El amigo Manso

Part 13

Chapter 133,871 wordsPublic domain

Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos oficiales de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo sino en grado insignificante; que la iniciativa personal, que esas agrupaciones que se forman al calor de la idea cristiana... en fin, mis conclusiones ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo mismo que yo. Baste por ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba ardientemente, y parte del público también. Un aplauso mecánico, oficial, sin entusiasmo, pero con bastante simpatía y respeto, me despidió. Había salido bien, como yo esperaba y deseaba. Por mi parte, discreción y verdad; por la del público, benevolencia y cortesía. Saludé satisfecho, y ya me retiraba cuando...

¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? Era una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda extemporánea, y no sé cómo la recibí. Me turbé tanto que no supe lo que hacía, y por poco pongo la corona en la cabeza calva del señor de Pez, que me dijo al pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»

Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de tirarla en medio de las butacas.

--Es obsequio de la familia--oí que decía no sé quién.

Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera! Debió de ser idea de la niña Chucha...

Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las sinceridades ó malicias de otros.

--Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.

--Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias. Debe estar usted satisfecho.

--¡Orador laureado!... nada menos.

--Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11 apenas se oía.

--Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no hubiera estado mal.

--¡Pero qué bien dicho... qué claridad!

--Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...

--Al pelo, Mansito, al pelo.

--Caballero Manso, bravísimo.

--Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar nervio...

--Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha gustado...

--¿Con que coronita y todo...?

También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse á sí mismo para tener _l’onore de stringere la mano d’un egregio professore_...

Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades, poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las demás castas de músicos y danzantes.

Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos, me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos: _creed_ y _esperad_... _inmensidad sublime_... _místicos ensueños_... _salve, creencia santa_. De varios vocablos sueltos y de frasecillas volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía _bajo el manto de la religión_; que _bogaba en el mar de la vida_; que su alma _rasgaba pujante el velo del misterio_, y que el muy pillín iba á romper la cadena que le ataba á la _humana impureza_. También oimos mucho de _faros de esperanza_, de _puertos de refugio_, de _vientos bramadores_ y del _golfo de la duda_, lo que no significaba que Bardal se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí, por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era naufragios retóricos y chubascos rimados.

--Si encallará de una vez este hombre...

--Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras!

--¡Y cómo me le aplauden!...

--Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán _alabarda_ segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los versos sublimes de XXX. Así es el mundo.

--Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.

--¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?

--Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético siempre me produce náuseas... Huyamos.

--Sálvese el que pueda.

Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto posible.

En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un ramito en un ojal y estrujaba en su mano _La Correspondencia_.

--Has estado verdaderamente filósofo--me dijo con pegadiza bondad,--pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...

--¿Has estado arriba, en el palco de la familia?--le pregunté, para cortar el hilo funesto de su estadística.

--No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡_Guindarse_ en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?... ¿Qué te ha parecido lo de la coronita?

La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto me causaba.

--Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la _niña Chucha_. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura humana. Basta que yo desee una cosa...

Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.

--Pero José...

--Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.

--¡Ay, José, José!...

--Lo dicho, camarada.

En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.

--¿Pero qué pasa?

Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su sitio para ver de qué provenía tal locura.

XXVIII

«Habla Peñita.»

Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á mi hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las cuatro damas en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró, y acariciándome una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido á un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un solo espectador que no respondiese á invocación tan admirable. Doña Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela. Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora me pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil ó porcelana. Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: «esto sí que es bueno.» Lica é Irene no movían la cabeza; la emoción las había hecho estátuas.

Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para mí una parte, siquier pequeña, de la gloria que el divino muchacho recogía á manos llenas aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería de su grande ingenio; yo había dado á sus dones nativos la vestidura del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle entre mis brazos.

¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. Mi entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de gozo, hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la carne de tan opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el principal objeto del orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias, qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados, y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también, las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de encantadora novedad.

Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la libertad y un poco de los ideales grandes del siglo XIX. Allí salieron á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón _redondeando la civilización_ y Stephenson que, con la locomotora, _ha emparentado las partes del mundo_... Allí oí algo de las catacumbas de Lincoln, el _Cristo del negro_, de las hermanas de la Caridad, del cielo de Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de Goya, todo enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de sorpresa en sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta luz, de tan variados tonos y de transiciones tan gallardas.

Cuando concluyó, parecía que se desplomaba el teatro, y que todo su maderámen crujía y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los más cercanos se abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran abrazar, y las señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse alguna lágrima, por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el entusiasmo mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos le hacían volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El señor de Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en tan solemne ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al público con paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros, «qué prodigio,» y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi discípulo, señores, es mi discípulo.»

Lica se volvió á mí y me dijo:

--¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!

Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me dijo:

--También usted ha estado muy bien...

¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!

--¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!

--Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...

--Calla, chinito, más mereces tú.

--Si es que Máximo--me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia porque me suponía triste del bien ajeno,--estuvo también muy bueno... Todos, todos han estado buenos...

Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado.

--¡Qué bueno, qué bueno!--exclamaba Lica sin cesar.--Este niño es un milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?

Irene me miró, y tuvo una frase celestial.

--Hace honor á su maestro.

--Este muchacho--afirmé yo,--será un gran orador. Ya lo es. Parece que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como encaja en una máquina su pieza principal.

--Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro antes de diez años.

--Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino. Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...

--Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted, mamá?

--Por mí, vámonos.

--¿Y no oimos al tenor?--indicó Mercedes con desconsuelo.

--Niña, en el Real le oiremos.

Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos. Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:

--Ninguno ha estado tan bien como _taita_. Mi amo Máximo les gana á todos, y si dicen que no...

--Calla, tonto.

--_Po que_ no lo entienden.

La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella noche...

¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: _in mente_ se la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al subir al coche:

--Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea mía, ¿qué te parece?

--No, que fué idea mía--replicó prontamente la niña Chucha.

--No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no impide que sea una idea detestable.

--Mal agradecido.

--Relambido.

--Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió las flores.

--Y yo las hojas verdes.

--Y yo las cintas encarnadas.

--Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.

--Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.

--¡Ay, qué fantasioso!

Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas... Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y dijo:

--Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido también?

--No, señora--replicó la maestra con cierta sequedad.

--Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no hablas?

Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin, á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.

El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido orgullo.

--Yo _taje_ la corona de la tienda.

--Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.

Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso, acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria.

Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta... Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo; «aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas... Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico.

Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño; pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido de silencio, de quietud, de descanso.

XXIX

¡Oh, negra tristeza!

Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio quisquilloso y sofístico...

Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre, cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio, otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...

La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí, muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el sello de la evidencia.--Al levantarme, me dije: