El amor, el dandysmo y la intriga
Part 14
--Mi marido es un imbécil, un mentecato--me dijo--; me ha traído aquí engañada diciéndome que volvíamos a España, y se va porque le ha llamado Don Carlos. ¿Ha visto usted nada más estúpido? Un hombre viejo, como él, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja aquí sola para ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no le he engañado, pero de ahora en adelante, sí. Pienso tener amantes.
--¡Señora!
--Sí, sí; estoy decidida. Vea usted lo que tengo aquí--y me enseñó una botella de Champaña y unas pastas--. Es para animarme. Abra usted.
Abrí la botella y bebimos dos copas.
--A ese viejo imbécil de mi marido le tengo que engañar. Eche usted más vino, y beba usted.
Bebimos más. Ella empezó a reírse a carcajadas.
--Usted será mi primer amante--dijo luego.
Al principio, la cosa me pareció un poco absurda.
Luego, por el contrario, me pareció muy alegre.
La alemana llevó hasta el final su venganza.
XI
UN PROYECTO ATREVIDO
UN día de invierno me citó Aviraneta para que fuera a su casa después de comer. Fuí, pasé a un despachito pequeño que tenía don Eugenio en la casa de huéspedes, y me encontré allí con don Lorenzo Alzate y don Domingo Orbegozo, a quienes conocía de San Sebastián.
Hablamos de la guerra, y después Aviraneta nos explicó el proyecto que había madurado.
--Cuando Don Carlos entró en España por Urdax, en 1834--nos dijo--, y dió principio el general Rodil a una persecución activa, andaba el Pretendiente a salto de mata ocultándose entre los breñales para librarse de ser hecho prisionero por las tropas de la Reina. Al organizar Zumalacárregui sus fuerzas, Don Carlos pudo abandonar en parte su vida trashumante; entonces eligió pueblos grandes para su residencia, nombrando ministros, secretarios y empleados. Esta pequeña corte, que entre los carlistas se llama el Real, ha andado siempre trasladándose de un punto a otro, y ha estado, como saben ustedes, en Estella, Durango, Oñate, Azcoitia y Villafranca.
Zumalacárregui tenía sus fuerzas siempre en movimiento, y al Pretendiente le era necesario seguirle, cosa que no le agradaba.
Este estado ambulante del Real duró mientras mandaron los ejércitos de la Reina los generales Rodil, Quesada, Mina, Valdés y Córdova, que hacían una guerra irregular con alternativas de éxito y de fracaso. Al ser nombrado general en jefe Espartero, se abandonó el sistema de guerra irregular, y se adoptó el de la guerra de líneas, cesando las operaciones militares cuando venía con el invierno el mal tiempo.
Este sistema de guerra regular y la muerte de Zumalacárregui, por quien Don Carlos no tenía el menor afecto, y que le inquietaba con sus andanzas, ha permitido al Pretendiente habitar los pueblos largo tiempo, y hasta poner su _Gaceta Oficial_ en Oñate.
Por otra parte, el matrimonio de Don Carlos con la duquesa de Beira, celebrado en Azcoitia, ha hecho que el hombre que pasó la luna de miel en el palacio del duque de Granada de Ega se estabilice más. El Pretendiente ha querido tener una corte, aunque pequeña; el Real ha progresado en camaristas, caballerizos y mayordomos, y los frailes y el obispo de León han dado con el botafumeiro en las reales narices de Don Carlos, y éste, que nunca ha sido listo, se ha hecho más endiosado y más tonto de lo que es por naturaleza.
Yo, que he leído cuantos folletos y artículos hablan de la vida de Don Carlos y que conozco Guipúzcoa, he visto con asombro que el Pretendiente se queda casi solo en Azcoitia cuando sus tropas se alejan para luchar con las liberales.
Azcoitia está relativamente cerca del mar, a una distancia de un par de horas de marcha para un buen andarín; un golpe de mano rápido me parece posible. Yo creo que es fácil apoderarse del Pretendiente. ¿Qué les parece a ustedes?
Alzate, Orbegozo y yo nos callamos un momento.
--La verdad es que, en principio, no parece difícil el proyecto--dijo Alzate.
