El amor, el dandysmo y la intriga

Part 18

Chapter 184,200 wordsPublic domain

--Bueno--dijo el cabo--; tres dormirán en la guardilla; dos, en la sala, y uno, en la cocina. ¿Tiene usted algo que decir, patrona?

--Nada, nada. Veo que os hacéis cargo de las cosas y que sois unos buenos muchachos, que no queréis perjudicar a una pobre vieja como yo.

--Todos tenemos que vivir, señora.

--Es verdad, y no somos ricos.

--Ahora dígale usted a nuestro cocinero, que es este chico cigaleño, dónde puede hacer nuestra cena, y dele usted la leña y la sal.

--Voy al momento.

--Bueno, muchachos--dijo el cabo--. Vamos a ver qué hay por esas calles... ¡y viva Maroto!

Fuí a la cocina. El soldado estaba preparando el fuego y cantando:

Para mi padre le traigo una espuela; para mi madre, un pañuelo de seda.

Charlé un rato con este muchacho, que me habló de Cigales, su pueblo, y me contó por qué circunstancias estaba en la facción.

Luego salí a la calle. Había grandes corros de soldados en las plazas y en las puertas de las tabernas. Le encontré al fraile compañero de cuarto. Me dijo, celebrándolo, que todos los curas, apostólicos y empleados, habían echado a correr como liebres a salvar la preciosa vida. Cerca de Lecumberri, Maroto había atrapado al general Sanz, que iba huído.

De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las Dos Hermanas, un momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el camino entre el río Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que marchaba también escapado. Maroto mandó prenderlo, y con Sanz y Uriz, presos, entró en Estella.

El general García había hecho la baladronada de asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le había saludado ni se había presentado a él. Se decía que los batallones navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.

Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba María, y nos dijeron que no estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de San Nicolás mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de soldados. Como ya estaba obscurecido, no se le veían las facciones.

--¿Qué ocurre?--preguntó el fraile a una vieja.

--Dicen que al general García acaban de prenderle.

--Y ese cura, ¿quién es?

--No sé.

El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo, había querido escapar por el portal de San Nicolás.

Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco negro, pequeño, con un farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una imagen de un Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de allá.

VI

LA ENCERRONA

VOLVÍ a entrar en casa y me metí en la cocina, iluminada por la luz del candil. El soldado de Cigales seguía cantando y cuidando del rancho. Hablamos del asunto del día.

Charlaba con el soldado cuando vino la patrona, conmovida por el suceso ocurrido en la vecindad: la prisión del general García. La mujer del general García había suplicado a su marido que se fuera, y que se fuera de Estella, pero él no quiso; luego había estado en su casa el cura de San Pedro, que le convenció, le dió su sotana, el manteo y la teja, y García fué a casa del cura y estuvo allí una hora, hasta que quiso escapar saliendo por el portal de San Nicolás, donde le detuvo el centinela.

Se decía que lo iban a fusilar, y que lo iban a fusilar vestido de cura.

En esto entró una vieja preguntando por mí y me dió una carta. La abrí. Decía lo siguiente:

«A María Luisa la han llevado engañada a una casa de la calle del Chapitel dos hombres del 5.º batallón, y la tienen allí presa. Avísele usted a Bertache, que está alojado en el callejón sin salida de la calle de la Calderería, en la casa del fondo, a la derecha, y entre los dos, y mejor si llevan algún compañero, pueden salvarla. Quémeme usted esta carta.

_Un amigo._»

--¿Y la vieja que ha traído esta carta?--le pregunté a la patrona.

--Pues se ha marchado.

--¿La conoce usted?

--No.

Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero yo había estado muy lento, o ella muy rápida, porque, aunque me asomé corriendo a la calle, no la vi.

Quemé la carta en el fuego de la cocina, subí a mi cuarto y me metí una pistola en el bolsillo. Me eché el impermeable sobre los hombros y me dispuse a buscar a Bertache.

No llovía; la noche estaba húmeda; al pasar por el puente del Azucarero estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por encima de los tejados y se reflejaba en el río.

