El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 4
Pues siendo distintas, la una será forzosamente mejor que la otra. Dime, tú que las has tratado y visto bien, ¿cuál de las dos es la más inteligente; cuál la de corazón más puro, recto y generoso?...
EL CURA
Difícil es, a fe mía, la respuesta. Ambas son buenas, dóciles, inteligentes, de corazón hermoso y nobilísimo... algo traviesas, eso sí; pero observantes de la ley del pudor, muy firmes en los principios elementales, temerosas de Dios...
EL CONDE
Todo eso es lo que hay en ellas de común: comprendido. ¿Y qué las diferencia?
EL CURA
Pues discrepan... Verá usted... Dolly toma la iniciativa en las travesuras; Nell parece más inclinadita a las cosas graves, más previsora... Dolly es una imaginación viva, una voluntad impetuosa; Nell, una naturaleza reflexiva, más fija y constante que la otra en sus aficiones; Dolly, divagando, muestra pasmosas aptitudes para la vida práctica; Nell, haciendo diabluras, nos deslumbra con destellos de asombrosa inteligencia... ¿Pero qué he de decirle yo al señor D. Rodrigo, si en cuanto las trate familiar y diariamente, usted ha de conocerlas y diferenciarlas mejor que nadie?
EL CONDE, ~dejándose llevar de su sinceridad~.
De eso trato; a eso he venido.
EL CURA
¿Ha venido a...?
EL CONDE
A estudiarlas, a intentar un análisis detenido de sus caracteres... Las razones de esto no está bien que las sepas por ahora... ~(Variando de tono.)~ Oye, Carmelo, ¿por qué no te quedas hoy a comer conmigo? Gregoria no te tratará mal.
EL CURA
La conozco... y sé lo que vale. Pero sin perjuicio de tributar a Gregoria en otra ocasión los honores debidos, hoy, lo que es hoy, señor Conde de Albrit, se viene usted a mi casa, a hacer penitencia con _este cura_.
EL CONDE
Acepto; sí, señor, acepto... ¿A qué hora?
EL CURA
A la una y media en punto.
ESCENA XII
~EL CONDE, EL CURA; EL MÉDICO, joven, pequeñito, de conjunto simpático y mirar inteligente. Viene de levita y sombrero de copa, el cual revela en su forma ser prenda de respeto, usada tan solo de año en año, en ocasiones muy solemnes.~
EL CURA
¡Oh, mediquillo, ven!... ~(Presentándole.)~ Salvador Angulo, nuestro médico titular.
EL CONDE, ~estrechándole la mano~.
Muy señor mío.
EL MÉDICO
Vengo a ofrecer mis respetos al Señor de Jerusa y de Polan...
EL CONDE, ~recordando~.
Angulo, Angulo... espérese usted...
EL CURA
Es hijo de Bonifacio Angulo, aquel que llamaban aquí por mal nombre _Cachorro_, guarda de los montes de Laín.
EL CONDE
¡Oh, sí!... _Cachorro_, hombre sencillo y un tanto rudo... servidor fiel... Le recuerdo perfectamente. ~(Le da otra vez la mano, que el médico le besa.)~
EL CURA
Y no habrá olvidado el Sr. D. Rodrigo que a este chico le costeó la carrera en Valladolid.
EL MÉDICO
Por lo cual, debo al señor Conde lo poco que soy, y lo poco que valgo.
EL CONDE
De eso no me acordaba... mi palabra que no me acordaba.
EL CURA
Pues ha de saber usted... no es porque esté delante... que este chico es una notabilidad... pero una notabilidad, en la ciencia médica.
EL MÉDICO
Por Dios, D. Carmelo...
EL CONDE, ~muy cariñoso~.
Bien, hijo mío; dame un abrazo. ~(Le abraza.)~ Me permitirás que te tutee. No puedo corregir este hábito de familiaridad, desde que entro en Jerusa. ~(El médico asiente con mudas demostraciones de respeto.)~
EL CURA
Y ya, ya sé por qué vienes tan pitre, cañamoncito de Jerusa.
EL MÉDICO
Me han nombrado de la comisión que ha de recibir a la señora Condesa de Laín... Dispénseme, señor Conde, si después de saludarle con el debido respeto, me retiro...
EL CURA
Hijo, no hay prisa todavía.
EL CONDE
Sí, sí: ve, anda.
EL CURA
Oye, Salvador. En cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo desfogue su entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y suene en los aires la última simpleza del discurso que ha de pronunciar D. José Monedero, te vienes corriendito a casa, y tendrás el honor de comer con el señor Conde y conmigo.
EL MÉDICO
Bien, bien. ¡Qué honra tan grande!
EL CONDE, ~con alegría~.
¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma...!
EL MÉDICO
¿Un padecimiento?
EL CONDE
No es eso. Tú conoces a mis nietecillas; las habrás asistido en alguna dolencia.
EL MÉDICO
Nell y Dolly disfrutan de una salud enteramente campesina y plebeya. Las he visitado para indisposiciones sin importancia.
EL CONDE
Pero que a ti, como perspicaz observador, te habrán bastado para conocer sus temperamentos, qué afecciones prevalecen en cada una, qué predisposiciones patológicas se marcan en una y otra naturaleza... porque de seguro habrá diferencia grande en la complexión, en la constitución anatómica y fisiológica de las dos chiquillas. No sé si me explico.
EL MÉDICO
Perfectamente. Pero hasta hoy no he tenido ocasión de determinar entre una y otra notorias diferencias.
