El amor, el dandysmo y la intriga

Part 6

Chapter 63,990 wordsPublic domain

--¡Bah! ¡Se dicen tantas tonterías!--exclamé con acritud.

--De todas maneras, aunque sea usted su amante, no será usted el primero.

--Yo no soy su amante. La señora D'Aubignac es una señora amiga mía, y nada más.

--Sigue la diplomacia--saltó insolentemente el oficial--. Yo supongo que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de conocer, se irá con el que le haga algunos regalitos.

--¿Usted la conoce?

--No.

--¿Entonces por qué habla usted así de ella? Me parece estúpido el denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.

El me replicó de una manera desdeñosa y altiva, asegurando que mi opinión sobre él le tenía sin cuidado; yo insistí afirmando con violencia que lo que decía era una estupidez y una indignidad. Nos insultamos, y él me provocó a un duelo. Le dije al teniente Gassion que arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.

--Bueno; ya lo arreglaré. ¡La verdad es que él tiene la culpa de todo; pero usted también le ha contestado de una manera tan desdeñosa y tan agria! ¿Es usted un buen tirador de armas?

--Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.

--¡Qué locura! Entonces le va a herir como quiera. Yo se lo pienso advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.

Esto no era un gran consuelo para mí. El oficial que se iba a batir conmigo se llamaba Martín, y, al parecer, su antipatía por madama D'Aubignac provenía de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.

HERIDO

Convinieron los testigos el duelo a primera sangre y a espada.

Fuimos con nuestros padrinos y dos médicos, uno de ellos, el doctor Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos eran el teniente Gassion y un joven inglés, Stratford Grain, a quien conocía de casa de doña Paca Falcón. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia solemnes. Se escogió el terreno, se midieron las espadas, con un cambio de cortesías y de sonrisas. Yo creía que estaba leyendo algún párrafo de Chateaubriand. ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! También pensaba que estábamos en la batalla de Fontenay, cuando ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos quitamos las levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos adversarios tan lejos, que a mí me pareció imposible que nos pudiéramos herir.

--Allez, messieurs!--dijo el director de la escena. En el primer asalto mi contrincante me hizo un rasguño en el antebrazo derecho que me dolió. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protesté. El pinchazo me produjo tal cólera, que ardí en deseos de venganza. Los testigos debatieron el asunto y decidieron que podía seguir la lucha.

--Laissez aller!--dijo el juez de campo.

Yo avancé dispuesto a herir a mi adversario de cualquier manera, creyendo que esto era cosa fácil, y entonces él me dió una estocada en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la cólera, pero los testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se dió por terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi adversario y sus testigos desaparecieron.

--Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted retroceder varias veces al contrario--me dijo Gassion.

--Sí; pero él, mientrastanto, me ha pinchado.

Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar más de una semana en la cama. El doctor Lacroix me cuidó. Este hombre, al parecer brusco, en la intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendió con afecto.

Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron todos los días a verme. Estuvieron también Tartas, el profesor Teinturier y el abate D'Arzacq. Delfina me escribió una carta muy cariñosa y muy amable. Stratford la visitó y me trajo noticias de ella.

--¿Se ha dicho algo en el pueblo del desafío?--les pregunté a mis amigos.

--Sí--me contestó Stratford--; se habla mucho de usted.

--Se añade--repuso Gassion--que quiere usted traer aquí las costumbres brutales de España.

--Ven ustedes--salté yo--. Es la eterna injusticia. ¡Decirme eso a mí, que no me he batido nunca hasta ahora!

--Eso, qué importa. El caso es que usted está a la moda--replicó Gassion.

Cuando me curé fuí a ver a Delfina, que me recibió muy cariñosamente. Me llamó muchas veces su querido amigo, y me preguntó con interés cómo iba. Luego dijo:

--¡Qué estúpida bestia ese hombre que insulta a una mujer, por que sí!

Delfina encontró que la insolencia y la ordinariez del oficial que se había batido conmigo procedía de su cuna. Era hijo de un tabernero.

Mientras hablaba con Delfina llegó mi amigo Stratford; charlamos largo rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco después vino el comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.

Me pareció notar que la insensibilidad de Delfina se conmovía un poco en presencia de Stratford, y se lo dije a éste.

--¿Usted cree...?--me preguntó el inglés con indiferencia--. Yo, al menos, no lo he notado.

EN LA SALA DE ESGRIMA

Después de este desafío, del que había salido bastante bien librado, decidí aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar otros ejercicios de lucha, como el boxeo, etc.

