El amor, el dandysmo y la intriga

Part 20

Chapter 201,525 wordsPublic domain

--Había observado estos últimos días que, en medio de la indiferencia que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho cambiaba de actitud y se ponía disimuladamente a ver si podía enterarse de algo; miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fábricas de los papeles al trasluz, etcétera, etc. El otro día le avisé a la sobrina de mi patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le conté lo que me pasaba. Luego le pregunté si sería capaz de observar a María Luisa, para lo cual yo la dejaría a ésta sola en mi despacho, y ella, Veronique, podría mirarla desde una ventana pequeña que comunica mi cuarto con un corredor. Le prometí a la chica un sombrero, y ella dijo que haría lo que le dijese. Pusimos una escalera en el corredor, que es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y yo redacté unas notas figuradas del ministro de la Gobernación, en que aparecía Maroto de acuerdo con Espartero, y fabriqué una clave falsa con el número cinco. Al día siguiente convidé a almorzar a María Luisa, y estando en la mesa, a los postres, hice que la criada me entregara una carta.

--Qué fastidio--dije a María--. El cónsul me llama. Usted haga lo que quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted entrar en mi despacho, donde hay libros y periódicos.

--Me quedaré un rato--contestó ella.

Yo tomé mi sombrero y salí a la calle. María Luisa, poco después, salió del comedor, entró en mi despacho, y lentamente cerró la puerta con pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se colocó en su atalaya. María Luisa abrió los cajones de mi mesa y principió a examinar los papeles uno por uno; luego encontró las notas que yo había escrito la noche anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que María Luisa tropezó con estos papeles se puso a copiarlos; luego encendió una vela y sacó tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo uso. Acabada la obra se guardó todo en el pecho, descorrió el pestillo de la puerta, la dejó entornada y se puso a leer los periódicos. Cuando volví yo de mi paseo me encontré a María Luisa más jovial que de costumbre. Le dije que el cónsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le invité a que volviera a almorzar conmigo al día siguiente. Veronique me dió cuenta exacta de todo lo que había observado, y ya tiene su sombrerito.

--¡Cómo desmoraliza usted al pueblo!

--¡Pues mira que tú!

--¿Va usted a prescindir de María?

--No; le he propuesto un nuevo viaje al campo carlista; por ella sabré lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para mí, María es una mujer muy simpática.

--Y para mí también.

--Para ti algo más que simpática.

--¿Por qué dice usted eso?

--A mí no me engañas tú ni ella. Tiene uno el colmillo muy retorcido.

--No sé por qué supone usted que le quiero engañar.

--Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que insistir en él. María es muy buena y, además, muy generosa. Todo el dinero que le he dado yo se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.

Unas semanas después estaba María de nuevo de regreso en Bayona, muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre Cirilo y a sus compañeros, que habían creído apoderarse del mando y formar el Ministerio a su manera, después de aniquilar al partido intransigente, les había salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entronizó bajo la dirección absoluta de Maroto.

Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.

Después de este último viaje, María volvió a otra casa de Bayona, como señorita de compañía, y se dijo que estaba entregada a la iglesia y que hacía con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregación de San Vicente de Paul.

XIV

COMIENZA LA NUEVA VIDA

SE acercaba la época de mi matrimonio. Doña Mercedes aseguraba que en llegando a la Corte conseguiría para mí un buen empleo.

Después de hablar con Aviraneta, quien me dijo que no tenía nada que ver con el asunto, me entendí con Gomes Salcedo, y le cedí la casa de comisión Etchegaray y Leguía por veinte mil francos.

Me despedí de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.

--Bueno--me dijo éste--, seguiremos el procedimiento de comunicarnos como antes, tú desde Madrid y yo desde Bayona.

--Mire usted--le dije--, no, don Eugenio. Me obligan a hacer otra vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.

--Bueno, bueno, está bien--replicó Aviraneta, ofendido.

--No creo que se deba usted ofender; yo le debo a usted todo lo que soy, es cierto, pero también es cierto que ahora no voy a ser solo, y no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido vigilado y perseguido por la policía.

Me separé con tristeza de don Eugenio. ¿Qué iba a hacer? No podía tomar otra determinación.

Unos días después, Corito y yo nos casamos y fuimos a Madrid. María Cristina nos recibió, a mi suegra, a mi mujer y a mí, en Palacio. Al mes tenía yo un alto empleo.

