El abuelo (Novela en cinco jornadas)

Part 8

Chapter 84,033 wordsPublic domain

¡Pero qué!... ~(Se calma y sonríe con desdén.)~ Si tuviera tiempo y ganas de entretenerme, os explicaría... ~(Sintiendo ruido detrás del sillón.)~ ¿Quién anda ahí? ~(Descubre a Venancio y su mujer.)~ Venancio, Gregoria, ¿por qué andáis por ahí acechando como espías? Venid a mi lado, que lo que digo, decirlo puedo y quiero también delante de vosotros. Ya todos somos iguales. Venid. ~(Se acercan tímidamente.)~ Pues decía: a ti y a ti ~(por el Cura y el Médico)~, según veo, os importa un ardite que las familias honradas... y no me refiero solo a las aristocráticas, sino a toda familia pundonorosa y decente... conserven la limpieza del nombre y de la sangre... ~(A Venancio y Gregoria.)~ ¿Y vosotros, qué pensáis, papanatas? También a vosotros os tienen sin cuidado las usurpaciones ignominiosas de estado civil, nombre, riqueza... ~(Callan los cuatro, observándole compadecidos.)~ ¡Ah, todos lo mismo: el sabio, el ignorante, igualmente ciegos ante el sol de la moral pura, de la verdad!... ~(Bruscamente, levantándose.)~ Me voy... no quiero más conversación, no quiero...

EL CURA, ~queriendo detenerle~.

Pero, señor Conde...

EL MÉDICO

Señor, aguarde...

EL CONDE, ~nervioso, rechazándoles~.

No quiero, no... Me voy... Abur, abur.

~(Sale.)~

ESCENA V

~EL CURA, EL MÉDICO, VENANCIO, GREGORIA~

VENANCIO, ~viéndole alejarse~.

Allá va: habla solo, golpea el suelo con su palo.

GREGORIA

¿Qué les parece a ustedes?

EL CURA

A mí, cosa perdida.

VENANCIO

A mí... peligroso.

EL MÉDICO, ~más reflexivo que los otros~.

No precipitarse a juzgar. Le tengo por uno de tantos. El hombre piensa; su idea le invade el espíritu; su voluntad aspira a la realización de la idea. Uno de tantos, digo, como usted y como yo, mi querido D. Carmelo.

EL CURA

¿No ves la demencia en ese pobre anciano?

EL MÉDICO

Veo la exaltación de un sentimiento, una inteligencia que trabaja sin desmayar nunca, una voluntad agitándose en el vacío, con fuerza hercúlea que no puede aplicarse...

VENANCIO, ~desdeñoso~.

Estos médicos siempre han de dar a las cosas nombres raros.

GREGORIA

Para que no entendamos.

VENANCIO

¿Es eso locura, o qué es?

EL MÉDICO

¿Queréis que os hable con toda sinceridad, como médico honrado? Pues no lo sé.

EL CURA, ~confuso~.

¿Es o no clara la monomanía?

EL MÉDICO

En toda monomanía hay una razón.

EL CURA, ~mirando al techo en busca de una idea que se le escapa~.

Bueno: yo veo...

VENANCIO, ~rascándose el cráneo~.

Sí: yo veo también...

GREGORIA, ~más sincera que los demás~.

Todos vemos que... Lo diré claro: las barrabasadas de la señora Condesa han influido en que nuestro D. Rodrigo esté tan perdido del caletre...

EL CURA

Exactamente... De ahí le viene la tos al gato.

EL MÉDICO

Porque... aquí que nadie nos oye, señores... la Condesa...

EL CURA, ~limpiando sus gafas~.

Todo lo que digas es poco.

VENANCIO

No siga usted, D. Salvador... La señora...

GREGORIA

Callamos por respeto; pero ello es que la tal Doña Lucrecia...

EL CURA, ~sonriente~.

Chitón...

VENANCIO

No chistamos...

EL CURA, ~poniéndose las gafas~.

