Part 22
--Á todos los colocaremos... en medio de la calle.
--¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no hay otro como tú...
--¿Y José María?
--¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo del marquesado está ya hecho.
--Saludo á la _señá_ marquesa.
--Á mí... esas cosas...
No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay nada que la tuerza.
--Yo quiero mi tranquilidad--añadió.--José María está cada vez más _relambido_... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.
Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy mal talante, fué esto:
--Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de aquí esta plaga.
--Los pobres--murmuró Lica,--son tan buenos...
--Pues ponerles en la calle--indiqué yo.
--¡No, no, que se le retira la leche!--exclamó con espanto Manuela.--Habla bajo, por Dios... Pueden oir...
Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano, atrozmente inmutado, no dijo más que:
--Ya lo sabía.
Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo, encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...
--Oiga usted, don espantajo--le dijo á gritos,--¿cree usted que estoy yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...
¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo mi cuñada le daba el _don_, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora; los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una carta.
--Al fin se le hace justicia--pensé;--y no tuve más remedio que amansar á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses, y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta merienda para el camino.
¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!
--Esto es una cosa atroz--dije para mí, parodiando á doña Cándida.--Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y otra al egoismo.
XLVIII
La boda se celebró.
Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido. Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno de la amistad...»
--Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad, privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica. ¡Oh! sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se muriera de dolor al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la pobre niña al separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!... Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife, y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas, su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne... Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una acostumbrar á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo, de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas... también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella más que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora sacara á Irene de algunos apuritos.
Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima. Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó la serie de sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de parasitismo, que no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los enredos y cocodrilo de las bolsas.
Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él. Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como ponzoña...
Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento; sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:
«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible, imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo ahogaran y comprimieran...»
Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía oirla hablar así en su interior:
«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el amor á estilo filosófico, pobre hombre...»
Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la _tremenda_ idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó. Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.
--¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos de la amistad...
Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.
--Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas, y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu...
¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.
Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:
--No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo, me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos.
XLIX
Aquel día me puse malo.
¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir... Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama. Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme, cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular, más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos. Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla, y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que ella. Manolo _daba la hora_. La pícara maestra debía tener más talento que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más mérito de todas las Españas.
¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la _señá_ marquesa, Lica por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias á todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole:
--¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?
--Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares... Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa, cuando Manolo empiece á figurar, y demos _tées_... Será aquello un pueblo...
No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles, libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy sana, mi casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo atendía con extremada solicitud, dando motivo á murmuraciones de maliciosos amigos y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente de ellas.
--Déjeles usted que hablen--me dijo con menos desparpajo del que solía tener, antes bien algo turbada.--Riámonos del mundo. Á usted no le hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues á mí me da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre en cuidado, por temor de soltar una barbaridad.
Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño apotegma: _la sabiduría es la sal de los hombres_. Cualquiera que fuese el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina á su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía yo: «le pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»--Pero no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y acostumbrado á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación en todo lo más importante de la vida, llegué á considerar que si me faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la pendiente, sin ocuparme de calcular á dónde llegaría.
No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa, después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor. Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:
--Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea, pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.
Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal... ¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...
Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había vuelto á coger un libro.
Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de viso y á otras que aspiraban á tenerlo.
Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con pasmo, y doña Javiera estaba asustada.
--Es de la piel del diablo--me dijo un día,--sabe más que usted.
¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!--Lo más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.
--Esta nació para hacer gran papel.
--Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?
--Como siga así y no se tuerza...
--¡Oh! si ella es buena, es un angel...
Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.
--Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto exhibirse.
--Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...
--Se ven unas cosas...
¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente. El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos, lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición, desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.
L
¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.
Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces, delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza, soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo, aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad. Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.
--¿Pero qué tiene usted?--me dijo un día doña Javiera.
--Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre dos vacíos, prefiero el otro.
--Se queda usted como una vela.
--Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su ley, desaparece.
--Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.
--Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley, toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que microscopios?
--¿Quiere usted que llame un médico?--me dijo la señora muy alarmada.
--Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.
--Vaya usted á tomar baños.
--De eternidad los tomaré pronto.
--Nada, nada; yo llamo á un médico.
--No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar postura...
Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos, rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un pájaro.
El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él, repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi encarnación.
--Hombre de Dios--le dije;--¿quiere usted acabar de una vez conmigo y recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más sin gracia...
Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.