El pueblo estaba desierto. Se habían cerrado todas las tiendas y las puertas de las casas. Fuí a la plaza. Allí había grupos y corrillos de militares y de algunos curiosos. Los militares decían que había que fusilar a García, a Guergué y a sus amigos, y seguir el mismo procedimiento con los traidores del Cuartel Real.

Me alejé de la plaza y me metí en el callejón sin salida de la calle de la Calderería.

Avancé hasta el fondo y vi a mano derecha una puerta entornada.

Llamé, dando unas palmadas. Apareció una vieja, la que me había entregado la carta, alumbrándose con un candil. Era una vieja bruja, encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.

--¿Está aquí Bertache?--le pregunté.

--Sí; pase usted.

Avancé en el portal y me sentí de pronto que me taparon la boca y que me agarraron por los brazos y la cintura.

--Otro que ha caído en la trampa--dijo una voz.

Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron una puerta y me hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un candil. Allí, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban María Luisa Taboada y Salvador, el espía del hotel de Bayona.

Hice un movimiento de sorpresa.

--¡Parece que te asombras!--dijo una voz burlona.

No contesté, y me dejé atar brazos y pies.

VII

EXPLICACIONES Y AMENAZAS

HABÍA cuatro hombres en la bodega, los cuatro militares.

Uno era bajito, moreno, pequeño, con la cara triste, bigote y la barba de varios días sin afeitar; llevaba levita de oficial; los otros tres eran soldados del 5.º de Navarra.

El oficial se llamaba Remacha, y tenía un aspecto reconcentrado y sombrío. Se adivinaba en él el fanatismo y la hipocondría.

--Ustedes me dirán lo que quieren--dije yo fríamente.

--¿De dónde ha venido usted?--me preguntó Remacha.

--De Vergara.

--¿Y a qué ha venido?

--He venido acompañando a esta señorita, a quien pretendo.

--A conspirar, a intrigar contra nosotros.

--No.

--Yo le digo a usted que sí.

--Yo le digo a usted que no.

--Sí; ese hombre es liberal y masón; yo lo conozco de Bayona--exclamó Salvador señalándome a mí.

--¿Eso es verdad? ¿Es usted liberal?

--Sí, señor.

--¿Y masón?

--También; pero no soy amigo de Maroto, ni del conde de Negrí, como este hombre--y señalé a Salvador--. No he venido a desunir a los carlistas, sino a acompañar a esta mujer. Que diga ella misma si tengo alguna relación política con sus amigos, si no hemos reñido, porque ella es carlista y yo liberal.

--Es verdad--dijo María, sollozando.

--El mismo lo confiesa--exclamó Salvador.

--Sí, cierto, lo confieso: soy liberal y comerciante; he vendido géneros al ejército de la Reina, pero no denuncio a los carlistas como este hombre que me acusa.

--¿De qué conoce usted a Bertache?

--¿A Bertache?

--Sí.

No podía negar que le conocía.

--Hemos hecho un negocio de contrabando juntos.

--¿Para España?

--Sí.

--¿Y quién entró el contrabando?

--Parte, su novia.

--¿Gabriela?

--Sí.

--Bueno. Está bien.

El teniente Remacha se puso a pasear por el sótano arriba y abajo, mirándonos a los tres prisioneros y enfureciéndose poco a poco.

La bodega era larga, angosta, con un respiradero en el techo, una mesa vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba un candil humeante.

En la mesa había una taza vacía y una botella de aguardiente con una copa.

De cuando en cuando, Remacha bebía.

En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega, dados con la culata de un fusil; abrieron la puerta y apareció un hombre viejo, bizco, amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.

--¡Remacha!--gritó.

--¿Qué hay?

--A García, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en capilla, en la sacristía de la ermita del Puy.

--¿Le habéis avisado a Guergué?

--Sí. Han ido a buscarle a Lagardón, pero no le han encontrado.

--¿Y no han mandado nadie a Legaria?

--No.

El viejo bizco desapareció de la puerta. Remacha comenzó de nuevo su paseo, y se bebió dos copas de aguardiente.

--Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron con furor; y su cara tomó un aire de tristeza que en él, sin duda, acompañaba a la ira, y entre puñetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que aparecieron Cristo, la Virgen y el Copón, nos aseguró que íbamos a pagarla si fusilaban a los generales navarros.

