El amigo Manso

Part 9

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--Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan á la doncella de estos países latinos para la constitución de las familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia, la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la patria potestad en la mujer...?

--Lo femenino eterno--dije yo gravemente,--tiene leyes que no puede dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.

--¡Aislados!

--Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.

Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:

--Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal. Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo, el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios variedad, adios unidad suprema...

--No digo que no...

Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.

--¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á echar un pitillo. ¿Viene usted?

No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.

El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la elección de José María.

XVIII

«Verdaderamente, señores...»

Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental que padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:

--Verdaderamente...

Pudo al fin formular un premioso discursejo, cuyas cláusulas iban saliendo á golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se hubiese atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas, como: «Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se puede servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores se empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto es para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto á defender los sagrados intereses...»

Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran los de la _democracia rampante_, partido tan joven como inquieto, al cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo que fuera transacción.

El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña con acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es lo _verdaderamente inglés_. Lo de _la sucesiva serie de transacciones_ no se le cae de la boca: es su _Padre Nuestro_ político, y así, todo lo transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad. Toda idea pura es para él _una verdadera exageración_, y corta las cuestiones diciendo: _basta de exclusivismos_. Para él no conviene que haya exclusivismos en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda idea, toda teoría artística ó moral debe ceder una parte de sus regios dominios á la teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si este fenómeno no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús y los Santos Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber intentado un arreglito con la herejía.

Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien contaba cuentos.

--No me quiero acostar--me dijo,--porque el _sambeque_ del salón y esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té, los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto; si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche, si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella no sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy _chiqueada_. Pero José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no piensa más que en sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién sabe, si en otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...

Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:

--Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de Madrid... Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser diputado y ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres las de esta tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. Yo les diría si las viera: «Grandísimas _sinvergüenzas_, ¿para qué engatusais á un padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan bueno?...» Porque José María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, de algún tiempo acá, no le conocemos.

Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, tratando de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres está más en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como señales de pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me ocurrió.

--Yo--dijo ella, bajando más la voz,--no me meto en nada. Allá se entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?

Miraba á todos los lados de la pieza.

--¿Pero no se ha recogido aún?--pregunté.--Esto es contrario á sus costumbres.

--Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al corredor á ver un poquitico de la sala.

Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.

--Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?

--Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que deslumbra...

--Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.

--Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos.

--¡Oh! es justo--dije pensando en lo mucho que luciría Irene si penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.--Pero es cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna, estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.

--¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice las cosas!--exclamó doña Jesusa.

Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.

--Máximo--dijo de súbito la señora,--¿por qué no se casa usted? ¿Á cuándo espera, niño?

--Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...

--En veremos se le pasa á usted la vida.

Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y las niñas?»

--Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta, pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han dormido.

--¿Y usted no tiene sueno?

--Ni chispa.

--Pero es muy tarde.

--Me voy á mi cuarto.

--¿Va usted á leer?--dije siguiéndola y llevándole la luz.

--Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...

--¿Mañana, qué?

--Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...

--Hablaremos de aquello...--repetí sintiendo en mi pensamiento el estímulo que los novelistas llaman _un mundo de ideas_, y en mis labios cosquilleo de palabras impacientes.

Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:

--Tráigame usted lo que me prometió.

--¿Qué, criatura?--le pregunté, sospechando, en un momento de ansiedad, que le había prometido mi vida toda entera.

--¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...

--¡Ah! ya... bueno...

--Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.

--Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...

--No sea usted tremendo... Abur.

--No se fatigue usted la imaginación con la lectura...

--Si me estoy durmiendo ya.

--Eso es, descansar... buenas noches.

--Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?

--Creí que ya estaba usted dormida.

--Hombre, si estoy rezando... Adios.

Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella; pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.

Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí, alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso, arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh! sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones, buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón que llamaba _logomaquias_ á todo lo que no entendía. Este señor me dió después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme, me dijo:

--Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de leerlo y decirme su opinión imparcial...

Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor á la vida oscura, me decía:

--Pero chinito, no seas _jollullo_.

XIX

El reloj del comedor dió las ocho.

Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas, y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.--«Pero, ¿no me dijo usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente. ¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...?

Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene. ¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!... ¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete? ¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los preceptos de la higiene.

En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de la calle.

--Maestro, ¿se va usted á su casa?

--Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?

--Yo no me acuesto todavía. Es temprano.

--¡Es temprano y van á dar las cuatro!

Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se reía.

--Por respeto á usted, maestro--me dijo,--voy á acompañarle hasta casa. Después me voy á la _Farmacia_.

--¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.

--Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal ejemplo!...

Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.

--Mira, perdido--le dije tomándole por un brazo.--Que quieras que no, te llevo á casa. No irás á la _Farmacia_. Yo lo mando y tienes que obedecer á tu maestro.

--Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano de usted. No iré á la _Farmacia_; pero no puedo acostarme sin tomar algo.

--Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?

--Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por aquello de ir á alguna parte.

--¿Y á dónde quieres ir?

--Renuncio á la _Farmacia_ con tal que usted me acompañe á tomar buñuelos.

--¿Dónde, libertino?

--Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la noche, y una copita de aguardiente no viene mal.

--¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?

--Vamos, _magister_, sea usted amable. Ya ve usted que por complacerle renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. Luego nos iremos juntos á nuestra casita, como las personas más arregladas del mundo.

Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en aquel local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar más con él por un acto que en verdad era insignificante.

--¡Caprichoso!

--Sentémonos, maestro.

XX

¡Me parecía mentira!

¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana, teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!... Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones? La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa personalidad en días más venturosos.

Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las mesillas de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. Eran cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, que acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban todas las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona, espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza, liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos bonitas, los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta peluda, afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los hombres eran de lo más antipático que puede verse en la Creación. Las cuatro voces roncas sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno de interjecciones, del cual no se entendían más que las groserías y barbarismos. Era la primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes tipos, y no les quitaba los ojos.

--¡Qué guapa es la gorda!--me dijo Manuel.--Maestro, veo que se entusiasma usted.

--¿Yo?...

--Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...

--No seas necio.

--Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama _flirtation_, se llama aquí _tomar varas_.

--¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?--le dije, con vivo deseo de salir de allí.

--¿Y usted no toma?

--¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...

--¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no sé lo que pasa en mí...

--Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto le quería.

--Porque, sí señor--siguió;--hay ocasiones en que nos es necesario hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase yo camorra con esta gente?

--¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó has bebido...

--Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las uñas de la policía.

--Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa. Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo considerando la esterilidad de lo que te enseñé.

--¡Oh! no--exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el corazón y un palmetazo en la frente.--Algo queda. Mucho hay aquí y aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...

Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la trapisonda que deseaba.

La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas, un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.

--Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.

--Un ratito más...

--Yo me caigo de sueño.

--Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en mi vida.

--Á tí te pasa algo.

--Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero hacer algo, _magister_, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática (voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como los diablillos que atormentan al endemoniado.

No pude menos de reir.

--Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?

--Leo á Maquiavelo. Su _Historia de Florencia_, su _Mandrágora_, sus _Comentarios á Tito Livio_ y su _Tratado del Príncipe_ son los libros más asombrosos que han salido de manos del hombre.

--Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación conveniente.--Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí, tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los principios generales...