El amor, el dandysmo y la intriga
Part 17
--Yo con una mujer como usted iría a algunos sitios.
--¡Bah! ¿Se las va usted a echar de Don Juan?
--¿Por qué no?
--Conmigo no tendrá usted éxito.
--¡Oh, sí! ¡Quién sabe!
--¡Qué estúpido es usted!
--Quizá. Usted también es un poco pedante.
--¡Yo!
--Sí.
El calificativo no le hizo ninguna gracia.
María Luisa tenía una gran seguridad en sí misma. Se creía la ciencia infusa. Tenía una risa clara, despreciativa, una petulancia completamente ibérica.
Dejé a María Luisa en su casa y me volví a la fonda de Iturri a entregar el coche.
II
PETULANCIA CONTRA PETULANCIA
LA señorita de Taboada me hizo efecto, y dispuse emprender su conquista.
Al día siguiente de comer con ella en San Pedro de Irube la volví a ver en casa de la Falcón, y hablamos.
Ella estaba conmigo siempre en guardia.
María Luisa, por lo que me dijo la Falcón, era una mujer original, de una vida poco corriente, con una extraña juventud.
Había vivido en Francia, en Italia y en España; había seguido con su padre a las tropas de Zumalacárregui, montando a caballo, andando entre breñales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; sabía historias libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar estas verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy arraigadas.
Era muy devota, y al mismo tiempo, en su conversación, muy atrevida, cándida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre muy novelera. Bromeé con ella preguntándole acerca de sus amores en Bayona.
Para ella en Francia no había gente que le interesara. Los franceses le parecían muñecos que no le preocupaban; para ella no había mas que los españoles.
Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque contrario al de madama D'Aubignac.
Conocí a una de sus amigas, hija de un coronel carlista, que era una solterona fea y rencorosa, que no podía soportar la importancia de María.
--María Luisa es una loca--me dijo--. Se figura que ha de cumplir grandes misiones en el mundo; sueña con ser una Juana de Arco o una Santa Teresa de Jesús.
--¿Es ambiciosa, entonces?
--Sí, pero sin base. Es muy superficial. No tiene talento alguno. Ha aprendido aquí y allá frases de efecto, y las baraja en la conversación.
--Sin embargo, dicen que Zumalacárregui la consultaba a menudo.
--¡Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que Zumalacárregui dirigió a su padre, en donde ponía: Querido amigo, ella cambió las oes en aes y puso: Querida amiga.
--Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.
--Si ha sido su querida.
--¡Cree usted!
--Eso dice todo el mundo. Es verdad también que han pensado en casarse, pero él está preso y tísico, y no se pueden casar.
La amiga me dió estos detalles con fruición.
Me enteré de la vida de Villarreal. Entonces el caudillo carlista tendría unos treinta y cinco años. Gozaba fama de hombre valiente, recto y de carácter. Se le consideraba como sencillo, modesto y ordenancista. Debía ser, sin embargo, un fanático, a juzgar por la orden de fusilar al viejo médico don Francisco Manzanares, en Escoriaza, sólo porque éste no tenía ideas religiosas.
Aquellos datos me servirían en mi lucha contra María.
A los pocos días de conocerla estaba casi enamorado de María Luisa; tenía por ella una pasión de vanidad, de amor propio y de algo de rencor.
Mis relaciones con madama Laussat habían sido un amor tan físico, que no me dejaron ningún recuerdo en el espíritu; mis amores con la marquesa Radensky fueron una fantasía vaga y corta, como una borrachera de Champaña; a Corito la seguía queriendo, pero su recuerdo me daba la impresión de algo vago, ideal como celeste.
En cambio, por María Luisa tenía una pasión erótica, de malos instintos, un fondo de rencor, una necesidad de dominarla, de humillarla, y una antipatía profunda por sus inclinaciones, sus ideas y sus amistades. Tenía en esta época una petulancia y una impertinencia donjuanesca. Me creía capaz de todo y de vencer cualquier dificultad que se me presentase. Estaba convencido de que vencería y sometería a María Luisa.
Además, me atraía; había en ella algo ardiente y seco que me gustaba. Era como un paisaje castellano tostado por el sol.
Cuando supe que María Luisa, aceptando la peligrosa comisión que le daba Aviraneta, iba a entrar en España, la dije:
--La voy a acompañar a usted.
--¡Ca!
