El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 6
EL CONDE
Sí... sobre un punto delicadísimo sobre el cual la interrogaré.
LUCRECIA, ~medrosa~.
¿Cuándo?
EL CONDE
Ahora mismo... sí, y contestándome sin pérdida de tiempo, me proporcionará el placer inefable de perdonarla. Crea usted que al fin de mi vida, quebrantado, triste, moribundo casi, el perdonar es gran consuelo para mí.
LUCRECIA, ~con terror~.
¡Interrogarme! ¿Soy acaso criminal?
EL CONDE
Sí.
LUCRECIA, ~luchando con su conciencia, que anhela manifestarse~.
Todos somos imperfectos... No me tengo por impecable... ¿Pero a usted... quién le ha hecho confesor... y juez?
EL CONDE
Me hago yo mismo... Quiero y debo serlo, como jefe de la familia de Albrit, y guardador de mi decoro.
LUCRECIA, ~con pánico, queriendo huir~.
Esto es insoportable... No puedo más...
EL CONDE, ~deteniéndola por un brazo~.
No, no. No puede usted negarse a responderme... al menos para demostrarme que no tengo razón, si en efecto no la tuviera y usted pudiese probarlo. Lo que voy a preguntar es grave, y el acto de preguntarlo yo, de contestarme usted, ha de revestir cierta solemnidad. Ahora no soy yo quien habla: es el marido de la que me escucha, es mi hijo, que resucita en mí... ~(Pausa.)~ Siéntese usted. ~(La lleva al sillón.)~
LUCRECIA, ~cayendo desfallecida en el sillón~.
Por piedad, señor... Me está usted martirizando.
EL CONDE
Perdóneme usted... Es preciso... Hay que sufrir algo, Lucrecia. No todo ha de ser gozar y divertirse. ~(Pausa. La Condesa, ansiosa, no se atreve a mirarle.)~ Al llegar a Cádiz de mi frustrado viaje, entregáronme una carta de Rafael, en la cual me manifestaba su dolor, su amargura hondísima. La vida había perdido para él todo interés. Hallábase enfermo, y en su desesperación no anhelaba curarse. Le consumía el desaliento, la pérdida de toda ilusión, la vergüenza de ver ultrajado su nombre...
LUCRECIA, ~revolviéndose~.
¡Señor Conde, por Dios...!
EL CONDE
Mi hijo vivía separado de su esposa desde el año anterior.
LUCRECIA
¿Y quién asegura que fue por culpa mía?
EL CONDE
Yo lo aseguro: por culpa de usted.
LUCRECIA
No es cierto.
EL CONDE, ~colérico~.
No me desmienta usted. Calle ahora y escuche. ~(Recobrando el tono narrativo.)~ Rafael no me decía nada concreto. Expresaba tan solo el estado de su espíritu, sin exponer las causas...
LUCRECIA, ~con viveza~.
No decía nada concreto. Luego...
EL CONDE
Pero, a poco de recibir la carta, me dio cuenta detallada de las aventuras de la Condesa de Laín un amigo mío queridísimo, persona de intachable veracidad, que no solo refería lo que era público y notorio, sino algo que por circunstancias excepcionales tuvo ocasión de conocer y comprobar; hombre que no ha mentido nunca, tan bueno y noble, que al hacerme la triste historia de aquellos escándalos, casi, casi los atenuaba... No necesito nombrarle. Usted le conoce.
LUCRECIA, ~aterrada, casi sin voz~.
Yo... no.
EL CONDE
Usted sabe quién es. Y no se atreve, no se atreve a sostener que ha mentido, porque su conciencia, Lucrecia, se sobrepone a su cinismo; y antes dudará usted de la luz que de la veracidad de ese hombre, venerado de todo el mundo, gloria de la magistratura...
LUCRECIA, ~agarrándose a un clavo ardiendo~.
El hombre más recto puede equivocarse... sobre todo si respira un ambiente malsano de hablillas y embustes...