--Una empresa como ésta, a la mayoría, que es gente ramplona, le parece muy natural cuando se ha realizado; pero antes de hacerse se le figura imposible--dijo Aviraneta--. Este proyecto que les expongo se lo he expuesto también al ministro Pita Pizarro, a quien le ha parecido muy atrevido, pero de una ejecución factible.
--Veamos los detalles--dijo Orbegozo.
--Quizá primero lo mejor sería--repuso Aviraneta--que alguno de ustedes se pusiera al habla con el comodoro inglés lord John Hay y que le preguntara si podría prestar alguno de sus barcos para una empresa de este género. Al mismo tiempo sería conveniente que otro le viera a don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, y primero le consultara sobre el plan, y si lo encontraba bien, indicara un oficial para que al frente de un cierto número de soldados fuera a Azcoitia a realizar la empresa. Contando con estos factores estudiaremos el proyecto en sus detalles más pequeños, como quien estudia un aparato de relojería.
Quedamos todos de acuerdo, contemplamos un plano de la costa, del Depósito Hidrográfico de Madrid, que sacó Aviraneta, y cada vez nos pareció que la tentativa era más lógica y más factible.
Alzate y Orbegozo se fueron a San Sebastián dispuestos a trabajar en el proyecto.
EL SARGENTO ELORRIO
Orbegozo habló con el coronel inglés Colquhoun, quien le dijo que lord John Hay examinaría el proyecto que le expusieran, y que si le parecía bueno colaboraría con él; Alzate conferenció con el general Jáuregui, y éste indicó para realizar la empresa al sargento de chapelgorris Ramón Elorrio.
Cuando lo supo Aviraneta avisó a Alzate que le enviaran inmediatamente a Elorrio, y éste apareció en Bayona.
Elorrio tenía entonces unos veintiséis o veintisiete años; era de poca estatura, moreno, de ojos negros, de aire atrevido y sagaz. Llevaba bigote pequeño y tenía un tic nervioso en la cara.
El sargento Elorrio vino a mi hotel, y allí esperamos a Aviraneta.
Elorrio se bebió dos o tres copas de coñac mientras aguardaba; lo que me hizo pensar que era muy aficionado al alcohol.
Cuando llegó Aviraneta, éste explicó al sargento en pocas palabras de qué se trataba; le leyó su plan de prender a Don Carlos en Azcoitia, y le mostró el mapa de la costa de Zumaya y del terreno que recorre el río Urola.
--¿Qué le parece a usted mi plan?--le preguntó Aviraneta después.
--Está muy bien pensado--dijo Elorrio--. ¿Quién lo va a realizar?
--Usted mismo.
--¿Me permitirán? Ya sabe usted que hay muchas envidias en el Ejército.
--Sí; he hablado con el general Jáuregui y él le ha designado a usted. El comodoro John Hay espera conocer el proyecto para dar su aceptación. Si los dos aceptan, la empresa se realiza.
--Muy bien--dijo Elorrio--. Yo, dentro del plan de usted, me encargo de todo. La cuestión es que no haya obstáculos y que no se hable demasiado de ello. Yo conozco la provincia bien y además tengo en la compañía chicos de Zumaya, Cestona y Azcoitia que conocen el terreno palmo a palmo. Yendo por los senderos a primera hora de la noche, en dos horas podríamos ponernos desde Zumaya en Azcoitia.
PREGUNTAS
--Bueno--dijo Aviraneta--; puesto que usted asume la dirección y la responsabilidad del proyecto en bloque, pongámonos de acuerdo en los detalles. Supongamos que llega usted a Azcoitia, a la casa del duque de Granada de Ega, ¿qué haría usted allí?
--Creo que no encontraríamos resistencia; todas las fuerzas carlistas están en Vizcaya, Alava y Navarra. En Guipúzcoa tienen las de Andoaín. Por esa parte de Azcoitia no hay mas que unos cuantos cadetes, guardias de Corps, y unos cuantos hojalateros que no valen nada. A patadas los echaríamos.
--¿Y si ofrecían resistencia?
--Entraríamos a la fuerza; y si alguno se oponía le pegaríamos un tiro.
