El amor, el dandysmo y la intriga

Part 19

Chapter 194,196 wordsPublic domain

--¿Qué ha pasado? ¿Qué era ese ruido de tambores?--le pregunté.

--Que han fusilado a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona.

--¿Dónde los han fusilado?

--En el Puy, en una era que hay detrás de la casa del Prior. La gente está indignada porque los han matado de espaldas y arrodillados, como a los traidores, y porque dicen que a García le han fusilado con la sotana que llevaba puesta cuando iba a escaparse.

La Coneja, por lo que contó, se había levantado temprano a lechucear.

Había visto pasar por la madrugada al general Guergué, que venía andando, con una escolta de caballería, y luego, poco después, al brigadier Carmona.

Al primero lo traían de Legaria, y al otro, de Cirauqui.

Los subieron a los dos al Puy, y una hora después los fusilaban.

El cadáver de Sanz lo pidió para enterrarlo la viuda de don Santos Ladrón.

Esta señora, que había tenido el sino de ver fusilar a su primer marido, general navarro y realista, veía fusilar a su futuro segundo marido, también general navarro y realista.

La vieja me dijo que el pueblo estaba desierto, que las tropas recorrían las calles e iban haciendo prisioneros, y todas las casas estaban cerradas.

Maroto, sin duda, se había decidido a dar el gran golpe. Teniendo entre las manos a García y a Sanz, había dado la orden de prender a Carmona y a Guergué, y a los cuatro generales, con el intendente Uriz, los había fusilado sobre la marcha. Al día siguiente le tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fué también fusilado.

Había que reconocer que Maroto era un hombre decidido, un hombre de agallas. Un jefe que se atrevía a fusilar a cuatro generales navarros, por tropas navarras, en una ciudad como Estella, que tenía una guarnición de navarros, era un valiente.

X

DE ESTELLA A SAN JUAN DE LUZ

--Y usted, ¿qué va hacer?--me preguntó la Coneja.

--Esperaré aquí.

--Si le dejan, porque andan registrando las casas.

Efectivamente, al mediodía se oyó estrépito de pasos en la escalera y entraron varios soldados en la alcoba.

--¡Hala! ¡A levantarse!--me dijo uno.

--No, no. Yo estoy malo. Tengo mi pasaporte en regla.

--¿Qué pasa?--preguntó asomándose un oficial.

--Aquí hay un hombre que está herido.

Entró un oficial barbudo, me miró atentamente, y dijo:

--¡Cristo! ¡Tú eres Leguía!

--Sí.

--¿No me conoces?

--No.

Entonces el oficial, acercándose a mi oído, me dijo:

--El padre Gregorio.

Nos estrechamos la mano efusivamente y nos contamos nuestras mutuas aventuras. Le dije yo lo que me había pasado el día anterior en el callejón de la Calderería, y el ex padre Gregorio prometió traerme un salvoconducto especial.

--Bueno, chico, aquí te quedas. No se te molestará. Si me necesitas para alguna otra cosa, avísame.

Se fué el ex fraile convertido en capitán, y yo quedé en casa de la Coneja.

La Coneja se mostró muy amable conmigo.

Durante el día me trajo de comer y me contó lo que se decía en el pueblo.

Al parecer se daban toda clase de versiones para explicar la rapidez con que se había enterado Maroto de la conjura tramada contra él.

Unos decían que el delator había sido González Moreno, hombre muy odiado por los navarros; otros, que el general Alzaa había enviado a Maroto un anónimo; otros atribuían el descubrimiento de la intriga al consejero Arizaga, y otros, por último, al gobernador de Estella.

A los dos días se mejoró mi herida, y, el ex padre Gregorio me trajo un salvoconducto, y me dijo que Remacha estaba muriéndose. Me advirtió que me convenía marcharme pronto. Pregunté a la Coneja si conocería alguno que tuviera un cochecillo. Me dijo que sí.

Trajo un cochero. Era mi amigo Cholín Tripatriste.

Este me indicó que me llevaría a cualquier parte si le daba cincuenta pesetas al día.

--Nada, está hecho el trato.