EL CONDE
Sigo. Me refirió todo, todo... es decir, todo no. Falta algo, tan secreto, que solo usted lo sabe... y usted me lo va a decir.
LUCRECIA, ~con angustias de muerte~.
¡Qué suplicio, Dios mío!
EL CONDE
¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo, muriendo de melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque yo estaba ausente, y usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar pretextos para apartarse de su lado... Claro que al recibir la carta y al oír los informes de mi amigo, me faltó tiempo para correr al lado de Rafael. Tomé el tren, y sin parar en ninguna parte, me fui a Valencia...
LUCRECIA
¡Ay de mí!
EL CONDE, ~con voz lúgubre~.
Dos horas antes de llegar yo, mi adorado hijo había muerto. Agravose su enfermedad en aquellos días. Él no hacía caso... Un tremendo acceso de disnea, el espasmo... la muerte. Todo en unas cuantas horas... ~(Llora. Pausa.)~ Murió en el cuarto de una fonda... vestido sobre la cama... mal asistido de gente mercenaria... ¡Jesús... qué dolor...!
LUCRECIA, ~muy conmovida, sollozando~.
¡Oh! Señor Conde, aunque usted no lo crea, yo le amaba...
EL CONDE, ~iracundo, limpiándose las lágrimas~.
¡Mentira! Si le amaba usted, ¿por qué no corrió a su lado al saber que estaba enfermo?
LUCRECIA, ~sin saber qué decir~.
Porque... no sé... Complicaciones de la vida que no puedo explicar en breves palabras. Yo...
EL CONDE
Déjeme concluir... Fácilmente comprenderá mi desesperación al encontrarle muerto. ¡No escuchar de sus labios explicaciones que solo él podría darme! Terrible cosa era perderle; pero más terrible aún verle yerto, frío, mudo para siempre, como le vi yo... y no poder consolarle, no poder decirle: «cuéntame tus martirios, y tu padre te contará los suyos.» ~(Cruza las manos, sollozando.)~ ¡Oh, pena inmensa, agonía lenta de mi vejez, más espantosa que cuantos males en todo tiempo sufrí! Verle cadáver, hablarle sin obtener respuesta, sin que a mis caricias respondiese con un gesto, con una mirada, con una voz. ¡Y sabiendo yo el infinito dolor que amargó sus últimos días, ver que todo se lo llevaba, todo, al abismo del silencio, la muerte, sin darme una parte, un poco del dolor suyo, que era su alma!... ~(La Condesa, agitada y poseída de profunda emoción, llora, apretándose el pañuelo contra los ojos.)~ ¡Horrible, pavoroso!... Usted no tiene corazón y no sabe lo que es esto. ~(La ve llorar. Pausa.)~ ¡Qué hermoso sería que en este instante pudiéramos llorar usted y yo por aquel ser querido!... ~(La Condesa da algunos pasos hacia él; están a punto de abrazarse... vacilan... El Conde la rechaza secamente.)~ No... Tú, no... usted, no.
LUCRECIA
Sinceras son mis lágrimas.
EL CONDE
Naturalmente... Viendo mi pena... No es usted de bronce, no es usted una fiera... Pero no, no sostenga que amaba a su esposo; al hombre que se ama no se le engaña solapadamente, pisoteando su honra, y arrojando al escándalo y a la befa del público su nombre sin tacha. ~(La Condesa inclina la cabeza, y fijos los ojos en el suelo, no dice nada.)~ Al fin calla usted. Ahora, ahora veo a la desdichada Lucrecia en el único terreno en que debe ponerse, que es el de la resignación sumisa, esperando un fallo de justicia. ~(Pausa.)~ ¿Declara usted que su conducta con mi hijo, al menos en determinadas épocas de su vida, no fue buena?
LUCRECIA, ~tímidamente~.
Lo declaro... Pero algo debo decir en descargo mío...
EL CONDE
Ya escucho.
LUCRECIA
Mis desavenencias con Rafael son antiguas.
