El amor, el dandysmo y la intriga

Part 15

Chapter 154,087 wordsPublic domain

Pasamos la chica y yo a la orilla española, y saltamos a tierra. Había entre el río y el fuerte de los muñagorrianos una distancia de trescientos o cuatrocientos metros de campos de maíz, con cañaverales, que servían para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era estratégico para el contrabando.

Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era una casa vieja, probablemente una antigua ferrería, con muy pocas ventanas.

Tenía en los alrededores una explanada fortificada, con una muralla de palos y tierra; ocho tiendas de campaña y dos piezas de artillería.

El centinela nos dió el alto e hizo llamar al oficial de guardia, el capitán Jauariz, a quien expliqué yo el objeto de mi visita y el de la muchacha. El oficial nos recibió de malhumor y me dijo que nos iba a detener.

--Bueno; haga usted lo que quiera.

--Aquí están viniendo a cada paso agentes para provocar la deserción de nuestros soldados.

Yo le dije que era amigo de Muñagorri y de Altuna y partidario de la empresa de Paz y Fueros. El hombre no se convencía, cuando vino el capitán Brunet, que mandaba los muñagorrianos que estaban acampados en las inmediaciones de Lastaola, y me dió la razón.

--¿Qué quería usted?--me preguntó.

--Quería visitar las obras de la defensa y dar informe al Gobierno.

--Pues vea usted lo que se ha hecho aquí, y luego pide usted un caballo y sube usted al fuerte de Pago-gaña.

Curioseé por los alrededores de Lastaola, y me chocó que el campamento estuviera tan abandonado. Aquello no tenía aire militar ninguno. Los soldados charlaban y jugaban a las cartas; los centinelas fumaban.

PAGO-GAÑA

Tomé algunas notas, y al soldado que me había indicado el capitán Brunet le pedí el caballo. Lo trajo.

--¿Por dónde se sube a ese fuerte de Pago-gaña?--le pregunté.

--Por ahí, por esa regata que se llama de Charodi.

--¿No me puede acompañar nadie?

--Yo, por lo menos, no.

La chica de Sara se enteró de que su novio estaba en el alto de Pago-gaña, y vino conmigo.

Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a subir el monte por un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una explanada con un caserío. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos echaron a correr.

--¿Cómo se llama este sitio?--les pregunté.

--Erlaiz.

--¿Dónde está ese fuerte Pago-gaña?

--Ahí arriba.

Nos habíamos desviado un poco, y teníamos el fuerte encima. Hablamos la mujer y yo de los muñagorrianos, a quien ella tenía por unos holgazanes, y nos mostró cerca del caserío, como la única curiosidad del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este letrero:

DESDE AQUÍ, LA DESERCIÓN TIENE PENA DE LA VIDA

Le di al muchacho unas monedas para que nos acompañara al fuerte.

El fuerte era muy sólido; tenía la figura de un polígono de muchos lados, y dentro de su perímetro había un almacén de pólvora, un gran barracón de madera y varias tiendas de campaña.

Habían trabajado en esta obra los zapadores ingleses, bajo la dirección del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de los Ingenieros Reales. En las paredes se veían escritos muchos nombres ingleses.

La pequeña guarnición del fuerte tenía el mismo aire de indisciplina que la de Lastaola. Había muchos visitantes, que andaban por el fuerte mirándolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irún mujeres y hombres a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban allí acampados, y hablaban y revolvían como si estuvieran en su casa. Se veía claramente que la empresa de Muñagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontró a su novio, que era un jovencito con aire de niño, y estuvo hablando con él.

Yo, cuando me cansé de andar arriba y abajo, le avisé a la muchacha que iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su novio.

Como me pareció que bajar a caballo desde el fuerte a la orilla del río sería difícil y peligroso, marchamos a pie.

El novio de la Pepita nos acompañó un rato.

Pepita me contó que su novio era hijo del sacristán de Biriatu, y había sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y atrevidos, pero a su novio le gustaban más los libros, cosa que le parecía absurda a Pepita.

Al ir descendiendo sonó un tiro a lo lejos, entre las ramas; no sé si de algún carlista o de algún cazador.

Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa, y Pepita se fué a Biriatu, y yo marché a Hendaya, donde comí en el hotel del Comercio.

Unos días después supimos que el Bidasoa había subido repentinamente y que se llevó las tiendas del campamento de Muñagorri, dejándolo todo inundado, los cañones en el fango y sin comunicaciones con Francia.

Un par de semanas después el capitán Jauariz, que tanto miedo tenía a los que fomentaban la deserción, desertaba del campo de Muñagorri con sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y éstos incendiaban el campamento muñagorriano.