--Ya verá usted. Pienso hacer su conquista. Tengo que quitar la novia al general Villarreal.
--¡Qué ilusión!
--¿Usted me deja acompañarla?
--Bueno. No tengo inconveniente.
--Usted, naturalmente, no me denunciará a los carlistas. Sería una mala acción.
--Yo no le denunciaré. Usted tampoco intentará intervenir en mis asuntos.
--No, señora.
--Ni intentará ninguna violencia contra mí.
--Ninguna.
María Luisa empezaba a tenerme miedo.
--Nada; iremos juntos. Diré que es usted un pariente mío.
Le agarré la mano.
--Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podría usted estrangular a uno.
--¡Vaya un cumplimiento!
--Es una mano que me enamora.
Se la besé.
--¡Qué estúpido es usted!--exclamó ella.
--Es posible; pero usted me llegará a querer.
--Nunca.
--Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al fin lo consigo.
--¡Qué alabancioso! ¡Qué tonto!
--Usted lo verá.
--Sí, usted es el emperador, su alteza real.
--No se ría usted todavía; al final veremos quién tenía razón.
Cuando Aviraneta supo mis propósitos de acompañar a María me quiso disuadir del proyecto.
--Deje usted--le contesté yo--; yo creo que habrá algo interesante que ver en ese viaje.
Mi vanidad me hacía creer en esta época que vacilar, abandonar una acción cualquiera por pereza o por blandura de espíritu, era una cobardía indigna de un hombre de acción, de un discípulo de Aviraneta, que con el tiempo tenía que eclipsar a su maestro.
Había tomado como norma de conducta no estar en la indecisión, pesando el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y después de decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstáculo fuerte me impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo, según su importancia.
Una de las cosas que podía llamar sobre mí las sospechas en mi viaje era mi aire de juventud.
Para remediarlo fuí a casa del peluquero y le pregunté si no habría medio de pintarse canas. Le chocó mucho la pregunta e hizo algunas pruebas, hasta que eligió un líquido, que me dió en un frasco.
--No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendrá usted que darse cada dos o tres días.
Me miré a un espejo.
--Está muy bien--le dije--. Me envejece lo menos diez años.
--Y además le da a usted un aire muy distinguido.
Me preparé para el viaje. No llevaba mas que algunos billetes de Banco cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabán y un impermeable. En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narcótico del abate Girovanna.
Aviraneta dió largas instrucciones a María, escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le dió también diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.
A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa y yo tomamos la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos caballerías, pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde dormimos.
El segundo día cruzamos las filas carlistas, y el tercero estábamos en Tolosa.
María Luisa escribió desde allí a don Eugenio diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando aún y esperaba, para obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.
El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos la entrada del Pretendiente. Después fuimos a una misa de gala muy decorativa. En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte, galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doña Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce; el obispo de León, etcétera, etc.
Yo me coloqué al lado de María Luisa, que me indicaba cuándo tenía que arrodillarme y levantarme.
--La verdad es que estaría gracioso que ahora me adelantara yo e intentara dirigir todos estos movimientos místicos y ceremoniosos de la etiqueta cortesana--le dije a María.
--Usted está malo de la cabeza--me contestó ella.
--María Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que yo consideraba como un buen síntoma para mis propósitos. Mi petulancia antirreligiosa y antimonárquica y mi manía de impiedad le producían a ella verdadero espanto.
Al salir de la iglesia le dije a María Luisa:
--¡Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de carnero!
--No, pues no tiene usted razón; es un hombre guapo.
--Guapo, no. Por mucho fervor monárquico y borbónico que sea el suyo, no puede usted decir que es guapo. ¡Con esa quijada, y ese labio belfo, y ese aire tristón y ridículo! La verdad es que estos Borbones, desde el punto de vista estético, no valen gran cosa.
--¿Y María Cristina, es mejor?--preguntó ella con sorna.
--¡La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona, vasta; pero esta brasileña de ustedes es peor. Chata, fea, disciplente, herpética... Eso es un perro de presa. Yo no la tomaría ni de cocinera.
--¡Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada, una hurí de Mahoma.
--Ya ve usted que usted me gusta y no es usted ninguna hurí.
--Usted tampoco es muy galante.
--Es verdad; nunca lo he sido.
En Vergara, María Luisa fué a visitar a Maroto y le habló. Maroto parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favorecía a los enemigos suyos, y que iba a tomar una determinación grave y que haría época.