EL CONDE
Lo sé... Datan de los primeros años del matrimonio, porque usted, penoso es decirlo, no hubo de esperar mucho tiempo para lanzarse por mal camino. ¿Lo niega usted?
LUCRECIA, ~cohibida, abrumada, queriendo y no queriendo decirlo~.
Acusada con tanta fiereza, no acierto a buscar razones, que algunas hay siempre en estos casos, para disculparme.
EL CONDE
Búsquelas usted... pero antes, ¿reconoce sus faltas?
LUCRECIA, ~con gran esfuerzo~.
Las reconozco. Sería una hipocresía indigna de mí negarlas en absoluto. Pero...
EL CONDE
¿Pero qué...?
LUCRECIA
Digo que Rafael, llevándome desde el principio, contra mi gusto, a la esfera social más favorable a la relajación del vínculo matrimonial, contribuyó a perderme. Me vi rodeada de gente frívola, de aduladores, de personas sin conciencia...
EL CONDE
¡Sin conciencia! Tuviérala usted, ¿y qué le importaban los demás?
LUCRECIA, ~premiosa~.
En aquel ambiente no supe o no pude combatir el mal. A mi lado no tenía un censor severo de mi propia debilidad, un guardián vigilante...
EL CONDE
Difícil es guardar a la que guardarse no quiere.
LUCRECIA, ~batiéndose desesperadamente~.
¡Oh, señor Conde: si hubiera usted encontrado vivo a su hijo, si hubiera podido escuchar de sus labios la confidencia o confesión que deseaba... estoy segura de ello, Rafael, que era sincero y justo, habría tenido la generosidad, la rectitud de decirle: «no solo es ella culpable; yo también...»!
EL CONDE
No lo habría dicho, no.
LUCRECIA, ~con firmeza~.
Creo, como esta es luz, que Rafael, al juzgarme, no habría sido extremadamente duro.
EL CONDE
Fue, más que duro, implacable.
LUCRECIA
¿En sus últimos momentos?
EL CONDE
En sus últimos momentos: fíjese usted en lo que afirmo.
LUCRECIA, ~con estupor~.
Pero si acaba usted de decirme...
EL CONDE
Que le encontré muerto... sí.
LUCRECIA
Entonces... ~(Pausa. Ambos se miran.)~
EL CONDE
Los muertos hablan.
LUCRECIA, ~con terror~.
¡Y Rafael...! ~(Vacilante entre la incredulidad y un miedo supersticioso.)~
EL CONDE
Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas... ante el cadáver de mi pobre hijo, sin darme cuenta de nada que no fuera él y el misterio inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar mi atención en lo que me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que le pertenecieron, en los muebles que había usado, en la estancia... ~(Pausa. La Condesa le escucha con ansiosa expectación.)~ En la estancia había una mesa con varios libros y papeles, y entre ellos una carta...
LUCRECIA, ~temblando~.
¡Una carta...!
EL CONDE
Sí. Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se sintió mal. Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!... El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más perentorios... Todo inútil... La carta allí quedó medio escrita... Allí estaba ¡hablando... y viva! hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla, sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como me habría inclinado sobre su lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta dice...
LUCRECIA, ~casi sin aliento, la boca seca~.
¿Era para mí?
EL CONDE
Sí.
LUCRECIA
Démela usted. ~(El Conde deniega con la cabeza.)~ ¿Pues cómo he de enterarme...?
EL CONDE
Basta que yo repita su contenido. La sé de memoria.
LUCRECIA
No basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra...
EL CONDE
No es preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un párrafo de amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo inconciliable de los caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos ~(repitiéndolos palabra por palabra)~: «Te anuncio que si no me envías pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra... la que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a Eraul, y que pusieron en mi mano sus enemigos... no es hija mía... te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara...» ~(Pausa silenciosa.)~
LUCRECIA, ~con estupor, que casi es embrutecimiento~.
¿Eso decía... eso dice...?
