El amor, el dandysmo y la intriga

Part 12

Chapter 124,025 wordsPublic domain

UNOS días más tarde recibí una carta, fechada en París, de Manuel Valdés, citándome para cenar el domingo siguiente en el Café de Burdeos, café poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares franceses.

Llegué a la hora de la cita al café indicado; el dueño me dijo que me esperaban en el piso entresuelo; subí por una escalera de caracol y entré en un comedor pequeño, empapelado de rojo, en donde había un caballero. Era Valdés de los gatos.

--¿El señor Valdés?

--El mismo. ¿Usted es el señor Leguía?

--Para servirle.

Nos dimos la mano.

--¡Qué puntual!--me dijo Valdés.

--Es mi costumbre.

--No es una costumbre de español.

--Si no es costumbre de español hay que adoptarla.

--Siéntese usted. ¡Pero usted es muy joven!

--Sí; no soy viejo.

--Le felicito a usted.

--¿Por qué?

--Porque al darle la misión que le dan se ve que tienen confianza en usted.

--No pienso ser mas que un amanuense. Contar lo que usted me diga.

Nos sentamos a la mesa.

--Vea usted el menú, a ver si le gusta--me dijo Valdés.

--Sí, seguramente; no soy un _gourmet_.

--¿No? ¡Qué error, mi querido! La cocina es el mayor manantial de nuestros placeres.

--Por ahora tengo bastante apetito para contentarme con comer--le dije yo.

Teníamos de cena langosta, pechugas de perdiz rellenas y _foie-gras_. De vino, una botella de Sauterne y otra de Burdeos. Nos pusimos a cenar.

Valdés era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy peripuesto. Tenía la cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente despejada, el pelo blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.

Era un elegante un tanto arruinado por la vida. Vestía levita azul entallada, chaleco de terciopelo negro y pantalón con trabillas.

Un observador de minucias hubiera quizá notado, en pequeños detalles, que nuestro _dandy_ no estaba en la opulencia.

El cuello, alto, limpio; la corbata, que le agarrotaba la garganta, impecable; los puños, inmaculados, denotaban su pulcritud; pero la levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se hallaban rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no eran nuevas.

Valdés tenía una ingenuidad de aventurero confinante con la del pillo, muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a entender que, si se quería, se podía muy bien no darle a él importancia, pero que él tenía sus ideas, que le parecían tan buenas como las de otro cualquiera.

--Yo siempre he sido liberal--me dijo--; pero, ¿qué quiere usted?; la suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado a adoptar una actitud que, íntimamente, no es la mía. He tomado, hace poco, parte en la expedición del conde de Negrí y he andado entre balas. ¿Usted ha presenciado alguna batalla?

--Sí.

--¿No le ha dado a usted la impresión de una cosa ridícula?

--En absoluto.

Valdés me contó, concisamente, algunos detalles de las acciones en que había intervenido.

Después de cenar y tomar café comenzamos a pensar en el informe.

--No creo que le pueda decir a usted nada nuevo, pero en fin, le daré mi opinión--me dijo Valdés--. Don Carlos, aunque probablemente no es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones muy parecidas a él: es astuto, desagradecido, egoísta; se puede decir de él lo que de Fernando dijo un escritor francés: «Corazón de tigre y cabeza de mula». Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la inclinación por la intriga, el favoritismo y la bajeza. Es verdad que ha odiado a Zumalacárregui, como odia a Maroto, a Cabrera y a todos los hombres fuertes, exaltados y valientes.

--Es decir, que es un miserable.

--Si a mí me gustaran los epítetos fuertes, no me parecería mal llamarle así.