Stratford era muy enemigo de tales deportes; decía que estos ejercicios no producían mas que una gran brutalidad y una gran petulancia. Según él, Inglaterra llegaría a ser un país completamente estúpido a fuerza del abuso de los deportes.

A pesar de su opinión, como yo pensaba seguir una vida de lucha, fuí a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el profesor Bratiano, que había estado en Argelia, en la Legión extranjera.

Según el maestro, yo tenía serenidad, buena vista, brazos y piernas fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.

--Con un hombre nervioso, al principio podrá usted verse en peligro, pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al último lo dominará usted.

Además de la esgrima y del boxeo aprendí a montar a caballo.

III

STRATFORD GRAIN

JORGE Stratford Grain, el joven inglés que me había servido de testigo en el desafío, era un muchacho elegante, moreno, de cara larga y tipo aristocrático. La cara de Stratford era de esas caras que se contemplan a gusto; daba la impresión de una fisonomía serena y amable.

Jorge sabía mucho, tenía una gran cultura; había pasado tres o cuatro años enfermo del pie, sin poder andar mas que con muletas, y durante este tiempo se dedicó a leer. Su madre vivía en una casa magnífica, en Cambo.

La madre de Stratford era una señora alta, con un aire de reina, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con una amabilidad un tanto imperiosa.

A la madre, como al hijo, los había conocido en casa de doña Paca Falcón; después, a Jorge le traté con motivo de mi desafío, y llegamos a intimar.

Tenía Stratford un hermano y una hermana mayores en Inglaterra, por los que sentía gran afecto. Me habló de que su hermano había hecho la expedición de Vera, en 1830, con Mina y con Fermín Leguía.

Tuvimos grandes charlas, sobre todo mientras yo estuve en la cama con la herida. Hablamos mucho de política y de literatura. El desenfreno en el elemento patético, cosa típica en nuestra época, era para él algo que le producía repugnancia. Stratford se sentía antirromántico.

--Toda esta literatura romántica de hoy--me dijo un día--es sólo confusión y aparato y afectación; quiere ser muchas cosas al mismo tiempo y, a veces, no es nada. Bien está ser elástico y poder saltar, pero no se saltará nunca por encima de la propia sombra.

Yo no estaba completamente conforme con él. Es cierto que en la literatura romántica del siglo XIX hay mucha cosa pesada, exagerada y ridícula, pero, aun así, es la única que todavía conmueve al hombre moderno.

Como siempre sucede, en el seno mismo de una tendencia aparece ya un impulso contrario y Stratford se había saciado en su juventud de romanticismo e iba teniendo una inclinación opuesta a él.

--¿Quién había de pensar--me decía una vez--que la _Nueva Eloísa_, _Pablo y Virginia_, _Atala y el Genio del Cristianismo_ y los _Poemas_ de Lord Byron estarían ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo que perdura. El _Asno de Oro_, de Apuleyo; el _Satiricón_, de Petronio, o el _Lazarillo de Tormes_, aunque no son mas que juguetes, vivirán más que todas esas obras aparatosas de literatura recalentada.

Cierto--pensaba yo--; hay una clase de romanticismo que muere, pero hay otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el de Carlyle, y que vivirán siempre.

Varias veces supuse que Stratford escribía; pero por más insinuaciones que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas cosas era de una extrema reserva.

Stratford tenía un vivo deseo de ir a Londres y de escuchar a los grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le producía una gran curiosidad.

Su madre no quería dejarle marchar hasta que no estuviera completamente fuerte; pues le consideraba todavía como un niño, y como un niño débil.

Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y tanto él como su madre me convencieron de que debía estudiar el inglés.

Había en Bayona una señorita vieja, miss Rose, a quien los Stratford conocían por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, había habido otra del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fuí a casa de miss Rose, la flaca, y comencé con ella a dar lecciones de inglés.

IV

LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD

MI profesora de inglés me dió, como libro para traducir, las cartas de lord Chesterfield a su hijo: _Lord Chesterfield's Letters_.

Me pareció que este libro debía ser muy aburrido, lleno de lugares comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.

Luego encontré la biografía del lord, y me indujo a seguir leyendo sus cartas el ver que un autor inglés, Johnson, decía de Chesterfield: «Su señoría enseña a su hijo la moral de una cortesana y las maneras de un profesor de baile».