--A ti, por zorra--le dijo a María Luisa--, porque eres la querida de Villarreal y has venido aquí a intrigar, para ver si puedes conseguir que tu querido vuelva a tener mando.

María Luisa comenzó a sollozar.

--Reconozca usted que, si es así, es un motivo muy laudable--dije yo.

--¡Tú, cállate! Que si no te voy a aplastar como a una cucaracha.

--Es muy fácil ser valiente con un hombre atado.

--A éste--y Remacha señaló a Salvador--le fusilaremos, por traidor; y a ti, ya que eres liberal y masón y odias a los carlistas...

--No sólo los odio, los desprecio.

--Te sacaremos la vida poco a poco. Ya veremos si eres valiente.

--Más que tú, siempre.

Pasamos un momento de silencio.

--¿Y si yo le propusiera a usted hacer una gestión para salvar la vida de García?--preguntó Salvador, que estaba pálido como un muerto.

--¿Yendo adonde está Maroto, para quedarse allí?... ¡Ca!... No, no.

--Haciendo que venga a esta casa solo el conde de Negrí, dándome usted la palabra de que aunque no nos pusiéramos de acuerdo usted y yo, a él no le pasaría nada.

--Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en otro cuarto.

Remacha tomó la botella de aguardiente en la mano.

Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados fué siguiéndole a éste. Quedamos María Luisa y yo atados y vigilados por dos hombres, Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico el Tuerto era pequeño, negro, tostado por el sol; tenía una cara de vencejo; la nariz, afilada y corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios, delgados; el pelo, negro, y la barba, crecida de varios días. Uno de sus ojos estaba vaciado; el otro brillaba en la órbita, como el de un águila.

Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja, y no abandonaba una carabina, que sin duda estimaba mucho.

Recordé a Gastibelza, el hombre de la carabina, el héroe de una canción de Víctor Hugo, cuyo nombre debió de tomar el poeta de Sagastibelza, el cabecilla carlista baztanés, que tuvo alguna fama a su muerte, ocurrida hacía dos años.

Ilundain era un hombretón fuerte; tenía los ojos brillantes y ávidos; la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio inferior prominente. Llevaba un capotón de soldado, boina pequeña, muy calada, y el pelo, negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carácter de un guerrero antiguo.

Estuvimos algún tiempo en silencio; María Luisa gemía; yo pensaba en mí mismo, como en otro, y hacía cábalas imaginando qué dirían mis amigos al saber mi desaparición.

Miguelico se puso a pasear por el sótano y a cantar una canción monótona, que quería ser irónica.

Vosotros nos decíais a nosotros, al vernos: en la lid moriremos con gloria. Y apenas en Hontoria entró Merino, recorristeis más tierra que un peregrino.

En aquellos momentos pensé una porción de cosas rápidas. Mi imaginación galopaba; pero se perdía en fantasías inútiles.

Las hipótesis y comentarios que harían en Bayona mis amigos al saber mi desaparición me llenaban el espíritu. ¿Qué diría Aviraneta? ¿Qué diría Delfina? Iba a tener un final pintoresco entre aquellos foragidos como Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el hombre de la carabina.

El lugar era también siniestro, negro, lleno de telarañas. El candil chisporroteaba y llenaba de humo espeso y acre la bodega. Yo miraba a los dos guardianes y a las negruras del sótano como quien contempla una decoración de teatro...

VIII

LA ESCAPATORIA

DE pronto sentí como la protesta del instinto vital. Había que hacer algo para salvarse.

--Sois unos brutos--dije a nuestros dos guardianes--: nos tenéis como si fuéramos cerdos. No creo que nos podamos escapar. Soltadme una mano, para que pueda fumar un cigarro.

Me desataron las manos y fumamos los tres.

--¿No podíamos beber un poco?--pregunté luego.

--¿Tú pagas?--preguntó Miguelico.

--Sí.--Saqué un duro.

--Ilundain, anda, ve tú por vino--dijo Miguelico--. Llévate la llave y luego devuélvemela.

Ilundain salió y vino poco después con una jarra grande y tres vasos. Yo llené uno y lo cogí en la mano.

--¿Por qué no traéis algo para comer?

--¿Qué quieres que traiga?