Pagué a la Coneja, y fuí a casa de la Martina, en donde supe que el oficial marotista se había muerto de las fiebres, y partí de Estella.

Tuve prisa, porque corría la versión de que cuando saliera Maroto habría represalias.

Efectivamente; al día siguiente de marchar yo evacuaron Estella las tropas de Maroto, y poco después entró Balmaseda.

Este quiso de nuevo sublevar los navarros contra Maroto, y dejó libres a los presos de las cárceles; pero su tentativa no logró el menor éxito, y tuvo que marchar huyendo hacia Aragón.

El capitán Gregorio me regaló una pistola para el camino.

Yo había pensado primero ir por Vergara a Deva o a Zumaya, y embarcarme allí; pero esto podía ser expuesto y complicado, y como tenía pasaporte y disponía del coche de Cholín, decidí marchar más lentamente por tierra hasta Francia.

Viajaríamos de noche.

El primer día de marcha fué día de emociones. Me quisieron detener a la salida de Estella, y pocas horas después oímos tiros. Estábamos en aquel momento delante de Cirauqui. La silueta quebrada del pueblo se destacaba negra y trágica en el cielo anubarrado y obscuro, sin una luz.

Seguían los tiros cada vez más cerca, tanto que Cholín paró el coche. Cuando cesaron, marchamos adelante. Poco después vimos un cuerpo en la carretera. Paró de nuevo Cholín, cogió el farol del coche y miró al caído.

--¿Está muerto?--pregunté yo.

--Completamente.

Seguimos nuestra marcha; llegamos al amanecer a Pamplona y dormimos en una posada. El segundo día tomamos la carretera de Ulzama y fuimos a parar a la venta de Arraiz.

Allí me prestaron un papel que tenía este título: «Ligera reseña de los medios usados por Maroto y su pandilla para alcanzar lo que ellos llaman su triunfo. Hecha por A. de C.»

Este A. de C. era fray Antonio de Casares. En su escrito, el fraile insultaba a Maroto y aseguraba que Gómez, Elío y Zaratiegui eran masones.

Este papel lo habían traído a la venta dos desertores del ejército carlista que marchaban a Francia. El uno era alemán; el otro, inglés. Hablaron conmigo, me tomaron por francés y me contaron sus aventuras.

El alemán era alto, flaco, de ojos azules, tostado por el sol; había peleado primero en las filas cristinas. En una ocasión había robado un Cristo de oro de una iglesia, tan pesado, que no había podido llevarlo. Le condenaron a muerte, se escapó y se pasó a los carlistas, donde había llegado a sargento. Me dijo riendo que se había bautizado varias veces para ser protegido por las señoras carlistas.

El inglés era una verdadera caricatura, un tipo de clown, con los ojos saltones y la boca de rana.

Tenían un documento para pasar la frontera, que podía servir muy bien para mí, y que me ofrecieron por cinco duros.

Acepté el trato; di el dinero y recibí el papel. Nos acostamos; y como yo no dormía apenas estos días, estuve largo tiempo despierto.

A media noche noté en el cuarto pasos y vi la luz vaga que entraba por un ventanillo, que el alemán se acercaba a mi cama, sin duda a registrar mi ropa. Inmediatamente me erguí yo en la cama con la pistola en la mano.

--Se va usted a enfriar, amigo mío--le dije--; vale más que se vuelva usted a la cama si no quiere usted que le agujeree la piel.

El alemán se escabulló a la carrera.

Al día siguiente atravesamos, Cholín y yo, Velate, con nieve y frío y una niebla que no se veía a cinco pasos, llegando a Vera al anochecer, donde me sirvió el documento del alemán y del inglés, y nos hospedamos en la posada de Vera, que en mi ausencia había tomado el título pomposo de la Corona de Oro.

Como yo quería llegar a San Juan de Luz pronto, hablé al dueño de la Corona de Oro, quien me proporcionó un guía y un caballo, y salí con él por el camino de Inzola, después de pagar a Cholín Tripatriste. En la misma frontera nos encontramos con una patrulla de carlistas desharrapados. Les mostré mi salvoconducto y les di unas monedas, y me dejaron pasar.

A media noche llegué a San Juan de Luz y me acosté, muerto de fatiga.

XI

OTRA VEZ VINUESA

SEGUÍA malo y febril, no podía dormir. A la mañana siguiente de llegar tomé la diligencia. Me metí en un rincón de la berlina, y estaba con los ojos cerrados, cuando oí una voz conocida. Era Vinuesa.

--¿Qué le pasa a usted?--me dijo--. ¿Está usted enfermo?

--Sí; tengo una herida--contesté--. Usted tampoco tiene buen aspecto.

--Estoy acatarrado y no puedo con mi alma.

Estaba el hombre desconocido, flaco, macilento, con el pelo blanco.

--Vengo muerto--me dijo entre dos estornudos--. He pasado en el campo de Don Carlos unas semanas y vuelvo ansiando descansar. Aquello es un manicomio.

--¿Sí, eh?

--¡Un horror! Ya le contaré a usted.

Partió la diligencia. No íbamos en la berlina más que Vinuesa y yo, y el hombre se puso a hablar.

--Pues, sí--me dijo--; mientras he estado allá, no he tenido un día tranquilo. Llegué el siete de febrero a Villarreal, y el Señor me hizo alojar en una de las mejores casas del pueblo. Al día siguiente tuve mi primera audiencia con Su Majestad. ¿Usted no es carlista?

--No.

--¿Le molesta a usted que yo le dé este título de Majestad a Don Carlos?

--No, no; de ninguna manera.

Lo que me molestaba era el dolor de cabeza, cada vez más creciente, que tenía.

--Pues bien: Su Majestad--siguió contando Vinuesa--me dijo que el objeto de llevarme al Real no era otro que nombrarme ministro de Estado, en una combinación pensada de acuerdo con el general Maroto. Me honra Su Majestad--le dije--, pero no creo que sirva para tan alto cargo. «¡Sí, sí; no has de servir!--me contestó--. Eres inteligente, culto y fiel.»

Luego me dijo que el ejército carlista mejoraba; que Maroto había conseguido restablecer la disciplina por completo, y que tenía la esperanza de poner sus tropas en un estado brillante, al que no habían llegado nunca.

--¿Así que Don Carlos estaba contento de Maroto?--pregunté yo, aunque en aquel momento no me interesaba nada la cosa.

--Mucho. A Maroto le da por la organización--me dijo Don Carlos.

--¡Le da por la organización!--repetí yo--. ¡Qué frase más poco napoleónica!

--A los tres o cuatro días el Señor me encargó que hiciera un proyecto de arreglo para la Secretaría de Estado, que fuera económico y sencillo; lo hice a la carrera, y, para recompensarme de los servicios que, según él, le había prestado, me nombró conde de Gracia Real.

--¡Gracia Real! Es bonito--murmuré yo.

--¿Le parece a usted?

--Muy bonito. Sí.

En la confusión de mi cerebro, Gracia Real me parecía que debía ser algún pájaro de muchos colores.

--Su Majestad me ha tomado afecto--siguió diciendo Vinuesa--. Tuve que seguir, con el Real, andando de acá para allá, y el día veinte de febrero, ¡a mí me parece que han pasado no días, sino años desde esa fecha!, una mañana de lluvia y de frío se nos presentó, yendo por el monte, el oficial don Joaquín Sacanell con un pliego, de parte de Maroto. «Léelo»--me dijo el Señor--. Yo empecé la lectura. Había un preámbulo largo, en que Maroto se quejaba de la indiferencia del Rey, que Don Carlos escuchó con indiferencia. Luego venían estas palabras, que se me han quedado grabadas en la memoria: «Es el caso, señor, que he mandado pasar por las armas a los generales Guergué, García, Sanz, al brigadier Carmona y al intendente Uriz...»

--¿Qué dices?--exclamó Don Carlos--. Eso no puede ser. Entremos aquí, en esta casa.

Pasamos a un caserío que se hallaba cerca del camino real, nos sentamos, y leí yo todo el parte de Maroto.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío!--exclamó el Señor--. Estoy perdido. Maroto se ha vuelto loco o me hace traición. No digas nada y vamos pronto a Villafranca. Estoy sofocado. Necesito descansar. ¡Dios mío, qué disgustos me están dando!