EL CONDE
Esto dice... ~(Repitiendo con pausa.)~ «La otra... la que no es mi hija, te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara.» Y luego añade: «Ya sabes que lo sé. No puedes negármelo... Tengo pruebas.»
LUCRECIA, ~buscando una salida~.
¡Pruebas!... ¡Quiero ver la carta!
EL CONDE
¿Duda usted de lo que digo...?
LUCRECIA
No lo dudo... no sé... Pero la carta puede ser falsa. La escribiría algún enemigo mío para vilipendiarme.
EL CONDE, ~con ademán de sacar la carta~.
La escribió mi hijo.
LUCRECIA, ~espantada~.
No, no quiero verla... ¡Qué abominación!
EL CONDE
Luego, usted niega...
LUCRECIA, ~maquinalmente~.
Lo niego.
EL CONDE
Y yo ¡necio de mí! esperaba encontrar en usted la suficiente grandeza de alma para revelarme toda la verdad, sin ocultar nada, única manera de obtener el perdón. Llevado de este noble anhelo, solicité la entrevista, y aspiraba y aspiro a que la infeliz Lucrecia complete su revelación diciéndome...
LUCRECIA, ~en el colmo del terror~.
¿Qué... qué más...?
EL CONDE, ~con austera frialdad~.
Diciéndome... cuál de sus dos hijas es la que usurpa mi nombre, la que simboliza y personifica mi deshonor.
LUCRECIA
¡Infame idea!... No, no es verdad.
EL CONDE, ~repitiendo las graves palabras~.
«Ya sabes que lo sé... No puedes negármelo.»
LUCRECIA, ~decidida a la negativa, y negando con ahinco~.
Lo niego... Es falso...
EL CONDE
¿Niega usted que hizo... a Carlos Eraul, pintor, muerto hace un año... la grave revelación que ahora le pido?
LUCRECIA, ~vivamente, sin poder contenerse~.
¿La tiene usted?
EL CONDE
Luego existe...
LUCRECIA, ~volviendo sobre sí~.
Quiero decir que si la tiene usted, si posee algún papel que me comprometa, será falso... habrán imitado mi letra.
EL CONDE
Como no puedo mentir, diré que no poseo ese precioso documento. Lo he buscado inútilmente entre los papeles de mi hijo.
LUCRECIA, ~respirando~.
Todo esto es una farsa, una impostura, de la cual no culpo a nadie... solo acuso a mi destino.
EL CONDE
Ya que no satisface usted mi anhelo de la verdad, conteste al menos a esta otra pregunta: ¿Ama usted lo mismo a las dos niñas?...
LUCRECIA, ~rabiosa, paseándose muy agitada~.
No, lo mismo no... digo, sí... a las dos igual... Deseche usted esa torpe idea.
EL CONDE
Antes hará usted del día noche y de la noche día, que conseguir arrancarme de la mente la idea de que lo escrito por mi hijo es la pura verdad. ~(Con autoridad severa.)~ Dígame usted pronto, pronto, cuál de esas dos adorables niñas es la falsa... o cuál la verdadera: es lo mismo. Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo, como jefe de la casa de Albrit, en la cual jamás hubo hijos espúreos, traídos por el vicio. Esta casa histórica, grande en su pasado, madre de reyes y príncipes en su origen, fecunda después en magnates y guerreros, en santas mujeres, ha mantenido incólume el honor de su nombre. Sin tacha lo he conservado yo en mi esplendor y en mi miseria... No puedo impedir hoy, ¡triste de mí! este caso vergonzoso de bastardía legal; no puedo impedir que la ley transmita mi nombre a mis dos herederas, esas niñas inocentes. Pero quiero hacer en favor de la auténtica, de la que es mi sangre, una exclusiva transmisión moral. Esa será la verdadera sucesora, esa será mi honor y mi alcurnia en la posteridad... La otra, no. Falsa rama de Albrit, la repudio, la maldigo... maldigo su extracción villana y su existencia usurpadora.
LUCRECIA
Por piedad... No puedo más. ~(Cae en el sillón consternada, sollozando. Pausa larga.)~
EL CONDE
Lucrecia, ¿reconoce usted al fin la razón que me asiste?... Llora usted... ~(Creyendo que los procedimientos de suavidad serán más eficaces.)~ Sin duda expongo mis quejas con demasiada severidad; sin duda interrogo con altanería... No puedo vencer la fiereza de mi carácter. Perdóneme usted. ~(Con dulzura.)~ Ahora no mando... no acuso... no soy el juez... soy el amigo... el padre, y como tal suplico a usted que me saque de esta horrible duda. ~(La Condesa calla, mordiendo su pañuelo.)~ Valor... Una palabra me basta... Después de oírla no he de decir nada desagradable... La verdad, Lucrecia, la verdad es lo que salva.
LUCRECIA, ~que después de horrible lucha, se levanta bruscamente, y desesperada y como loca recorre la estancia~.
¡Oh, no puedo más!... ¡Un balcón abierto para arrojarme!.. Huir, volar, esconderme... Este hombre me mata... ¡Favor!
EL CONDE
Bueno, bueno... Veo que no quiere usted entrar en razón... ¿No me contesta?...
LUCRECIA, ~con fiereza, con resolución inquebrantable, parándose ante él~.
¡Nunca!
EL CONDE
¿De veras?
LUCRECIA, ~con más energía~.
¡Nunca!... ¡Antes morir!
EL CONDE
Bien. ~(Se sienta, calmoso.)~ Pues lo que usted no quiere decirme, yo lo averiguaré.
LUCRECIA
¿Cómo?
EL CONDE
¡Ah!... yo me entiendo.
LUCRECIA
Está usted loco... Su demencia me inspira compasión.
EL CONDE
La de usted, a mí no me inspira lástima. No se compadece a los seres corrompidos, encenagados en el mal.
LUCRECIA, ~iracunda~.
Continúa injuriándome, ¡a mí, a la viuda de su hijo!
EL CONDE, ~levantándose altanero~.
La que me habla no es la viuda de mi hijo, pues aunque la ley, una ley imperfecta, así lo dispone, por encima de esa ley está la autoridad moral del jefe de la familia de Albrit, que la coge a usted, y la arranca, como cosa extraña y pegadiza, y la arroja a la podredumbre en que quiere vivir.
LUCRECIA, ~furiosa, descompuesta~.
¡Albrit!... raza de locos... caballería burlesca... honor de bambolla para encubrir la mendicidad. ¡Qué sería del viejo león si yo no le amparase! Soy generosa, le perdono sus injurias, y cuidaré de que no muera en un hospital, o arrastrando su melena gloriosa por los caminos.
EL CONDE, ~con supremo desdén~.
Lucrecia Richmond, quizás Dios te perdone. Yo... también te perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el desprecio.
LUCRECIA, ~dirigiéndose a la puerta~.
Basta ya. ~(A las niñas, que entreabren la puerta, sin atreverse a entrar.)~ Podéis pasar.
ESCENA VI
~NELL y DOLLY, que corren a abrazar a su madre; tras ellas GREGORIA y VENANCIO. Poco después EL CURA y EL MÉDICO.~
LUCRECIA
Prendas queridas, dadme mil besos. ~(Se besan.)~
NELL, ~observándole el rostro~.
Mamita, tú has llorado.
DOLLY
Estás sofocadísima...
LUCRECIA
El abuelo y yo hemos evocado recuerdos tristes.
NELL, ~mirando al Conde, que permanece sentado, inmóvil~.
También el abuelito ha llorado. ~(Se acerca.)~
EL CONDE
Venid... abrazadme... ¡Os quiero tanto!
~(Las dos acuden a él, y le abrazan y besan, cada una por un lado.)~
LUCRECIA, ~hablando aparte con Gregoria y Venancio~.
