Part 16
--¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted, y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida, amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.
Petrificado la oí; balbuciente le dije:
--Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.
--Es que yo...
Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea, quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.
--Vamos á ver, Irene--le dije procurando tomar un tono muy paternal.--¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted, en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo para abandonar aquella colocación honrada y tranquila?
--Allí también me perseguía.
--Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él, mientras que aquí...
--Porque mi tía me engañó.
--Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa. Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida.
Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco. Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.
Yo creía hallarme en terreno firme.
--Reconoce usted--le dije en tono de amigo,--que antes de pedirme mi ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos, para mayor claridad, que es como un mundo aparte.
Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir, respondió:
--Sí señor.
Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las palabras para decirle:
--Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no me tenga usted en ascuas más tiempo.
¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza, después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala.
No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío mármol de una consola, llorando á mares.
--No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...--murmuré conteniéndome para no llorar como ella.--Usted se juzga quizás con más rigor del que debe... Desde luego yo...
Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un movimiento para apartarme.
--Déjeme usted... Manso... yo no merezco...
--¿Qué, criatura?
--Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...
Y más llanto, y más.
--Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla fríamente...
Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y ella con la izquierda mano me quería alejar.
--No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.
--Yo no merezco... Me he portado tan mal...
--Pero hija mía...
No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena le esperaba!... Entró...
No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte, nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes. Su primer pensamiento y palabra fueron:
--Pero qué... ¿se te olvidó algo?...
No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome, y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo, debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna, sentóse, y sin mirarme se permitió decir:
--Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...
Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:
XXXV
«Proxenetes.»
--¿Qué, hombre?
--_Proxenetes._ Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.
--¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar como la gente.
--Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.
--¿Quién?
--El juez de primera instancia.
Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror. Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón... Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto, ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel de víctima.
--Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio. Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más desaires.
Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover sandeces.
--Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un disgusto tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, pongan á una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí resultan cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su casa hace lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes y de la dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar nunca. Viene luego cualquiera que no está en antecedentes, y por lo primero que ve, juzga y sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y llorona contribuye con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio se acalora, se pone á hacer papeles caballerescos... y si mediara una explicación, todos quedarían en buen lugar...
Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía contener.
--Señora...
--Qué.
--¿Quiere usted hacer el favor de callarse?
--¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte? Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre, aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad, Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte de aquella santa...
La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron á sus ojos.
--Nunca--gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente el caudal lacrimatorio,--nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me debes, si no otra cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de esta desgraciada, á quien podrías considerar como tu segunda madre, debes informarte bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á todo, á sacarte de dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues no se lo preguntes á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas muchachas de hoy no son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan sumisas. ¡Quiá! una cosa atroz... No hay vigilancia bastante para impedir que hagan mil coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte en dos palabras?... Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé que no lo vas á creer y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi deber es antes que todo, y el interés que me tomo por ella. Allí, en la propia casa de Lica, donde la sujeción parecía ser tan grande como en un convento, la muy picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio. No hay como estas tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni yo que iba allá todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de sospechar viendo aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella cosita... así...? Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para esconder sus líos. ¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si quieres que te lo pruebe...
La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.
--¿Quieres que te lo pruebe?--repitió doña Cándida á la manera de las hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea bajeza, y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera acogida.--¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen firma... ¿conocerás tú...?
Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé un momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...! ¡No, por aquel medio jamás!
--Señora, no se mueva usted--grité con brío, ya repuesto en mi normal sér.--No quiero ver nada.
--Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas... ¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre sacrificada... Y ya ves qué pago...
Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.
Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme particularmente antipáticas la papada trémula y la despejada frente cesárica, en la cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se enroscan y se retuercen los gusanos al caer en el fuego.
--Señora, hágame usted el favor de callarse.
--Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí qué te importa, caballero andante y filósofo aventurero?
Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de nuevo... El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor. El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz:
--La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me puedo contener. Es preciso darle una taza de tila.
Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi hermano!...
XXXVI
¡Esta es la mía!
Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la mosquita muerta mi ardiente defensa, ¿qué me importaba? Yo, caballero del bien, me disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á la carga, pues, y luego veríamos.
La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó decirme:
--¿Qué demonios buscas aquí?
Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas, disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:
--¡Ah!--exclamó fingiéndose asombrado.--¡Qué casualidad! Los dos venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba venir.
Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde la disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la papada que con la voz nos dijo:
--Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...
Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. Las tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa por vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro para decirle á gritos:
--Al fin me tiene usted por aquí...
Pero notando mi empaque severo, me miró mucho. Estábamos sentados el uno frente al otro.
--Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú aquí?
--Es la primera vez.
--Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su tierra...
Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo silencio. Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme anticipadamente con la lisonja.
--¡Ah! se me olvidaba--dijo, tomando la máscara de la risa, que le sentaba como al Cristo las pistolas.--Tengo que darte las gracias. Ya me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy. Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste... Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire marrullero, y me dijo: «Ya sé que el señor marqués va para _menistro_. Si quisiera dar algo á estos _probecitos_ de Dios...» Empezó á pedir. Figúrate, no quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del pueblo y el sello para su hijo mayor; para el segundo la cartería, y para sí propio la cobranza de contribuciones, la vara de alcalde, el remate de consumos y la administración de obras pías... Yo me desternillaba de risa y Sainz del Bardal le prometió proponerle para una mitra.
Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse, dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.
--¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico. _Naufragio del navío_ INTRÉPIDO _delante de las rocas de Saint Maló_. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno á la cara. ¿Y este otro? _Naufragio de la Medusa_, por Gericault... Pero aquí todo son naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las cinco.
--Allá se va este reloj con los de mi casa--observó mi hermano, sentándose.--Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina... Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta pronto doña Cándida, me voy.
Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo grave. Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, por lo que pensó en ponerse en salvo.
--¿Tú te quedas?
--Sí: y tú también.
--Hombre, eso es mucho decir.
--Tenemos que hablar.
--¿Tienes algo que decirme?
--Algo, sí.
--Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.
--Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa señora tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...
José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con todo el comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni manotadas. Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!
--Pues dímelo pronto--indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de músculos.
--En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí hoy por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación, habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres ni pariente alguno...
--No sigas, no, no sigas--dijo mi hermano, echándoselas de espíritu fuerte.--Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre, hermano, esposo ó siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te metes á juzgar lo que no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?
--Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un hombre que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre. No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.
--Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...--balbució José, enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde salir.--Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en cuenta...
--Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué, creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos, ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud fuerzas bastantes para defenderse...
--Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar las cosas como son... Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur... Cosa absurda... Aguarda... Oye.
--No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...
--En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo, estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...
--¿Pues qué es?...
Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y le dije: