El amor, el dandysmo y la intriga

Part 13

Chapter 134,156 wordsPublic domain

García Orejón estaba enredado con una mujerona de Burdeos que había sido cocinera. Orejón era hombre de gustos pacíficos. Su ideal consistía en construír una casita en Francia, en una aldea; en España tenía miedo de la venganza de algún carlista; soñaba con hacer una vida tranquila, comer bien e ir a pasear por el campo y a pescar en el río, como un buen burgués retirado.

VII

LAS BACANTES VASCAS DE AÑOA

LLEGAMOS a Añoa, entramos en un café, titulado A la Cita de los Cazadores; saqué yo papel y pluma y me puse a escribir el informe. Cuando lo concluí entregué la minuta a Orejón, quien se puso unos anteojos y la leyó muy atentamente. Hizo algunas observaciones y dió su beneplácito. Inmediatamente se levantó; dijo que tenía prisa. Antes de salir del café miró a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie le seguía, se marchó a la carrera, y desapareció en la penumbra del crepúsculo.

Me dejó la impresión de hombre obscuro, misterioso, hundido en el fango: un hombre de pesadilla.

Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona, cuando vi venir por la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres vestidos de mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al son de un tambor y de un pito.

--¿Qué pasa?--le pregunté al mozo del café.

--Nada; una tontería. Que van a hacer una cencerrada, un charivari, dedicado a un español.

--A un español, ¿y por qué?

--Ha habido aquí un ex oficial carlista que se casó con una muchacha del pueblo y se llevó la cuñada a su casa, y al cabo del año ha resultado que la cuñada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que, de rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este charivari.

--¿Y está aquí el español?

--No; se ha ido. Estas cosas están prohibidas por la policía, pero como los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se aprovechan.

LAS BASA-ANDRIAC

La función se celebró en un escenario improvisado en un gran portal. En medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos de mujer, que representaban las _Basa-andriac_ (mujeres del bosque) que tenían que juzgar el caso.

Estas _Basa-andriac_ eran tipos grotescos, tipos de borrachos del pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones. Llevaban faldas, enaguas, pañuelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.

Al lado de estas damas estaban sus maridos, vestidos de pieles y con sus correspondientes cuernos.

El mozo del café me indicó, entre las _Basa-andriac_, el barbero del pueblo, el alpargatero, el sacristán, el que hacía las chisteras para jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor de representar era del sacristán Dominique Elissalde de Elissagaray, en colaboración con el barbero Juan Pedro de Irumberry.

Irumberry tenía fama de ingenioso desde que mandó pintar la muestra de su barbería. Esta muestra representaba un hombre a punto de ahogarse, a quien otro socorría y sujetaba por el pelo; pero el salvador agarraba de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba escrita la leyenda: «Al inconveniente de las pelucas». Algunos decían que Irumberry no era original y que había copiado su muestra.

El presidente de las _Basa-andriac_ hizo sonar un cencerro, y gritó:

--Se abre la sesión; que entre el procesado.

Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con togas de percal negro; dos gendarmes, el español, su mujer y su cuñada, todos terriblemente caricaturizados. El español, que se llamaba nada menos que el señor Garbanzón, tenía una cara estilo Zumalacárregui: patillas negras, entrecejo sombrío, un tricornio de papel en la cabeza y una espada de madera.

El señor Garbanzón miraba a derecha e izquierda de una manera siniestra, apoyándose en la espada, y decía a cada paso:

--¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por el vientre del Papa! ¡Le voy a comer a uno los hígados!

El que hacía de esposa del señor Garbanzón era un hombre muy alto, muy flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la cabeza; y la que hacía de su cuñada era un hombre bajito, vestido con falda corta, con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un muñeco, al que cantaba y hacía como que daba de mamar. Comenzó el juicio con el interrogatorio del acusado. El señor Garbanzón contestaba a las preguntas con aire de malhumor.