Llegamos a Villafranca y tuvimos una conferencia con el Rey, Arias Teijeiro, el brigadier Montenegro y yo, y acordamos redactar una proclama declarando traidor al general Maroto, que comenzaba así: «Voluntarios, fieles vascongados y navarros».

Arias Teijeiro hizo observar que Maroto sentía gran odio por Balmaseda y que sería capaz de fusilarlo, teniéndole preso en el castillo de Guevara, y, para evitarlo, Don Carlos mandó, al momento, una esquela dirigida al gobernador del castillo de Guevara, que decía así: «Gaviria: pondrás en libertad, inmediatamente, a Balmaseda, porque así te lo manda y es la voluntad de tu Rey.--_Carlos._»

Volvimos con el Real a Villafranca el 23 y se encontró Don Carlos con la dimisión del Ministerio.

--¿Qué harías tú?--me preguntó.

--Yo llamaría al brigadier Montenegro.

Lo hizo así y se constituyó el Ministerio. Unos días después, el Señor se encerró conmigo en un gabinete y me dijo que su causa marchaba muy mal.

--Pero, ¿por qué, Señor?--le pregunté yo.

--No hay que hacerse ilusiones; esto va mal. El paso lamentable que ha dado Maroto fusilando cuatro de mis jefes mejores es el principio del fin. Aquí hay alguna trama oculta contra el carlismo. Maroto ha hecho la guerra en el Perú, y Espartero y él se han debido conocer. No me chocaría nada que los dos sean masones. La masonería nos ha perdido. Dicen que Fulgosio, Urbistondo, Lasala y otros jefes son también francmasones y están de acuerdo con Espartero y Maroto para vender mi causa. Yo no lo creo, ni lo dejo de creer, pero me lo temo; no me asombraría nada que fuera cierto. Cometí la grave falta de recibir a los castellanos y de preferirles a los fieles navarros y vascos, que no me han faltado nunca. Ya la cosa no tiene remedio y es preciso conformarse con la voluntad del Señor.

--Pero todavía hay un ejército carlista fuerte y bien organizado--le dije yo.

--Sí; pero le obedece a Maroto más que a mí. Él es el dueño de los batallones, y no es sólo eso, sino que todos mis verdaderos amigos y consejeros fieles me los arranca de mi lado y me los expatria a Francia.

--¿Y no puede Su Majestad destituír a Maroto?

--Por ahora, imposible, imposible. Hay que disimular. ¡Ah! ¡Si tuviera pruebas claras de su traición!

--Y no las hay, claro.

--No las hay. Y ellos son muchos, y yo voy estando solo. ¿Tú, amigo Vinuesa, no conocerías en Madrid o en Bayona algún hombre activo, inteligente y sagaz, que pudiera traer a mi lado? Entonces yo pensé en usted y en Aviraneta.

Yo había oído esta relación dominado por el dolor de cabeza y el ruido de la diligencia.

--¡En Aviraneta y en mí!--exclamé yo, verdaderamente asombrado.

--Sí, en Aviraneta y en usted. Conozco--le dije al Señor--dos hombres de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho, avezado a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de inteligencia y de energía. A éste le encontré en Bayona y le conté que estaba denunciado, perseguido. En un momento lo arregló todo, y, al día siguiente, estaba en Vera.

--¿Y qué hacen esos hombres? ¿A qué se dedican?--me preguntó Don Carlos.

--El más viejo debe estar empleado; el joven es un comerciante rico.

--¿De dónde son?

--Creo que vascos.

--¿Y son tan inteligentes?

--Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben idiomas, conocen a los hombres...

--Gentes así, de arrestos, de energías, me convendrían. Consultaré el caso con el padre Gil. Vuelve mañana, a las nueve.