He aquí lo que a mí me conviene--me dije a mí mismo--: un poco de moral de cortesana y otro poco de maneras de maestro de baile. Esto me dará el barniz necesario para lucirme en sociedad.

Encontré luego en el gabinete de lectura las cartas del lord traducidas al francés, y las leí rápidamente.

He aquí los hallazgos que hice:

«La sociedad es un país--dice el lord a su hijo--que nadie ha conocido por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe conocerlo en persona para ser iniciado».

Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la sublimidad, pero indudablemente son de buen sentido y mucha discreción. Ambas cosas yo las necesitaba.

«No hay en el mundo--dice en otro lado nuestro autor--señal más segura de un espíritu pobre y pequeño que la inatención. Todo lo que vale la pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada puede ser bien hecho sin atención».

En otra parte dice nuestro lord: «Un joven debe ser ambicioso, y brillar, y excederse».

Es lo que había pensado yo también siempre; en contra de la moral familiar, de la modestia y de la humildad.

LA MORAL DE LA CORTESANA

La idea de considerar el placer como complemento de la educación me produjo cierta sorpresa. Es una idea del siglo XVIII que desapareció, sin duda alguna, con las predicaciones en favor de la austeridad de la Revolución Francesa: «El placer--indica el lord a su hijo--es hoy la última rama de vuestra educación: él endulzará y pulirá vuestras maneras, os impulsará a buscar y a adquirir la gracia».

Aquí estaba uno dentro de la moral de la cortesana.

«Las cenas, los bailes, son ahora vuestras escuelas y vuestras universidades... No hagáis sacrificios mas que a las Gracias. Sacrificad en su honor hecatombes de libros».

«Las mujeres son las refinadoras del oro masculino; ellas no añaden, es verdad, pero dan el resplandor y la brillantez».

Cuando el noble lord se siente maestro de baile le dice a su hijo: «Antetodo, tened maneras».

Además de la moral de la cortesana y de la estética del maestro de baile, hay en el autor inglés los consejos de un diplomático y de un hombre de mundo, tipo quizá intermedio entre la cortesana y el maestro de baile.

He aquí unas máximas suyas reunidas: Leed mejor diez hombres que veinte libros antiguos. Hay que conocer y amar lo bueno y lo mejor, pero no hacerse el campeón de lo bueno contra todos. Es preciso saber tolerar las debilidades de los demás, dejarles disfrutar tranquilamente de sus errores en el gusto como en la religión.

LOS NEGOCIOS DIPLOMÁTICOS

Ahora una pauta para dirigir una cuestión diplomática.

«Un asunto--dice nuestro aristócrata pedagogo--está a medias resuelto cuando se ha ganado la simpatía y las afecciones de aquellos con quienes hay que tratar. El buen aspecto, una presentación fácil, deben comenzar la obra; las buenas maneras y mil atenciones deben llevarla al fin... suaviter in modo, fortiter in re... Después del conocimiento de los tratados, y de la historia, y de los talentos necesarios para las negociaciones, viene el arte de agradar, de ganar el corazón y la confianza, no sólo de aquellos con quien se colabora, sino también de aquellos con quienes hay que luchar. Es necesario esconder vuestros pensamientos y vuestros planes y descubrir los de los demás; ganar la confianza por una franqueza aparente y un aire abierto y sereno, sin ir más lejos; atraerse el favor personal del rey, del príncipe, de los ministros o de la favorita que mande como dueña en la corte adonde hayáis sido enviado; dominar vuestro carácter y vuestros gustos de tal manera, que la cólera no os haga decir o que vuestra fisonomía no traicione lo que debe mantenerse en secreto; familiarizaos, vivid en relación con las mejores casas del lugar donde os encontréis, de suerte que seáis recibido más bien como amigo que como extranjero... De la misma manera que hacéis una amistad, que os ponéis en guardia contra un adversario o que subyugáis una querida, haréis un tratado ventajoso, desconcertando a los que os hacen la guerra, y ganaréis el favor de la corte adonde hayáis sido enviado. Vuestros planes harán de vos un negociador consumado. Agradad a todos aquellos que valgan la pena de ser conquistados; no ofendáis a nadie; guardad vuestro secreto e intentad arrancar el de los demás. Desconcertad los proyectos de vuestros rivales con diligencia y destreza, pero al mismo tiempo con las mayores consideraciones personales. Sed firme, sin exaltación. Los señores d'Avaux y Servien, nuestros hábiles negociadores en el tratado de Westfalia, no han hecho más. Los mejores negociadores han sido siempre los hombres más pulidos, los más bien educados, aquellos a quienes las mujeres llaman _des hommes charmants_. Yo sostengo que un ministro en el extranjero no puede ser un buen político, un político consumado, si no es al mismo tiempo un hombre de placer. Por amor de Dios, no perdáis nunca de vista estos puntos importantes: las gracias, las gracias personales... De diez individuos hay nueve que consideran la cortesía como sinónima de bondad y que toman las atenciones por servicios. El que se preocupa de tener siempre razón en las cosas pequeñas puede permitirse padecer errores en las grandes; se estará inclinado a excusarle».