--¡Levántese el procesado! ¿Cómo se llama usted?--le preguntó la presidenta.

--¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por Satanás! Me llamo don Pepito Garbanzón de los Prados.

--¿Qué profesión tiene usted?

--¡Rayos y centellas! ¡Por los cuernos de Lucifer! Soy oficial del ejército de Su Majestad Católica Don Carlos de Borbón (aquí saludó con el sombrero de papel), rey legítimo de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén...

--Bueno, bueno.

--De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia...

--Ya, ya, comprendido.

--De Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba...

--Bien. Bien.

--De Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras...

--¡Basta! ¡Basta!

--De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria; conde de Barcelona, señor de Vizcaya...

--¡Socorro! ¡Socorro!--gritó la presidenta--. Ponedle, como a las barricas de sidra, un tapón de barro.

Le taparon la boca, y el señor Garbanzón siguió mascullando su retahíla hasta que la acabó.

--Está bien, don Pepito--le preguntó la presidenta--; y ahora, aquí, en confianza, ¿usted por qué abandonaba a su mujer e iba a la cama de su cuñada?

--¡Mil rayos! ¡Mil terremotos! ¡Por el ombligo de Buda! Mi cuñada es más gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.

--¡Que no tengo nada!--gritó el que hacía de mujer propia--. ¡Cochino! ¡Cerdo! ¡Que no tengo nada!--y mostró un pecho negro y peludo--. ¿Qué es esto entonces?

--Eso es una piel de oso.

--En cambio, ésta está más gordita--dijo don Pepito.

La cuñada se levantó del banco con su muñeco en brazos y mostró su pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente enorme, y dió una vuelta de bailarina.

--¡Mil rayos! ¡Sangre y centellas! ¡Por las barbas de Lutero! Esto ya es otra cosa--dijo el señor Garbanzón pellizcando en el trasero a la supuesta cuñada.

--¡Me va a dar algo! ¡Me va a dar algo!--gritó la mujer propia agitándose de una manera violenta, abanicándose y rugiendo, y tirando el lazo de la cabeza al suelo, y pateándolo con unas botas como dos gabarras.

La cuñada del señor Garbanzón comenzó a mecer y a cantar al muñeco la canción _Lo, lo, lo_; pero la mujer legítima le quitaba el niño iracunda, y decía que era suyo. Le quería dar de mamar, le ponía cabeza abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.

Después de una porción de disparates y de absurdos se dilucidó el punto de si la mujer de don Pepito le había pegado a su marido con un palo o con una caña, y si le había dado en la cabeza o en la espalda.

--¿Cómo le ha pegado usted?--le preguntó la presidenta a la mujer propia.

--Pues le he pegado así--y le dió cuatro o cinco cañazos al señor Garbanzón.

--¡Rayos y centellas! ¡Por los hígados de Mahoma! No ha sido así--dijo don Pepito.

--Pues, ¿cómo ha sido?

--Así--y don Pepito cogió la caña y arreó una tanda de cañazos a su mujer.

Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y éstos recibieron los golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuñada.

LA SENTENCIA DE DON PEPITO

Después de aclarado este punto, la fiscala y la defensora soltaron dos discursos grotescos, y la presidenta preguntó a las _Basa-andriac_.

--El señor Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haberse acostado con su cuñada y haberle hecho un pequeño Garbanzón?

--¡Sí, sí!--aullaron todas las _Basa-andriac_.

--Madama Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haber dado con una caña o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a su marido al saber lo que ocurría en su casa?

--¡Sí, sí!--volvieron a aullar las bacantes.

Después de esta deliberación la presidenta leyó la sentencia:

Artículo 1.º Que supuesto que la mujer de don Pepito Garbanzón de los Prados no tiene gracia para tener críos, se le encarga de esta tarea a la cuñada, que cuenta con más facultades.

Artículo 2.º Que la mujer propia de dicho señor Garbanzón puede seguir en la casa haciendo la comida, barriendo la escalera, cepillando las botas, fregando los platos y demás adminículos, como ahora.

Artículo 3.º Que como no está demostrado que madama Garbanzón no pueda tener críos, el señor Garbanzón, don Pepito, estará obligado a acostarse con ella una vez al año, o antes, si está en peligro de muerte.

Artículo 4.º Que en casa del señor Garbanzón desaparecerá todo lo que tenga carácter de instrumento contundente, sea de caña, de palo o de otra substancia, para que el hecho de autos no se repita.

Después de leída la sentencia, las _Basa-andriac_ se levantaron, enarbolaron las escobas, agarraron a don Pepito y se pusieron a dar gritos terribles y a agitar los cencerros. Los maridos cornudos se unieron a la algazara mugiendo sonoramente.

Tras del juicio se preparó la farándula y salieron todos, agarrados de la mano, al son del pito y del tamboril, hasta la plaza, donde se bailó un fandango desenfrenado.

Yo me reí mucho con aquella farsa. Encontré a la gente de Añoa de muy buen humor, y el sacristán, Dominique Elissalde de Elissagaray, y su colaborador, Juan Pedro de Irumberry, me parecieron dos Plautos campesinos.

VIII

EMBOSCADA

ERA ya bastante tarde cuando aparejé el caballo y el coche y me preparé para volver a casa.

Al entrar en Ezpeleta vacilé en seguir adelante o en quedarme allí. No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas horas de la noche, y el recordar al Murciélago en aquel grupo de carlistas que había visto a la llegada del obispo, en compañía de Fermina la Navarra, me infundía algunas sospechas.

Pensé en las precauciones que tomaba el Picador para entrar y salir de cualquier parte.

--Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, ¡qué diablo! Vamos adelante.

La noche estaba con alternativas, clara y obscura; había luna en el cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que dejaban el campo negro.

A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me apagó la luz del coche.

--¡Qué fastidio!--pensé--. El caballo se va a espantar con las sombras del camino y me va a dar la gran jaqueca.

TIROS

Poco después, un nubarrón cubrió la luna, y quedó la carretera tan negra que no se veía a cuatro pasos. Se me encogió el corazón y pensé que había hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al trote corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y silbaron unas balas cerca de mí.

Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al poco rato sonaron, ya detrás, otros dos estampidos.

Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de nuevo, y seguí azotando al caballo.

Poco después volvió a salir la luna.

A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de Stratford. Me abrieron. Mi amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo que me había ocurrido.

--El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han salvado a usted la vida.

--Sí, es verdad.

Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a acostar.

Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una mezcla de terror y de placer al mismo tiempo.

--Tengo que tener confianza en mi estrella--me dije, y me restregué las manos con gusto.

IX

AVIRANETA, DE NUEVO

EN los primeros días de enero de 1839 se presentó Aviraneta en Bayona. Estuvo unas horas en una fonda y se trasladó después a una casa de huéspedes modesta de cerca de la Catedral, en la calle de la Moneda, o calle Nueva.

Me avisó para que fuera a verle, y lo encontré en la cama.

--Vengo acatarrado--me dijo--; he hecho un viaje malísimo.

--¿Pues qué le ha pasado a usted?

--He venido por Zaragoza, Jaca y el puerto de Canfrac, que estaba cerrado por las nieves. He andado perdido, durmiendo en mesones infames, calado hasta los huesos.

--¿Y por qué no ha venido usted por Santander?

--Parece que sospechaba alguien que yo iba a volver a Bayona y se me esperaba, no con muy buenas intenciones. ¿Y cómo va esto?

Le conté lo que había hecho con toda clase de detalles.

--Has trabajado muy bien, Pello--me dijo--; tú vas a llegar más lejos que yo.

--¡Ca! No crea usted.

--Sí, sí. Le he leído tus informes a la Reina y ha quedado entusiasmada.--A ese joven le tengo que ayudar--me ha dicho.

--Sí; no digo que no me ayude, pero yo no tengo gran ambición. No siento, como usted, el deseo de mando. Por ahora, me divierte el peligro, la aventura, pero nada más; dentro de poco me gustará la vida tranquila y la buena mesa.

--Hombres de poca fe.

--Mejor sería decir hombres de poco nervio.

--Sin embargo, para tu edad has hecho cosas. Eres casi un diplomático, cuando otros con tus años son unos niños zangolotinos.

--Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué tiene usted en proyecto?

--He estudiado un plan para prender al Pretendiente. Yo creo que está bien concebido, pero lo discutiremos en detalles. No digas nada a nadie.

--Esté usted sin cuidado.

--Respecto a nuestros trabajos para la escisión del carlismo, convendría enviar al Real un agente que nos comunicara las últimas noticias.

Haremos lo posible para encontrarlo. ¿Cuándo nos veremos?

--Ya te avisaré.

EL VALOR DE LA HISTORIA

A los tres días de la llegada de don Eugenio, el periódico de Bayona _El Centinela de los Pirineos_ publicaba este suelto, para la mayoría enigmático:

«Se sabe positivamente que ha llegado a Bayona un antiguo y conocido agente de revoluciones y desórdenes, cuya presencia precedió a los sangrientos sucesos de Hernani en julio de 1837.»

--Así se escribe la historia--me decía Aviraneta unos días después, con ironía--; yo he hecho algunas cosas buenas y malas, pero ninguna de ellas me caracteriza. En cambio, me caracteriza el haber precedido a un acontecimiento en el cual no he tomado parte.

--Tiene gracia.

--Si es mentira lo que se cuenta del año pasado, ¿qué será lo que se dice de hace dos mil años?

EL GRABADOR

Se le había ocurrido a Aviraneta, basándose en la lucha de los marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que Maroto estaba afiliado a la masonería. Para esto había traído dos diplomas masónicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos y sustituírlos por el del general y por el del conde de Negrí.

La cosa resultó más difícil de lo que parecía.

Se emplearon varios procedimientos químicos para borrar la tinta, y no dieron resultado. Entonces se le ocurrió a don Eugenio mandar grabar un diploma igual que el masónico y utilizarlo poniendo el nombre de Maroto.

Esta idea fué el germen de un legajo de documentos falsos, que luego, más tarde, Aviraneta pasó al Real de Don Carlos, y que produjo un gran revuelo. A este legajo llamó el Simancas.

Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta de Lamaignere, nos dirigió a un grabador, Meyer, que vivía en el Rempart Lachepaillet. Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio Díaz.

La casa del grabador era una casa antigua, pequeña; el primer piso, saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.

Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya descascarillado, y tenía un entramado de maderas negras al descubierto. Cada piso era de muy poca altura, y los techos no tendrían más de dos metros.

La puerta de la casa era gótica, con un llamador de metal, y en una de las dos jambas había una placa pequeña de cobre con este letrero: «Meyer, grabador cincelador».

Pasando la puerta se encontraba un pasillo húmedo y negro, y al final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincón donde trabajaba el grabador.

Era un taller que tenía todo el aspecto de un taller medieval. Lo iluminaba una ventana grande, a poco más de un metro de altura, que daba hacia la muralla, y otra pequeña, que recibía la luz de un patio.

Cerca de la ventana grande tenía su mesa de trabajo el grabador, con sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la pared, en unos estantes, se veían frascos de ácido nítrico con agua, mezcla ya empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tenía.

Delante de la ventana pequeña y alta estaba el tórculo, un tórculo de madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador. Todo el pequeño taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los papeles blancos parecían allí de nieve.

Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de barniz una plancha de cobre con un pincel.

Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con anteojos, de cara indiferente.

--Yo venía a encargarle a usted un trabajo--le dijo Aviraneta.

--Usted dirá.

--¿Podría usted hacerme una lámina igual a ésta?

