Part 8
En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un nuevo orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á quejarse de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las dos de la noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa, y exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea. Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no llamaba _túnico_ al vestido, ni á las enaguas _sayuelas_, ni al polisón _bullerengue_. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.
Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la curiosidad, pregunté:
--¿Pero es cierto que vas á titularte?
--Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me fastidian...--repuso con turbación.--Es empeño de ellos, yo me resisto. Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso correo de Cuba.
Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa; pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas, producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad, llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.»
* * * * *
Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté:
XVI
¿Qué leía usted anoche?
Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento, si algo mío leía, había de ser ó la _Memoria sobre la psicogénesis y la neurosis_, ó los _Comentarios á Du Bois-Raymond_, ó la _Traducción de Wundt_, ó quizás los artículos refutando el _Transformismo_ y las locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.»
Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca y de los ojos.
La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.--La estancia aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al precio de las demás gangas que á la casa llevaba.
--Vamos á ver, Isabel,--decía Irene,--los verbos irregulares.
La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas, partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad, solía dormitar _aliquando_, como el buen Homero.
Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa, al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito, á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas. Irene descansaba, y cogiendo el encaje de _frivolité_, se ponía á hacer nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos. Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»
De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia Irene y decirle:
--¿Está usted contenta con esta vida?
Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato? Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.
--Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo, ¿qué más puedo desear por ahora?
--Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere. Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo? ¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...
Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu, y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento, estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un elogio.
--Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.
Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!... No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca. Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante, decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi parecer, comprendió perfectamente--Nuevos elogios de Irene, dirigidos en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio. «Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio de ambos.
La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo que pisaba.
«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo, que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia, sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi organización intelectual y estética.»
Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de que ella y los niños se constipasen.
--Por mí no tema usted--me dijo Irene.--Jamás he estado mala. Yo tengo una salud... tremenda.
¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de la maternidad y del siglo.
--Cuídese usted, cuídese usted--le dije con afán previsor,--para que su hermosa salud no se altere nunca.
Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el rostro de Irene alegría muy viva.
--¡Qué caro se vende usted!--me dijo poniéndose más pálida.
--Me parece--repliqué yo,--que hace dos siglos que no nos vemos. ¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin embargo, le dije á usted estas y estas cosas.
--Es usted... tremendo.
--No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?
--No, no, nada--respondió con precipitación y un poco de sobresalto.
--Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.
--Ya se ve que no--dijo con vehemencia.
--Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me oculte nada... Esta vida...
--Es tremenda.
--Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser de otra manera.
--Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes?
--¿Y cuidando chiquillos...?
--¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?
Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de la excomunión mayor.
--Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente, demasiado bella para vivir asalariada.
Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había interpretado sus sentimientos.
--Esto se acabará. Irene. Yo respondo...
--Si no fuera por usted, Máximo--me dijo con expresión de la más generosa amistad,--ya habría salido de aquí.
--Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?
--No... es decir... pero no, no--murmuró contradiciéndose cuatro veces en seis palabras.
--Algo hay...
--No, no, digo á usted que no.
--Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted conmigo la confianza que merezco...?
--Sí la tengo, la tendré--replicó animándose.--Usted es mi único amigo, mi protector... Usted...
¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba en su boca.
--Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...
--Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas cosas... tremendas...
--¡Tremendas!
No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para todo.
--Y yo le juro á usted--añadió cruzando las manos y poniéndose bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...--Yo juro que no haré sino lo que usted me mande.
--Pues...
El corazón se me salía con aquel _pues_... No sé hasta donde habría llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.
--Máximo--dijo sin entrar,--llégate aquí, chinito...
Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. ¡Pobre Lica, cómo me contrarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene aquella tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y la oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra, sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.
XVII
La llevaba conmigo.
Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada milagrosamente en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con espíritu; y esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando fuí á la reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como inspiración chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo que de los poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al delirio que le entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y placentero, como proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se trasfiguraban á mis ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las ventas castillos. Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba atrás á Catón, el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la estadística, un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la mujer más aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había pisado alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones morbosas me condujo mi loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis labios frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que me ocuparía de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le puso como fuera de sí, y rodando la conversación de personalidad en personalidad, afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á todos los padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los ojos y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había en mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal á propósito de los inmensos progresos de la _Sociedad de inválidos de la industria_. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable que pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. Todo marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes de los caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de pronto, se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos á imprimir los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las turbulentas sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de elocuencia se perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la oratoria. Los autores del voto particular y la mayoría de la comisión no habían logrado ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del paso, se había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos de la de propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema de nuevo. Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía hacerse era abrir un certámen poético, para premiar la mejor _oda al trabajo_. El primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de quinientos ejemplares; el _accesit_ en girasol de plata é impresión de doscientos. Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes funestos, y en efecto, me nombraron presidente del jurado. También se pensaba en gran rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y resonante velada, ó quizás _matinée_, en la cual, después de leida por Bardal la memoria de los trabajos de la sociedad, habría música, discursos y lectura de versos, que son la sal de estos festejos filantrópicos.
Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una vuelta por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y una simpática voz que me dijo:
--Hola, maestro... Le ví á usted con _el tífus_, y no quise acercarme.
--¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una debilidad...
--Esa es la _febris carnis_... Yo no me rindo á Sainz del Bardal. Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo necio.
--Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?
--Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. _Achantémonos_ en ese gabinete.
--¿Qué me cuentas?
--Nada de particular.
--¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?
--¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable. Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice _pedrominio_, y tiene un cariño á las haches...
--Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á una de las de Pez?
--Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas, principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas, es decir, tienen un barniz...
--Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son, realmente, más que muñecas, de las que dicen _papá_ y _mamá_.
--Pero éstas no dicen _papá_ y _mamá_, sino _marido_, _marido_. La mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas... Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica. Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.
--Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.
--Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña. Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una tabla de la Edad Media...
--Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las pretensiones más enfáticas...
--¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?
--Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención.
--Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.
--Madrid es un valle de problemas.