--Un poco de jamón o de queso.

Saqué otro duro.

--No; ya basta--dijo Miguelico rechazándome la moneda.

--Gente difícil de sobornar--pensé yo.

--El caso es--murmuró Ilundain--que hay que ir a la taberna de la plaza de Santiago, y andan por allí patrullas.

--¿No sabes el santo y seña?

--Sí. Julián, valor y subordinación; pero, ¿y si lo han cambiado...?

--¡Ca! No lo habrán cambiado. Ve si no a la taberna del Muturranga, de aquí cerca.

Ilundain salió del sótano. Entonces yo le dije a Miguelico:

--Suéltela usted un poco las manos a esta mujer. ¿Qué va a hacer? ¿Les va a matar? Es una vergüenza tratarla así.

--Sí, la soltaré un poco--dijo Miguelico.

Mientras se dedicaba a esa faena, María Luisa gimió. Yo saqué el frasquito del abate Girovanna y eché la mitad de su contenido en la jarra.

Volvió Ilundain con un trozo de jamón, queso, pan y la vuelta del duro.

María Luisa no quiso probar nada; yo comí jamón y queso y bebí el vino que me había echado anteriormente en mi vaso. Los dos hombres comieron y bebieron en abundancia.

El narcótico tardó mucho en hacerles efecto. De pronto, Ilundain dijo:

--Esta noche pasada no he podido dormir. Voy a descabezar un poco el sueño.

Yo hice como que echaba la cabeza en la pared y quedaba dormido. Miguelico el Tuerto, estaba en guardia, con su ojo de ave de rapiña, brillante; me miraba a mí, miraba también a la puerta, y, al último, puso un brazo sobre la mesa, inclinó la frente y se quedó inmóvil. Hice entonces un movimiento como involuntario para ver si se despertaba. No se despertó. En vista de la profundidad de su sueño le agarré por el pie a María con fuerza.

--¿Qué me quieren?--gimió ella.

--¡Silencio!--le dije yo--. Les he dado un narcótico a éstos. Ahora hay que escapar. ¿Puede usted levantarse?

--Sí--exclamó levantándose.

--Este Ilundain lleva un cuchillo en la faja. A ver si se lo puede usted sacar.

--¿Para qué?

--Para cortar nuestras ligaduras. Yo estoy atado, además, al banco, y no me puedo mover.

María Luisa se levantó, se deslizó por el banco, se acercó a Ilundain y le quitó el cuchillo de la faja. Ilundain suspiró en aquel momento.

María Luisa me dió el cuchillo y corté las cuerdas con que nos habían atado a los dos. En seguida registré el bolsillo de Miguelico, saqué la llave del sótano y le quité la bayoneta del cinturón. Después María y yo subimos las escaleras hasta la puerta, llevando en la mano: ella, el cuchillo de Ilundain; yo, la bayoneta de Miguelico.

Había en la puerta una gran cerradura mohosa, que seguramente iba a rechinar al dar la vuelta a la lengüeta. María quiso abrir la puerta inmediatamente.

--Hay que tener calma. Espere usted--le dije yo--; no vayamos tan de prisa.

Bajé las escaleras, cogí un resto de la grasa del jamón y lubrifiqué la llave y la cerradura. Cuando creí que lo estaban ya suficientemente, di una vuelta rápida a la llave, que chirrió con acritud, y abrí la puerta.

Ni Miguelico ni Ilundain se movieron. En esto, la vieja del candil se acercó. Yo la agarré del cuello y la dije:

--Si grita usted, la ahogo.

La mujer no resolló; abrí la puerta del sótano, empujé a la vieja hacia dentro y cerré por fuera con llave.

--Aquí lo único que nos puede salvar es la audacia--le dije a María Luisa.

Salimos corriendo hacia la puerta de la calle; pero estaba cerrada, y, por más esfuerzos que hicimos, no pudimos abrirla.

--Vamos a ver en la parte de atrás si hay salida.

Abrí una puerta pesada y aparecimos en un corral abandonado.

Era un corral pequeño, de tapias altas, con el suelo lleno de varias cosas, que a obscuras no se veían bien: tablones, barricas, cubos y restos de algún derribo.

Había en un rincón un emparrado medio deshecho.