Corrió por Vergara que entre el Pretendiente y su general en jefe se habían cruzado estas palabras:
--Señor--le había dicho el general--: la irresolución de Su Majestad compromete la autoridad que en mí ha depositado. Si Su Majestad no castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra mi honor y mi vida, me veré en el caso de fusilarlos.
--¡De fusilarlos! ¿Te atreverías?
--Me atreveré, aunque Su Majestad después tenga el disgusto de mandar separar mi cabeza de los hombros.
--No lo harás--replicó Don Carlos.
--Eso ya lo veremos--murmuró Maroto al cesar la entrevista.
Aquello fué un desafío entre el rey y el general, y todos los palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.
Antes de salir de Vergara, María Luisa tuvo una segunda conferencia con el general. A mí no me dijo de qué habían tratado; pero debía de ser de algo grave, porque María Luisa volvió muy preocupada.
III
EN ESTELLA
DOS días después de llegar a Vergara salimos para Estella en un carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba alegremente. Este cochero tenía dos motes a falta de uno: le llamaban Cholín Tripatriste, y era hombre alegre como unas castañuelas.
En el camino hacía frío; yo me quité el gabán y se lo puse en las rodillas a María.
--No quiero; de ninguna manera--me dijo ella.
--Entonces deje usted que nos sirva para los dos.
--Bueno; pero no intente usted aprovecharse.
--¿Es que lo he intentado alguna vez?
--No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona usted ese ridículo proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos buenos amigos.
--No, a la fuerza, no. Yo desplegaré mis recursos en línea de batalla; usted se opondrá a su modo.
--¿Y por qué no ser buenos amigos?
--No me basta.
El cochero se puso a cantar:
Yo tengo una cachuchita sólo para mi recreo.
Luego se dedicaba al estribillo:
Vámonos, china del alma; vámonos a Puerto Rico; irémonos.
María Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y conocidos de Bayona, y ella me contó un sinfín de anécdotas de los carlistas que vivían allí.
El cochero volvió de nuevo a la cachuchita:
Tengo yo una cachuchita que siempre está suspirando, y sus ayes y suspiros se dirigen a Don Carlos.
--Bueno, bueno, Cholín. ¡Basta de cachuchita!--le grité yo con voz estentórea.
--¡Qué bruto es usted!--me dijo María Luisa.
--Gracias.
--Le ha dejado usted al hombre aturdido.
--Es que ese animal no nos dejaba hablar.
Entramos en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. María fué a visitar a la viuda de don Santos Ladrón, que le dió hospedaje, y yo marché, por indicación de Cholín, a la calle de San Nicolás, a casa de una mujer que tenía huéspedes.
La casa de la Martina era una casucha pequeña, con una cuadra, una leñera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete, con dos alcobas, en el alto. Este gabinete había sido de un cura y tenía varios armarios llenos de libros religiosos.
En una de las alcobas, en la más grande, dormían un oficial carlista que, según me dijo la dueña, estaba algo enfermo, y un fraile castellano. La alcoba más pequeña me la destinaron a mí.
En el pueblo había una gran agitación. Los soldados de los batallones navarros estaban excitados, y se decía que iba a haber una matanza general de marotistas y de hojalateros.
La plaza solía estar, mañana y tarde, llena de corrillos de apostólicos, a los que llamaban de la vela verde, entre los que se destacaban curas y frailes que peroraban con violencia y con pasión.
Una mañana le vi allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. Era don Juan Antonio Guergué hombre de unos cincuenta años, pequeño, rechoncho, áspero en el hablar. El general Guergué había tenido la humorada de decir a Don Carlos: «Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid»; y parecía tener empeño en demostrar que no abdicaba de su papel de bruto.
En el corro, al lado de Guergué estaba el oficial de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio, tipo de fanático sombrío, de rostro macilento, con la mirada baja.
El grupo de curas, apostólicos y empleados, escuchaba las palabras de Guergué con gran respeto.
Sonó la oración del mediodía; se descubrieron todos y rezaron.
Luego, un asistente sacó de la posada de la plaza un caballo; montó Guergué y, después de haber lanzado una última bravata, se fué como una exhalación. Iba, según me dijeron, a Legaria, donde vivía.
En estos corros encontré también a Orejón y a Bertache.
Orejón me dijo que existía una conspiración entre los _puros_, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Allo, capellán del Estado Mayor General, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.
