Part 5
Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel timbrado, los _bibelots_, los abanicos, las flores contrahechas, los estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse, ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y á cada ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado, me apetece pescado frito, me apetece merengue.» Las campanillas de las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres diablitos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras, con los mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale á los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran. Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo.
En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle; jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble. Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras, hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les habían hecho para salir á paseo.
Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?» decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.
Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en el muelle de la Habana.
Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre lo que ésta había de comer.
--Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.
--¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.
--Niña, toma carne y vino.
--¡Qué chinchoso!... Quiero melón.
En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano), que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto. Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba. Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa, y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al delicado temperamento y al crítico estado de Lica.
--Chinita, toma vino.
--¿Vino? ¡qué asco!
--Mujer, no bebas tanta agua.
--¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.
--Carne, mujer, toma carne.
Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:
--Papá _mapiango_.
--Niño, si te cojo...
--Papá cochino...
--Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá.
--Me apetece garbanzo.
--¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la mesa con el mango del cuchillo.
Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía encomendarme para que se serenara mi espíritu.
Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.
Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas, porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.
IX
Mi hermano quiere consagrarse al país.
Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella, y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el camino las sobras que ella le daba.
En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado, y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo, y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio, eran dignas de ser comunicadas al país.
Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema, y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo, en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.
Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna _metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos, y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has acertado.»
Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación, mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños, excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer, ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de tiempo me busques una institutriz.»
X
Al punto me acordé de Irene.
La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí, diciendo á gritos:
--Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué piensas? Tú estás en Babia.
Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas! Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra. La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me dijo:
--¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.
No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante, amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo de la Unión Liberal.
Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías, y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades. Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato colegio de la calle de San Mateo.
Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores, no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya, digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último, en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa opinión de la de García Grande.
--¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No, no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo; no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...
Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en tal estado!...»
Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella, rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones diciéndome con su lánguida expresión:
--No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin, lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no desairarme.
Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal; ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.
En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura, recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al chupador vampiro.
XI
¿Cómo pintar mi confusión?