El amigo Manso

Part 21

Chapter 214,085 wordsPublic domain

--Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme, le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.

--¿Tienes algún recelo,--le dije violentándome mucho para aparecer sereno,--de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á ese tu entusiasmo de hoy...?

--Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que he de ser feliz con ella...

--Entonces...

--Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella?

--La misma que tú.

--¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me embarco con ella.

--¿Crees que no te pesará?

--Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se levanta cada ola...

Yo meditaba.

--¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...

--¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?

--Juro que sí,--me dijo con entereza.--No hay nadie en el mundo que tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.

--¿Y si te digo que no te cases?...

--Si me dice usted que no me case,--murmuró muy confuso mirando al suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,--también lo haré...

--¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas absolutamente con ella y no la veas más?

--Eso ya...

--Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo. Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el vicio.

--Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede inspirarme una villanía.

--Pues cásate.

--Si realmente...

--Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera... Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida moderna. La riqueza general crece como espuma y las competencias de lujo llegan á lo increible. Dentro de diez ó quince años quizás te consideres pobre, y quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales que ocupes ofrezcan un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel, mira á lo futuro, y no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas cuantas semanas. Ten por seguro que si te dispensan la edad, entrarás en el Congreso antes de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades de orador te habrán proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las comisiones y en los grandes debates políticos. Puede ser que á los dos años de aprendizaje seas lugarteniente de un jefe de partido, ó coronel de un batalloncito de dragones. De seguro acaudillarás pronto uno de esos puñados de valientes que son la desesperación del Gobierno. Te veo subsecretario á los veinte y seis años, y ministro antes de los treinta. Entonces... figúrate: un matrimonio con cualquier rica heredera americana ó española remachará tu fortuna, y... no te quiero decir lo que esto valdrá para tí...

Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué así:

--Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene... Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que no tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mucho; pero los ríos de lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes sequías. Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y el consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión de endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á la suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora; pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á la calladita con los restos del naufragio...

--Por vida de las ánimas--gritó Peña con ímpetu, sin dejarme acabar,--que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...

Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, que mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi estratagema, me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba duda de la rectitud de su corazón...

--No siga usted--exclamó levantándose.--Yo me marcho: no puedo oir ciertas cosas...

Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con estas palabras mías:

--Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas, pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el tiempo en que te tuve por amigo...

Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:

XLV

Mi madre...

--Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella no conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi madre me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre huérfana, de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... Sí, lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un nombre y el decoro de una familia.

Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más enérgicas.

--Las preocupaciones de tu madre son ridículas. Dejémonos de abolengos, pues si á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu madre y todos los Peñas de Candelario.

--Sí--gritó él con entusiasmo,--abajo los abolengos.

--Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas un tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña Javiera cederá; déjala de mi cuenta...

Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando en ellas.

Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:

--Convencido, señora, convencido--fué lo único que le dije.

Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con ama de llaves, á manera de presbítero.

--Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba más...

Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día, sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender lo siguiente:

--Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.

Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me atreví á responderle:

--El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.

--No hable usted así, que estoy volada...

--Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted hablar de otra manera.

--Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí para que me lo atrape la primera esguízara...?

--Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.

--¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se va volviendo cargante? Mi hijo...

--Vale menos que ella.

--Vale más, más, óigalo usted, más.

Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso.

--Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano, amigo Manso.

--Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán, y en paz.

--No le doy la licencia--exclamó doña Javiera puesta en jarras.

--Se la dará usted.

Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave tema.

--Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted algún Coburgo Gotha?...

--No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.

--Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de belleza, de virtud... hija de un caballerizo...

--¡Hija de un caballerizo!...--repitió la ex-carnicera con cierto aturdimiento,--de esos monigotes que van al lado del coche real... brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.

--Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa.

--¿De veras, hombre?--dijo ella mezclando á la cólera un grano de risa.--Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

--Sí señora...

--Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea, no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo mi niño ha tenido el antojo...

--Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.

--No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.

Diciendo esto, parecíame algo desenojada.

--Siga usted, siga usted--me dijo--elogiando á su ahijada. Es de las que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de un repelón...

--No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la querrá muchísimo.

--¿De veras...?--exclamó con dejo chulesco.--Voy viendo que el señor catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó la manteca.

--Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...

--¡Ay! sí señor--respondió con oficiosa prontitud, levantándose.

--Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan botones...

--Sí, sí, sí, venga.

Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.

--Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un cuello nuevo.

--Ya lo creo; venga.

--Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...

--¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste...

--Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un poco esto... La pobre Petra...

--Subiré yo misma. ¿Qué más?

--Que es preciso dar la licencia á Manuel.

La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña y enojada:

--No me da la gana... Pues me gusta...

--Vaya, que sí lo hará usted.

--Me llevo esto.

Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de mujer hacendosa.

--Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude. ¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la ponemos como el lucero del alba.

Y desde la puerta me miró de un modo particular.

--Aquello, aquello...--le grité.

--Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es pesadito...

XLVI

¿Se casaron?

Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos, retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde que partió mi vecina diciendo aquello de _Pesadito_, etcétera, cuando sonó la campanilla.

_Una criada._--La señora que baje usted á ver unos muebles.

--Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.

Al poco rato, tilín...

--La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.

Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, mis caprichos eran leyes.

Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de cortinajes, portieres y telas diversas.

--¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas sillotas no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas, Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda...

Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.

--Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D. Máximo...--me dijo más tarde.--Porque yo no sé lo que harán los pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues... Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted, Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles, y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con que vamos allá?

Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar para que viese una bata que le probaba la modista.

--Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...

--Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas que van por ahí.

Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños.

--¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de que por mis barrios...

Al decir _por mis barrios_, se pasaba suavemente las manos por los hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así:

--... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.

Vistióse prontamente.

--Lo que es sombrero--me dijo mirándome como si se mirara al espejo,--no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?... Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor catedrático esperando.

Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de la famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes, alzando demasiadamente la voz.

--Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...

En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.

También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita. Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis gustos y deseos.

--Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera; acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad... Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos con el león del Retiro...

La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla más amansada. Ya no decía: _la maestra de escuela_, sino _esa pobre joven_... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:

--Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca, machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...

--Pero, señora...

--Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se va á la calle.

Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares. En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome discretamente con ellos.

Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de complacerla, disminuían sus _voladuras_ con motivo de la licencia, y al fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una tarde me dijo:

--Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.

XLVII

No me dejaba á sol ni sombra.

Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había propuesto hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. ¡Ley de las compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida árida, en las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las frescas vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.

Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que me pareció más negro que la misma usura.

--Mi ama que vaya luego...

--Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.

Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días no había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con mis quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por donde cogerme.

--Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que acompañes á D. Pedro...

--¿Y quién es D. Pedro?

--¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... Es preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.

--¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!

--No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo...