Part 14
«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe, ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo. Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano, el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo probarán ó me tendré por loco.»
Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron. Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora. Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela, que me dijo con mucho misterio:
--Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en el despacho. Negocios...
--Pobre José; de ésta va á San Bernardino.
--Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...
--¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica, Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso...
--No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.
Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa, el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:
--Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle un disgusto?
--¿Á mí? ¿Qué?--exclamó mi pobre cuñada asustadísima.
--Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto, que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea institutriz asalariada, teniendo una tía...
--Rica.
--Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me acompañe, para que me cuide...?
--Claro...
--Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...
Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo más de ella.
--Esto no quiere decir--prosiguió,--que yo me lleve á Irene de prisa y corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí. Adora á las niñas.
Manuela estaba algo desorientada.
--¿Y el ama?--preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.--¿Siguen los antojos y las...?
--¡Ah!--exclamó Manuela;--no me hable usted, doña Cándida... Insoportable, insoportable. Es un demonio.
Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí diciendo con voz dulcísima: _hubiérais_, _habríais_ y _hubiéseis amado_.
Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle:
XXX
«¿Con que se nos va usted?»
--Sí--me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara (así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.
--De veras. ¿Y cuándo?
--Hoy mismo. Lo que ha de ser...
--¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la casa?
--No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted agradecidísima.
--Entonces...
--Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo, tomo mi resolución...
--¡Es tremendo!...--exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo favorito.
--Sí señor; me corto la coleta... de maestra,--replicó echándose á reir.
¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo desconcertaba, y sólo le dije:
--¿Hay proyectos?...
--Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía usted que sólo los sabios tienen proyectos.
Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas. Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.
--No, no, no.--Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la lección, que después...
--¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es tanto lo que hay que decir...
--Luego... aquí--dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en la escena.
De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que me puse pálido y que me temblaba la voz.
--Aquí no...--indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya, y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la conciencia de sus deberes pedagógicos.
Y el _aquí no_ salió de sus labios timbrado con un dulce tono de precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el uso de muchos años lo cultivara.
--Es verdad, aquí no--repetí.
Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:
--En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos?
--Mañana mismo.
--Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.
--¿Pero será pronto?
--Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.
Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un fervor...
Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades, y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:
--Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...
Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:
--Pronto lo sabremos.
Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo, apenas probé bocado.
José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.
--¿Y tú no vas?--preguntó á su marido.
--Ya ves. Tengo que hacer aquí.
Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención, guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y alentando su necesidad ó su ambición.
--Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.
Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se pasó el muy ladino toda la tarde.
Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á moco y baba.
--¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último beso.--Si vendré todos los días...
La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.
En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las ocupaciones y las notas todas como por encanto.
--¿Pero ya se va usted?--dijo muy gozoso.--Yo también salgo. La llevaré á usted en mi coche.
--No señor, gracias, no, de ninguna manera--replicó Irene echando á correr escalera abajo.--Ruperto va conmigo.
José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales del balcón del gabinete para ver...
En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la berlina hacia la calle de San Mateo.
--¡Has visto, has visto...!--exclamó Lica clavando en mí sus ojos llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.
--¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...
--¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo, qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...
Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras lo expresan con violentas sacudidas.
--Yo me muero, yo no puedo vivir así--exclamó rompiendo en llanto.--¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí, estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la _sinvergüencería_ no la perdono.
--Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos lo que pasa después...
--Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos--me dijo meciéndose tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.--Nada sé positivo, y sin embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena. ¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae enredos consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos. ¡Es una hipócrita!
XXXI
¡Es una hipócrita!
Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y hacía vibrar mi sér todo.
--Pero Lica, cálmate, razona...
--Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.
--¿Qué has visto?
--Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que también la tía es buena lámpara...
--¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido?
--Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas _pes_ y aquellas _haches_ tan particulares que hace José María... Esa chica, esa... No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse, y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!
Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una taza de tila.
--Nos iremos, niña de mi alma--le decía doña Jesusa,--nos iremos para nuestra tierra, donde no hay estos _zambeques_.
Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola. Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante, que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió, porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo, y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo:
--Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?
--No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber, porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad, correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que le permite poner casa y darse lustre?...
--Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho, ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras, verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos... en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...
--No me he enterado de nada.
--Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el ministro.
--Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...
--Déjame tú en paz con doña Cándida.
Conocí que no era de su agrado aquel tema, y _tomé nota_.
--¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada... Mira, éste te llama _concienzudo_, que es el adjetivo que se aplica á los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso... ¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto. Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos, filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría verdaderamente limpia y boyante la sociedad.
--¡José!--exclamé con efusión humorística y hasta con entusiasmo,--eres el mayor bruto que conozco.
--Y tú la octava plaga de Egipto.
--Y tú la burra de Balaam.
Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.
--Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.
--Sí, la nación sería un pesebre.
--Eso... lo veríamos. Yo hablaría...
--Y dirías _mu_...
--Hombre, la vanidad, la suficiencia, el _tupé_ de estos señores sabios es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no sirven para nada; son un rebaño de idiotas...
Y se amoscaba más.
--Pero la vanidad del ignorante,--dije yo,--además de insoportable es desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.
--Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.
--Mira como estamos, gobernados por tanto necio.
--No señor.
Se puso pálido.
--Pues sí señor.
Me puse rojo.
--Eres lo más...
--Y tú...
Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía, unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo, cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.
XXXII
Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.
¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance. Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros tiempos.
Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche, que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión, y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad, no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio, aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella, y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y menos para novio.