--Muy bien.
--Allí, naturalmente, no había de ser cosa de dar oídos a ruegos y lágrimas.
--¿Y usted no cree que alguno de los chapelgorris, al ver que se trataba de prender a Don Carlos, no se echaría atrás?--preguntó Aviraneta.
--¡Ca! Nuestros chapelgorris--exclamó Elorrio--le tienen un odio a Don Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastarían como a una rata.
--Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la casa del duque de Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, ¿qué haría usted después?
--Los montaría en unos caballos.
--¿Los habrá?
--Sí, los hay en casa del duque de Granada; y en dos o tres horas, por la carretera, de noche, llegaríamos a Zumaya. Cuando se enteraran los carlistas del suceso, estaríamos embarcados.
--Hay que pensar todas las eventualidades. Si, por ejemplo, mientras ustedes se encontraban en Azcoitia venía una galerna que impedía que las lanchas de desembarco de los ingleses estuvieran a punto para recogerles, o aparecieran, por casualidad, tropas carlistas que les cortaran el paso a Zumaya, ¿qué harían ustedes?, ¿se verían perdidos?
--No, ¡ca! Iríamos hacia el monte Gárate y nos refugiaríamos en el castillo de Guetaria. Si nos cerraban el paso para Guetaria, nos dispersaríamos, deshaciéndonos de las caballerías, e iríamos a Zarauz.
--Y con los prisioneros, ¿qué harían ustedes?
--Lo que nos mandaran: soltarlos o pegarles un tiro.
Aviraneta contempló atentamente a Elorrio.
--Yo creo que sería mejor pegarles un tiro.
--Yo, también--dijo Elorrio.
--Así, que en la parte de empresa que a usted le corresponde, y que es la más importante, ¿estamos de acuerdo?
--Completamente.
--Ahora nos falta que el comodoro inglés dé su visto bueno al plan. Se le avisará a usted.
Elorrio se despidió de nosotros dos, y se marchó.
Ahora, al cabo de más de medio siglo, lo recuerdo como si lo estuviera viendo, y, al recordarlo, pienso también en el pobre Muñagorri.
Cuando en 1841 se sublevó en Pamplona el general O'Donnell contra la Regencia de Espartero, Muñagorri salió de Bayona para Pamplona a reunirse con el general sublevado, siempre con su plan favorito de Paz y Fueros.
Elorrio, que por entonces era teniente y esparterista rabioso, cogió a Muñagorri el 14 de octubre en la ferrería de Zumarrista y lo fusiló inmediatamente.
Elorrio tampoco acabó bien; después de la guerra le nombraron oficial de carabineros, y como era un impulsivo y un alcohólico, hizo mil absurdos; le echaron del Cuerpo por meter contrabando, fué después jefe de una partida de contrabandistas, y un compañero le dió una puñalada.
XII
EL PLAN ESCRITO
A los tres días de la visita del sargento Elorrio me escribió Aviraneta dándome noticias. Alzate había enviado unos confidentes sagaces a Azcoitia.
En la villa guipuzcoana no había alrededor del Pretendiente, de su mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y empleados, frailes y oficiales hojalateros de poco cuidado. Añadía que Alzate le indicaba que fuera a San Sebastián a ponerse de acuerdo con ellos y a visitar a lord John Hay. Don Eugenio no podía ir. Vidaurreta le había dicho que si entraba en España le prenderían.
No tenía más remedio que delegar la misión en mí. Fuí al día siguiente a ver a Aviraneta, y me dió unas cuartillas con el plan, y me hizo algunas observaciones.
--Si el comodoro dice que sí, avísame en seguida. Temo un poco de Elorrio y de sus chapelgorris. No sé si serán lo suficientemente violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con facilidad.
--Primero, veamos si el comodoro acepta--dije yo.
--Tienes razón.
Marché a casa y leí el plan; decía así:
«Teniendo yo, como tengo, la convicción de que es fácil apoderarse del Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no dispone allí de tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.
Se pondrán de acuerdo lord John Hay, el general don Gaspar de Jáuregui y el jefe político de la provincia, don Eustasio Amilibia, para concertar el mejor modo de poner en ejecución el plan.