El antiguo escribano de Berastegui tenía mala suerte.

XIV

ROMPIMIENTO

AL pasar por San Juan de Luz fuí a visitar a doña Mercedes, la madre de Corito, que me recibió muy secamente. Me dijo que Corito estaba en Laguardia, que no salía porque no había seguridad en los caminos, ocupados por los carlistas.

La muchacha deseaba venir a San Juan de Luz, pero ella, su madre, había pensado trasladarse definitivamente a Madrid.

Doña Mercedes añadió con cierta energía que pensaba casar a su hija con una persona seria, religiosa y de buenas costumbres.

--¿Y ella está de acuerdo con usted?--la dije yo emocionado.

--Completamente de acuerdo.

--Creo que tengo derecho a una explicación.

--¡Usted! ¡Derecho!

--¿Por qué no? Aunque yo tenga una posición modesta...

--Aquí no se trata de la modestia de su posición. Se trata de la vida que está usted haciendo--me dijo doña Mercedes.

--¡Yo!

--Sí, tengo informes ciertos y fidedignos. Hace usted la vida de un hombre vicioso, sin fe y sin conciencia. No quiero hablar.

--Es que me he metido en una clase de asuntos... Su amigo de usted, don Eugenio...

--No sea usted mentiroso. No creo que Eugenio le haya aconsejado el seducir muchachas y abandonarlas, ni el desunir matrimonios.

--¿Yo he hecho eso?

--Sí, y no me tiente usted la boca. Eugenio siempre ha sido un hombre honrado. Habrá tenido ideas falsas en política y en religión, pero ha sido un caballero.

--¿Y yo, no?

--Usted, no.

--Señora...

--Qué, ¿me va usted a desafiar; me va usted a mandar los padrinos?

--Me atropella usted.

--No; usted es el atropellador.

--No creo que haya que juzgar los hechos sin aclararlos.

--Los hechos están suficientemente aclarados, y, en su consecuencia, le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi hija, ni la escriba usted tampoco, porque ella está enterada de todo y no le contestará.

--Bueno. Está bien. Está bien--y me marché a la calle sin saber qué decir.

ME VOY

Cuando vi a Aviraneta en Bayona le conté lo que me había pasado, y le dije que para matar la pena iba a ir a París.

--¿Cuánto tiempo vas a estar allá?

--Un mes, si no hay algún asunto importante que me obligue a volver.

--¿Tanto?

--Sí.

--¿Qué presupuesto vas a hacer?

--Unos treinta francos al día; con el viaje, unos mil doscientos francos. Llevaré dos mil; creo que tendré de sobra. Llevaba, por si acaso, mil más.

--¿Adónde vas a ir a vivir?

--No sé. Veremos Valdés adónde me lleva.

--¿Vas con Valdés?

--Sí.

--Este te meterá en algún lío.

--¡Bah! No soy ningún niño.

--Bueno. Un consejo: reserva el dinero para la vuelta. Gástate el resto del dinero en una semana o en un día, pero resérvate siempre el dinero para la vuelta, porque es un poco ridículo tener que pedir para volver.

--¡Qué desconfianza tiene usted en mí!

--Es un consejo; tú síguelo, si quieres.

XV

EN EL "FAUBOURG" SAINT-GERMAIN

TOMÉ la diligencia, llegué a París y fuí a parar a una fonda bastante cómoda de la calle Tournon, enfrente del antiguo palacio del mariscal de l'Ancre, convertido en cuartel de gendarmería.

Inmediatamente me arreglé y marché a la casa de Valdés, en la calle de Saint-Honoré. Lo encontré, al antiguo _dandy_, en la cama; esperé a que se vistiera, y fuimos a almorzar al Rocher de Cancale, restaurante que entonces tenía mucha fama.

--¿Tiene usted algo que hacer?--me preguntó Valdés.

--No.

--Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e iremos a algunas casas del _faubourg_ Saint-Germain, donde le presentaré a usted.

GRANDEZAS

Después de dar un paseo por los bulevares tomé un coche, le recogí a Valdés y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqués de Fronsac. Como Valdés era un cínico y sabía que un título venía muy bien en aquel medio, me presentó como el barón de Leguía.

Según me dijo luego Valdés, tuve un éxito entre las damas; me habían encontrado muy gentil; les había chocado que un joven español hablara el francés tan correctamente.

Una de las mujeres que me produjo un gran entusiasmo fué una marquesa austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer encantadora. Tenía unos ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al sonreír, como una ráfaga de nieve.

Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque no tenía una buena casa.