Le atenderéis, le cuidaréis como a mí misma. Pero no dejéis de vigilarle siempre, siempre...
DOLLY, ~al Conde~.
Esta tarde pasearemos.
EL CONDE
Sí, sí: no me separaré de vosotras... Charlaremos, estudiaremos.
NELL
Nos enseñarás la Aritmética, la Historia...
EL CONDE
La Historia... No, esa vosotras me la enseñaréis a mí.
~(Entran por el foro el Cura y el Médico; ambos se dirigen a la Condesa.)~
EL CURA
¿Qué tal? ¿Tenemos reconciliación?
LUCRECIA, ~en voz baja~.
Calle usted... Encargo mucha vigilancia... ~(Al Médico.)~ Y a usted, Sr. Angulo, no me cansaré de recomendarle que le observe bien. ~(Dando a entender que padece desvarío mental.)~
EL CURA
Señor Conde... ~(Le saluda y sigue a su lado. A bastante distancia se agrupan la Condesa, el Médico, Gregoria y Venancio.)~
EL MÉDICO
Descuide usted... Le observaremos...
LUCRECIA
Y a mi regreso dispondré...
EL MÉDICO
¿Pero insiste usted en dejarnos hoy?
LUCRECIA
Volveré pronto... ~(El Médico pasa a saludar al Conde, y el Cura vuelve al lado de Lucrecia.)~
EL CURA, ~en voz baja a la Condesa~.
No se vaya usted.
LUCRECIA
Tengo que estar en Verola hoy mismo. Es para mí... no se cómo decirlo... cuestión de vida o muerte. Adiós.
NELL
Mamita, ¿te acompañamos a tu casa, o nos quedamos un rato con el abuelo?
LUCRECIA
Como queráis.
DOLLY
No, no: decídelo.
LUCRECIA
Lo que el abuelo disponga.
EL CONDE
Me parece natural que si vuestra mamá se va esta tarde, estéis a su lado hasta la hora de partir. ~(Besa a las niñas.)~ ¡Oh! no os veo bien, no os distingo; me parecéis una sola...
EL MÉDICO
¿Qué? ¿La vista no anda bien?
EL CONDE. ~(Se levanta.)~
Mal estamos hoy... Toda la mañana he notado una obscuridad, una vaguedad en los objetos... ~(Mirando en derredor, con ojos que se esfuerzan en ver.)~ No veo nada... apenas distingo... ~(Fijándose en la Condesa que, altanera, le clava la mirada.)~ No veo bien más que a Lucrecia... a esa, sí... la veo... allí está... Mi ceguera creciente no me permite ver más que las cosas grandes... el mar, la inmensidad... y ella es grande... enorme... la veo... como el mar... Es otro mar, un mar de... de... de... ~(Su voz se extingue. Queda inmóvil y rígido. Profundo silencio. Todos se miran.)~
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA
JORNADA TERCERA
ESCENA PRIMERA
~NELL, DOLLY, D. PÍO CORONADO, sentados los tres alrededor de una mesa de estudio, donde se ven papeles, tintero, libros de texto.~
~Es el maestro de las niñas de Albrit un anciano de estatura menguada, muy tieso de busto y cuello, y algo dobladito de cintura, las piernas muy cortas. La expresión bonachona de su rostro no lograron borrarla los años con todo su poder, ni los pesares domésticos con toda su gravedad. Guiña los ojuelos, y al mirar de cerca sin anteojos, los entorna, tomando un cariz de agudeza socarrona, puramente superficial, pues hombre más candoroso, puro y sin hiel no ha nacido de madre. Un rastrojo de bigote de varios colores, recortado como un cepillo, cubre su labio superior. Viste con pobreza limpia anticuadas ropas, recompuestas y vueltas del revés, atento siempre al decoro de la presencia en público.~
