El amigo Manso

Part 15

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Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia, sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle.

Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta Ruperto sofocadísimo.

--Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...

--¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María, qué hace?

--Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi ama que vaya usted pronto... para que le busque otra _criandera_...

--Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita Manuela qué hace?

--Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no hace más que rabiar.

--Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...

Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta. ¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí, tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.

«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo perdonará nunca su amiga...--_Irene._»

La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano impulsada del miedo y del peligro...

¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?

--¿Qué tiene usted, Mansito?--me dijo doña Javiera que volvía de misa.

--Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al socorro...

--¿Hay fuego?...

--No, señora; no hay más sino que el ama...

--¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo, mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.

--Usted no sabría de alguna...

--Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?

--¿Qué he de ver, señora?

--Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D. Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para cuando sea padre.

--Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas bestias feroces que llaman amas de cría...

--Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía... Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració. Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos... hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota, fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen, una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede usted lelo, coja usted _La Correspondencia_ y lea los anuncios. _Ama para casa de los padres._ ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna... Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.

Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela, pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar _El interior contenido del Bien_.

Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas, rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial. Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí, en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.

XXXIII

¡Dichoso corazón humanitario!

Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de lo que llamamos el _otroismo_, religión harto desusada. Si dabas flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad, abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil. Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico, la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios. Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad, sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental, el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza, y la llamó _lugarteniente del pezón humano_.

Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un niño, y se oían contrataciones y regateos. Había _lugarteniente_ que elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado de caballos, se decía _veamos los dientes_, y se observaba el aire, la andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.

--En ésta todo es agua...--decía;--ésta tal cual... mayor cantidad de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos barrios?

--Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que haya, y á cualquier precio.

--¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?

--Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están esperando...

--Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.

Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas.

Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me amenazó con rociarme, diciendo:

--Si no se me quita usted de delante...

¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta la gravedad de las circunstancias.

--Querido, que tengo prisa...

--Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario por la _vía lactea_?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro... Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.

--Pero Miquis, que es tarde, y...

--Á ver, Sanchez, Sanchez.

Sanchez, que era el otro médico, se acercó.

--Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. La segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la comió un cerdo cuando era niña.

--¿Es buena?

--Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de usted?

--Y ahijado por más señas.

--Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo todos los días. Es vecino mío.

--¡Vecino de usted!

--Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha metido hace tres días una señora...

--¡Doña Cándida!--murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.

--Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya?

--Sobrina.

--Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han dicho. Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no me saluda.

--Mi hermano es muy particular...

Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...

--Aquí la tiene usted--me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo, presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.--Es buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso.

Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo, mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»

--Abur, Manso.

--Miquis, abur, y muchas gracias.

Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo, como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos, negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes, el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza.

Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró así:

--Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?

--Porque somos gente honrada--regurgitó la mamá silvestre.--Mi Regustiana no va á cualquier parte.

--Señor--bramó uno de los muchachos.--¿Quiéreme por criado?

--Oiga, señor--añadió el autor de los días de Regustiana.--¿Es casa grande?

--Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.

Cinco bocas se abrieron de par en par.

--¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?

--Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.

--¿Es buena la señora? Llévenos pronto.

--Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.

Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...

--No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan á pié.

--No, señorito, llévenos á todos--exclamaron á coro, con el tono plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.

--No, lo que es sin mí no va mi hija--manifestó el papá, con aspavientos de dignidad.

--¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás--dijo uno de los chicos.--Diga, señor ¿me tomará de criado?

--Y yo alante--gritó el otro.

--Diga, señor, ¿y cuánto me dará?

Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de mi hermano.

Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo, y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.

Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica lloraba de contento.

--Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer, que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna... ¡Gente mejor...!

Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando. Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!

XXXIV

¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!

Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura, fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví una placa de cobre que decía: _Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6_; más arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras, y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»

Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.

--Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera: no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito; tampoco en esa otra, que está un poco derrengada.

Dirigíme á la tercera.

--Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del gabinete... ¡Melchora!...

Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.

--¿Irene...?--le pregunté.

--Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...

Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que, llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que deseaba.

--Con que delicada...--murmuré, pasándome la mano por los ojos.

Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable aparición!

--¿Qué tal te encuentras, hijita?--le preguntó su tía, en quien sorprendí disgusto.

--Bien--replicó secamente Irene.--Y usted, Máximo, qué caro se vende.

¡Maldito Calígula! Sin género de duda, quería desviarme de mi objeto, distraerme, interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.

--¡Ah!--exclamó con aspavientos que me causaron frío,--¿no has visto lo que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene, trae _La Correspondencia_ de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.

Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo del que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer rápidamente, estas palabras: _Ha venido usted tarde. Nunca hace las cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y vuelva después de las tres._

Haciendo que leía _La Correspondencia_ guardé con disimulo el papelejo. Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza confirmaban, diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad de aquellas cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el papel decía, hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, de sus buenas vistas y...

--¿Pero no sabes, Máximo--me dijo Calígula de improviso,--que anoche hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!

--¡Señora!

--Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que duerme como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... Yo duermo ahora muy mal... estos tunantes de nervios... Serían las dos de la madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo... ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...

--¿Por la ventana?

--No, por la puerta de la escalera.

Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, pero en aquel momento se levantaba y salía diciendo:

--Han llamado, tía; creo que será la modista.

--¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto... La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y decía que estábamos locas...

--¿Pero usted vió...?

--Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.

--Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...

Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente, no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...?

Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos.

--Gracias á Dios--le dije sentándome en el mismo sillón que algunas horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo sitio...--Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...

--¡Y tan tremendas!...

¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!:

--¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta huérfana desgraciada!...

No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez tan sólo supo decir del modo más soso posible:

--Veremos eso, veremos eso...

Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.