaba luego el ver que yo, en el fondo, era más rencoroso que ellos, porque yo recordaba durante algún tiempo lo que me había ofendido, y ellos, con esa superficialidad francesa, se olvidaban en seguida de lo que habían dicho.

Una vez que me quejaba delante de Delfina de la mala opinión que tenían los franceses de nosotros, ella me dijo:

--A los franceses nos da España una impresión de barbarie y de tosquedad.

--Sí; también a nosotros Francia nos da una impresión de relajación. Para un español, todos los franceses son cornudos, y, naturalmente, todas las mujeres engañan a sus maridos.

--Pero eso es una falsedad.

--Es posible; pero, ¿por qué no ha de ser una falsedad también la opinión de ustedes sobre España?

XII

LA DUQUESA Y SU ABATE

UN día, en la puerta del hotel, me encontré a un abate que me preguntó, en castellano, dónde estaba el Consulado de las Dos Sicilias. Le dije que no lo sabía, pero que podía preguntar en el Consulado de España, en la plaza de Armas.

A la hora de comer le volví a ver al abate. Era un tipo raro, con una cabeza dantesca. Llevaba melenas. Tenía la frente ancha, arrugada, tempestuosa; el entrecejo, fruncido; la nariz, corva, un poco roja; los labios, finos; la boca, sardónica; las cuencas de los ojos, grandes, y los ojos, negros e inquietos.

Tenía una cara de polichinela, pero de un polichinela sombrío y tétrico.

Al volver a encontrarle me saludó con una profunda inclinación de cabeza.

Al mozo del hotel le pregunté:

--¿Quién es este tipo?