~Maestro de escuela jubilado, desempeñó con eficacia su ministerio durante treinta años, distinguiéndose además como profesor privado de materias de la primera y segunda enseñanza. Su defecto era la flojedad del carácter, y la tolerancia excesiva con la niñez escolar. Sabía el hombre todo lo que saber necesita un maestro, y algo más; pero con la edad y las inauditas adversidades que le agobiaban, fue perdiendo los papeles, y hasta la afición. Su cabeza llegó a pertenecer al reino de los pájaros; su memoria era una casa ruinosa y desalojada, en la cual ninguna idea podía encontrar aposento; todo lo que perdía en ciencia lo ganaba en debilidad y relajación del carácter. En esta situación le designó D. Carmelo para maestro de las niñas de Albrit, teniendo en cuenta tres razones: que si no sabía mucho, no había en Jerusa quien le aventajara; que era honrado, honesto, absolutamente incapaz de enseñar a sus discípulos ninguna cosa contraria a la moral, y, por último, que al aceptarle para aquel cargo realizaba la Condesa un acto caritativo. Su bondad, la excesiva blandura de corazón, eran ya en Coronado un defecto, casi un vicio, por lo cual, lamentándose de sus acerbas desdichas, solía decir, elevando al cielo los ojos y las palmas de las manos: «¡Señor, qué malo es ser bueno!»~
~Al comenzar la escena llevaba ya el maestro una hora de inútiles tentativas para introducir en las molleras de sus alumnas los conocimientos históricos, aritméticos y gramaticales.~
DOLLY, ~dando un golpe en la mesa~.
¿Que no sé una palabra? Mejor... Ni falta que me hace.
D. PÍO, ~apelando a la emulación~.
No dirá lo mismo Nell, que desea aprender.
NELL
Sí, señor, digo lo mismo: ni falta que me hace.
D. PÍO, ~con severidad fingida, que no convence~.
Está bien, muy bien. He aquí dos niñas finas, criadas para la alta sociedad, y que se empeñan en ser unas palurdas.
DOLLY
Sí, señor: queremos ser palurdas.
NELL
Salvajes, como quien dice.
D. PÍO
¡Anda, salero! ¡Salvajes las herederas de los condados de Albrit y Laín!
DOLLY, ~tirándole suavemente de una oreja~.
Sí, sí, maestrillo salado. ¿No eres tú muy ilustradito?
NELL
¿Y de qué te sirve?
DOLLY
¡Vaya un pelo que has echado con tu ilustración!
D. PÍO, ~suspirando~.
Puede que estéis en lo cierto, niñas de mi alma... Bueno, sigamos. Dolly, otra miajita de Historia... ¡Vamos allá!
DOLLY ~(Apoyando los codos en la mesa y la cara en las manos, le contempla risueña.)~
¡Piito, qué guapo eres!
D. PÍO, ~tocando las castañuelas con los dedos~.
Señorita Dolly, juicio.
NELL
Tu cara parece una rosa. Si no fueras viejo y no te conociéramos, diríamos que te pintabas.
D. PÍO
Juicio, Nell... ¡Pintarme yo!
DOLLY
Dime otra cosa: ¿es verdad que cuando eras pollo hacías muchas conquistas?
D. PÍO, ~tocando con más rápido movimiento las castañuelas, que es su manera especial de llamar al orden~.
Juicio, niñas. Sigamos la lección.
NELL
Nos han dicho que las matabas callando.
DOLLY
Y que tenías las novias por docenas.
D. PÍO
¿Novias...? Oh, no: quítenme allá eso... Son muy malas las mujeres.
NELL, ~pegándole suavemente en el cuello~.
Peores son los hombres. No hables mal de nosotras.
D. PÍO
Vaya, que estáis hoy juguetonas y desatinadas. ~(Queriendo enfadarse.)~ ¡Por vida de...! Si no dais la lección, os lo digo con toda mi alma, os lo juro...
NELL
¿Qué?
D. PÍO, ~deseando enfadarse~.
Que me enfado.
DOLLY
Ya lo había conocido. Estamos temblando.
NELL
Toca, toca las castañuelas.