El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 5
También nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño ardiente a sus nietas. Oyéndole hablar de ellas, hemos observado Angulo y yo cierta exaltación del afecto paternal, y una tenacidad monomaníaca en el propósito de estudiar y desentrañar los caracteres de una y otra... Por la incoherencia con que se expresa, no hemos podido apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene. Angulo cree más bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas de grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de verse juntos.
LUCRECIA
No será extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y altanería, lleven al buen D. Rodrigo a la locura...
EL CURA
No diré yo tanto. Solo apunto la idea de que el señor Conde, por su ancianidad, por su pobreza, por el estado de amargura e irritación de su espíritu, merece y reclama exquisitos cuidados, y de esto precisamente quería que hablásemos usted y yo.
LUCRECIA
Por mí no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde permanece en la Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le cuide, le agasaje, atienda con delicadeza a sus necesidades. Pero yo dudo que acepte estos beneficios dispuestos por mí. Usted le conoce...
EL CURA
Sí, y sé que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de la dignidad le impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca.
LUCRECIA, ~cruzándose de brazos~.
Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta, dé usted su opinión.
LA ALCALDESA, ~con finura~.
Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin que la vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida.
EL CURA, ~aprobando enfáticamente~.
Mucho, mucho... Vicenta, con su talento admirable, nos indica el mejor camino. Pues bien: yo tengo una idea, que quiero someter al buen criterio de usted...
EL ALCALDE, ~presuroso, hacia la Condesa~.
Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y dos Padres Jerónimos del convento de Zaratán vienen a ofrecer a usted sus respetos.
LUCRECIA
¡Ah!... Zaratán... Ya me acuerdo. Dí una cantidad para la restauración... y Rafael consiguió del Gobierno un dineral para que estos benditos pudieran instalarse.
LA ALCALDESA
¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien. Son finísimos.
EL CURA
Vamos allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia!
~(Entran en la casa Lucrecia, el Cura, el Alcalde y su señora.)~
SENÉN, ~en otro grupo, con Nell y Dolly, Consuelito y los niños del Alcalde, que no hablan ni a tiros~.
¿Quieren ver la pajarera?
NELL
Lo que queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique.
DOLLY
Son preciosas. Ya podías regalárnoslas.
SENÉN
Están a su disposición.
DOLLY
¡Truhan! Ya sabes que no las tomaríamos.
SENÉN
¿Por qué no? Hagan la prueba.
NELL
Te morirías de rabia.
CONSUELITO
Las necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo.
DOLLY
¿Cuántas novias tienes? Dinos la verdad.
NELL
Lo menos dos docenas.
CONSUELITO
Que yo conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he visto de telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas con Amalia Ruiz, y es de dominio público que le mandas versitos a ese retaco de Hilaria Sevillano, y que ella te envía, con la mujer del peón caminero, peras de su huerta. Todo se sabe, amiguito.
SENÉN
Sí, y lo primero que sabemos es que se deja usted tamañita a _La Correspondencia_. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se entere, no han sido peras, sino abridores.
CONSUELITO
Y ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la niña, aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y conocen el oro falso, no te pasan... Tienes liga...
~(No se oye lo que contesta Senén, porque Nell y Dolly, viendo pasar a un sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se abalanzan gozosas a llamarle.)~
DOLLY
¡D. Pío, Pío, Piito, venga, ven acá!... entra.
CONSUELITO, ~dejando a Senén con la palabra en la boca~.
¿Es Coronado, vuestro maestro?
NELL, ~gritando~.
Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte.
DOLLY
No seas vergonzoso... ven.
SENÉN
No entrará ni a tiros. Es muy corto de genio. ~(Se asoman los cuatro, y ven a un anciano que se aleja calle adelante, y risueño saluda con la mano.)~
NELL
¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más...!
~Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor causa, a untarse las manos de tierra mojada. La _Solitaria_, viendo salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les despiden, corre a gulusmear. Fórmanse nuevos grupos: en un lado están el Cura, la Alcaldesa y Consuelito; en otro, el Alcalde, la Condesa, Senén y las niñas.~
CONSUELITO, ~a la Alcaldesa~.