* * * * *

En Madrid hice relaciones y comencé una nueva vida, tan desligada de la de Bayona, que ésta, en mi existencia, era como un prólogo completamente aislado del resto de ella.

De mis conocidos en Bayona, volví a ver años después a muy pocos. A Vinuesa le encontré y me llevó a su casa. No me hacía mucha gracia hablar con su mujer. Vinuesa se lamentó con Aviraneta de que yo no fuera a visitarle con frecuencia.

--Leguía no me quiere porque soy carlista--le dijo.

--Es un hombre seco y poco efusivo--le contestó don Eugenio.

Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid después de la guerra, fué García Orejón. Era de los convenidos de Vergara, y le habían dado un destino en la policía. Pensaba desempeñarlo durante cinco o seis años, y luego, retirarse a una finca que había comprado cerca de Córdoba.

Dentro de la burocracia fuí avanzando en mi carrera. Ya se me había pasado el brío, la confianza en mi fuerza.

Comprendí cuán inferior era en este sentido a Aviraneta, que llevaba más de treinta años en una constante aventura, y que aún no estaba saciado. Me pareció que lo más propio para mí, desde entonces, era ser espectador en las luchas políticas.

El decidirme a esta actitud hizo que fuera consultado y considerado como un diplomático sagaz.

Sobre todo, hay que tener poco celo--decía Talleyrand a los amigos que empleaba--. Es lo que hice yo: tener poco celo y dejarme llevar por la corriente.

FIN DEL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA

Itzea, octubre, 1922.

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES

Páginas.

En la Engadina 7

I.--De Santander a Bayona 11

II.--Aviraneta y yo 16

III.--Proyectos 21

IV.--Algo de mi infancia 26

V.--La tienda de antigüedades 30

VI.--Nuevas instrucciones 35

VII.--La vida en Bayona 41

VIII.--Sensibilidad patriótica 48

IX.--Noticias de Aviraneta 54

X.--Madama de Laussat 57

XI.--Madama d'Aubignac 60

XII.--La duquesa y su abate 67

XIII.--La arbitrariedad 74

SEGUNDA PARTE

DANDYSMO

En la frontera del Tirol 79

I.--Una imprudencia 80

II.--Desafío 84

III.--Stratford Grain 89

IV.--Las cartas de lord Chesterfield 91

V.--Variedades sobre el dandysmo 97

VI.--En Cambo 102

VII.--Cita a la luz de la luna 106

VIII.--Los políticos 108

IX.--Nostalgias 115

X.--Física 118

XI.--Muñagorri y su gente 121

XII.--Nueva tertulia 126

XIII.--Vuelta por España 130

TERCERA PARTE

NUEVOS CONOCIMIENTOS

En Saint-Moritz 141

I.--París y Madrid 143

II.--Los agentes secretos 149

III.--La Reina 155

IV.--Aquel Madrid 157

V.--Vinuesa y su familia 159

VI.--Aventura en Tolosa de Francia 162

CUARTA PARTE

LOS PEONES DEL JUEGO

En Basilea 167

I.--Los rivales 170

II.--El Murciélago 174

III.--Las letras S, T, U, V 177

IV.--Valdés de los gatos 181

V.--Bertache 186

VI.--La letra Z 192

VII.--Las bacantes vascas de Añoa 197

VIII.--Emboscada 203

IX.--Aviraneta, de nuevo 205

X.--Apuros de Vinuesa 211

XI.--Un proyecto atrevido 215

XII.--El plan escrito 221

XIII.--De Biriatu a Erlaiz 228

XIV.--Rompimiento 233

XV.--En el _faubourg_ Saint-Germain 236

XVI.--Los chapuzones de Valdés 241

XVII.--Encuentro 246

XVIII.--Un hombre de mala suerte 251

QUINTA PARTE

LA AVENTURA PELIGROSA

En la costa cantábrica 259

I.--María Luisa de Taboada 261

II.--Petulancia contra petulancia 265

III.--En Estella 271

IV.--Los conjurados 275

V.--Las tropas de Maroto 278

VI.--La encerrona 282

VII.--Explicaciones y amenazas 284

VIII.--La escapatoria 290

IX.--Tribulaciones 295

X.--De Estella a San Juan de Luz 300

XI.--Otra vez Vinuesa 304

XII.--Enfermedad 310

XIII.--La vuelta de María 313

XIV.--Comienza la nueva vida 316

End of Project Gutenberg's El amor, el dandysmo y la intriga, by Pío Baroja