Nos sale al encuentro un caso delicadísimo de la vida privada, y ante él cerramos nuestros picos, y nos lavamos nuestras manos. La misión de los que ahora estamos aquí reunidos no es enmendar los yerros de la Condesa de Laín, ni tampoco sacarla a la vergüenza pública. Nuestra misión... ~(Tosiendo, para tomar luego un tonillo oratorio.)~ nuestra misión, digo, es tan solo aliviar, en lo que de nosotros dependa, la triste situación física y moral de ese anciano desvalido, de ese prócer ilustre, verdadero mártir de la sociedad, amigos míos. Y recordando que en la época de su poderío y grandeza él nos tendió la mano y fue nuestro sostén, correspondámosle ahora con nuestra filial solicitud y cariñoso amparo.

~(Demostraciones de asentimiento. Sigue a ellas amplísima y a ratos calurosa discusión. Aceptada en principio por los cuatro vocales la conveniencia de alojar al anciano Albrit en los Jerónimos de Zaratán, surgen criterios distintos acerca de la forma y manera de realizar lo que creen benéfica y santa obra. Mientras Venancio opina que debe conducírsele al Monasterio con toda la derechura y sencillez con que se traslada un buey de este al otro prado, Gregoria, más delicada y benigna, propone que los propios monjes vengan por él, y le conviden a una fiesta, y le hagan muchas carantoñas hasta llevársele; y una vez allí, que le trinquen bien y le pongan ronzal de seda. El Médico, por el contrario, niégase a autorizar nada que transcienda a forzado encierro, y sostiene que D. Rodrigo debe entrar en Zaratán voluntaria y libremente, y quedarse allí sin ninguna violencia, única manera de precaver un desorden mental verdaderamente grave. Y el Cura, hombre conciliador, que todo lo pesa y mide, se ofrece a buscar una fórmula que sea como resultante mecánica de las diversas opiniones expuestas, y a proponer un procedimiento que a unos y otros satisfaga. Nómbranle por unanimidad _Comisión ejecutiva_, y como él se pirra por todo lo que sea dirección y mangoneo, promete desplegar en el asunto toda su diplomacia, y el hábil manejo con que sabe acometer las empresas más arriesgadas y dificultosas.~

~Despídese Angulo para continuar sus visitas, y Don Carmelo, con los dueños de la casa, se dirige al espacioso y bien poblado gallinero de la Pardina. Examinando huevos, pollos y echaduras, se pasa parte de la mañana, y, por último, se convida a comer. Gregoria le aconseja que prefiera la cena, y propone invitar también al Médico. Aprobación unánime.)~

ESCENA VI

~Bosque.~

EL CONDE, ~solo, paseando lentamente~.

¡Qué hermoso día!... aire manso y tibio, cielo claro, las nubes replegadas sobre el horizonte, el mar azul, tendido, adormilado... el bosque en silencio. ¡Qué solemne tranquilidad! El paso del hombre no ensucia este cuadro grandioso y puro... ~(Mira hacia el sendero que corta el bosque en dirección a Jerusa, y detiénese, creyendo sentir voces.)~ ¿Vendrán las nenas de paseo? Pareciome oír sus voces lejanas... El corazón me ha saltado en el pecho... No son ellas, no. Es que el bosque tiene ruidos extraños, modulaciones misteriosas que a veces semejan llanto de niños, a veces risotadas de muchachas que anduvieran volando entre el ramaje. ~(Óyense, en efecto, voces, risas.)~ ¡Ah! ¿Serán ellas? No... son insectos o no sé qué animaluchos, que remedan la voz humana. ~(Aparecen mujeres del campo, charlando y riendo.)~ Por allí vienen... Pero no son ellas. Esas voces ordinarias no son las de las graciosas niñas de Albrit. ~(Pasan las aldeanas y le saludan respetuosas; el Conde contesta con afecto paternal al saludo.)~ Adiós, hijas; que os divirtáis mucho... ~(Sigue andando.)~ Ya estoy solo otra vez... No sé qué voz del alma me dice que no vendrán por aquí mis chiquillas. ¡Cómo han de venir las pobres, si toda la mañana las tienen encerradas con el preceptor, un simple, a quien se paga para embrutecerlas! Pero no conseguirán haceros idiotas, ¿verdad, hijas mías?... ~(Suspirando.)~ ¡Nell, Dolly! ¿cuál de vosotras es mi nieta, heredera de mi sangre y de mi nombre? ~(Deteniéndose y cruzando las manos, dolorido.)~ Señor, ¿las amo o las aborrezco? En mi corazón hay plétora de amor a mi descendencia. Pero la certidumbre de que una de las dos, una... no es de ley, me vuelve loco... No, no es esto locura, no puede serlo; esto es razón, derecho, justicia, el sentimiento del honor en toda su grandeza... ~(Desesperado.)~ Daría mi vida por ellas... las mataría... no sé. ~(Continúa andando, agitadísimo.)~ No puedo, no debo consentir intrusos en mi linaje... Al fuego la hierba mala, traída a mi hogar con engaño, contrabando del vicio... Esa diabólica mujer no ha querido decirme cuál es la falsa; pero no importa... Verás, verás, infame, cómo yo lo averiguo sin ajeno auxilio, sin interrogar a los que seguramente conocen tus secretos... Dios me dé una intensa penetración para desentrañar la verdad; sabré leer la historia de mi deshonra en esas preciosas caras; y si por mi ceguera no acierto a descifrar los rostros, leeré la invisible cifra de los pensamientos, penetraré en la hondura de los caracteres, y no necesito más, pues los caracteres son el temperamento, la sangre, el organismo, la casta... Adelante, Rodrigo de Albrit... Voy a sentarme en aquel altozano del bosque que parece suspendido sobre el mar, y que está siempre seco y bien bañado del sol. ~(Apresura el paso.)~ No se qué tengo hoy, que no me canso nada, pero nada. Andaría mis dos leguas como un hombre...

