El amigo Manso

Part 17

Chapter 173,906 wordsPublic domain

--Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi vida?

--Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene... No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve; cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor de Dios, hombre...

--Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble conspiración fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus ideas y tu dinero...

--Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... Ven á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar... Porque tú... Entendámonos...

--Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.

--Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo... Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto... ¡dale!..

--¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son espadas de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa: es inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad, con el escándalo, y además con el juez.

--Dale, si no es eso...

--¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de decir: el juez...

--¿Pero qué juez ni qué niño muerto?

--En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes dedicarte tranquilamente á la vida pública.

--Hombre, te estoy oyendo--gritó mi hermano envalentonándose mucho y cruzándose de brazos,--y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!... ¿Qué significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo... Con que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus filosofías me apestan... No habrá más remedio que tomarlo á risa... Y en último caso, ¿á qué se reduce todo?... Á nada, á una bobada... Tanta bulla, tanta ponderación y tanta soflama por una cosa sin maldita importancia. Estos sabios son verdaderamente idiotas... Que se me haya antojado decir cuatro tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que aquí en esta casa le haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco... ¡por amor de Dios! ¿es eso motivo?... Ni sé como te escucho...

--Quedamos en que esto se acabó--dije, gozoso de verle batiéndose en retirada.

--Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te maldecirían. Eres muy _plantillero_, el colmo de la impertinencia, de la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus buenas cualidades...

--Quedamos en que no volverás más aquí.

--Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso bien lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero, interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro modo.

--Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te canonicen...?

--Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo á vencer las dificultades de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo á la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi conciencia está tranquila...

No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante, acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:

--Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando. Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la honra de las doncellas puras... Verdaderamente...

Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.

--Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole la rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; yo te he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á ella... Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy antipático...

Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.

--Si saldremos ahora con que un señor catedrático de moral anda enamorado... ¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa respetable fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de tus gafas están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio... Por María Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso: nunca gustarás á las mujeres.

Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me mortificaban.

--Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad... porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan bien sus picardías...

Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.

--Mira, José--le dije,--haz el favor de marcharte de una vez. Abandona el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos hermanos.

--No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...--balbució contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su semblante.--¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre, no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...

--Pues de una vez...

--Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios. Trabajo te mando, camaradita, porque no es oro todo lo que reluce. Y no es que yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado por ella, no como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un hermano. Que viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes de cartas... Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de cualquier pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil tapujos y tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene le pasa algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la ilusión... cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales boberías... Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por las tardes, por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya coquetas, habrá gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno, mejor dicho, de aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú, el señor de la protección caballeresca. Veremos si con rociadas de moral ahuyentas al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el Cristo, ó el Sócrates. Ó si no, otra cosa...

Se echó á reir como un condenado.

--Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...» Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.

Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más digno no contestarle nada.

--Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me contarás y nos reiremos.

Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocurrió entonces que decir; pero me callé para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada, tarareando una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de este resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.

José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela. Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo, antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé lo que es.

XXXVII

Anochecía.

La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y cascada:

--Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á tener función gorda... Pero ambos sois muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre niña...

--¿Qué?

--Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos acostado. ¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace un rato deliraba y decía mil disparates.

--Que suba Miquis.

--Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de los ladrones...

--Que suba Miquis...

--Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.

--Pero que suba Miquis...

--Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho. ¡Qué sería de nosotras sin tí!

Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se comunicaba con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro pintadas de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga en las construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba estaba casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado en esbozo por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura cuya cabeza estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La veía de espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no asomaba nada. Su respiración era fatigosa y febril, acompañada de un cuchicheo que más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de una fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente el silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero ¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del espíritu.

--La pobrecita tiene una gran pena--me dijo doña Cándida al oido.--El motivo ve á saberlo...

--Ya... ¿le parece á usted poco...?

--No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba, como herramientas para quitarse la vida.

Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la delicadeza me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro encendido, la boca entreabierta, el cabello suelto, encrespado, anilloso y formando un gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de la cabeza. De cerca, el cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; diálogo misterioso entre el alma y el sueño.

Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo:

--Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas ricas que hay en tu casa...

--Gracias.

--Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. Bien sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.

Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.

--Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz.

La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.

--Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo... Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín! un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas cosas, que vendrán á cobrar, y...

La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo, no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto, sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos, antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:

--Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María me debe un piquillo...

Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.

--Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.

--Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso. Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera enferma...

--Creo que esto pasará pronto--dije en voz alta; y para mis adentros:--Ya te siento zumbar, cínife.

--¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades eminentes. Eres el número uno de los hombres...

--¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...

--Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado por ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la palabra.

--En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa atroz...

--Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...

¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella se callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo y mi Purgatorio... Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más tristes; pasadas, presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza obstrucción semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que las ideas no cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los oidos. En este laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora, en la cual la verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me freía los sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna comedia del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados los que padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento, porque ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, han hecho un Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...

Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, impropias de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque violentísimo con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no tuve contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que la amargura, y la escupí en estas palabras:

--¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?

Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana, comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima esquina.

Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó:

--Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.

--¿Estás enfermo?

--La garganta... siempre la garganta.

--¿Con que la garganta...?

Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije:

--¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de consulta.

--Pero como es amigo...

--¡Manuel, Manuel!...

Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le desconcertó sobremanera, y fué esto:

--Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.

--No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa tiene?... vamos; no, no...

XXXVIII

¡Ah! ¡traidor embustero!

¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía: ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á ahogar, sí, te ahogo...!

Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras, le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole:

--No quiero molestarte. Ve solo...

Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí su voz:

--Maestro, maestro...

--¿Qué quieres?

Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que bajaba.

--¿Qué quieres?--repetí, cuando pasó el peligro.

--Me voy con usted... Tengo que decirle...

Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos de exclamar:

--¡Hipócrita!...

--¿Por qué?...--me respondió con frescura.--Hablaremos... Yo sé dónde ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la tarde.

¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las uñas, padecí horriblemente al decirle:

--Eres un calavera, un libertino; mereces...

--Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,--manifestó él con desenvoltura.--¿Por quién ha sabido usted esto?

Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le respondí:

--Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.

--¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto. Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes decírselo.»

Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:

--Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo que yo sospechaba ya.

--Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro secreto. Así es más sabroso...

--¡Mala cabeza!...