Part 6
¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?... Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea, su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de tan antipática vestimenta.
Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones con todas las personas notables y todas las familias distinguidas que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad, su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello. Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.
José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña, que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero ¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso, el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le igualara?
Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_, quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los de tres por un cuarto...
XII
¡Pero qué poeta!
Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado, favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años, desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los honores, redactaba sus tarjetas así:
Francisco de Paula de la Costa y Sainz del Bardal
JEFE DEL GABINETE PARTICULAR
DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE BENEFICENCIA Y SANIDAD
Luego venían las señas: _Aguardiente_, 1.
Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, le parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba un día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre de aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso entero.
Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de estos afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para resolver diviesos. Hace _pequeños poemas_, fabrica poemas grandes, recorta _suspirillos germánicos_ y todo lo demás que cae debajo del fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas; cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la melancolía, ó sonetos emolientes seguidos de metro y medio de firma. Trae sofocados á los directores de Ilustraciones para que inserten sus versos, y se los insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más que el autor, que es el público de sí mismo.
Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó dolor de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones de mi hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le traían en palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. Excuso decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de Paula de la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había compuesto y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y nocturnos en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, sinsontes, cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.
Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. Cuando este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras se quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro de tal magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era el oráculo de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su opinión sobre lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el arreglo de la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en torno de él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en el célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial y encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus palabras salían revestidas de autoridad sibilina. Obligado por las exigencias sociales, yo no tenía más remedio que poner atención á sus huecos párrafos, que resonaban en mi espíritu con rumor semejante al de un cascarón de huevo vacío cuando se cae al suelo y se aplasta por sí solo. La cortesía me obligaba á oirle; pero en mi corazón le despreciaba como despreciamos esa artimaña de feria que llaman _la cabeza parlante_. Él no debía de tenerme gran estima; pero como hombre de mundo, afectaba respeto á los estudios serios que eran mi tarea constante. Así, siempre que venía rodando á la conversación algún grave tema, decía con cierta benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al amigo Manso...»
Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen en Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, también diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que saben intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza de todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores. Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante, yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba, ¡extraña cosa! con los suyos. De esta clase de gentes está lleno Madrid: son su flor y su escoria, porque al mismo tiempo le alegran y le pudren. No busquemos nunca la compañía de estos hombres más que para un rato de solaz; estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen notorio poder de contagio, y es fácil que el observador demasiado atento se encuentre manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo piense.
Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí _reinaba el buen tono_, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué el conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con una cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría en ir también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de Fúcar.
Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la historia, es que en las tertulias de Manso nació una de las más ilustres asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más dignifican á la humanidad. Me refiero á esa _Sociedad general para socorro de los inválidos de la industria_, que hoy parece tiene vida robusta y presta eficaces servicios á los obreros que se inutilizan por enfermedad ó cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la idea, pero ello es que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se constituyó la junta de gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón Pez, que tocante á la estadística, á la administración, á la beneficencia, era un verdadero coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados llenos de números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado presidente. Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, y Sainz del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á sí mismo secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar los poetas en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que soldado raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me nombraran consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la negra suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora la ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por nombre _el tífus_, y huía de él como de un foco de intoxicación.
Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo, apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió en llamar á mi discípulo _Peñita_, diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que quieran, siempre lleva en sí algo de desdén.
José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había dicho en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas y de organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del partido.
--¿Qué te parece el partido?--me preguntaba con frecuencia.
Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha se había visto. Á lo que él decía:--«Yo quisiera que se organizase á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»
Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese adelante en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la asombrosa variedad de las manías humanas.
Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus hijos, me decía:
--Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á ver qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.
Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta de ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y sobriedad me agradaban en extremo.
XIII
Siempre era pálida.
Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos, admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz, donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo, aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente, todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que triunfarían de la crítica más rebuscona.
Desde mis primeras visitas de inspección, sorprendióme el sensato juicio de la maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas de esta vida, y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su aplomo declaraba una naturaleza superior compuesta de maravillosos equilibrios. Parecía una mujer del Norte, nacida y criada lejos de nuestro enervante clima y de este dañino ambiente moral.
Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación que Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta el día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección? Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la admiración que despertó en mí.
Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, que aunque de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, voluntariosos, díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. ¿Cómo llegó á domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo milagros, con su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. Los pequeños, jamás castigados por ella corporalmente, la querían con delirio. La persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales de aquella alma privilegiada.
Un día que hablábamos de varias cosas, concluida la lección, traje á la memoria los tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla aún garabateando en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues aunque no hice mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este recuerdo fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al punto la conversación.
Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la pobre niña, mal calzada y peor vestida.
Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario. Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón, y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras. ¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra) como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y...
XIV
¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?
¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que disfruto en este momento.
--Esta joven es un tesoro--dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy contentos con los progresos de las niñas.
En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes, unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba (no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que por lo que no ignoraba.
Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.
Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman _home_. Sabía poner á raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son.
Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas de doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto debió de sufrir la pobre joven en compañía de persona tan contraria á su natural recto y á sus gustos delicados. Confianza tras confianza, fué contándome poco á poco, en sucesivos paseos y sesiones interesantes, cosas de su infancia y pormenores mil, que así revelaban su talento como su exquisita sensibilidad.
Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el 15 de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia, se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento, no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una reunión magna de la _Sociedad para socorros de los inválidos de la industria_, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones, las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo rayos de beneficencia por todas partes!
Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre y para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica. Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño una ternura idolátrica, cuya última nota era quedarse á comer. La admiración tácita de Calígula por el cocinero de la casa, si discreta, no era nada platónica.