~Otra parte del bosque.~

~Terreno quebrado, donde escasean los árboles, y abundan los chaparros y arbustería silvestre entre rocas musgosas. Al Norte, el cantil que desciende con rápido declive hasta la playa, la cual se extiende limpia y arenosa en toda la profundidad del paisaje. En una peña que le ofrece cómodo asiento se recuesta el anciano, meditabundo, y contempla abstraído la costa, y el oleaje manso y rumoroso.~

¡Cómo pica el sol! Turbonada esta tarde... Allá lejos, en la playa, distingo unos bultitos blancos que se mueven... Dios mío, ¿serán ellas? ~(Haciendo anteojo con su puño para ver mejor.)~ Sí, sí... juraría que son ellas... Aquel vagar rápido, aquel vuelo de mariposas... ~(Con súbita alegría.)~ Ellas son. Hasta me parece que oigo sus chillidos alegres. ~(Bajando un poco, entre las peñas.)~ Y distingo también un bulto negro, una especie de cigarrón que las persigue... Es el maestro, el pobre Coronado... ¿Qué haré? ¿Las llamo, les hago una seña con el pañuelo, voy a buscarlas? ~(Vuelve a sentarse, indeciso.)~ ¡Dios mío, estas lindas criaturas serían mi encanto, mi gloria, mi consuelo, si no me amargara la vida el convencimiento de que una de ellas es intrusa, fraudulenta, usurpadora! Quiero idolatrarlas; pero antes, urge separar la verdad de la mentira, para poder amar exclusivamente a la que lo merezca... ¿Cuál es, cuál de las dos, Señor? ~(Se golpea el cráneo con el puño cerrado.)~ Misterio terrible, ¿será posible que yo no pueda penetrar en ti?... ~(Pausa.)~ ¿Qué atracción es esta que hacia ellas me llama?... Fuerza superior a mi voluntad. No quiero ir, y voy... Atracción del enigma, el ansia inmensa del _¡qué será!_... ~(Se levanta.)~ ¡Ah, parece que me han visto! Creo notar una agitación de cosas blancas, como si me saludaran con los pañuelos. Sí, sí: ya percibo sus vocecitas, más dulces, más musicales que cuantos sones hay en la Naturaleza... ~(Gritando.)~ Sí, sí, Nell, Dolly; aquí estoy... Ya os había visto... os veo en medio de la inmensidad... ¿Queréis que baje, o subís vosotras?... ~(Gozoso.)~ Ya, ya vienen. No corren, vuelan.

ESCENA VII

~EL CONDE, NELL, DOLLY, D. PÍO~

NELL, ~cuya voz suena lejos~.

¡Abuelo, abuelo!

EL CONDE

No corráis, hijas, que podéis caeros.

DOLLY ~(Suena la voz menos lejana.)~

Abuelo, te vimos, te vimos.

NELL, ~cerca~.

Yo fui la que primero te vi.

DOLLY, ~más cerca~.

No, que fui yo.

EL CONDE

Yo bajaría; pero este camino, lleno de zarzas, es tan quebrado que temo caerme.

NELL, ~próxima~.

No te muevas, que allá vamos.

DOLLY, ~más próxima~.

Por esta veredita, Nell.

NELL

Por aquí. ~(Llegan a un tiempo las dos, sofocadas, sin aliento, junto al anciano, que las abraza y las besa.)~

EL CONDE

¿Por qué habéis venido tan a prisa? Claro, como sois ángeles, nada os cuesta volar.

NELL

D. Pío no quería que viniésemos.

DOLLY, ~sujetándose el cabello, que el viento le ha soltado~.

Allá sube como una tortuga el pobre viejo... ¡Qué trabajo le cuesta seguirnos!

EL CONDE

Sentaos ya, y descansad aquí conmigo.

DOLLY

¿Estás ya contento?

EL CONDE

¿No lo ves? ¿Por qué me lo preguntas?

NELL

¡Como esta mañana estabas de tan mal humor!... ~(Sorpresa del anciano.)~ Sí, sí... y cuando entramos a darte los buenos días, nos asustaste.

DOLLY

Nos dijiste: «¡Idos; dejadme solo!»

EL CONDE

No hagáis caso. ¡Es que Gregoria me había servido tan mal...!

DOLLY, ~con mimo~.

De veras, ¿no estás enfadado con nosotras?

EL CONDE

Nunca. Os quiero, os idolatro.

NELL, ~cariñosa~.

Y como Gregoria y Venancio te sirvan mal, ya les ajustaremos las cuentas. ¡Vaya...!

EL CONDE

Niñas mías, la gente pequeña, cuando se hincha de vanidad y coge debajo a los que fueron grandes, es terrible, es peor que las fieras.

D. PÍO, ~que llega jadeante, medio muerto de fatiga, y se arroja en el suelo~.

Señor Conde, saludo a usía. Como soy viejo, no puedo seguir a estas criaturas, que tienen alas de mariposa.

EL CONDE

¡Pobre Coronado, cuánto le marean a usted! ¿Y qué tal? ¿Se han sabido la lección?

D. PÍO, ~con suprema honradez~.

Señor, ni palotada. Me lo puede creer.

EL CONDE

¡Habrá picaruelas...!

D. PÍO

Como usía es tan tolerante, puedo decírselo: hacen burla de la ciencia y de mí.

EL CONDE, ~jovial~.

¡Qué monas! ¡Ángeles divinos! Besadme otra vez, Nell y Dolly, amables borriquitas. Vuestro D. Pío, que os consiente todas las travesuras, y juega con vosotras cultivándoos en la ignorancia, demuestra ser un verdadero sabio.

NELL, ~irónica~.

Dí que queremos sorprenderle, y aprendemos sin que él lo note.

DOLLY, ~maleante~.

Le hacemos rabiar un poquito para amansarle el genio, porque este D. Pío, aquí donde le ves, tan suavecito, es un tigre.

EL CONDE

No, hijas mías, es un cordero, un santo cordero... ¿No le veis esa cara?... Dios le hizo santo, y su familia le ha hecho mártir. Yo le quiero. Seremos amigos.

D. PÍO, ~con emoción~.

Señor, usía me honra demasiado.

NELL, ~con lástima~.

¿Y por qué es mártir D. Pío?

DOLLY

¿No tiene muchas hijas?

EL CONDE

Pero no son buenas, como vosotras.

NELL

¡Ay, pobrecito, cuánto padecerá!

DOLLY, ~compadecida~.

Ya no volveremos a hacerle rabiar.

EL CONDE, ~notando, por los hondos suspiros que exhala Coronado, su disgusto de aquella conversación~.

No se hable más de eso. Y ahora que nos hemos encontrado y no necesita usted estar al cuidado de las señoritas, puede irse a descansar, Sr. Coronado.

D. PÍO, ~tímidamente~.

Señor Conde, yo no puedo dejar a las señoritas, porque el Sr. Venancio me encargó mucho que no les consintiera separarse de mí; que con ellas salía y con ellas tenía que volver a casa.

EL CONDE, ~picado~.

Ya que no es usted su maestro, porque ellas no aprenden, le mandan a usted que sea su pastor. Pues para pastorear este rebaño, me basto y me sobro, Sr. Coronado.

D. PÍO

No se incomode, señor. Yo no hago más que cumplir las órdenes de Venancio.

EL CONDE, ~dominando su ira por hallarse frente a un ser débil e inofensivo~.

¿Y mis órdenes no significan nada para usted? Ese bestia mandará en su casa, pero no en mi familia.

NELL, ~asustada~.

Abuelito, por amor de Dios, no te incomodes.

DOLLY

¡Si D. Pío se va!... ¿Qué tiene que hacer más que lo que tú le mandes?

EL CONDE

Ya ves cómo no lo hace, y me obligará a decirlo segunda vez, cuando estoy acostumbrado a que a la primera se me obedezca.

NELL

Váyase, D. Pío... Piito, lárgate.

D. PÍO, ~levantándose perezoso~.

Señor Conde, yo creí...

EL CONDE, ~impaciente, sin poder contenerse~.

Pronto... Retírese usted.

D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.

Me retiro, puesto que lo manda usía con tanto imperio... Y si me riñen allá, que me riñan... Lo que yo digo: es malo ser bueno.

~(Saluda y se aleja.)~

ESCENA VIII

EL CONDE, NELL, DOLLY

NELL

Ya estamos solitos los tres.

DOLLY

¡Qué gusto!

EL CONDE

Los dos, digo, los tres, porque vosotras, ¡ay! sois dos, aunque a mí me parezcáis una.

NELL

¡Que parecemos una!

EL CONDE

Lo he dicho al revés: sois una, aunque parezcáis dos... No está bien hoy mi cabeza... Quiero decir que en vosotras hay algo que sobra.

DOLLY

¿Algo que sobra? Ahora lo entiendo menos.

NELL, ~con agudeza~.

Quiere decir el abuelo que en nosotras, en las dos, no en una sola, hay lo malo y lo bueno.

DOLLY

Y lo malo es lo que sobra.

EL CONDE

Y debe quitarse, arrojarse fuera.

NELL

O será que una de nosotras es mala, y la otra buena. ~(Míranle atentas al rostro.)~

EL CONDE

Quizás...

NELL, ~generosa~.

En ese caso, la mala soy yo y la buena Dolly.

DOLLY, ~correspondiendo~.

No, no: la mala soy yo, que siempre estoy haciendo diabluras.

EL CONDE, ~atormentado de una idea~.

Chiquillas, acercaos más a mi; aproximad vuestros rostros para que os vea bien. ~(Se ponen una a cada lado, y él las abraza. Las tres cabezas resultan casi juntas.)~ Así, así... ~(Mirándolas fijamente y con profunda atención.)~ No veo, no veo bien... ~(Con desaliento.)~ Esta condenada vista se me va, se me escapa cuando más la necesito... Y por más que os miro, no hallo diferencia en vuestros semblantes.

NELL

Dicen que nos parecemos. Pero Dolly es un poquito más morena que yo, menos blanca.

EL CONDE, ~con gran interés~.

¿Y el cabello, lo tenéis negro las dos, muy negro, muy negro?

DOLLY

Sí, _estrepitosamente_ negro. El pelo castaño de mamá es más bonito.

EL CONDE

¡Qué ha de ser!

DOLLY

Otra diferencia tenemos. Mi nariz es un poquitín más gruesa.

NELL

Y mi boca más chica que la tuya.

EL CONDE

¿Y los dientes?

NELL

Las dos los tenemos preciosos; no es por alabarnos.

DOLLY

Pero yo tengo este colmillo un poquito encaramado... así, como retorcido. Toca, abuelito. ~(Llevándose a la boca el dedo del Conde.)~

EL CONDE

Es verdad... colmillo retorcido.

NELL

Otra diferencia tengo yo: un lunar en este hombro.

DOLLY

Yo tengo dos más abajo, así de grandes.

EL CONDE, ~preocupado~.

¿Dos?

DOLLY

Sí, señor: dos que parecen tres.

