Part 18
Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios... Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho! Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca del traidor, como versículos del _Dies iræ_, y á medida que íbais formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto. Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.
Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón, como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres. ¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con buenos modos.
--Manuel--le dije.--Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá la noche tontamente.
--¿Va usted á trabajar después de comer?
--Es preciso.
--¿No sale usted?
--No...
--Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio, profundamente serio.
--De modo que también tú...--le pregunté sintiendo cierto alivio.
Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.
--También yo--murmuró,--estoy loco por ella.
Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un tanto pálido y excesivamente abatido.
--Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...
--Harás bien.
Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios, nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico entretenimiento de hacer fiestas á un gato.
--Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que parecía más lejano, más imposible...
No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á revolver papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba manotadas sobre la mesa...
--Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático desde que usted me presentó en su casa...
--También tú tienes unas cosas...--gruñí, por aquello de que estar completamente mudo no era propio de un buen disimular.
Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo había ido allí.
--¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande, doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?
--Hombre, sí--dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.--Lo sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...
--¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier barbaridad....
--¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...
Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso; pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos diciendo: «botinas de _chagrín_, para señora, 54 reales,» ó cosa por el estilo.
--Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su hermano de usted... le mato...
Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada, chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión, apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.
--Pero mi hermano no fué...--dije.
--Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...
Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento... Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...
--Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar de un sorbo...
Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:
--Metafísico estás... y poeta de redomilla...
Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre, mientras Manuel decía:
--Á la mañana siguiente volví...
--¿Con revólver?...
--Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni peligros, ni obstáculos veía yo...
Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se había quedado vacío.
--Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando: «¡ladrones!»
Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!» Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.
Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel... Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento...
--Travesuras de gravísimas consecuencias--dije con voz campanuda.--Petra, la comida.
Manuel miró su reloj y yo miré el mío.
--Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.
--Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?
--Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?
--La cosa es grave... Hay que pensarlo...
Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla. Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del mismo asunto otro día, y se fué...
XXXIX
Quedéme solo delante de mi sopa.
Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, á quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo de no sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que me pareció entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y extraordinario. Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme con lo que es uso y costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con más ánimos para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero mi amor á la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito, y que comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra causa, lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza que esto resulta en contradicción con lo que afirman los autores más graves que han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han estudiado el paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos afectivos, pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada cual las consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno era la distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba por mi boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte que toma el espíritu en la digestión. Punto y aparte.
En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía hallar consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, lograba cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su desdicha. Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al dogma que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de próxima muerte... Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta de sueño, estas ideas de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía con su convicción correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer muerto, y me entretenía en considerar la sorpresa que recibirían mis amigos al saber la triste nueva y el duelo que harían las personas que verdaderamente me estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y aquella sorpresa desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame estar absolutamente ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero continuando conocedor de mí mismo en una esfera, región ó espacio completamente privado de las propiedades generales de la física. ¡Meditación morbosa, fiebre del vacío, yo no sé lo que era aquello!... Después pensaba en las frases que emplearían los periódicos para dar cuenta de mi inopinado fallecimiento. Entre otras cosas, y después de echarme ese incienso ordinario, corriente, de fórmula, y que parece traido de la tienda, como el espliego que usa el vulgo, dirían poco más ó menos: «Este triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del Sr. Manso, cuanto que éste se había dedicado el día anterior á sus habituales ocupaciones en perfecto estado de salud, se había retirado á su casa á la hora de costumbre, había comido con apetito...»
Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada, propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto escrito _el canto del cisne_... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que se celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos, me entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya muerto estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía Sainz del Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de veladas... Nada, nada, ¡á vivir!
Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo reparó mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí estaba destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y aplomo concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en mi cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se celebraban veladas en honor mío.
La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi conciencia dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; tenía deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en que lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien. Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con una facilidad de expresión que me causaba asombro.
--«El hombre es un microcosmos. Su naturaleza contiene en admirable compendio todo el organismo del universo en sus variados órdenes...
»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre ser como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen atención...
»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el atmosférico.
»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda la grandeza del cielo.
»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el trabajo constante en la investigación de la verdad.
»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo es la imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución y muere, aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir consagrada al gobierno del mundo.
»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de ella y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre de mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en el ajetreo de los hechos comunes.
»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo lento ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.
»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de todo.
»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.
»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que tiene hambre.
»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia...»
Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención. Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo. Llamaba yo escogidos á los que tienen la piel delicada para apreciar bien los palmetazos, pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido maestro de escuela, pues á los señores que tienen sus almas forradas con cuero semejante al del rinoceronte, ni con disciplinas les entra una sola letra.
XL
Mentira, mentira.
Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad, sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa, dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso. Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó. Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo.
--Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...
La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.
--¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas manos...
Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón, frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su hijo con mi enseñanza la brillante senda...
--Señora... por Dios... yo... No hable usted más...
Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario _de p_ y _p_ y _doble h_, y al cabo de algunos años ministro. La señora pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo, porque...
--Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el _randibú_; como soy tan llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo no desmerezca.
Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole. Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de todo el mundo, y la aproximaban á la juventud.
La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías, inapetencia y desabrimiento de caracter.
--Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...
Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa que se me ofreciese...
--No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.
--Señora, mis medios...
--Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una gloria del país no debe vivir así...
Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día siguiente, que era domingo.