¿Se puede saber a qué han venido los padricos de Zaratán?
LA ALCALDESA
Visita de parabién, y nada más. ~(Al Cura.)~ La verdad, D. Carmelo, aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no le dijo a usted los horrores que supone Lucrecia?
EL CURA, ~escurriendo el bulto~.
Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces.
CONSUELITO
A esta buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su reputación... Ella será buena; pero no puede hacerlo creer a nadie.
LA ALCALDESA
Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa.
EL CURA
De todas las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la malicia, la envidia, el afán de los chistes, y...
CONSUELITO
Quite usted todo el _jierro_ que quiera, y siempre quedará lo que es público y notorio.
LA ALCALDESA
¿Y quién te asegura que no sea invención?
CONSUELITO
No creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta Vicenta, cuando se pone a no querer entender las cosas...
LA ALCALDESA
Indicábamos que podría ser invención...
CONSUELITO
¿He inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su marido... y que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia?
LA ALCALDESA
¡Consuelo, por Dios...!
CONSUELITO
Hija, en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa. Bueno: que es mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo el mundo? Pues lo digo: a benevolencia nadie me gana. Pero también os aseguro una cosa: en mi fuero interno creo que el Conde de Albrit tiene razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como diría Senén.
EL CURA, ~riendo~.
Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso.
CONSUELITO
Pero no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto que la cara de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a su suegro.
EL CURA
De mármol blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para los días de fiesta.
CONSUELITO
Yo no presumo.
EL CURA
Podía...
LA ALCALDESA, ~cortando la cuestión~.
Basta. Mientras esta señora esté en mi casa, yo no tolero...
CONSUELITO
Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no le han dado hoy poquita ovación!... Y dice que no le gustan los vivas... A poco más revienta de orgullo.
EL CURA
Señora Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa del prójimo. Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus palabras, y enfrene un poco su curiosidad de las vidas ajenas.
CONSUELITO
¿Qué mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija de Dios, y de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace la ciencia que descubre tantas cosas.
EL CURA
La curiosidad perdió a Eva.
CONSUELITO
Hay opiniones...
EL CURA, ~riendo~.
Es dogma.
CONSUELITO
Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa siento, acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo visto yo, para que nadie me lo contara.
LA ALCALDESA, ~viendo llegar a la Condesa~.
Silencio... Aquí viene.
LUCRECIA
¡Pobre Senén! Las chiquillas le traen loco.
~La inopinada presencia del periodista en la verja de entrada exige nueva intervención de la muleta del señor Alcalde. Preséntase también el director del orfeón. La Alcaldesa se ve precisada a poner coto a los juegos inocentes de sus hijuelos, y acude al estanque, donde se lavan las manos, mojándose la ropita nueva. Nell y Dolly llaman a Consuelito y al Cura. Senén y la Condesa se encuentran un rato solos.~
LUCRECIA, ~sentada a la sombra de una magnolia frondosísima~.
Ya sé que has visto a ese hombre, que le has hablado.
SENÉN, ~en pie, respetuoso~.
Viene de malas.
LUCRECIA, ~disimulando su miedo~.
¿Y qué me importa? Forzoso es darle algo para que viva... Me dejará en paz.
SENÉN
Lo dudo... Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y camorrista, querrá escándalo.
LUCRECIA, ~trémula~.
¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo?
SENÉN, ~haciéndose el misterioso~.
A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor Conde, me dijo que este, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga en su gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los desechos del pasado...
LUCRECIA
Como los traperos en los montones de basura.
SENÉN
Revolver para sacar... lo que encuentre.
LUCRECIA, ~muy inquieta~.
Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y los criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las intimidades de sus amos.
SENÉN, ~enfáticamente~.
En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal...
LUCRECIA
Lo sé... Confío en ti.
SENÉN
Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro porque tengo la honradez metida en las entrañas...
LUCRECIA
Lo sé... ~(Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de heliotropo que Senén despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia con él la nariz, fingiendo constipación.)~
SENÉN
Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su carrera.
LUCRECIA, ~con hastío y desdén~.
¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible.
SENÉN, ~quejumbroso~.
No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte.
LUCRECIA
¿Pues qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el arzobispado de Toledo, o la cruz laureada de San Fernando?
SENÉN
Aspiro a una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré asegurar mi subsistencia en lo que me quede de vida.
LUCRECIA, ~impaciente, deseando que se vaya~.
Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo?
SENÉN
Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que me nombren agente ejecutivo para la cobranza de Derechos Reales.
LUCRECIA
¿Y eso da dinero?
SENÉN
¡Que si da!...
LUCRECIA
¿De modo que pidiéndolo al Ministro...?
SENÉN
Como tenerlo en la mano.
LUCRECIA, ~levantándose, por huir del perfume y del perfumado~.
Si es así, cuenta con ello.
SENÉN
Permítame la señora un momentito...
LUCRECIA
¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más?
SENÉN
Se me olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito fianza.
LUCRECIA, ~muy displicente~.
¿También eso?
SENÉN
Una fuerte fianza.
LUCRECIA, ~sofocando su ira~.
Yo no puedo ponértela...
SENÉN, ~dando un paso hacia ella~.
Pero el señor Marqués de Pescara me la facilitará solo con que la señora se lo diga... o se lo mande.
LUCRECIA
¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas difíciles, enfadosas.
SENÉN, ~dando otro paso en seguimiento de la Condesa, que se aleja~.
Si la señora no quiere molestarse para que yo salga de pobre, no he dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que el dinero estará seguro, y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de Depósitos.
LUCRECIA, ~deseando concluir~.
Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo...
SENÉN, ~con seguridad~.
Le verá mañana o pasado.
LUCRECIA, ~con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la fragancia heliotrópica~.
¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde?
SENÉN
En Verola, a donde la señora va desde aquí.
LUCRECIA
¿Y cómo lo sabes?
SENÉN
Cuando lo digo, es porque lo sé... y lo pruebo.
LUCRECIA
¡Él también en Verola!... ¡Ah! lo sabes por su ayuda de cámara, que es tu primo. ¿Estás seguro?
SENÉN
Prométame la señora que si encuentra allí al señor Marqués le pedirá la fianza. Con eso me basta.
LUCRECIA, ~rehaciéndose, avergonzada de sostener coloquio familiar con un inferior~.
Yo veré... Ignoro en qué disposición encontraré a Ricardo.
SENÉN, ~muy animado~.
Prométame hablarle de mi fianza si le encuentra en buena disposición. Me conformo.
LUCRECIA
Te prometo no olvidar el asunto, mirarlo con interés... siempre que tú me asegures una lealtad a toda prueba...
SENÉN, ~con aspavientos de adhesión~.
¡Señora!...
LUCRECIA, ~tapándose la nariz~.
Retírate...
SENÉN
¿Qué... está la señora constipada?
LUCRECIA, ~burlona~.
No, hombre... Es que usas unos perfumes tan fuertes, que no se puede estar a tu lado... Vete ya.
SENÉN, ~turbado~.
Pues yo creía... No molesto más... ~(Saludando a distancia.)~ Señora...
LUCRECIA, ~agitando con su pañuelo el aire, para alejar los miasmas olorosos~.
¡Qué desgraciada soy, Dios mío! ¡Tener que soportar a ese animalejo, y oírle, y olerle... solo porque le temo!...
LA ALCALDESA, ~que vuelve de meter en cintura a sus niños~.
¿Qué hace usted, Lucrecia?
LUCRECIA
Limpiar la atmósfera de los perfumes que usa este imbécil.
LA ALCALDESA, ~riendo~.
Sí, sí: tiene infestada... toda la población.
~(Entra en el jardín _Capitán_, el perrito de la Pardina, y corre hacia las niñas, brincando de alegría, y meneando el plumacho que tiene por cola.)~
DOLLY, ~bajándose para cogerle de las patas delanteras~.
Hola, pillo, ¿vienes a ver a tus niñas?
NELL
¿Qué trae por aquí el chiquitín de la casa? Tú no has venido solo, _Capitán_.
DOLLY
¿Con quién has venido?
EL ALCALDE, ~a Lucrecia~.
Ahí tiene usted a Venancio, con un recado del _León de Albrit_... Cuidado que no le llamo flaco ni gordo, ni hablo de sus pulgas.
LUCRECIA, ~demudada~.
Voy... ¿Qué será? ~(Entra en la casa, acompañada de la Alcaldesa.)~
EL ALCALDE, ~a Consuelito, que ávida de noticias se le aproxima~.
Esta tarde no podremos librarnos del orfeón. Ya le he dicho a Fandiño que con un par de cantatas nos daremos por bien servidos.
CONSUELITO
Y echarán, aplicándolo a tu amiga, el coro dedicado a Isabel la Católica, que dice: «Salve, matrona excelsa...» ~(Cantando.)~
EL ALCALDE
El tábano de Cea debiera celebrar su _interbú_ contigo. Pero como estás sorda, le encargaré que se traiga una trompetilla.
CONSUELITO, ~amenazándole con su abanico~.
¡Sorda yo!
EL ALCALDE
Quiero decir que debieras serlo... y muda.
CONSUELITO
Eso quisieras tú, para hacer mangas y capirotes en el Ayuntamiento.
LUCRECIA, ~que vuelve de la casa, con la Alcaldesa y el Cura~.
Mi noble suegro me pide hora y sitio para nuestra entrevista. He dicho a Venancio que le contestaré esta tarde.
EL CURA
Me parece bien que no se demore el careo. Sea usted humilde si él es orgulloso. Tiene usted la juventud, la fuerza, no sé si la razón... Él es anciano, infeliz... Merece indulgencia.
LUCRECIA, ~mirando más al suelo que a los que la rodean~.
No sé qué pretenderá... Lo sabremos mañana.
EL ALCALDE
Citémosle aquí. Verá usted cómo conmigo no se desmanda. ¡Leoncitos a mí!
LUCRECIA, ~vacilando~.
No sé... no sé...
CONSUELITO
Si quiere usted celebrar la entrevista en mi casa, pongo a su disposición una sala hermosísima... Con franqueza. Estarán ustedes solitos... Se cierran bien las puertas...
LUCRECIA
No, gracias... Iré a la Pardina.
EL CURA
Fije usted la hora, y yo le llevaré el recado.
LUCRECIA
Mañana, a las diez.
LA ALCALDESA, ~desconsolada~.
¡Mañana que pensaba yo llevármela a visitar a las monjitas!
EL ALCALDE
Y el colegio, y la fábrica, y el matadero, y los casinos de la _masa obrera_, y el hospital, y el instituto, y las escuelas... Condesa, que espere el león un día más.
LUCRECIA
No puede ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana.
LA ALCALDESA, ~con asombro y cierta indignación, de que participa su esposo~.
¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...!
EL ALCALDE, ~dando resoplidos~.
¡Trómpolis! Eso no es lo tratado.
LA ALCALDESA
No, hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días.
EL ALCALDE
Me opongo. Saco la vara.
EL CURA
Y yo saco el Cristo.
CONSUELITO
¡Ingrata! ¡Dejarnos tan pronto!
LUCRECIA, ~remilgada, suspirando~.
Lo siento en el alma...
EL CURA
¿Pero tan mal la tratamos?
CONSUELITO, ~poniendo morros~.
Sin duda la tratan mejor en Verola, en el castillo de sus amigos los Donesteve.
LUCRECIA
Compromiso ineludible. Me esperan mañana. Pero no hay que apurarse... volveré.
EL ALCALDE, ~con grosería~.
¿De veras? ¡Cómo nos está tomando el pelo!
LA ALCALDESA
No, no nos engaña. Volverá.
LUCRECIA
Como que es muy probable que allí determine llevarme a las chiquillas... Francamente, me inquieta un poco dejarlas en Jerusa.
EL CURA, ~frunciendo el ceño~.
Tal vez...
NELL, ~corriendo hacia su madre~.
¡Mamá, el orfeón!
DOLLY
¡El orfeón! Ahí están.
NELL, ~batiendo palmas~.
¡Qué gusto!
DOLLY
¡Qué alegría!
CONSUELITO, ~cantando bajito~.
«Salve, matrona excelsa...»
ESCENA V
~Sala baja en la Pardina.~
LUCRECIA, ~sentada, melancólica, mirando al suelo~; EL CONDE, ~que entra por el foro~.
EL CONDE
Señora Condesa... ~(Se inclina respetuosamente. Saluda ella con fría reverencia.)~ Agradezco a usted que haya tenido la bondad de concederme esta entrevista, aunque para merecer yo favor tan grande haya tenido que venir a Jerusa. ~(Toma una silla, y se sienta cerca de ella.)~
LUCRECIA
Es obligación sagrada para mí acceder a su ruego... aquí o en cualquier parte. Obligación digo: durante algún tiempo me ha llamado usted su hija.
EL CONDE
Pero ya no... Esos tiempos pasaron. Fue usted, como si dijéramos, una hija eventual... transitoria, una hija de paso...
LUCRECIA, ~esforzándose en sonreír para engañar su miedo~.
Y a las hijas de paso... cañazo.
EL CONDE
Extranjera por la nacionalidad, y más aún por los sentimientos, jamás se identificó usted con mi familia, ni con el carácter español. Contra mi voluntad, mi adorado Rafael eligió por esposa a la hija de un irlandés establecido en los Estados Unidos, el cual vino aquí a negocios de petróleo... ~(Suspirando.)~ ¡Funestísima ha sido para mí la América!... Pues bien: como todo el mundo sabe, me opuse al matrimonio del Conde de Laín; luché con su obstinación y ceguera... fui vencido. Me han dado la razón el tiempo y usted; usted, sí, haciendo infeliz a mi hijo, y acelerando su muerte.
LUCRECIA, ~airada, y todavía medrosa~.
Señor Conde... eso no es verdad.
EL CONDE, ~fríamente autoritario~.
Señora Condesa, es verdad lo que digo. Mi pobre hijo ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza.
LUCRECIA, ~sacando fuerzas de flaqueza~.
No puedo tolerar...
EL CONDE
Calma, calma. No se acalore usted tan pronto... cuando apenas he comenzado...
LUCRECIA
Es monstruoso que se me pida una entrevista para mortificarme, para ultrajarme. ~(Afligida.)~ Señor Conde, usted nunca me ha querido.
EL CONDE
Nunca... Ya ve usted si soy sincero. Mi penetración, mi conocimiento del mundo no me engañaban. Desde que vi a Lucrecia Richmond la tuve por mala, y si en algo han fallado mis augurios ha sido en que... en que salió usted peor de lo que yo pensaba y temía.
LUCRECIA, ~levantándose altanera~.
Si esta conferencia, que yo no he solicitado, es para insultarme, me retiro.
EL CONDE, ~sin alterarse~.
Como usted guste. Si prefiere que lo que tengo que decirle lo diga a todo el mundo, retírese en buen hora. Por la cuenta que le tiene, preferirá sin duda oírlo sola, por mucho que le desagraden mi voz y mis acusaciones. ¿No es eso? El oprobio de que pienso hablarle quedará entre los dos. Nos lo repartiremos por igual, sin dejar nada para los extraños. ¿No es esto mejor que arrojarlo fuera, a puñados, sobre la multitud? ~(La Condesa, que vacila entre salir y quedarse, da un paso hacia su asiento.)~ ¿Ve usted cómo no le conviene dejarme con la palabra en la boca?... Así es mejor.
LUCRECIA, ~angustiada, pasándose la mano por los ojos y la frente~.
Sí, sí... Le suplico la brevedad... Lo que se propone decirme, dígalo pronto, pronto...
