Part 7
Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de Martín está tan cerca y daban _El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación de los Inocentes_, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, yo y la familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó hasta la escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se volvió adentro porque se sentía muy _fluxionada_. Yo estaba alegre aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana. Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel contínuo mover de caras producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces rojizas del gas daban á aquel recinto, donde hervían tanto ardiente apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué graciosa similitud con calderas infernales ó con un infiernito de juego y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval.
Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían, y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba más que á abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un angel, armado de lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y darle media docena de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del teatro salían.
Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente, no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se permitía atroces libertades de lenguaje á propósito de la mansedumbre de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.
Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su convencionalismo, de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, porque no me ocurría la manera de introducir en la conversación otros temas más en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba fórmulas de transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el calor, el bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego sainetón ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal y desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.
Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia. Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos. Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna, más humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora recibía una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres, abuelos y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres, guardamangieres ó no sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia familia era una idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la tía de Irene perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de pena, y al poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras de doña Cándida.
Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario, y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.
Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra vez el telón, vimos el monte, la cascada _de agua natural_ que caía de lo alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el rebaño vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel momento parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo suscitaban los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista, consideraba la índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del Nuevo Testamento, y luego, mientras se presentaba á los admirados ojos de la chiquillería, de las criadas y nodrizas el bonito cuadro del Portal, dejóse ir mi mente á un orden de juicios que no eran totalmente distintos de los anteriores. Viendo en caricatura los hechos más sagrados y puesto en farsa lo que la religión llama misterio para hacerlo más respetable, se despertó en mí un prurito de crítica que, á mi parecer, no dejaba de relacionarse con el pícaro dolor de cabeza, pues parecía que éste lo estimulaba, dando á mi criterio pesimista la agudeza de aquel filo que me cortaba el cráneo. Y lo más raro era que mi crítica implacable se cebaba en aquello que más admiraban mis ojos y que traía á mi espíritu tan risueñas esperanzas. Sin duda aquel feo demonio que tanto había asustado á Pepito se metió en mí, porque yo no cesaba de contemplar á Irene, no para saciarme en la vista de sus perfecciones, sino para buscarle defectos y encontrárselos en gran número, que esto era lo más grave. Su nariz me parecía de una incorrección escandalosa, sus cejas demasiado ténues no permitían que luciera bastante la proyección melancólica de sus ojos. ¿No era su boca quizás, ó sin quizás, más grande de lo conveniente? Luego dejaba correr mi despiadada regla por el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual parte hacía el vestido demasiados pliegues, que el corsé no acusaba perfiles estéticos, que la cintura se doblaba más de lo regular, y al mismo tiempo, ni había en su traje el esmerado corte que, á mi juicio, debía tener, y sus guantes tenían una roturilla, y sus orejas estaban demasiado rojas, no sé si por el calor, y su sombrero era muy grande, y sus cabellos... Pero ¿á qué seguir? Mi cruel observación no perdonaba nada, iba á rebuscar los defectos hasta á las regiones menos visibles, y al hallarlos, cierta complacencia impía parece que daba descanso á mi espíritu y alivio á mi dolor de cabeza... ¡Tontería grande aquel trabajo mío, y cómo me reí de él más tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá que á tal análisis resista! Pero es una desdicha conocer el amargo placer de la crítica y ser llevado por impulsos de la mente á deshojar la misma flor que admiramos. Vale más ser niño y mirar con loco asombro las imperfecciones de un rudo juguete, ó sentar plaza para siempre en la infantería del vulgo. Esto me lleva á sospechar si el ideal estético será puro convencionalismo, nacido de la finitud ó determinación individual, y si tendrán razón los tontos al reirse de nosotros, ó lo que es lo mismo, si los tontos serán en definitiva los discretos.
--¡Pobrecito Máximo!--me dijo de improviso Irene, en el momento que caía el telón.--¿No se alivia esa cabeza?
Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.
--Me duele mucho... El calor... el ruido...
En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.
--Pues vámonos--dijo Irene.
Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy afligida: «Si falta la degollación...»
Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.
--Le pondré á usted paños de agua sedativa--me dijo la profesora al atravesar la calle de Santa Agueda.
¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas.
--El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco.
--¿Se va usted á su casa?
--No; me echaré en el sofá del despacho de José María.
Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene, pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:
--Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá usted que duerme? Está leyendo acostada.
Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto! ¿Qué leería?
XV
¿Qué leería?
Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de idealidad.
Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión de lo que leía Irene.
Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fuí á almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres. Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y no nuestra hechura.
Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas del _Año Cristiano_. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces á todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy viene á formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.
El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, besándome la mano y llamándome _Taita_. Aquel día me dijo:
--Mi ama Lica se ha levantado hoy.
Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes como la _Novísima Recopilación_. Ella había buscado el ama y la había vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, fajas y abrigos para mi tierno ahijado.
«Tiene toda la cara de tu madre--me decía,--y este se me figura que va á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este angel?»
Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.
Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba ella: «¡Ama, la teta, la teta!»
Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado, ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:
--No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que ha sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha visto usted? No dice esta boca es mía.
Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:
--¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy mona.
Y Lica me dijo, como siempre:
--Máximo, cuéntame cosas.
--¿Qué cosas ha de contar este sosón?--zumbó mi cínife con humor picaresco.--Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.
Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.
La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas, cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un florerito de porcelana.
El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes, pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos.
--Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María. No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de almorzar.
En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo.
--Ya sabes--me dijo mi hermano,--que creo tener segura mi elección en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.
Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.
--Ese Cimarra--manifestó en su respiro,--es hombre verdaderamente notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito corto.
Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico, que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta, para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictámen una de las comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular, y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de un problema muy importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre...
El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le corté la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política. ¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los _Mansistas_. Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.
--Todo me lo dan hecho--decía,--yo no me muevo, yo no pido nada. Pero se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no me deja á sol ni sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero estar metido en mi casa, y no me dejan.
Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «_Estamos á ver venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va; lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á dar_», etcétera. Llamaba _cogida_ á los fracasos parlamentarios de un orador, y _enchiquerado_ al ministro que estaba bajo la amenaza de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «_Las cosas caen del lado á que se inclinan._»