Valdés, luego, me indicó que estaba separada del marido y sostenida por un banquero de Viena, que vivía en París.

Salimos Valdés y yo del hotel y fuimos a un pequeño restaurante de la calle del Bac, donde comimos muy bien.

--¿Usted piensa ir al teatro?--me dijo Valdés.

--Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.

--Sí, vale más reservarse. ¿Me puede usted prestar dos luises?

--Sí.

Se los presté, y hablamos de la marquesa Radensky. Valdés me dijo que si quería hacerla la corte le enviara un ramo de flores con mi tarjeta.

Nos despedimos Valdés y yo y nos citamos para el día siguiente, a la hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.

Cuando me encontré en mi cuarto y se me fué un poco la sensación de las grandezas y pensé en si el primer día habría sobrepasado mi presupuesto de treinta francos diarios, vi que había gastado entre las comidas, el coche y el préstamo a Valdés, más de cien francos, sin contar el hotel.

Me quedé un tanto asombrado.

--Tenía razón don Eugenio: hay que separar el dinero para el viaje y cien francos más, y darlo como si no existiera.

Efectivamente; envolví unos billetes en un papel, los metí en el bolsillo interior de una chaqueta y cerré el bolsillo con dos alfileres.

Al día siguiente envié un ramo de flores a la marquesa austriaca y fuí con Valdés a otras casas del _faubourg_ Saint-Germain.

Pasado el primer momento de entusiasmo, empecé a pensar que este barrio aristocrático no me parecía tan admirable como yo había supuesto. Yo me lo había figurado más suntuoso, más rico. Además creía que iba a encontrar en aquellos palacios los tipos de Balzac, que, naturalmente, no han existido mas que en la imaginación del novelista.

--Oiga usted--le dije a Valdés--, ¿Balzac no ha tomado datos en el _faubourg_ para escribir sus novelas?

--No. Aquí nadie le conoce. El, como todos los grandes escritores, inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el _faubourg_, tiene grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece que vive encerrado, trabajando febrilmente.

--¡Qué extraño!

--Extraño, no. Si quisiera escribir la realidad, no podría; haría una cosa vulgar, pedestre.

--Me desilusiona usted. Allí, en nuestras tertulias de Bayona, suponíamos que el gran escritor estaría siempre en los salones de la alta sociedad.

--Entonces no escribiría nada.

--¿Pero no tiene carácter esta gente?

--¡Pse! ¡Qué sé yo! En estos pueblos viejos, grandes, de una cultura antigua, que ha penetrado hasta las últimas capas sociales, es muy difícil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero, lo que es más frecuente de lo que yo desearía, a comer a un fonducho pobre, y la dueña de la casa, que es de Orléans, habla un francés tan puro, tan académico, que la llevaría usted a un salón y parecería una duquesa.

--¿Así que usted cree que este barrio no tiene un espíritu distinto del resto al pueblo, un carácter especial?

--Hay mucho de literatura en eso. Aquí, como en todas partes, lo esencial es igual. Si es usted joven y rico le harán más caso que si es usted viejo y pobre. Lo único que varía es la política. Aquí hacemos política realista, como en otros barrios se hace republicanismo o justo medio. Las damas de la burguesía se citan con sus amantes en las _soirées_, en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras damas tienen, además de esto, como punto de cita, las iglesias y las sacristías. Ahora, si quiere usted seguir un consejo mío, se lo daré gratis: Si tiene usted amores con una gran dama de éstas, piense usted que no se diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en novecientos noventa y nueve casos sobre mil acertará usted.

LA AUSTRIACA

El consejo de Valdés lo puse en práctica con mi marquesa austriaca, que se encontró encantada de que yo la tratara sin el menor respeto.

Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora, capaz de cualquier cosa buena y de cualquier cosa mala, con un espíritu de alegría y de bohemia verdaderamente loco. Aceptó mis cenas, fué varias veces a mi casa, hizo extravagancias, y a los quince días me encontré yo, con sorpresa, que no tenía más dinero que doscientos francos y lo que había guardado en el bolsillo de la chaqueta.

--Haciendo la vida que hago--me dije--, este dinero no me llega para dos días. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.

Había oído que en la plaza del Palais Royal había casas de juego. Fuí allí y encontré una ruleta. Dividí mi dinero en diez puestas de un luis cada una y fuí poniéndolas a un entero. En diez vueltas, casi seguidas, perdí los doscientos francos.

Fuí a ver a Valdés, a pedirle los cuatro o cinco luises que le había dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa, y le escribí. Pensé luego qué podía hacer, y comprendí que lo mejor era marcharme.