Estará listo un cuerpo de chapelgorris de doscientos hombres en Rentería o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden, y cincuenta soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.
Lord John Hay tendrá preparados dos vapores y un aviso en el puerto de Pasages.
Se escogerá una noche obscura, a ser posible lluviosa; se embarcarán los doscientos cincuenta hombres a bordo de los vapores. De antemano se llevarán, en cajones cerrados y en los mismos vapores, cincuenta y una levitas cortas, iguales a las que usan los chapelchuris, o sean los soldados carlistas del quinto batallón de Guipúzcoa; cincuenta y una boinas blancas, ciento dos pistolas y cincuenta y un puñales.
Levadas anclas, de cinco a seis de la tarde, tomarán los vapores rumbo a alta mar para despistar a los curiosos, si los hay; y después se dirigirán a Zumaya. A la misma hora de zarpar los vapores saldrán tres o cuatro trincaduras, al mando de uno de los comandantes del general Jáuregui, con destino a Guetaria. El comandante será portador de un pliego cerrado para el jefe de la fortaleza, y en el pliego se le recomendará a éste que se halle preparado, por si los expedicionarios tuvieran que acogerse a Guetaria.
Ya en el mar la expedición, los cincuenta soldados y el sargento Elorrio abrirán los cajones y sacarán las levitas iguales a las de los chapelchuris, y las boinas blancas, y se pondrán los nuevos trajes, y se armarán. Llevarán en el morral una cantimplora con aguardiente, media libra de salchichón y un pan de dos libras.
Los vapores deberán estar hacia las ocho de la noche delante de la punta de Izustarri, entre Guetaria y Zumaya. Desembarcarán, primero, el sargento Elorrio con sus cincuenta hombres, y al momento marcharán camino de Azcoitia, sin pasar por ningún pueblo ni tocar en ningún caserío. Después desembarcarán los doscientos hombres y vigilarán la costa, la punta de Izustarri, la de Arrauna y la playa de Santiago, hasta la desembocadura del Urola, prendiendo a todo el que pueda darse cuenta de la novedad.
Las lanchas permanecerán a poca distancia de tierra.
El sargento Elorrio y sus compañeros estarán en Azcoitia de diez y media a once de la noche, lo más tarde; no preguntarán nada a nadie. Deben emplear, lo más, una hora en la prisión del Pretendiente y su hijo. A las dos o dos y media de la mañana estarán de regreso. Cuando se encuentren a media legua del sitio del desembarco echarán tres cohetes en dirección a la playa de Santiago, con tres minutos de intervalo. Al cuarto de legua, otros tres.
Los chapelgorris contestarán a esta señal con cinco cohetes, para indicar que la playa está franca.
Los expedicionarios llevarán con ellos dos paquetes de cohetes: uno para el sargento Elorrio, que lo esconderá en el camino, para recogerlo a su regreso, y al aproximarse a Zumaya, de vuelta de la expedición, servirse de los cohetes anunciando su llegada; el otro lo guardarán los otros chapelgorris para contestar a sus compañeros indicándoles que pueden avanzar hacia la punta de Izustarri y la playa de Santiago, sin temor.
En seguida empezará el embarque en los vapores.
El general Jáuregui, para entonces, tendrá extendidos dos partes: uno para el ministro de la Guerra, el otro para el general en jefe del ejército de la Reina, contando el hecho y notificándoles que el Pretendiente se halla a bordo de un barco inglés y que va a ser conducido a San Sebastián.
Los vapores regresarán con rumbo a Pasages. Al cruzar por las aguas de Guetaria, el general Jáuregui avisará al jefe de las trincaduras el haberse realizado la expedición.
Llegado a la vista de San Sebastián se desembarcará al Pretendiente y a su hijo, con la escolta correspondiente.
En el inesperado caso de que el sargento Elorrio y sus compañeros de expedición no pudieran regresar a Zumaya a la hora convenida, y que para las cinco de la mañana no se hubiesen presentado, los doscientos chapelgorris se apoderarán del pueblo, sin permitir que ningún vecino salga de la villa, ni por tierra ni por mar, y vigilarán todas las embarcaciones del puerto, como quechemarines, lanchas y botes.