EL CONDE, ~soltándolas de sus brazos.~

Vuestros ojos, cuando los examino con mi corta vista, me parecen igualmente bellos. Nell, hazme el favor de mirar bien el color de los ojos de tu hermana... Y tú, Dolly, fíjate bien en los de Nell. Decidme el color... justo.

NELL

Los ojos de Dolly son negros.

DOLLY

Los de Nell son negros: pero los míos son más.

EL CONDE, ~con interés ansioso.~

¿Más? ¿Los tuyos, Dolly, tienen acaso un viso verde?

NELL

Me parece que sí... entre verde y azul.

DOLLY, ~mirando de cerca los ojos de su hermana.~

Lo que tienen los tuyos es rayitas doradas... Sí, sí, y también algo de verde.

EL CONDE

Pero son negros. Los de vuestro papá, mi querido hijo, negros eran como el ala del cuervo.

NELL

Era guapísimo papá.

EL CONDE, ~suspirando~.

¿Os acordáis de él?

DOLLY

¡Pues no hemos de acordarnos!

NELL

¡Pobrecito, cuánto nos quería!

DOLLY

Nos adoraba.

EL CONDE

¿Cuándo le visteis por última vez?

NELL

Hace... creo que dos años, cuando se fue a París. Entonces nos sacaron del colegio.

EL CONDE, ~vivamente~.

¿Se despidió de vosotras?

DOLLY

Sí, sí. Dijo que volvía pronto, y no volvió más. Después fue a Valencia.

NELL

Mamá salió también para París, pero se quedó en Barcelona. No nos llevó.

DOLLY

Al volver a Madrid estaba muy disgustada, sin duda por la ausencia de papá.

EL CONDE

¿Y en qué le conocíais su disgusto?

NELL

En que se aburría, y estaba siempre en la calle. Nosotras comíamos solas.

EL CONDE

¿Y en esa época os trajeron aquí?

DOLLY

Sí, señor.

EL CONDE, ~con dulzura~.

Decidme otra cosa. ¿Queríais mucho a vuestro papá?

NELL

Muchísimo.

EL CONDE

Me figuro que una de vosotras le quería menos que la otra.

LAS DOS, ~protestando~.

No, no, no... Las dos igual.

EL CONDE, ~después de una pausa, clavando en ellas sus ojos, que poco ven~.

¿Y creéis que él quería lo mismo a entrambas?

DOLLY

A las dos lo mismo.

EL CONDE

¿Estáis bien seguras?

NELL

Segurísimas. Desde París nos escribía cartitas.

EL CONDE

¿A cada una por separado?

DOLLY

No; a las dos en un solo papel, y nos decía: «Florecitas de mi alma, únicas estrellas de mi cielo...» Pero de Valencia no nos escribió nunca.

NELL

Ninguna carta recibimos de Valencia. Nosotras le escribíamos, y él no nos contestaba.

~(Larga pausa. El Conde apoya la frente en sus manos, con las cuales empuña el palo, y permanece un rato en profunda meditación.)~

DOLLY

Abuelito, ¿te has dormido?

EL CONDE. ~(Suspirando, alza la cabeza y se frota los ojos.)~

¿Queréis que andemos un poquito?

NELL

Sí.

~(Se ponen las dos en pie, le dan la mano, y le ayudan a levantarse.)~

DOLLY

¿A dónde quieres que vayamos?

EL CONDE, ~indiferente~.

Guiad vosotras.

DOLLY

Iremos hacia el Calvario y la gruta de Santorojo.

NELL

No nos alejaremos mucho.

EL CONDE

Nos alejaremos todo lo que queramos, y volveremos cuando nos dé la gana... Parece que sopla viento de turbonada... ¿Qué? ¿Se ha nublado el sol?

DOLLY

Sí, y de aquel lado vienen nubes gruesas. Lloverá.

EL CONDE

Si llueve, que llueva, y si nos mojamos, que nos mojemos.

DOLLY

¿Quieres que te demos el brazo?

EL CONDE

No, chiquillas, no quiero aprisionaros. Corred solas y con libertad... Ya estamos en sendero franco, y pisamos la finísima alfombra del bosque sombrío.

NELL, ~a Dolly~.

¿A que no me coges?

~(Se alejan corriendo.)~

EL CONDE, hablando solo, ~desalentado~.

Las facciones nada me dicen... ~(Animándose.)~ Hablarán los caracteres... Ya se clarean, ya. Nell paréceme más grave, más reposada; Dolly más frívola y traviesa... Pero noto que cambian, permutan las cualidades de una y otra, de modo que aquella parece esta, y esta, aquella. Observemos mejor. ~(Las niñas juegan a cuál corre más.)~

DOLLY, ~que vuelve triunfante, casi sin respiración~.

No me has cogido, no.

NELL, ~jadeante también~.

Que sí... Corro yo más que tú.

DOLLY

Nunca.

NELL

Ayer te gané.

DOLLY

Mentira.

NELL

Yo digo la verdad.

DOLLY. ~(Picadas las dos.)~

Ahora no... Es que eres tú muy orgullosa.

NELL

Abuelo, me ha dicho que miento.

EL CONDE

Y tú no mientes nunca; no está en tu natural la mentira.

DOLLY

Ella me dijo ayer a mí... embustera.

EL CONDE

¿Y qué hiciste?

DOLLY

Echarme a reír.

NELL

Pues yo no consiento que me digan que miento. ~(Lloriquea.)~

EL CONDE

¿Lloras, Nell?

DOLLY, ~riendo~.

Tonterías, abuelo.

NELL

Soy muy delicada. Mi dignidad por la menor cosa se ofende.

EL CONDE

¡Tu dignidad!

DOLLY

Lo que tiene es envidia.

EL CONDE

¿De qué?

DOLLY, ~con travesura jovial~.

De que todos me quieren más a mí.

NELL

Yo no soy envidiosa.

EL CONDE

Vaya, Nell, no llores, pues no hay motivo para tanto. Y tú, Dolly, no te rías. ¿No ves que la has ofendido?

NELL

Siempre es así. Todo lo toma a risa.

EL CONDE, ~para sí~.

Nell tiene dignidad. Esta es la buena. ~(A Dolly, con un poquito de severidad.)~ Dolly, te he mandado que no te rías.

DOLLY

Es que me hace gracia.

EL CONDE, ~a Nell, acariciándola~.

Tú eres noble, Nell. En ti se revela la sangre, la raza... Vaya, haced las paces.

NELL

No quiero.

DOLLY

Ni yo...

EL CONDE

Esa risita, Dolly, es un poquito ordinaria.

DOLLY, ~poniéndose seria~.

Bueno.

~(Súbitamente se lanza a la carrera.)~

EL CONDE, a Nell.

Estoy algo cansado. Dame el brazo.

NELL

Dolly está sentida... Le has dicho ordinaria, y esto le llega al alma. ¡Pobrecilla!

EL CONDE

Dime, hija mía, ¿has notado otra vez en Dolly estos arranques...?

NELL

¿De qué?

EL CONDE

De naturaleza ordinaria.

NELL

No, papá... ¡Qué cosas tienes! Dolly no es ordinaria. Creo que se lo has dicho en broma. Dolly es muy buena.

EL CONDE

¿La quieres?

NELL

Muchísimo.

EL CONDE

¿Y no estás incomodada con ella porque te dijo que mentías?

NELL

Yo no... Cosas de nosotras. Reñimos, y en seguida hacemos las paces. Dolly es un ángel: le falta sentar un poquito la cabeza. Yo la quiero; nos queremos... ¡Ya tengo unas ganas de abrazarla y decirle que me perdone!

EL CONDE, ~con júbilo~.

¡Otro rasgo de nobleza! Nell, tú eres noble. Ven a mí... ~(La abraza.)~ Y esa loca, ¿dónde está?

NELL

Ya viene.

DOLLY, ~volviendo como una exhalación~.

Abuelito, llueve. Me ha caído una gota de agua en la nariz.

NELL, ~deseando coyuntura para hacer las paces~.

Y a mí dos.

DOLLY

Papá, ¿quieres que nos metamos en la gruta de Santorojo? Has hecho mal en no traer paraguas.

EL CONDE

Es un chisme que no he usado nunca.

DOLLY

¡Ya... acostumbrado a andar siempre en coche! Pero ahora no tienes más remedio que andar a patita, como nosotras.

EL CONDE, ~para sí~.

Se burla de mí... ¡Qué innoble!

NELL

¡Ay, qué gotas tan gordas!

DOLLY