EQUILIBRIO CARLISTA

--Para mí, al menos--siguió diciendo Valdés, después de contarme algunas anécdotas que ya conocía--hoy, los elementos importantes en el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura Echeverría. Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea la del otro, y así se establece el equilibrio. El día que uno de estos soportes del carlismo se quiebre, el equilibrio se perderá y todo el tinglado se vendrá abajo. Maroto tiene la fuerza material, pero no cuenta con la confianza del rey ni con los fanáticos; Arias Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejército; el padre Cirilo es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza está en una sacristía, en un palacio o en un salón, pero no en el campo; el cura Echeverría tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco y con él están solamente los brutos, como se ha llamado a sí mismo el general Guergué.

LOS SOBORNABLES Y LOS INSOBORNABLES

--De estos cuatro elementos--siguió diciendo Valdés--, Maroto es, indudablemente, sobornable, no por dinero, el general es rico, sino por orgullo y por rencor. Maroto es un matón y un soberbio, pero al mismo tiempo es hábil y tenaz. Se la ha jugado a Cecilio Corpas, que es flexible y viscoso como una anguila, y al padre Cirilo, que es de la misma especie de animal de sangre fría. Maroto es muy cuco, y si puede pasar al ejército cristino de capitán general, pasará, si es que el cambio le parece suficientemente satisfactorio para su ambición.

--¿Usted tiene la seguridad de esto?--le pregunté yo.

--Toda la seguridad que se puede tener en una cuestión así.

--Porque la cosa es muy importante para el Gobierno.

--Importantísima. Sigo adelante. El padre Cirilo es más sobornable todavía que Maroto. El señor arzobispo de Cuba no es hombre de descampados y de breñales; es hombre de salón, de damas elegantes; un Talleyrand de sacristía. A la primera ocasión, el padre Cirilo se pasará a la monarquía liberal. Siempre muy católico, muy realista, sin abjurar de sus ideas, hará el honor de cobrar al Estado constitucional cincuenta o sesenta mil duros al año en cuanto le nombre arzobispo de Sevilla o de Toledo. Respecto a Arias Teijeiro, aunque dicen que es un danzante, no lo es tanto. Arias Teijeiro es el tipo del galleguito listo: mucha memoria, mucha viveza, mucho desparpajo. Arias no es sobornable, no es hombre que pueda ir, hoy al menos, a Madrid a alternar con un Mendizábal, con un Argüelles o con un Alcalá Galiano. Al cura Echeverría le pasa algo de lo mismo. Es un fanático, y un fanático que, fuera de sus navarros, a quienes exalta con sus discursos truculentos, no puede ser nada.

--De esto se deduce--le dije yo--que, según usted, hay dos grupos sobornables y dos insobornables. El de Maroto y el del padre Cirilo, sobornables; el de Teijeiro y el del cura Echeverría, insobornables.

--Eso es. Así que si el Gobierno de Madrid tiene fuerza y medios y buen sentido para influír en el campo carlista, su política será bien clara; consistirá en ayudar todo lo que pueda a Maroto y al padre Cirilo, y en reventar con toda su fuerza a Arias Teijeiro y a Echeverría.

Después de escribir la minuta y de leérsela a Valdés, nos despedimos los dos, muy amigos, y Valdés me invitó repetidas veces a que fuera a París, donde me presentaría a sus relaciones del _faubourg_ Saint-Germain. El viejo _dandy_ me dió sus señas: en la rue Saint-Honoré, donde vivía.

V

BERTACHE

BERTACHE, la letra Y, me citó con tres días de anticipación en una taberna del puerto de Socoa, de San Juan de Luz, la taberna de la Bella Marinera. Se presentaría vestido con blusa azul, boina, pañuelo rojo al cuello y un bastón de tratante de ganado.

Fuí a San Juan de Luz, encontré la taberna, que tenía un ancla en la puerta, y entré en ella y pedí de cenar.

Me trajeron unas sopas de ajo con huevos y una cazuela de merluza con salsa verde, muy suculenta.