El grabador tomó la lámina que le presentó don Eugenio e hizo un ligero movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llevó la mano al hombro, y el grabador, poco después, hizo lo mismo.

Aunque me chocó el movimiento, no le di importancia.

--Esta lámina la puedo hacer--dijo el grabador--, pero tiene mucho trabajo. Tardaré bastante en concluírla.

--No me urge. ¿Cuándo podrá estar?

El grabador midió la lámina a lo largo y a lo ancho, y dijo que llevaría por grabarla quinientos francos, pero que tardaría algún tiempo en hacerla, porque no tenía plancha de aquel tamaño y le sería necesario encargarla a París.

--¿Quiere usted que le de, por adelantado, algún dinero?--le preguntó Aviraneta.

--Sí; no estaría mal.

Aviraneta le dió trescientos francos, y nos fuimos a la calle.

--Te habrás fijado que el grabador y yo nos hemos hecho el signo de reconocimiento de la masonería.

--¡Ah! ¡Qué bruto he sido! Lo he visto y no me he figurado lo que era.

Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.

DE NUEVO EL MURCIÉLAGO

Un par de semanas después volvimos al taller del grabador, y al salir para tomar la calle de España, don Eugenio y yo, cada uno por su lado, le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murciélago. Esperé en el escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.

--¿Ve usted ése que va por la acera de enfrente?; es un hombre que me espía.

--Hay que saber quién es--dijo Aviraneta, que iba embozado hasta los ojos--. Ve tú a casa de la Falcón, parándote en las tiendas. Si él te sigue, yo le iré siguiendo.

Lo hicimos así, y yo fuí, como hombre desocupado, parándome en los escaparates, como si no hubiera notado la persecución, hasta la tienda de antigüedades.

Al día siguiente me avisó don Eugenio para que fuese a casa de Iturri.

--¿Sabes quién era el que te seguía?--me dijo.

--¿Quién?

--Un tal Salvador que nos hizo traición en la Isabelina. Está aquí ese granuja.

Me contó la historia de Salvador, que había sido uno de los mayores intrigantes de la época.

Salvador era un tipo de aquellos como Regato, que había vivido en plena intriga, con un fin de lucro.

Yo le hablé a don Eugenio de la caja de dulces que me enviaron al hotel; de la carta anónima que me habían dirigido después, y de los tiros del camino de Ezpeleta, cosas que yo suponía provenían de Salvador.

Aviraneta dijo que era muy probable mi suposición.

Aviraneta le tenía odio y miedo a aquel hombre.

Para espantarle, le escribió una carta amenazadora, que decía así:

«Miserable espía: Sabemos que estás intrigando y vendiendo a los liberales y a los carlistas. Si no abandonas inmediatamente tu espionaje y te marchas de Bayona, pagarás caras tus maniobras. Conocemos tu abominable historia de traiciones y de crímenes.

_Demóstenes, Espartaco, Mirabeau_ de la logia Irradiación.»

Salvador no se marchó de Bayona; se mudó a una casa de huéspedes del barrio de Saint-Esprit.

X

APUROS DE VINUESA

POCOS días después de esto salía del hotel, cuando me encontré con mi compañero de viaje de Madrid a Bayona, que venía demudado y tembloroso.

--¿Qué le pasa a usted?--le dije.

--Estoy muy apurado.

--¿Quiere usted subir a mi cuarto?

--Bueno, sí.

Subió, se sentó y me dijo:

--Estoy temiendo que me van a internar en Francia.

--Pues, ¿por qué? ¿Qué ha hecho usted?

