El amigo Manso

Part 11

Chapter 114,004 wordsPublic domain

--¿La historia?

--Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur.

XXIII

¡La historia en un papelito!

¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...

Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario, que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre, y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse. Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la sociedad, anonadando el error y las preocupaciones.

Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario de la _sociedad de inválidos_. Pero él, rechazado fuertemente por mi desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores (uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último, que la _Sociedad_, si yo la desairaba negándole mi _valioso concurso_, vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica _jollullo_, y _la cabeza parlante_ me agració con un juicio bastante duro acerca del poco sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó, como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático, parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa.

Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social, berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social, que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado _campo del honor_, si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho, de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente. Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.

Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia.

Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que hay para una semana.»

Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío. Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de los séres!

Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era el conducto motivo bastante para dudar...?

--Sí, sí--me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería hasta la noche.

* * * * *

¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, ó todos los genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana, carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten, y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez, y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas? ¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada, si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era _á primera sangre_, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas ideas de la Edad Media que aún viven...

Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta, Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se alegraron de que no hubiera pasado nada.

Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos, decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario.

--Perdóneme usted--le dije,--pero he tenido muchas ocupaciones y no he podido traerle la _historia en un papelito_...

--¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente... En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es verdad, señora, que no debe hacer caso?...

--¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más. ¿Para qué le sirve todo lo que sabe?

--Pero qué soso, ¡qué soso es!--dijo Irene mirándome y riendo, fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con escalofrío nervioso.--¿Ve usted como no quiere tomar parte en la velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...

--_¡Jollullo!_

--Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora, mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...

--Pues sí, tienes que hablar, Máximo.

--Se deslucirá la fiesta si no habla--añadió Irene.--Ya le he dicho: «Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha prometido llevarme á un palquito de los de arriba.

--Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.

Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas, resonó en la puerta, murmurando:

--Tiene que hablar, sí señó...

Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:

--Tienes que hablar, tiíto.

Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían, como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar y mazapán:

--Es preciso que hable... tiene usted que hablar...

XXIV

¡Tiene usted que hablar!

Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?

Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh! mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables. Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro, y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas, mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me dije:--«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten, estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.»

Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica.

La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado. No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran: «volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.

Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto. La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas. Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había venido gobernando desde la niñez.

Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y educativo que en Historia se llama revoluciones.

«Basta de sabidurías,--me dije;--acábense los estudios de caracter, y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir. ¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»

Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión! Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la mudanza, y ayudando á su tía.

Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia, iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa, que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo, y hablaba de marcharse á su casa con su _hombre_ y _los sus mozucos_. Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla en lo más ligero.

--Que se lleve todo,--me decía lloriqueando, á solas los dos,--con tal que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad y me mate al hijo.

--¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede salir cosa buena.

--Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...

--Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?

--Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de Zamora y tiene moneda...

--¡Dinero doña Cándida!--exclamé más asombrado que si me dijeran que Manzanedo pedía limosna.--Dinero Calígula.

--Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...

--¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo has hecho?

--Pero ven acá, ponderativo...

Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando, hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la portera ni los vecinos lo sabían.

Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina habían trabajado mucho aquella tarde.

--¡He cogido tanto polvo!...--me dijo Irene.--Estoy rendida de sueño y cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.

¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene. Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.

Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el _cuartito muy mono_ estaría en uno de los yermos solares en que no se había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo: «Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.»

Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...

XXV

Mis pensamientos me atormentaban...