Part 10
--¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.
--Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte. Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos ya.
Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.
--Voy á revelarle á usted un secreto--me dijo cuando pasábamos junto al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.--Desde que estoy así...
--¿Cómo?
--Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así, mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de cuantos hay sobre la tierra?
--¿Quién?
--Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José María Manso, marqués presunto, según dicen.
Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor, diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos. Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el bautismo.
--¿Duelito tenemos?--dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia.
--Usted no vive en el mundo, maestro--replicó él. Su sombra de usted se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria, ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo, llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi maestro.
--¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don Juan con los trapos y la voz de Polichinela.
Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche, la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del nene, nos echó un mediano réspice á los dos.
--¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted, amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya con el maestrito, con el padrote...
--Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.
--No, mamá; él á mí.
--¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?
--Nada, mamá; no tengo nada.
--¿Pero no entras á acostarte?
--Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos libros que necesito.
--¡Libros tú!--le dije, entrando en mi casa.--¿Para qué quieres libros?
--Para preparar mi discurso.
--¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?
--Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar en la gran velada?
--¿Qué gran velada es esa?
--La que dará la _Sociedad para socorro de los inválidos de la Industria_.
--¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que quieras...
Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba, que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.
Antes de dormirme, le dije:
--Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes contra mi pobre hermano.
--No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á Spencer?
--Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.
Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:
--Es un canalla, es un canalla.
Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre el mar.
XXI
Al día siguiente...
Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.--Vamos á ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi hermano llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin que pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi habitual mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, que para mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El apetito de aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. Estaba yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve privado de tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo y por la tienda de que soy parroquiano, titulada la _Aduana en comestibles_, se me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora, adelante.
Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. Quería enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo con la maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, que me pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir á Irene varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré cohibida y como atontada con la presencia, con las preguntas y con la amabilidad del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, y las alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me privó mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al director de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.
Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos. Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde, ¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa, pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo Máximo; ya te cayó quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos de ornamentación doméstica y gastronomía suntuaria.»
Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado en aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio con que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender á tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me olvidarán nunca.--Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar, porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida, y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y el trato de Cimarra le habían _enciguatado_; se había corrompido como la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la pobrecita de la atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan afrentada, que sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y no encontraba palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir todo. Sí; revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José María, había encontrado una carta de una _sinvergüenza_... ¡Una carta pidiéndole dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus hijos iba á manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba la plata, sino la _sinvergüencería_... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser ella una persona decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba á su marido, le había de dar una buena soba y un par de galletas bien dadas. ¡Ay qué Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por el monte, vivir en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que peinar á la moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros... Mejor estaba ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina y señora del pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á comerle los codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella. Luego esta vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir y ponerse en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que olvidar las palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar, á recibir, á mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella. Si José no se enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra llevándose á sus hijos.
Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella á mí, á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á las tintas y á las magnitudes tropicales, agrandaba las cosas. ¿No podría ser que la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito, sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro marqués, que me dejaron absorto.--En su propia casa se atrevía el indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de galantear á Irene...?
¡Á Irene!
¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas... Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En fin, ¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde anterior hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta misma... ¡Cómo se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en la puerta misma del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta no alentaba ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la casa. Por el contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha honesta, dignísima, que no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de un hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado á la señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era una buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre recto, el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo, el sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad y atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí, á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para poner en ejercicio mis facultades de consejo.
XXII
«Esto marcha.»
«Esto se complica--pensé al retirarme.--Hénos aquí en plena evolución de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres, actuando en la reducida escena de un círculo doméstico ó de un grupo social, han concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su período de protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías, principian á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á rozamientos primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas. Tengamos calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que tan util es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones de los demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de general en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida en el estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía comparada del corazón humano.»
Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las presunciones de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi hermano y dije á Lica:
--Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.
Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no sospechaba cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.
--Cuidado, cuidado con esa mujer...--le respondí creyendo hallarme en lo firme.--Á pesar de la protección que se le da en esta casa, mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los años cierta ferocidad.
--Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...
--Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.
--¿Y tú observarás á Irene?
--Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...
--Á todo has de poner pero...
--¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes, angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido, inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál? El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente, el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte, generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin distinción de clases.
--_Aguaita_, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno; cuidadito con la maestra...
Y en mi cerebro se estampó aquello de _cuidadito con la maestra_, de tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia.
Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional. Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés, el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos. Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona que los motivaba.
Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía, mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella. Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de éstos era un _ergo_ de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza, porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba y hacía prodigios de sofística.
Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana, luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije:
--Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de José María.
Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella turbación grande.
--Su hermanito de usted--me contestó,--es muy particular. Qué poco se parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.
Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...
Irene me interrumpió diciéndome:
--Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta casa.
No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:
--Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.
¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la locura misma.
--Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted me mande.»
Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:
--Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le consulte nada.
Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.
Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.
--Yo haré méritos--le dije,--para ganar otra vez su confianza y oir las consultillas que quiere usted hacerme.
--Veremos. Por de pronto...
--¿Qué?
--Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y cuando ellas solas se salen del corazón.
Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más con esta salida de Irene.
--Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...
--Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...
--Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros, siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá, y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera el Gobierno suprimiría todo eso.