Permanecerán en el puerto hasta las diez de la mañana, en espera del sargento Elorrio y sus compañeros, y si no hubiesen llegado para esta hora, se embarcarán en los vapores ingleses e irán por cerca de la costa, despacio, por las aguas de Guetaria y Zarauz, para ver si pueden distinguir a sus compañeros. De ser posible, lord John Hay y el general Jáuregui dirigirán personalmente la expedición.--Bayona, enero de 1839.--_Eugenio de Aviraneta._»
El proyecto me pareció muy bien; únicamente encontré que era un poco demasiado seco al hablar del comodoro inglés y del general Jáuregui, y que ordenaba de una manera un tanto napoleónica. Así que añadí algunas fórmulas de cortesía y metí, por aquí y por allá, algunos excelentísimo señor.
Al día siguiente salí de Bayona y llegué a San Sebastián. Me presenté a don Lorenzo Alzate, y éste avisó al jefe político y al general Jáuregui. Les leí el plan de Aviraneta, y se decidió que Jáuregui, Amilibia y yo fuéramos a Pasages a visitar al comodoro.
LORD JOHN HAY
Marchamos los tres, en coche, a Pasages, y nos embarcamos en una lancha, conducida por una batelera, una chica joven y fuerte. Jáuregui le hizo algunas preguntas en broma, y ella contestó con gracia y desgarro.
La batelera nos llevó al costado de una hermosa fragata inglesa; subimos la escala del barco y llegamos sobre cubierta.
Se nos presentó el oficial de guardia, al que expliqué, en inglés, quiénes éramos y a lo que íbamos; el oficial nos pasó a un camarote muy elegante, y hubo allí grandes saludos y ceremoniosas presentaciones.
En esto llegó un tal Queille, comerciante de San Sebastián, que era el intérprete de lord John. Queille quiso enterarse del asunto que traíamos; pero yo le dije que sólo a lord John Hay le hablaríamos, y que si el comodoro consideraba necesario que estuviera su intérprete delante, que entonces sería otra cosa.
Queille dijo que lord John no tenía secretos para él.
--No digo que no, pero nuestro encargo se limita a hablar al comandante, y sólo a él hablaremos--le dije.
Vino lord John y le saludamos. El comodoro conocía a Jáuregui. Yo le expliqué, en mi mal inglés, que el proyecto que traíamos era muy reservado y que preferíamos leérselo a él solo.
--Bueno, muy bien. El castellano hablado no lo entiendo siempre, pero escrito, sí.
Le leí el proyecto, y luego le di las cuartillas; me hizo varias preguntas en inglés, que yo contesté, y añadí algunas explicaciones sobre lo que había dicho Elorrio acerca de la posibilidad de llevar a cabo el plan pensado por Aviraneta.
Lord John Hay era hombre de buena pasta, un tanto vanidoso, y a quien le había entrado la obsesión de hacer un papel trascendental en la historia de España.
Era un hombre sin tipo y sin carácter, un inglés de los muchos que produce el troquel de la Gran Bretaña, correctos, tranquilos e insignificantes. Lord John Hay hablaba demasiado, porque creía que hablaba bien; quería ser maquiavélico y le gustaba provocar la expectación rodeándose de misterio; pero, en general, se engañaba, y entendía las cosas despacio, cuando no las entendía al revés.
Era hombre, en el fondo, cándido y de buena fe.
Se había engañado con Muñagorri, creyéndole capaz de grandes cosas, y le molestaba su fracaso como algo propio.
Después de pensar algún rato el comodoro, dijo:
--Estoy convencido, como ustedes, de que este plan está muy bien pensado y de que su realización es relativamente fácil, pero tengo que estudiarlo detenidamente. Así que creo que lo mejor que podemos hacer es que ustedes vuelvan por la tarde, después de comer, a hablar conmigo. Yo les convidaría a comer en el barco; pero ahora tenemos un cocinero muy malo y no quiero desacreditarme.
NEGATIVA
Bajamos del barco inglés y fuimos en la lancha a Pasages de San Pedro, donde comimos.