DIVAGACIÓN SOBRE LOS «HOMMES CHARMANTS»

Esta teoría de la vieja diplomacia de lord Chesterfield me causó mucho efecto. En nuestro tiempo hubiera hecho reír a carcajadas al señor de Bismarck.

Llevado por la teoría del aristócrata pedagogo, me dediqué a aprender a hacer reverencias mirándome al espejo, echando el pie para atrás, y a sonreír amablemente. Creía en eso de los hombres encantadores.

Hoy tengo poco entusiasmo por los _hommes charmants_. Todavía un joven de elegancia afectada, está bien; pero un hombre cincuentón, sonriendo con coquetería y haciendo muecas de cortesana, es algo verdaderamente desagradable. Las canas, que ya de por sí son repugnantes, a pesar de los epítetos de respetables, venerables y demás, se hacen aún más repulsivas cuando están repeinadas y aliñadas.

La teoría de Chesterfield es falsa. Pensar que el hombre cuando ha aprendido a fuerza de miserias y de vilezas--¿quién no las ha cometido?--a ser falso constantemente, es cuando es encantador, es una idea absurda.

Entre esas gentes que tropezamos en las calles, en las oficinas y en los teatros, hay muchos inteligentes y llenos de astucia que saben saludar con una sonrisa amable, llevar una raya impecable en la cabeza y en el pantalón y que tienen esas gracias preconizadas por lord Chesterfield, y, sin embargo, no los queremos, no los ayudamos y los dejaremos arruinarse en la Bolsa o morirse en un rincón con perfecta serenidad; y, en cambio, seremos capaces de ayudar a un niño, de tenderle la mano y de salvarlo, a pesar de que tenga en germen todas las malas pasiones del hombre, sólo porque el niño si es malo, egoísta, envidioso, lo es de una manera ingenua, sin astucia, sin premeditación y sin comiquería; y esto le basta para hacerle amable y simpático.

Esta idea de los _hommes charmants_ del lord pedagogo es una idea de solterona inglesa y ridícula que no tiene ningún valor.

NUEVA DIVAGACIÓN SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA

La verdad es que, por más que intenté llevar a la práctica los principios de lord Chesterfield, no conseguí gran cosa.

Nadie obra exclusivamente por principios, sino impulsado por el instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; más bien improvisan. Además, entre la teoría y la práctica, hay un abismo. ¿Quién no lo sabe?

Nunca he comprendido la exactitud de esta vulgaridad como en el hotel de un pueblo alemán donde estuve hace días. En ese pueblo conocí a un doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su conversación.

Era un señor grueso, rechoncho, con grandes bigotes y barbas grises, armado de unos anteojos dobles, al través de los cuales se veían sus ojos azules.

El doctor comía con avidez, pero distraído. A veces me preguntaba después de comer algo:

--¿Estaba bueno esto?

--¿No lo ha comido usted?

--Sí; pero yo no me fijo.

Este señor cantaba la Naturaleza con un lirismo germánico ¡oh, Natura, qué bella eres!; pero, luego, hablaba a continuación de los miasmas, de los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El aire, el agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, según este entusiasta de la Naturaleza.

Estaba yo hace unos días sentado en el _hall_ del hotel, que tenía una gran ventana a la calle, cuando entró el doctor. Se acercó a mí, se sentó en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francés:

--¡Aj! Aquí hay moscas.

--Sí.

--¡Qué porquería!

--Sí; es un poco desagradable, ¿pero qué se va a hacer?

--La mosca es uno de los animales más perjudiciales del mundo.

El doctor habló de la mosca doméstica, de la Stomoxys, de la Anthomya, de la Sarcophaga, de la Piophila...

--¡Aj!--exclamó luego--. La mosca es el vehículo de innumerables enfermedades (citó quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo el nombre científico) son malísimas. A mí me repugnan.