Pensé que encontraría alguna escalera, y, efectivamente, había una, aunque rota. La coloqué en la pared, y subí por ella, primero sobre el emparrado y luego sobre la tapia.

Era la tapia toscamente construída, con piedras gruesas, sin cimentación. Daba a un camino.

--Suba usted--le dije a María--; se monta usted en la tapia; luego subiré yo, y a ver si entre los dos podemos echar la escalera al otro lado.

Dejé la bayoneta en el suelo y sujeté la escalera, de miedo de que se desbaratase.

Había subido María, ayudada por mí, a la tapia, cuando vi que Remacha se acercaba, armado de un sable y una pistola. Comprendí que no dispararía la pistola porque vendría gente, cosa que a él no le convenía. Yo quise coger la bayoneta, que había dejado en el suelo, para defenderme, pero no la encontré.

--Ríndete--me dijo Remacha.

--No.

Él levantó el sable; yo retrocedí al momento, pero el sable me alcanzó y me hirió con la punta en la frente.

Noté la sangre, que me mojaba la cara. Me refugié debajo del emparrado. Estaba allí más obscuro, y el emparrado era de poca altura. Remacha no podría allí manejar su sable. Miré otra vez al suelo para buscar mi bayoneta, y no la vi. Entonces, decidido, me lancé sobre Remacha y le agarré del brazo.

Yo tenía más fuerza que él, y sujetándole la mano derecha se la retorcí y le hice soltar el sable.

Él entonces me cogió del pelo, y yo a él del cuello.

Forcejeamos los dos, estrujándonos violentamente. Él me mordía, yo le golpeaba la cabeza sobre la pared. En esto él resbaló y cayó hacia atrás. Iba a levantarse, cuando una piedra grande, caída de la tapia, le dió en el pecho. El hombre ya no se movió.

--¿Es que le he dado?--preguntó María Luisa desde arriba.

--Sí.

--¿Y qué ha hecho?

--Ha caído.

--¿Muerto?

--No; sólo atontado.

No quise decírselo, pero creí que estaba muerto. Al momento escalé la tapia, y con una energía sobrehumana subí la escalera, medio rota, y la puse hacia afuera.

Estábamos en un camino que iba del convento de Recoletas hacia la ermita del Puy. No pude calcular qué hora sería. El cielo estaba estrellado. Debía ser algo más de media noche. Se oían próximos los alertas de los centinelas.

Salimos María Luisa y yo por la calleja de Belviste a la plaza de Santiago. En la plaza, a obscuras, había una patrulla que iba y venía a la luz de unas antorchas. Se oía de cuando en cuando el «¿Quién vive?» de los soldados. Tenía la noche un aire siniestro; no sabíamos si aquella patrulla era de amigos o de enemigos. En la duda, retrocedimos. Encontramos un portal abierto.

--¿Aquí podríamos pasar la noche?--pregunté yo a una vieja que apareció en el zaguán con una vela.

--Sí; pasen ustedes.

Seguimos a la vieja por el portal, subimos la escalera hasta un corredor largo y pasamos a una alcoba.

Aquella casa era una casa de citas.

IX

TRIBULACIONES

CUANDO vi en un espejo pequeño de la alcoba que tenía en la frente una hinchazón llena de sangre coagulada, me asusté; luego, al lavarme, vi que la herida de mi cabeza era larga, pero no profunda. María Luisa me vendó con un pañuelo. Yo le besé las manos y no protestó.

El cuarto en donde estábamos era una alcoba grande con un balcón a la calleja. Tenía un papel amarillo, rasgado en muchas partes, un sofá también amarillo, un espejo, la cama y un aguamanil.

--Échese usted en la cama; yo me tenderé en el sofá--le dije a María.

--No, no; usted está herido.

--No es nada; cogeré una manta y una almohada, y ya está.

Cogí la manta y me tendí en el canapé, que era duro como el corazón de un carlista.

--Ahora, acuéstese usted--le dije a María.

--No, no.

--¿Por qué no?

--No podré dormir--suspiró ella.

--Vamos, no sea usted niña--repliqué yo--. ¿No es usted una mujer fuerte? Quítese usted los zapatos y el abrigo, y se dormirá usted.