La correspondencia de los generales navarros conjurados con sus amigos del Real pasaba por las manos de dos secretarios del Ministerio de la Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis Ibáñez, antiguo secretario de Guergué, que solía aparecer con frecuencia en Estella, y a quien yo había visto días antes.
Entre los generales rebeldes se había pensado en prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.
--¿Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?--me preguntó Orejón.
--No.
--¡Qué falta!
--Se las ha dado a una señorita que ha venido conmigo, y que se llama María Luisa de Taboada.
--¿Quién es esa señorita?
Le expliqué quién era.
--¿Dónde vive?
--Ha parado en casa de la viuda de don Santos Ladrón.
--Muy bien; la buscaré.
Dejé a Orejón, que me citó para el día siguiente en el mismo sitio, y anduve con Bertache oyendo lo que se decía entre los grupos:
--¡Rediós! No ha de quedar uno de los que quieran transacciones--decía un hombre del pueblo--. A tiros acabaremos con ellos, y no le obedeceremos ni al rey.
--Está probado--saltaba otro--que Maroto es fracmasón; lo ha dicho el general García en el convento de San Francisco.
--Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es peor.
--Yo he oído que es carbonario--añadía un tercero--, y esos son los más malos.
Bertache me contó que en el convento de San Francisco de Estella habían andado los frailes a linternazos, después de una disputa en que unos se pusieron a favor y otros en contra de Maroto.
Fuimos a otro grupo.
--Maroto es el protector de todos los pícaros y ateos--decía un viejo apostólico--, un masón más.
Todos suponían que se entendía con los liberales.
Las noticias que pude recoger aquel día eran de la misma índole. Al parecer, el general García tenía comprometidos al batallón de Guías de Navarra, al 5.º y al 9.º, para el movimiento antimarotista.
Los _puros_, como se decían ellos, tenían gran confianza en su triunfo.
Creían que la trampa que habían preparado para Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.
IV
LOS CONJURADOS
AL día siguiente me encontré en el mismo sitio con García Orejón, que me indicó que le siguiese de lejos. Fuí tras él a una casa de la calle de la Rúa, donde tenía su alojamiento. Subimos a un cuarto pequeño, cerró bien las puertas, y luego, con mucho misterio, me dijo:
--La cosa anda mal. Estos navarros creen que van a poder contra Maroto, y Maroto es un hombre terrible. Esta gente se dedica a charlar y a decir que va a hacer, y el otro hace. En casa de Pérez Tafalla, de la viuda de Santos Ladrón, y en las demás tertulias del pueblo, se dice que todos los amigos de Maroto y del justo medio van a ser presos. El general García, que está como loco, le pidió hace días un plan a Carmona para sublevar Navarra. Este plan se lo han enviado a Guergué a su casa de Legaria, con un primo de éste, que se llama Lagardón y a quien la gente llama Lagartón. Después de haberlo examinado Guergué, se lo ha vuelto a dar a Carmona, y Carmona ha mandado el proyecto definitivo a García, por intermedio de la amiga de usted, María Luisa de Taboada. María Luisa me lo ha dejado a mí antes, y yo lo he copiado.
--¿Y qué va usted a hacer con el plan?
--Se lo voy a entregar a Maroto.
Me quedé helado.
--¿Va usted a enviar eso por correo?
--No; ahora mismo me voy de Estella. Entregaré yo el plan en persona.
Salimos de su casa; yo, pensando en el peligro que corría María Luisa. Si se descubría que hacía traición a sus amigos, la iban a hacer pedazos.
Por la tarde fuí a visitar a María Luisa a casa de la viuda de don Santos Ladrón. Pensaba advertirla del peligro que corría. María Luisa me presentó en la casa como legitimista de Bayona. Conocí a los generales Sanz y García.
Don Pablo Sanz era el futuro marido de la viuda de don Santos Ladrón. Era un hombre todavía joven, de buen aspecto. Me pareció un tanto vanidoso y petulante. Me dijeron que era borracho y de un carácter desigual, como la mayoría de los alcohólicos.
El general García era más viejo que Sanz, de unos cincuenta años, de cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco, bilioso, de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa más que de los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tenía el aire de un atrabiliario. Habló de una manera muy jactanciosa y fanfarrona, como si despreciara profundamente a Maroto.