La dilación del lord me dió a mí mala espina, y dije a mis compañeros que no creía que el marino inglés aceptara el proyecto.
Desde la fonda, que tenía una galería que daba al mar, vi con los gemelos a Queille, el intérprete, que bajó del barco y tomó un bote, y una hora después advertimos que volvía con el coronel Colquhoun y con otro, para mí desconocido, a la fragata inglesa. Todas estas idas y venidas me daban poca confianza.
Volvimos a las cuatro al barco y pasamos a la cámara del lord.
--Sigo--nos dijo el comodoro--pensando que el proyecto que ustedes me han traído está muy bien pensado y es factible, pero yo no voy a poder patrocinarlo.
--¿Podemos saber por qué?--le pregunté yo.
--Porque yo no puedo ser más español que los españoles, ni más cristino que los cristinos. He favorecido la empresa de Muñagorri pensando que hacía un beneficio a la causa de la Reina, y el general O'Donnell y el cónsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible para que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor éxito. Los generales españoles son como el perro del hortelano.
Les traduje a Jáuregui y a Amilibia lo que decía el lord.
--Hay que reconocer--dijo Jáuregui--que el pensamiento de Muñagorri era más obscuro y más vago que lo que le proponemos a usted.
--¡Si el proyecto me parece magnífico!--exclamó el lord--. Si usted, Jáuregui, fuera el comandante general de la provincia, no tendría usted mas que fijar el día para que las fuerzas navales de su Graciosa Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier Araoz, y mi Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que en colaboración con las autoridades españolas. Si ustedes traen el consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.
Se pensó en visitar al brigadier Araoz, pero no teníamos atribuciones de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con éste.
Lord John me ofreció una escampavía de la marina real inglesa para ir a San Juan de Luz, y fuí, hecho un personaje, acompañado de un oficial, a desembarcar en Socoa.
De allí mandé una carta a Aviraneta contándole lo ocurrido y diciéndole que esperaba sus órdenes.
Al día siguiente recibí la contestación:
«El proyecto hay que darlo por muerto--me decía--. Con la burocracia del Ejército sería un fracaso ridículo. Los militares quieren acabar la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar en otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el reconocimiento de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo que pasa, y por qué no se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque no tiene gran importancia: si no te viene mal, vete a ver el campamento de Muñagorri, próximo a Endarlaza, a ver qué es eso.»
XIII
DE BIRIATU A ERLAIZ
VOLVÍ a Hendaya, y me dijeron allá que la gente de Muñagorri estaba acampada en un grupo de casas llamado Lastaola, del camino de Irún a Vera, y que los carlistas vigilaban de cerca a los muñagorrianos.
Me aseguraron que para comunicarse con ellos lo mejor era ir por la orilla del Bidasoa, hasta enfrente de Lastaola.
LASTAOLA
Conocía yo el camino perfectamente; fuí de Hendaya a Behovia francesa, y de Behovia, por la orilla del río, pasando por debajo de Biriatu, hasta llegar frente por frente de la vieja casa de Lastaola.
Al acercarme a este sitio vi unas barcas en el río y un cable fijo que iba de un lado a otro del Bidasoa.
Me encontré allí con una muchacha joven que discutía con el barquero porque quería cruzar a la otra orilla.
--¿Es que no se puede pasar?--le pregunté yo al barquero.
--No.
--¿Por qué? ¿No está Muñagorri?
--No.
--¿Está Altuna?
--Tampoco.
--¿Quién está?
--El capitán Jauariz.
--Bueno. No le conozco; pero le hablaré.
Le di dos pesetas al barquero y entré en la barca. La muchacha entró conmigo. Entonces la reconocí. Era Pepita Haramboure, la chica de la tienda de Sara, a quien había conocido por Cazalet.
--¿Usted también viene al campamento de Muñagorri?--le pregunté.
--Sí.
La chica me dijo que era novia de uno de los soldados de Muñagorri, un muchacho francés, de Biriatu, a quien había conocido en Sara.
Era Pepita una chica bonita, de ojos negros; hablaba vascuence, con gracia, y tenía, al hablar, como un sobrealiento muy característico de su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.