Al día siguiente me presenté a Su Majestad, quien me dijo:

--Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a Bayona y trae a los dos amigos tuyos. Le ofrecerás a cada uno, desde luego, diez mil duros, que te entregará el marqués de Lalande, con una libranza mía, y les dirás de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, seré para ellos, no el rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de mis padres, haré lo que pidan y deseen. Así que ponte en camino cuanto antes.

Me despedí de Don Carlos, pasé por Vera el mismo día en que se esperaba que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los desterrados a Francia, de orden de Maroto, y aquí estoy.

Todo esto me parecía una fantasía de sueño.

No comprendía cómo Vinuesa podía tener tanta influencia sobre Don Carlos para darle un consejo y convencerle.

Por otra parte, el consejo no era malo porque Aviraneta y yo en el Real de Don Carlos hubiéramos hecho algo trascendental.

--¿Qué me contesta usted?--me preguntó Vinuesa.

--Amigo Vinuesa--le dije, haciendo un esfuerzo--: es usted más bueno que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por Aviraneta y por mí y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpatía por ella, aceptaría con entusiasmo esa misión; pero no tengo simpatía, ni creo en el triunfo del carlismo. Para mí, hoy por hoy, la causa carlista está perdida. Maroto, indudablemente, está de acuerdo con Espartero. Querer hacer revivir el carlismo es querer resucitar a un muerto.

--Pero a ustedes les convendría, aunque no fuera mas que por hacer su carrera, unirse a Don Carlos.

--Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero pregúnteselo usted a él.

--Y usted, ¿por qué no puede?

--Porque soy... masón.

--¿Y Aviraneta es también masón?

--Sí.

Al decirlo me reía por dentro. Toda esta conversación me hacía el efecto de un sueño.

--Ah... ¿es usted masón?

--Sí.

--Entonces lo comprendo. El hacer traición a los francmasones le podría costar la vida.

--Es cierto.

--¿Y usted cree que Aviraneta no querrá?

--Desde luego, no.

--¿Y qué piensa usted que yo debo hacer ahora? ¿Cómo le contestaría a Don Carlos?

--Pues le escribe usted que ha venido usted a Bayona, que nos ha hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos comprometidos con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los veinte mil duros, y le dice usted, con relación a usted mismo, que se va usted a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted, como yo, necesita reposo.

--Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo. Yo no estoy para nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Quiere usted redactarme esa carta?

--Bueno, cuando lleguemos a Bayona.

En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos, redacté la carta.

--Es usted mi salvador--me dijo varias veces Vinuesa--; voy a ahora casa del marqués de Lalande, para que encamine mi carta al Real de Don Carlos.

Yo comencé a subir la escalera de mi hotel para llegar a mi cuarto. En la cabeza sentía unos golpes como de un martillo. Al llegar, me desnudé como pude y me metí en la cama; luego llamé a la criada y la dije que avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que había llegado.

XII

ENFERMEDAD

AL poco tiempo vino Aviraneta, a quien conté todo lo que nos había ocurrido a María y a mí.

--He estado muy inquieto--me dijo--; he mandado tres mujeres al campo carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la viuda de Zumalacárregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a Vergara. Esta última encontró vuestro paradero en Estella.

Después le conté cómo había hablado con Vinuesa, y su proposición de ir al Real de Don Carlos.

--¡Qué lástima que hayas hecho ese viaje estúpido, que te ha cansado y te ha reventado! Eso sí que hubiera valido la pena. ¡Ir de secretario íntimo de Don Carlos!

--Vaya usted, le dije yo. A usted también le invitan.

Se marchó Aviraneta, y toda la tarde y toda la noche la pasé con fiebre y con unos sueños raros, siempre alrededor de Estella.

Al día siguiente volvió don Eugenio, y al verme en la cama, me dijo:

--¿Todavía no te has levantado?

--No me siento con fuerzas--le contesté.

--¡Bah! No tienes nada. ¿Sabes quién me ha escrito?

--¿Quién?

--Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le asegura que tú eres un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree. Quiere que yo le conteste.

Esta noticia, que en circunstancias normales me hubiera hecho saltar de la cama, la recibí con perfecta indiferencia.

Al día siguiente la fiebre fué mayor, y don Eugenio se presentó con un médico; me tomó el pulso, me miró la lengua, y pocas horas después me pusieron en un colchón y me llevaron no comprendí adónde.

