Part 19
Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior; pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha obtenido el primer premio en la Exposición de ganados.
En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:
--No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo. Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre estoy en ascuas cuando le veo tan _cambambero_...
Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía. Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen considerando que pueden verse en trotes semejantes.
Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas. Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo? ¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige, ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan bien cuadraba contra ella, le dije:
--Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí, que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que guste; cuanto más mejor.
--¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...
Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.
--Ese es obsequio especial de D. José á mi tía--me dijo Irene, buscando en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse.
--¿Y usted, qué tal se encuentra?--le pregunté, como hacen estas preguntas los médicos.
--Regular... perfectamente...
--¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!
--Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...
--Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si usted me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos ó tres preguntas...
--Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata. Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.
XLI
La pícara se sentó con la espalda á la luz.
Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.
--Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?
Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien mientras me contestaba con humilde voz de escolar:
--Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un refresco...
--¿Habló él con usted en aquellos días?
--No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.
--Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?
--Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático, amigo suyo.
--Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?
--Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...
--Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...
--Es cierto--respondió, sin levantar los ojos de su costura.--¿Cómo lo sabe usted?
--Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...
Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»
--Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...
Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé mover de mi bondad, y le dije:
--Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho; pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas, y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes, iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo, usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.
La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí:
--Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento, bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir... ¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto diputado, ministro...!
Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:
--Sabe usted... más que Dios...
--Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta--añadí bromeando.--Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente, su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia, y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo. Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular. ¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer? Manuel y usted han de decidirlo.
Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada; no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que no obedecía, me dijo:
--No callará mientras no cierre el balcón.
Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y siguió el lloriqueo.
No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada. ¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el contrario, debería yo evadirme lindamente dejando que los criminales se arreglaran como pudieran?... ¡Pobre Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó Irene esperaba de mí no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho tiempo pasó hasta el momento en que me dijo, sin dejar de llorar:
--Usted lo sabe todo... Parece que adivina...
Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo, que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad no mostraba más que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de adivinación tenía este triste pensador de cosas pensadas antes por otros; este teórico que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces había estado haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo, mientras el sér verdaderamente humano, desordenado en su espíritu, voluntarioso en sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del instinto de los hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos, se iba derecho al objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico de gabinete que en su vida ha olido la pólvora y que se consagra con metódica pachorra á estudiar las paralelas de la plaza que se propone tomar; y ved en Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro de arte, y mientras el otro calcula, se lanza él espada en mano á la plaza, y la asalta y toma á degüello... Esto es de lo más triste...
Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme con nuevas lisonjas. Hélas aquí:
--Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace más que lo que usted le mande.
«Te veo venir, palomita--pensé sonriendo en mi interior.--Ahora quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo y de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran empeño en conservarla. Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no pierdes ripio... ¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y casamentero...? Es lo que me faltaba.»
Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en aquel punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra prueba de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las frágiles maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la puerta. Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que limpiaba la puerta con un gran zorro que en la mano traía.
--Hoy sí que no te nos escapas, Máximo--me dijo.
--Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?
--No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.
Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la cabeza.
--Bueno--respondí.
--No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los pichones? Porque tengo pichones.
--Á mí me gusta todo.
--Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?
--¿Qué más anguila que usted?
No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo, donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.
--Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer un pastel que á tí te gusta mucho.
Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa, y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel de risa y llanto, qué amargo eras!
XLII
¡Qué amargo!
--Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto--dijo Calígula entrando.--¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido, Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás. ¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende... ¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel, servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves. Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto, Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo arreglado.
--¡Qué cosas tiene mi tía!--me dijo Irene cuando nos quedamos solos.--Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que haya mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un veladorcito de hierro que tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de galletas... Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría mil veces comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.
No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que ví en su semblante.
--Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.
--Sí; pero creí venir de paso--me respondió con una decisión que me parecía nueva en ella.--Vine como se va á una estación de ferrocarril para tomar el tren.
Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome una energía que me pasmó, me dijo:
--Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.
Me dejó frío...
--Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir á comer á una fonda.
Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor, que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares.
--Este es el museo de mi tía--dijo Irene burlándose.--Ahora, explaye usted sus miradas por esta suntuosa _salle à manger_. Ella dice que es del gusto de la _renaissance_ por esas dos arquitas talladas que tiene ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete; en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda usted para cuando se case...
Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para remacharla así:
--¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién lo va á hacer?
--¡Es verdad, es verdad!
--¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola, sin padres, sin guía...
Complacíame mucho verla tan expansiva.
--Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina. Amigo, es preciso trabajar. Si no...
Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio de cosa comestible.
--Eso sí--observó Irene,--hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.
--Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...
--No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted... coja por ese lado.
Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.
--Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules... Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.
--Vengan esas llaves... abriremos.
Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla de lo profundo, sacar antes el _Año Cristiano_ en doce tomos, algunas colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.