Le escribí una carta a la austriaca diciéndola que mi familia me llamaba urgentemente y que no tenía más remedio que volver a mi país.

Ella me contestó alegremente diciéndome que arreglara pronto mis asuntos, y que volviera. Añadía que me sería fiel si no tardaba mucho tiempo.

Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a Bayona, porque Aviraneta se reiría de mí, y pensé en irme a Burdeos y pasar allí unos días.

Estaba en esto, cuando vino Valdés a verme. Me dijo que no tenía un cuarto, que no podía devolverme lo que le había prestado, pero que me llevaría a comer a un restaurante donde a él le fiaban y, probablemente, me fiarían a mí.

XVI

LOS CHAPUZONES DE VALDÉS

VALDÉS vivía ordenadamente en su casa de la calle Saint-Honoré. Tenía una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba como a un joven doncel. Le arreglaba la casa, le hacía la comida, le componía la ropa, le zurcía las medias y le cepillaba las botas.

Este interior respetable y burgués del solterón naufragado y perdido, era gracioso. Allí, en su casa, Valdés era un hombre serio, reposado, de ideas sensatas, que tenía que luchar con la inmoralidad del ambiente de París.

Valdés tenía épocas de penuria que se repetían periódicamente, al año, dos o tres veces.

Entonces avisaba en su casa de la calle de Saint-Honoré que tenía que marchar a España, y se iba a un hotel miserable de la calle del Dragón, diciendo allí que venía de Madrid.

Cuando se marchaba el señorito, la vieja ama de llaves se arreglaba para vivir en la casa con un franco al día.

Estuve en el hotel del Dragón para ver la nueva vivienda de Valdés. El hotel tenía una entrada sórdida, negra, maloliente, en la que olía a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel, antiguo afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valdés porque le creía un gran revolucionario.

Valdés, en estas épocas de penuria, comía en el Restaurant des Gourmets, de la calle de la Barouillère.

Así, durante una temporada, desaparecía en esta vida miserable, hasta que cobraba, y volvía a salir a la superficie y al fausto. Gracias a esto conservaba su prestigio de hombre rico y elegante de la calle de Saint-Honoré y del _faubourg_ Saint-Germain.

CAMBIO DE ROPA Y CAMBIO DE ESPÍRITU

En estas malas épocas Valdés utilizaba los trajes viejos que ya no le servían en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria perfecto. El _redingote_ raído, los pantalones deshilachados, las botas deformadas, el sombrero de copa con las alas caídas; todo le servía. Para darse un aire más miserable, llevaba en el ojal una condecoración española, probablemente falsa.

Durante estas etapas de miseria, Valdés era capaz de hacer enormes caminatas, de no leer periódicos, de no desayunar, para economizar medio franco. En las épocas buenas daba una propina de cuatro o cinco francos por la cosa más pequeña: por una cerilla, porque le abrieran la portezuela del coche; sobre todo, si alguien podía verle.

--Así es la vida--decía él filosóficamente--. Esta gente del _faubourg_, que me invita a una comida de cincuenta o sesenta francos, porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello de la camisa sucio no me daría dos reales.

Efectivamente, era cierto.

--¿Y no le ha visto a usted alguna vez por aquí algún conocido del mundo brillante?--le pregunté yo.

--Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la Barouillère y la calle del Dragón, a dos pasos del _faubourg_, están socialmente tan lejos como los dos polos.

Una combinación como la de Valdés no podía darse mas que en un pueblo grande.

Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a hablar mal de la aristocracia cuando vivía en la miseria. Entonces contaba historias revelando el origen verdadero o supuesto de las familias ricas y les acusaba de vicios y de irregularidades.

--Yo creí que tenía usted gran entusiasmo por esa gente--le dije una vez.

--Sí, a veces, por lo que me conviene; pero crea usted que si tocaran a saquear el _faubourg_, no sería yo de los últimos.

En estas épocas de penuria, Valdés se sentía liberal exaltado, y solía visitar a republicanos franceses que conocía. Iba una o dos veces al año a ver al convencional Barère, que vivía aún en París, ya muy viejo.

MISERIAS

Siguiendo el ejemplo del machucho _dandy_, alquilé un cuarto en una calle próxima a la de Sevres, por doce francos al mes. El cuarto era pequeño y poco confortable, y tenía una ventana a un patio de un hospital, patio triste, con un pabellón negruzco en medio. Iba a comer al Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por una gente raída, de una pobreza vergonzante.

Valdés comía en aquella sala miserable con la misma elegancia que en los palacios.

Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y jovial.