--Verá usted. He estado estos meses en Pau, resistiéndome a entrar en el campo carlista, cuando hace tres días recibí una carta del mismo Don Carlos llamándome a su Real con toda urgencia, y diciéndome que si no voy me considerará separado de su partido. Me he puesto en camino y he venido aquí con mi mujer, al hotel de Francia. Me he visto con varios carlistas para que me indiquen el medio mejor de trasladarme al campo de Don Carlos, y alguno de ellos sin duda lo ha dicho por ahí; se ha enterado el subprefecto y me ha llamado, me ha pedido los papeles y luego, con violencia y mal gesto, me ha ordenado que vuelva a Pau, de donde seré internado. Y aquí me tiene usted que no sé qué hacer. El Señor me espera, y si ahora ya no voy pierdo para siempre la gracia de Su Majestad.

--No se apure usted--le dije yo--. Quédese usted esperando en mi cuarto; yo iré y le preguntaré al canciller del consulado de España qué hay en la subprefectura contra usted.

Salí del hotel y me encontré a Vidaurreta en el momento en que iba a visitar al subprefecto. Le expliqué el caso de Sánchez Vinuesa, diciéndole que era una buena persona, un excelente sujeto, nada peligroso.

Le esperé en el café, enfrente del teatro. Al poco tiempo volvió Vidaurreta; me dijo que en la subprefectura había la delación de un individuo llamado Manuel González contra un diplomático carlista, residente en Pau, que había ido a Bayona con la intención de pasar al campo del Pretendiente, y a quien se le había intimado la orden de que retornara a Pau.

Volví al cuarto del hotel y le dije a Vinuesa:

--No hay nada grave contra usted. Si quiere usted se vuelve a Pau, donde nadie le molestará; si prefiere usted entrar en España, yo mismo le prepararé la marcha.

--Prefiero entrar en España, porque si no, el Señor va a pensar que no quiero obedecerle.

--Bueno; pues como usted quiera. Vamos ahora a una posada de un amigo mío. Allí encontraremos un guía para España.

--Vamos.

Fuimos a casa de Iturri. Le pregunté en el camino a Vinuesa con qué carlistas había hablado, y quedé convencido que el Manuel González que le había denunciado era el vecino de mi hotel, el Murciélago, Manuel Salvador. ¿Trabajaría éste por los liberales y por los carlistas? ¿Tendría algún motivo de odio contra Vinuesa? No lo pude averiguar.

Llegamos a la posada de Iturri, y le expliqué a éste los deseos de mi amigo.

--Un guía--dijo Iturri a Vinuesa--le costará veinte o treinta francos.

--Le daré cien con gusto.

--No, no. Es demasiado. ¡Eh!--gritó a su mujer el fondista.

--¿Qué quieres?

--¿Está ahí Pinterdi?

--Sí.

--Que suba.

Subió Pinterdi, un muchacho fuerte y rubio, de Ascaín, a quien Iturri explicó lo que tenía que hacer.

--¿Necesitará usted un caballo--preguntó Iturri a Vinuesa--, o prefiere usted una mula?

--Un caballo.

--¿Quiere usted ir de una tirada hasta Vera, o prefiere usted dormir en el camino?

--¿Qué distancia habrá?

--Unas siete u ocho leguas.

--Es bastante.

--Si se cansa usted, duerme usted en San Juan de Luz, o en Urruña.

--Bueno; ya veré.

--¿Tiene usted la maleta hecha?--le pregunté yo.

--Sí.

--Bueno. Entonces, nosotros dos vamos a ir a almorzar fuera de puertas, a un merendero que se llama el Buen Rincón, del barrio de Onzac; este chico, Pinterdi, cogerá su maleta en su hotel, y con la maleta y el caballo irá al merendero.

Vinuesa me preguntó varias veces por Aviraneta y por lo que hacía. Yo le contesté con prudencia.

Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al final del almuerzo se presentó Pinterdi, ató la maleta al caballo e invitó a subir a Vinuesa. Este me recomendó que fuera a ver a su mujer con frecuencia, para tranquilizarla.

LA DAMA ALEMANA

Dos días después, por la noche, fuí a ver a la señora de Vinuesa y a decirle que su marido había llegado bien a España. Me encontré a la dama indignada, furiosa, contra su marido.