Después de decir esto, el doctor se levantó, se acercó al ventanal, y con el pulgar y el índice aplastó siete u ocho moscas, y luego se pasó los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.

Yo le miraba en el colmo del asombro y de la estupefacción, y él seguía sonriendo, sin comprender qué salto mortal había dado, sin notarlo, entre la teoría y la práctica.

V

VARIEDADES SOBRE EL DANDYSMO

MUCHAS veces venía Stratford a Bayona y pasaba el día conmigo, e íbamos a visitar a Delfina. Esta me preguntaba mucho por él.

--¿Qué hace el Bello Tenebroso?--me dijo una vez--. ¿Lo ha visto usted de nuevo?

--A Stratford no se le puede llamar tenebroso--le contesté yo--; no tiene nada de byroniano.

Delfina quería averiguar qué vida hacía el joven inglés, cuáles eran sus ideas y sus costumbres.

Stratford podía pasar por un _dandy_, pero su dandysmo, no tenía nada de donjuanesco.

No sentía Stratford el menor entusiasmo por el tipo de Don Juan ni por la extravagancia. Su idea consistía en que había que vivir de una manera limpia y razonable. Su filosofía acababa en un estoicismo con cierto aire de fatuidad.

Este dandysmo espiritual suyo no se parecía en nada al de Jorge Brummell.

--Hay que ser principalmente _gentleman_--decía él--; defender al débil, al niño y a la mujer, suponiendo que la mujer sea débil, y aunque no lo sea.

INDIFERENCIA POR LA VULGARIDAD

Yo no me entendía completamente bien con Stratford. Su individualismo y el mío chocaban muchas veces, y aunque él era hombre generoso, su indiferencia por las cosas de los demás me molestaba.

No se le podía hablar de algo íntimo, porque desdeñaba las intimidades y confidencias.

El desdén por la vulgaridad era uno de sus dogmas.

--Yo soy implacable con el hombre estúpido y ramplón.

Stratford solía muy bien fingir la indiferencia y expresarla; para esto le ayudaba su aire frío.

No le gustaba lo enfático, lo exagerado.

--Toda idea exaltada es un peligro--decía--: una invitación a la grosería, a la violencia y a la brutalidad.

Sentía antipatía por los declamadores; había que tener, según él, una actitud fría e impasible para las tonterías de la masa: nada de exaltación, de republicanismo francés, ni de democracia, ni de otras cosas, para él de mal gusto.

También le repugnaban los crímenes y las canalladas colectivas. Una vez, paseando por las Allées Marines, me decía:

--Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no sé si podría llegar al crimen individual. A lo que no llegaría nunca es al crimen político o colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un principio, me retiraría de la política.

Es extraño, pensaba yo al oírle. Su posición espiritual era absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por la salud del Estado se podía sacrificar a los individuos.

--El mundo es negro--añadía Stratford--; conservemos la cara y las manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.

Era también el punto de vista contrario al de Aviraneta, que aceptaba el tiznado suyo para mejorar la sociedad.

--La mayoría de la gente hay que considerarla como manada--afirmaba Stratford--; luchar contra ella, es una locura. Si viene a nuestro encuentro, lo más prudente es apartarse.

Las máximas de Stratford me confundían y me hacían pesar el pro y el contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me había ocurrido examinar.

Todavía más que la exaltación política, repugnaban a Stratford las nuevas sectas religiosas que constantemente están naciendo en Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma cerrado, el mejor era el católico.

Yo veía en la actitud de Stratford una actitud de decadencia, pues sólo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que, en vez de apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra, y en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los suyos.

UN AVENTURERO

Por entonces apareció en Bayona un aventurero, un _lion_, que se llamaba o se hacía llamar Narbonne Burton. Este aventurero se decía hijo natural del conde de Narbonne Lara, y de una señora francesa emigrada en Londres. A su vez, de Narbonne Lara, el presunto padre del _lion_, se decía que era hijo de Luis XV y de su hija Adelaida, es decir, que era hijo de su abuelo y hermano de su madre.

Este aventurero paró en mi hotel. Tenía el tipo borbónico, vestía bien y llevaba un alfiler con una flor de lis, de oro, en la corbata.

Hablé con él. Era un hombre solemne y vulgar; todo lo que decía estaba inspirado en las novelas de Balzac, en donde sin duda, creía encontrar las esencias de la vida.

El pretendía ser un _lion_ como de Marsay, o Ronquerolles, o cualquier otro de los héroes balzaquianos.