EL CONDE
Es un poquito largo... ~(Le señala el asiento.)~ ¿A qué tanta prisa? ¡Cuánto mejor está usted aquí conmigo, oyendo las terribles verdades que salen de mi boca, que entre gentes aduladoras y embusteras, que públicamente la festejan, y en privado la denigran! ¿Acaso es usted tan candorosa que se paga de esa estúpida farsa de la ovación callejera, y los vivas y los cohetes? Todos los que se han quedado roncos aclamando a la Condesa de Laín, se aclaran la voz contando aventuras galantes, anécdotas maliciosas. Y también digo que, con ser usted mala, no lo es tanto como creen y afirman los imbéciles que ayer la vitorearon.
LUCRECIA, ~queriendo serenarse~.
Más vale así... Siempre es un consuelo ser mejor de lo que nos creen los amigos.
EL CONDE
Siéntese usted. Después de oír tantos embustes y lisonjas, no le viene mal oír la voz de la justicia, de la verdad... y oírla con paciencia cristiana.
LUCRECIA
¡Paciencia! Ya ve usted que la tengo, aunque no sea tanta como su malicia. Pero no hay que abusar, señor mío; no vea usted cobardía en lo que es respeto a la ancianidad, a los lazos que nos unen y que usted no puede desconocer, a sus terribles infortunios...
EL CONDE, ~con gran abatimiento~.
Sí, sí: soy muy desgraciado.
LUCRECIA, ~envalentonándose al ver desmayar a su enemigo~.
Pero usted, Sr. D. Rodrigo, no aprende nunca. Las desgracias, que son lecciones y avisos de la Providencia, doman al más soberbio, y suavizan al más atrabiliario. Esta ley, sin duda, no reza con usted. Francamente, yo creí que la pérdida total de su fortuna y el horrible desengaño de América, amansarían su orgullo... Veo que no. El león, caduco y pobre, vuelve a España más fiero.
EL CONDE
¿Qué quiere usted?... Dios me ha hecho fiero, y fiero he de morir.
LUCRECIA, ~intentando tomar una posición ofensiva~.
Es usted, según creo, el hombre de las equivocaciones, y bien puede decirse que todo aquello en que pone la mano le sale mal. Le hacen creer que el Gobierno peruano está dispuesto a reconocerle la propiedad de las minas de Hualgayoc, y se embarca, la cabeza llena de viento, discurriendo cómo traerá la enorme carga de millones que allá le tenían muy guardaditos... Pero la realidad le deparó tan solo desprecios, cansancio inútil, humillaciones... Y no teniendo sobre quién descargar su despecho, se revuelve contra una pobre mujer, y la injuria y la maldice.
EL CONDE
Si al regresar de aquella excursión que consumó mi ruina hubiera yo encontrado a mi hijo vivo, su cariño me habría hecho olvidar mi triste situación. Pero la muerte de Rafael, acaecida hace cuatro meses, avivó en mí la irascibilidad, despecho si usted quiere, el sabor amargo que en mi alma dejaron las desdichas... y avivó también el odio a la persona que creo responsable de la infelicidad y de la muerte de aquel hombre tan bueno y leal.
LUCRECIA, ~altanera~.
¡Responsable yo de su muerte! Eso es una infamia, señor Conde.
EL CONDE, ~con gran entereza~.
Mi hijo ha muerto... del abatimiento, del bochorno a que le llevaron los escándalos de su esposa. Eso lo sabe todo el mundo.
LUCRECIA, ~airada, levantándose~.
Mire usted lo que dice. Se hace usted eco de viles calumnias. Tengo enemigos.
EL CONDE
Más que los enemigos, difaman a Lucrecia Richmond... sus amigos.
LUCRECIA, ~desconcertada~.
Repito que es calumnia.
EL CONDE, ~levantándose también~.
Ahora lo veremos... ~(Con cierta dulzura.)~ Lucrecia... aún podría suceder que yo me equivocara, que fuese usted mejor de lo que supongo... Este error mío lo confirmaría usted, dándome con ello una dura lección, si tuviera el arranque de confesarme la verdad...
LUCRECIA, ~aturdida~.
¿La verdad?...