Aseguró que Sanz y él lo que querían sobre todo era comenzar las operaciones, cosa a que se oponía Maroto, porque indudablemente estaba de acuerdo con Espartero. Las señoras carlistas se entusiasmaban con los desplantes de García.
--¿Y si viene aquí Maroto?--dijo uno.
--Que venga. El pueblo se levantará contra él, y aquí mismo lo fusilaremos--contestó el general carlista.
Toda aquella gente tenía una tranquilidad y una seguridad un poco absurda.
Como yo no había podido hablar a María Luisa a solas, le dije que al día siguiente fuera a mi casa.
Fué quizá creyendo que le iba a importunar con galanterías; y le expliqué de qué se trataba.
--Creo que debe usted marcharse ya--le dije.
--¿Tiene usted miedo?--me preguntó ella.
--No; tengo miedo por usted.
--Pues yo, ninguno.
--¡No sea usted pedante!
--Me está usted cargando con eso. Váyase usted; no le necesito para nada.
--Bueno, bueno. Está bien.
María Luisa se despidió muy orgullosa de su valor.
Los días siguientes hizo un tiempo muy malo de frío y lluvia. Era poco agradable andar por las calles, llenas de barro. Entré en conversación con el fraile castellano que dormía en la alcoba inmediata y que cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un espectro. A cada paso tenía que levantarse de la cama. Habían llamado a un médico militar, y éste contestó que iría cuando pudiera.
En Estella había tifus, como en todos los pueblos donde estaban amontonados los soldados; pero yo no tenía aprensión alguna. En la casa no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que empleaba el enfermo.
El oficial no me pareció que estaba tan grave como decía el fraile, porque hablaba, aunque de noche se ponía ya pesado y empezaba a delirar. El fraile era castellano y marotista.
Me dijo que el proyecto de transacción entre carlistas y cristinos que se atribuía a Maroto era falso, y que lo había inventado el padre capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.
Me contó cómo el cura Echeverría y el general García prepararon el asesinato del brigadier Cabañas, por castellano y moderado, y que los azuzó Arias Teijeiro.
Me describió a Guergué, que era un bruto violento, arbitrario, a quien movían como a un muñeco los palaciegos desde el Real; al general don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el más listo de todos, y al intendente Ibáñez, que era un fanático, de carácter siniestro, que no disfrutaba mas que haciendo daño, viendo prender o fusilar a alguien.
Escuché las confidencias del fraile, y me ofrecí a él por si necesitaba algo el oficial enfermo.
Le hablé luego yo de los capuchinos del convento de Vera, sobre todo del padre Gregorio, y me dijo que creía que éste se encontraba de oficial en las filas de Don Carlos.
V
LAS TROPAS DE MAROTO
LLEVABA ya una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el fraile de mi casa que el general había ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y de allí bajaba por Riezu y Abarzuza. La emoción en el vecindario era enorme.
Salí de casa y encontré a Bertache en el puente del Azucarero. Me dijo que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto había salido de Tolosa y parecía que venía a Estella dispuesto a pegar de firme.
Se dijo que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le había dicho:
--Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted a sus amigos García, Guergué y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque, con sus mismas fuerzas, los voy a fusilar.
Carmona creyó que era una bravata para asustarles, y que, por lo mismo que lo decía, no haría nada.
Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.
--¿Qué pasará?--se preguntaban todos.
A media tarde comenzaron a entrar en Estella los soldados de Maroto. Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En casa de mi patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en los rincones, y después las cartucheras y los morrales. Eran mozos castellanos.
--¿Estarán descargados los fusiles?--preguntó la patrona.
--Sí, señora; no tenga usted cuidado.
--Es que vienen los chicos de la vecindad y, jugando, pueden hacer un estropicio...
--Nada; no hay miedo. ¿Cuántas camas tiene usted, patrona?
--Cuatro; pero están ocupadas: una la tiene un oficial enfermo.
--Lo dejaremos tranquilo. En las camas, ¿cuántos colchones hay?
--Dos; y en algunas, tres.
--Bueno, pues se repartirán. ¿Tiene usted guardilla, patrona?
--Sí, señor.
--¿Se puede dormir allí?
--Sí, quitando unos trastos que hay. Ahora, que hará frío.
--Eso no importa; ya estamos acostumbrados. ¡Con tal de que no llueva dentro!
--No, no. Eso, no; no entra agua.
Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros soldados en la escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como si fueran un regimiento.