Tenía allí su guitarra, y a veces amenizaba los postres tocando y cantando canciones españolas, con poca voz, pero con mucho estilo.

Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron a fiarme y no representaba para mí ventaja ninguna el ir allá, frecuenté la taberna del «Perro que Fuma», la de la «Espada de Madera», la de la «Cita de los Cocheros», y otros figones de nombres pintorescos.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Aquellos días que estuve en París por amor propio me hicieron ver el reverso de la vida elegante de una manera descarnada y fuerte.

No pensaba que estos crepúsculos del invierno de París fueran tan tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, además, acatarrado, y tenía siempre frío.

Miraba todo con un espíritu acre. Aquellos hoteles del _faubourg_ me parecían feos y sin carácter.

Ya en la latitud de París--me decía--la piedra no tiene color de piedra. La piedra aquí es una cosa agrisada, cuando no es negra.

En estos paseos, no sé si por la influencia de los crepúsculos de París, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de que era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tenía una idea grande en la cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era vanidad, humo. Era un pobre majadero presuntuoso.

¡Qué examen de conciencia hice por estas calles húmedas y nebulosas de París, entre toses y estornudos! También me servía como motivo de ejercicios espirituales el ver mi cuarto mísero y la niebla que dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.

En el hotel casi todos los tipos eran como yo: gente que parecía no tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y salían de sus cuartos furtiva y rápidamente, como los fantasmas.

La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una cofia blanca, anteojos y una cara satírica, que me recordaba los retratos de las damas del siglo XVIII, me miraba burlonamente mientras leía el periódico al lado de su gato.

Muchas veces no tenía ninguna gana de ir a ver a Valdés, a quien tontamente achacaba mi mala suerte.

Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets, me dijo:

--Querido amigo; entra usted aquí como si los demás tuviéramos la culpa de que usted se haya quedado sin un cuarto.

--Tiene usted razón; perdone usted.

Esta conversación nos volvió a la cordialidad.

Como la miseria aguza indudablemente el sentido crítico, tuvimos largas discusiones acerca de España y de sus hombres, de París, de sus políticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de Balzac y Gavarni.

También hablamos de la influencia de las grandes capitales. Valdés, como vivía en París, quería pensar que sólo en las ciudades grandes se discurre y se vive; que en las pequeñas no se hace mas que vegetar; yo le llevaba la contraria, naturalmente, porque vivía en Bayona.

XVII

ENCUENTRO

UN día, en la calle de Babilonia, vi a un hombre raído, triste, derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pasó cerca de mí como una sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las grandes ciudades.

Al fijarme en él le reconocí. Era el abate Girovanna. Al principio vacilé en acercarme a él, porque tenía un aire tan derrotado y tan siniestro, que lo mejor que podía suponerse, viendo aquella fantasma humana, era que salía de un presidio.

Venciendo el primer momento de repulsión, me decidí y le llamé. Girovanna me estrechó la mano, conmovido.

--¿Y la duquesa?--le pregunté yo.

--No sé dónde está. Era una loca.

--¿Y qué hace usted aquí?

--Estoy de químico en una perfumería. ¿Y usted?

--Yo he venido con algún dinero y lo he gastado demasiado de prisa, y ahora ando mal; estoy esperando a que me envíen de casa.

--La juventud loca imprevisora--dijo el abate.

--Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si quiere usted venir, le convido.

--Sí, vamos.

Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde presenté el abate Girovanna a Valdés.

Girovanna habló con la facundia que le caracterizaba, y dejó perplejo a Valdés.

Yo le fuí sometiendo en preguntas, al abate, las cuestiones que constituían el fondo de las diferencias entre Valdés y yo, que versaban acerca de Francia, de España, de literatura y de política.

SOBRE FRANCIA

--Francia lo tiene todo--dijo el abate--; es el país privilegiado por excelencia, los dos mares principales de Europa...

--Como España--salté yo.

--Ríos como no tiene España, campos como no tiene España--replicó él--, ciudades que no ha soñado nunca tener España... Los franceses tienen de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas, militares, pensadores, escritores... Lo único que no tienen, aunque ellos hacen esfuerzos para creer que sí, es ese tipo de genio espontáneo que hay en otros países... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores franceses, pero un Ticiano, un Tintoreto, un Velázquez o un Goya no hay entre ellos; hay buenos poetas, pero no un Dante; hay buenos dramaturgos, pero no hay un Shakespeare. Son, ante todo, gente fuerte y de buen sentido, pero el genio espontáneo irregular que adoran ellos eso es precisamente lo que les falta.

OPINIONES DE ESTOS DÍAS