Por la mañana, cuando remitió la fiebre, vi que una monja me cuidaba, y supuse que me hallaba en un hospital. Debía de estar en una sala de pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban. Yo no comprendía bien quiénes eran ni qué querían: vivía en mundo irreal y extraño. Por la mañana oía el canto de las monjas en la capilla, y este canto me producía unos sueños dulces, inefables.

Todas las mañanas la fiebre remitía un poco; luego aumentó de tal modo, que los intervalos se hicieron raros. Soñé mucho con María, y creí varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego, canté y grité y eché discursos en mi delirio.

Por último, un día, tras de un largo sueño profundo, me desperté. Tenía tal debilidad, que no podía mover un dedo.

Poco después vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a Corito, a doña Mercedes y a mi madre.

Quería hacer muchas preguntas, pero me dijeron que no hablase.

Unos días después, Corito me dijo que su madre y ella habían dispuesto que, cuando me pusiera bueno, nos casaríamos e iríamos a Madrid.

Ya sin fiebre, comencé a sentir una languidez y una tristeza cada día mayores. Tenía un sentimentalismo enfermizo. Cuando me hablaba Corito, tomaba sus manos entre las mías y lloraba como un niño.

Este sentimentalismo se complicó pronto en mí con una idea de remordimiento. Fué un día que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el hombre tan cariñoso conmigo, que me avergoncé de mi proceder con él.

Es posible que haya una moral de hombre sano y una moral de hombre enfermo; yo había pasado de la una a otra.

Tenía una idea de remordimiento de la que no me podía librar: el haber seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el caso de María Luisa y el de la mujer de Vinuesa me turbaban el espíritu.

¿Para qué había hecho esto? No no lo comprendía. No me lo explicaba. Había seguido una tradición de violencia y de egoísmo, por que sí.

Todos mis amigos y conocidos aparecían al pie de la cama y me echaban en cara mi dureza y mi crueldad.

Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de bueno y de malo, de sombra y de luz; yo siempre había creído que en mí la zona de sombra era grande, pero ahora me parecía toda mi vida en sombra.

Cuando pude levantarme de la cama dejé el hospital y fuí de nuevo al hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y estuvieron también doña Paca Falcón y Sara, su dependiente.

Cuando ya pude salir y hacía bueno, paseaba con doña Mercedes y Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y correr aventuras y peligros no me seducía. Mi impulso por la acción había desaparecido. Aquella fiebre, que me había durado cerca de dos meses, arrastró mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.

XIII

LA VUELTA DE MARÍA

EL 27 de abril, María Luisa de Taboada apareció en Bayona, y fué a visitar a don Eugenio. Ya no era la muchacha de antes, petulante y charlatana, sino una mujer reservada y taciturna. A mí me vió en la calle y se escapó para no hablarme.

Pregunté a la hija del brigadier carlista qué le pasaba a María.

--Ya sabe usted que es la novia del general Villarreal y que quieren casarse; pero al pobre Villarreal no le reponen en su puesto; le han tenido preso, y, además, está tísico. Parece que habían decidido vivir como marido y mujer hasta que se pudieran casar, pero como no tienen medios, María Luisa vuelve aquí, no sé si a ser señorita de compañía o a qué.

Aviraneta me dijo que pensaba emplearla de nuevo.

Un día encontré a María en casa de Aviraneta. Al verme palideció y se turbó.

--¿Me odia usted?--le pregunté.

--No.

Estuvimos un rato en silencio.

--¿Se va usted a casar?--me dijo.

--Sí.

--¿Le quiere usted a su novia?

--Sí; pero si usted hubiere querido, me hubiese casado con usted.

--Más vale que se case usted con ella.

--¿Cree usted?

--Sí; nosotros no nos hubiéramos entendido nunca.

Al despedirme de María Luisa me dió la mano cordialmente.

Una semana después, don Eugenio me dijo maliciosamente:

--María Luisa tiene una gran desconfianza y me espía. La he tendido un lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha caído en él.

--¿Qué ha hecho usted?