--No podré--murmuró ella sollozando.

--Vamos--dije yo--, le serviré de doncella.

Me levanté y le quité los zapatos, sin que ella protestara.

--Ahora, fuera el abrigo, y a dormir. Apague usted la luz.

--No, no.

--Como usted quiera.

--Si Carmona habla del plan de sublevación de Navarra y cuenta que yo se lo llevé al general García, me buscan y me matan.

--¿Para qué va a declarar una cosa que no le conviene? Además, Maroto es el que manda.

Me volví a echar en el canapé, y estuve dormido, o, por lo menos, atontado, una media hora. María Luisa seguía inquieta, agitándose en la cama y quejándose.

--¿No puede usted dormir?--le pregunté.

--No.

--¿Tiene usted algo? ¿Le duele la cabeza?

--No; no tengo nada. ¿Y usted, duerme?

--Yo he dormido un poco. La herida me empieza a doler y parece que hay ratas aquí.

--¡Qué situación, Dios mío!--exclamó ella.

--¡Qué le vamos a hacer! Peor nos veíamos hace un momento.

--Estamos bien--exclamó de pronto ella riendo con una risa nerviosa--. ¡Qué noche! ¡No va a pasar nunca! ¿Qué haríamos?

--¿Yo, sabe usted qué voy a hacer?

--¿Qué?

--Tomar un poco del narcótico que he dado a esos hombres. Todavía me queda.

--No haga usted ese disparate. Eso debe ser un veneno.

--No. ¡Ca! Lo voy a tomar.

--¿Y qué defensa voy a tener yo?

--Tome usted también un poco, y se duerme.

--No, no. De ninguna manera.

--Entonces, ¿qué quiere usted hacer?

--No sé. No sé. ¡Ay, Dios mío! ¡Yo creo que tengo fiebre!

--A ver...--le toqué las manos--. No tiene usted nada. No se asuste usted.

--¿Qué haríamos? ¿Qué haríamos?

--¿Yo, sabe usted lo que haría, como usted?

--¿Qué?

--Hacerme sitio en la cama. Después de todo, quizá mañana nos vayan a fusilar...

María Luisa se incorporó como movida por un resorte.

--¿Sería usted capaz...?

--¿De violentarla? No. Nunca. Usted manda. Yo quisiera resarcirme de todas las angustias que he pasado. ¿Lo quiere usted también? Apague usted la luz. ¿No lo quiere? Tenga usted la luz encendida.

María me miró con estupefacción, y al poco rato apagó la luz.

Cuando me acerqué a ella, intentó rechazarme, pero luego cedió... Después del día, lleno de emociones, la noche, furiosa de erotismo.

Por la mañana siguiente, cuando me desperté de un sueño febril, vi a María Luisa, desnuda, arrodillada en el suelo y llorando.

--No haga usted locuras--le dije--, hace un frío terrible.

--He hecho una horrible traición, he cometido un tremendo pecado. ¿Qué va a ser de mí, Dios mío?

--Yo no le abandonaré a usted.

--¡Usted! Usted no tiene obligación ninguna conmigo. Mi reputación está perdida; mi conciencia no podrá recuperar su calma. Su amigo de usted, Aviraneta, es un monstruo.

--No sea usted injusta, María. En esta intriga ha seguido usted los consejos de otros amigos.

--No; ha sido él el que me ha perdido.

Conseguí que María se tranquilizara y se vistiera. Había adquirido ya su presencia de ánimo; yo estaba agotado y febril.

En esto, empezó a oírse un terrible estrépito de tambores y y cornetas.

--Voy a ver qué pasa--dijo María.

--No haga usted alguna imprudencia.

--Tengo que salir.

María salió; pasó una hora, y otra hora, y no volvió.

Me levanté yo como pude y llamé en la puerta, y entró la dueña de la casa, la Coneja. Era una mujer gruesa, con unos ojos redondos de lechuza, la nariz corva, los labios delgados y un aire entre burlón y suspicaz. Hablaba de una manera muy redicha.

--¿Qué le pasa a usted? ¿Le han herido?

--Sí, ya ve usted.

La Coneja creyó que me habían herido en su casa.

--¡No salga usted ahora, por Dios!--me dijo.