Siempre que como en una taberna platos regionales me parece encontrar una relación estrecha entre el gusto y el color del guiso con el paisaje material y espiritual. Un guisote de esos de marineros del Mediterráneo con sus pimientos, sus tomates y su azafrán, está tan en consonancia con el clima por su sabor, su color y su olor, como un guiso con perejil con el Cantábrico; un plato de salchichería fría nos recuerda la mitología germánica de Wagner, y el queso de Gruyère, con sus agujeros, nos trae a la imaginación los abismos alpinos de Suiza.

No hablo ya de los productos naturales, porque esos no hay duda que representan admirablemente el clima; los melocotones, las peras, las uvas, las naranjas, los plátanos, dicen por su aspecto el paisaje de donde vienen; pero aun los productos elaborados parece que saben algo del clima de donde proceden. El aceite habla latín, y la manteca, germano. El vino tiene todos los acentos: es ciceroniano en el Jerez y en el Málaga, recuerda al Espíritu de las leyes en el Burdeos, y se parece a una canción chispeante de café concierto parisiense en el Champaña, por su espuma y su picor...

Estando en estas profundas reflexiones apareció Bertache, y le conocí en seguida por su blusa azul, su boina, su pañuelo rojo y el bastón de tratante. Venía con él su novia.

Me levanté para saludarles, y se sentaron a la mesa.

--¿Quieren ustedes cenar?--les pregunté.

--Hemos cenado ya--contestaron.

Bertache pidió una botella de Champaña. Dentro de mis ideas anteriores, el pedir una botella de Champaña en la Bella Marinera era un absurdo; debía de haber pedido una botella de sidra o de chacolí.

Mientras bebía, contemplé a Bertache. Era tipo de estatura mediana, bien plantado, moreno, esbelto, de ojos claros, facciones serias y tristes, y labios delgados. Usaba patilla corta y bigote pequeño.

Según las teorías frenológicas del abate Girovanna debía ser muy valiente y tener grandes condiciones para la música y las matemáticas, porque sus sienes eran muy abultadas.

Llevaba el pelo largo, y una boina grande de medio lado dejaba parte de la cabellera rizada al descubierto. Tenía las manos finas y con anillos. Por entre la abertura de la blusa se veía un chaleco bordado y una gruesa cadena de plata, y colgando de ella, un sello con las armas de los Arreches: un árbol con dos osos. Contemplando a aquel hombre, se imponía la idea de que lo que decían de él era verdad: que era audaz, atrevido, sanguinario, egoísta, rapaz, dispuesto a todo. Se sentía en él al hombre felino, sin conciencia, para quien los deseos son los amos absolutos de su espíritu.

Pedro Luis Arreche, alias Bertache, era oficial del 5.º de Navarra. Procedía de Almandoz, un pueblo del valle del Baztán, en la subida de la carretera de Irún a Pamplona, por el alto de Velate.

La casa de Bertache era casa importante en el pueblo: entonces vivían la madre y tres hijos, dos varones y una hembra. Los dos Arreches varones eran de la piel del diablo, malos, rencorosos y vengativos.

El subteniente Bertache, por los datos que adquirí de él, era un Don Juan de aldea, ambicioso, cínico, atrevido, que había matado ya varios hombres, entre ellos al brigadier Cabañas, por odio, por venganza y por rabia.

Bertache, según la opinión de todos los que le conocían, era un tipo sanguinario, para quien asesinar o robar no tenía gran importancia.

GABRIELA LA RONCALESA

La muchacha que le acompañaba se llamaba Gabriela Sarriés, y la decían Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un rubio de color de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el aire enérgico e inteligente.

Gabriela era contrabandista; tenía una mula, que cargaba de género en Francia, y que introducía en Guipúzcoa y en Navarra.

Gabriela solía hacer sus compras en casa de Iturri; y por Iturri, Aviraneta se entendió con Gabriela, y luego, con Bertache.

Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta pareja, y Bertache estudiándome a mí. Gabriela no separaba los ojos de su amante. Se veía que estaba locamente enamorada de él.

Comprendí que Bertache sentía una gran antipatía por mí. Sin duda, me consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.

Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado a romerías y a fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente del donjuanismo haciéndose cada vez más violento, más orgulloso y más canalla. Un rival para él debía ser algo muy odioso.

Bertache era un hombre despistado, de poca penetración psicológica. Se veía que le costaba trabajo el comprender la manera de pensar de los demás. Yo le sorprendía. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a la idea de quién sería yo y qué importancia tendría.

¡DINERO! ¡DINERO!

Bertache me dijo desde el principio, ásperamente, que lo que se necesitaba era dinero. Con dinero él era capaz de todo.

Me contó fríamente cómo habían asesinado al brigadier Cabañas, hijo del ministro de la Guerra de Don Carlos, en un caserío llamado Saracoíz, hacia Cirauqui, por órdenes del comandante Aguirre y del general García.

Lo habían matado entre el subteniente Urcáiz, los soldados Salaverri, Santacilia, Nuin y él. Explicó cómo le dieron tres bayonetazos, le tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por último, lo tiraron a un arroyo próximo. Uno de los soldados se había quedado con el reloj de Cabañas.

Me chocó que Bertache no intentara exculparse. Contaba el crimen como si tal cosa. Después me explicó los antecedentes de la asonada que habían conseguido provocar entre el teniente del 2.º de Guipúzcoa, José Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en la que gritaron las tropas: ¡Muera la Junta! ¡Mueran los hojalateros! ¡Abajo los castellanos!, y ¡Vengan nuestras pagas!

Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en las garras de la tropa amotinada, y si no ocurrió esto fué por haberse acobardado algunos sargentos en el momento del conflicto.

--Y si le cogen ustedes a Don Carlos--le pregunté yo--, ¿qué hacen ustedes con él?

--Le hubiéramos pegado cuatro tiros.

Bertache tenía odio por Don Carlos. En su naturaleza de felino, parecía que el único sentimiento espontáneo era el odio.

A consecuencia del motín de las pagas de Estella y de la muerte del brigadier Cabañas, Bertache y sus amigos estaban en entredicho, y Maroto había mandado que se comenzase un proceso para aclarar estos motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.

Bertache aparecía entre los intransigentes carlistas, y estaba entonces en Almandoz con unos días de licencia.

LA TRAICIÓN Y EL VALOR

Bertache era como un gato montés, como una alimaña.

Hay el lugar común general de identificar el tipo del traidor con el del cobarde. La retórica corriente, que llama cobarde atentado al atentado de un anarquista fiero y de un terrible valor, quiere que traidor y cobarde sean sinónimos.

Estas son ilusiones del buen burgués, tranquilo, apacible, a quien inciensa cotidianamente el periodista con sus adulaciones. Claro, es lógico que haya algunos espías y traidores, cobardes y pusilánimes; pero la mayoría son valientes y atrevidos. En cambio, en el buen burgués, honrado, hasta cierto punto, y patriota, se da el caso del tipo cobarde con muchísima más frecuencia.

El valor no es un resultado intelectual, ni moral, sino un caso de fuerza nerviosa.

Bertache era de una fiereza y de un valor de tigre, de estos hombres de cieno y de sangre que no tienen ninguna idea política, ni religiosa, ni social, y que marchan dejando a su paso un rastro de violencia y de crímenes.

A las diez de la noche, Bertache se levantó dispuesto a marcharse.

--¿Adónde va usted ahora?--le dije.

--Voy a Vera, donde dormiré un par de horas, y para el mediodía estaré en Almandoz.

--¿Quiere usted que le lea lo que he escrito?

--No, ¿para qué? Mi última palabra es ésta: ¡dinero, dinero y dinero!

--¿Lo necesita usted inmediatamente?

--Sí.

Le di dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, y me firmó un recibo con la inicial Y.

--Tendrán ustedes pronto noticias mías. Diga usted al Gobierno de Madrid que si quiere emplear dinero, se hará todo..., si no, esto seguirá no sabemos hasta cuándo.

