Part 23
Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones de los periódicos á dedicarme _sentidas frases_. En cuanto lo supo Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor.
Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También supersticiosa!
Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un rótulo que decía que yo había sido muy sabio.
De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que siempre que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba el papel de la langosta en los feraces campos, me había de nombrar suspirando, para mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi noticia ha llegado, por no sé qué chismografía de serafines, que no se puede calcular ya el dinero que le han dado para misas por mi reposo, el cual dinero suma tanto, que si se aplicara por los demás, ya estaría vacío el Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña saca la señora con estos giros de ultratumba mediana rentilla para ayudarse. No hablo de la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo ingenio de Calígula, porque debe suponerse.
Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama en plena sesión de cualquier academia el _inolvidable Manso_, si se va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario. Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos, he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales, más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la experiencia.
De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos. También he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:
--No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.
Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza, pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un frasco, estaba allí el lema de _Moralidad y economías_. José no pensaba más, ni sabía hablar de otra cosa.
Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías! Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha ganado mi hermano simpatías ardientes y un prestigio que le encamina derecho al poder. ¿Será ministro? Me lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un periodicazo, que le cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que los indivíduos del grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se lo escribe casi todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo más enfadoso, pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes atracones que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea, contrajo una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios. Cuando lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos los huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos medios estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso alargarle la vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los de por allá se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber contentar á todos.
Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no han concluido el gran _plantón_ del vivir terrestre y hacen, con no poca molestia, la antesala del nuestro.
¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en que puedo mirar á Irene, á mi hermano, á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás desgraciadas figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve los juguetes que le entretuvieron cuando era niño!
MADRID.--Enero-Abril de 1882.
FIN DE LA NOVELA
ÍNDICE
PÁGINAS
I.--Yo no existo. 5
II.--Yo soy Máximo Manso. 8
III.--Voy á hablar de mi vecina. 19
IV.--Manolito Peña, mi discípulo. 27
V.--¿Quién podrá pintar á Doña Cándida? 33
VI.--Se llamaba Irene. 43
VII.--Contento estaba yo de mi discípulo. 49
VIII.--¡Ay, mísero de mí! 60
IX.--Mi hermano quiere consagrarse al país. 69
X.--Al punto me acordé de Irene. 73
XI.--¿Cómo pintar mi confusión? 79
XII.--¡Pero qué poeta! 82
XIII.--Siempre era pálida. 89
XIV.--¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito? 92
XV.--¿Qué leería? 101
XVI.--¿Qué leía usted anoche? 112
XVII.--La llevaba conmigo. 121
XVIII.--«Verdaderamente, señores...» 127
XIX.--El reloj del comedor dió las ocho. 135
XX.--¡Me parecía mentira! 138
XXI.--Al día siguiente... 146
XXII.--«Esto marcha.» 151
XXIII.--¡La historia en un papelito! 158
XXIV.--Tiene usted que hablar. 166
XXV.--Mis pensamientos me atormentaban. 174
XXVI.--Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio. 178
XXVII.--La de Irene dominaba á las otras tres. 188
XXVIII.--«Habla Peñita.» 195
XXIX.--¡Oh, negra tristeza! 204
XXX.--¿Con que se nos va usted? 209
XXXI.--¡Es una hipócrita! 215
XXXII.--Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube. 221
XXXIII.--¡Dichoso corazón humanitario! 226
XXXIV.--¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa! 234
XXXV.--«Proxenetes.» 244
XXXVI.--¡Esta es la mía! 249
XXXVII.--Anochecía. 261
XXXVIII.--¡Ah! ¡traidor embustero! 269
XXXIX.--Quedéme solo delante de mi sopa. 277
XL.--Mentira, mentira. 283
XLI.--La pícara se sentó con la espalda á la luz. 290
XLII.--¡Qué amargo! 299
XLIII.--Doña Javiera me acometió con furor. 314
XLIV.--Mi venganza. 318
XLV.--Mi madre. 323
XLVI.--¿Se casaron? 329
XLVII.--No me dejaba á sol ni sombra. 334
XLVIII.--La boda se celebró. 338
XLIX.--Aquel día me puse malo. 343
L.--¡Que vivan, que gocen! Yo me voy. 349