Gabriela me indicó que antes de un mes estaría en Bayona de nuevo para sus negocios, y que me avisaría por Iturri.

Bertache pagó la botella de Champaña y salió con su novia de la taberna contoneándose, golpeando el suelo con el bastón.

Yo me marché a dormir a San Juan de Luz, y al día siguiente estaba en Bayona.

VI

LA LETRA Z

POCO después de mi entrevista con Bertache me avisaron, por la casa Artigues de Saint-Esprit, que el domingo me presentara en Ezpeleta, en la taberna del Compás de Oro, donde podría verme a las seis de la tarde con García Orejón, la letra Z. Me indicaban que preguntara al amo de la taberna por el Picador.

Salí en el tílburi de Iturri, el domingo por la mañana, camino de Ezpeleta. Estuve un momento en Cambo, a saludar a Stratford. Hacía un día espléndido. Se veían los montes próximos muy azules; la peña de Aya, Larrun, Mondarrain y, más a lo lejos, el pico de Ossau, todavía con la cima nevada.

Stratford me convidó a almorzar con él; acepté, y después salí de Cambo con el caballo al paso, camino de Ezpeleta, adonde llegué a eso de las tres o tres y media.

La posada del Compás de Oro estaba en la calle principal de Ezpeleta, a la salida, marchando de Bayona a San Juan Pie de Puerto. Tenía en el piso bajo una taberna, con sus bancos y su mostrador de cinc, y a un lado, el comedor, con una mesa larga, un armario y un reloj en la pared.

Dejé el coche en un patio y el caballo en la cuadra, y me senté.

Pedí una botella de sidra y llamé al tabernero, que se presentó en seguida. Otharre, el amo del Compás de Oro, era un hombre grueso, pesado, de nariz abultada y roja, boca de labios finos y ojos pequeños, negros, llenos de malicia. Era un tipo que tenía una mirada burlona y una sonrisa llena de ironía. Vestía como de domingo: camisa muy blanca, blusa negra nueva, boina y alpargatas.

--¿Usted le conoce al Picador?--le pregunté.

--Sí.

--Pues va a venir aquí esta tarde a hablar conmigo. Así que, cuando venga, diga usted que me avisen.

--Muy bien.

Mientras bebía mi botella de sidra estuve oyendo a dos aldeanos que tenían un papel con una canción en diálogo, en vascuence, titulada el _Amo y el criado_, y que se refería a la guerra carlista. La cantaban, mientras otros campesinos que les oían se reían a carcajadas. En la canción, el amo recibía en Burdeos a Fraschcu, su criado, y le preguntaba noticias de Oyarzun, su pueblo. El criado le contestaba contando miserias de la época, y el amo decía que los hombres que habían desencadenado la guerra debían tener los demonios en el cuerpo, fueran curas o frailes, y que era bastante mejor seguir la ley del turco que no la fe que predicaban aquellas gentes.

Duc ascoz obia Turcuen leguía, Ez oyec predicatzen Duten fedia.

Me hizo gracia la energía de la afirmación.

Cansado de estar quieto salí a la calle y estuve contemplando las viejas casas vascas de Ezpeleta, con sus ventanas rojas y su entramado de maderas, que trazan figuras de H y de V en las paredes blancas.

Me chocó que hubiese tanta gente en la calle, y luego me fijé en que había colgaduras en los balcones.

--¿Qué pasa?--pregunté a unos aldeanos.

--Que viene el obispo de Bayona en visita pastoral.

--¿Cuándo?

--Ahora mismo acaba de llegar el coche.

LLEGA EL OBISPO

Esperé una media hora, y comenzó a pasar la comitiva que precedía al obispo. Venían primero cuatro zapadores con morriones inmensos, adornados con estampitas, delantales de cuero y hachas de cartón al hombro; luego, cuatro trompetas y cuatro tambores; después, varios jóvenes con boinas rojas, chaquetillas también rojas, pantalón blanco y sable, y otros muchachos, jinetes en caballos pequeños, enarbolando banderas blancas. Me pareció una manifestación realista.

Después venía el obispo, rodeado por la gente del pueblo, saludando y echando bendiciones y dando a besar la mano, sobre todo a las señoras.

En el tropel vi a una mujer guapa, morena, que me llamó la atención.

--Yo conozco a esta señora--me dije--, pero ¿de qué? No recordaba.

Pensé que quizá la habría visto en Bayona. Fué toda la comitiva al Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y separada del caserío del pueblo. El párroco leyó un discurso, y el obispo contestó con una plática. Le estuve observando mientras hablaba. Le conocía de casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burlón y mundano. Allí, en Ezpeleta, tomaba un aire místico, pero su actitud, indudablemente, era una comedia.

Cuando concluyó su plática, la gente gritó: ¡Viva monseñor!; y el público comenzó a agitarse y a dispersarse.

FERMINA LA NAVARRA

En aquel momento vi, de frente, a la señora morena que me llamó la atención. Era la misma que había visto salir de Laguardia con Aviraneta y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la Navarra, casada con Vargas.

Ella me reconoció también en seguida y me mostró disimuladamente a un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron españoles y carlistas. Efectivamente; poco después advertí, entre ellos, a mi vecino de hotel, el Murciélago. Como veía que me espiaban, me retiré a la posada. Le pregunté al tabernero Otharre.

--¿Oiga usted: una señora morena española, de negro, vive aquí?

--Una guapa. ¿La señora de Vargas?

--Sí.

--Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive en el pueblo. Es carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.

--¿Por aquí habrá mucho carlista?

--Naturalmente. Van y vienen como usted.

El tabernero, sin duda, me había tomado por carlista.

EL PICADOR

A media tarde apareció García Orejón en la taberna del Compás de Oro, en compañía de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido, de unos cuarenta años. Había sido picador de caballos; tenía la cara curtida, amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas. Usaba bigote largo, negro y caído. Era un poco calvo; tenía los ojos brillantes, la mirada obscura, de través, y los labios gruesos.

--Hablaremos por el camino--me dijo el Picador.

--Aparejaré el cochecillo que he traído e iremos en él.

--No; no me conviene que nos vean juntos. Yo iré por esta carretera, a pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me lleva usted hasta Añoa.

--Muy bien.

Lo hice así, y salí del pueblo por el otro extremo de donde había entrado. Encontré a poco a Orejón, que montó en el tílburi, y fuimos despacio.

El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo; pero me dió más detalles de las cuestiones. Me habló de la lucha envenenada entre Maroto y Arias Teijeiro, del odio de Guergué y de García contra Maroto, que ya no se velaba, y de la actitud levantisca de muchos oficiales y sargentos partidarios de los presos de Arciniega. El fusilamiento del capitán don Felipe de Urra, amigo de los presos, ordenado por Don Carlos, después del primer motín de Estella, había exasperado a muchos carlistas.

Orejón me aseguró que el ejército estaba inquieto, hambriento, sin cobrar una paga.

--Con poco dinero--dijo--sería fácil provocar disturbios e insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.

--¿Qué dinero necesita usted para empezar?

--Unos tres mil duros.

--Se le girarán cuanto antes.

--No sé--añadió--si podré ir inmediatamente a Estella, porque me han denunciado a Maroto como uno de los cómplices del último motín militar y como partidario de la abdicación de Don Carlos y de la proclamación de su primogénito. He estado unos días escondido en una casa del Roncal. Me enteraré. Si no puedo ir yo en seguida, mandaré a una mujer.

--Yo conozco a una roncalesa de mucho brío.

--Será la misma, Gabriela.

--Sí.

--Me entenderé con Bertache, Zabala y con otros. Le escribiré a usted lo que haga con tinta simpática.

--Muy bien.

--Diga usted que me sigan mandando el dinero por conducto del cura de Sara.

--Lo diré.

Luego hablamos de otras cosas.