EL CURA
En fin, ya tendrán ustedes ocasión de hablar largo y tendido. ~(Suena un cohete.)~
EL CONDE, ~estremeciéndose~.
Ya está aquí.
EL MÉDICO, ~con mucha prisa~.
Ya llega...
EL CONDE
Anda, hijo, anda.
EL MÉDICO
Con su permiso... No necesito decirle... Humildísimo, incondicional servidor... ~(Suenan más cohetes.)~
EL CONDE, al Cura.
¿Y tú, no vas, Carmelo?
EL CURA
Indefectiblemente tengo que asomar las narices por allí. No diga la Condesa que soy descortés...
EL CONDE
No eche de menos la población figura tan culminante en esta clase de ceremonias.
EL CURA
Si, sí... Me voy. Cuidado, señor Conde. A la una y media en punto.
EL CONDE
No faltaré. De las pocas cosas que me quedan, una es el respeto, la religión de la puntualidad. ~(Óyese música lejana.)~
EL MÉDICO
Hasta luego.
EL CONDE
Divertirse...
~(Vanse el Cura y el Médico.)~
EL CONDE, ~solo, meditabundo~.
¿Me ayudarán estos en mis investigaciones?... ¿Se penetrarán del espíritu de rectitud, del sentimiento de justicia con que procedo?... ~(Con desaliento.)~ Lo dudo... Viven en ambiente formado por las conveniencias, el egoísmo y la hipocresía, y cuando se les habla de la suprema ley de honor, ponen cara de asombro estúpido, como si oyeran referir cuentos de brujas. Si no me auxilian, trabajaré yo solo. El viejo Albrit se basta y se sobra. ~(Suenan más cerca la música y el rumor popular.)~ ¡Ah! Ya llega, ya entra en Jerusa Lucrecia Richmond... ¡Ya estás aquí, bestia engalanada, estatua viva, deshonesta! ¡Cuánto deseaba yo esta ocasión!... ¡Tú y yo solos, frente a frente! ~(Se asoma a una ventana.)~ No sé quién es peor: si tú que paseas impune por el mundo tu desvergüenza, o un pueblo servil y degradado que te festeja y te adula. ~(Óyense campanas.)~ Repican por ti... y luego tocarán a la oración. ~(Furioso, gritando en la ventana, hacia afuera.)~ ¡Pueblo imbécil, esa que a ti llega es un monstruo de liviandad, una infame falsaria! No la victorees, no la agasajes. Apedréala, escúpela.
FIN DE LA JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
ESCENA PRIMERA
~Sala baja en la casa del señor Alcalde de Jerusa, D. José María Monedero, decorada con lujo barato, en toda la plenitud de la cursilería con dinero. Cubren las paredes paisajes al óleo, de los que en parejas, con marco y todo, se venden al aire libre en calles céntricas de Madrid, obra de artistas desdichados. _Hacen juego_ con estos mamarrachos, cromos de cacerías o de revistas navales, figuras de bazar, fruslerías bordadas, mil laborcillas fáciles de mujer, de esas cuya explicación y dibujo traen en su sección de recreos útiles los periódicos de modas. Flores de trapo, en tiestos de cartón, exhalan en los ángulos su fragancia de cola y tintes descompuestos. Piano desafinado, musiquero, retratos prendidos en esterillas japonesas, redoma de peces.~
~NELL y DOLLY; LUCRECIA, CONDESA VIUDA DE LAÍN. Es mujer hermosa, de treinta y cuatro años, del tipo que comunmente llamamos _interesante_, mezcla feliz de belleza, dulzura y melancolía; castaño el cabello, el rostro alabastrino, de un perfil elegante, precioso modelo de raza anglo-sajona, recriada en América. Sus ojos son grandes, obscuros, con ráfagas de oro, y el mirar sereno y triste, como de tigre enjaulado que dormita sin acordarse de que es fiera. En su talle esbelto se inicia la gordura, fácil de corregir todavía con la ortopedia escultórica del corsé. Viste con elegancia traje de luto. En su habla, apenas se percibe el acento extranjero.~
LUCRECIA, ~abrazando y besando a las niñas~.
Hijas mías, no me harto de besaros. ¿Teníais ganitas de verme?
NELL
Figúrate...
DOLLY
Hemos venido a la carrera... ¡Cuánta gente! Creí que no podíamos entrar, y que nos atropellaban los coches.
LUCRECIA
¡Qué fastidio! Vengo a Jerusa solo por ver a mis niñas, y me encuentro con este horrible entorpecimiento del entusiasmo público.
NELL
Mamá, la gratitud del pueblo...
LUCRECIA
Creed que he pasado un sofoco y una vergüenza...
DOLLY
Te quieren.
LUCRECIA
Demostraciones tan molestas como ridículas. ¿Y a mí, por qué me aclaman?... En fin, ya hemos pasado el mal rato de la entrada triunfal... ~(Mirándolas cariñosamente.)~ Estáis muy bien... las caras tostaditas. Eso quiero: que se os ponga la tez como de manzanas pardas, señal de salud y buena sangre...
NELL
Mamá, tú sí que estás guapísima.
LUCRECIA, ~besándolas otra vez~.
Vosotras, mis ángeles salvajitos, sí que sois bellas y buenas, y... ~(La interrumpe la Alcaldesa entrando de improviso.)~
ESCENA II
~DICHAS; LA ALCALDESA, señora enjuta y menudita, que no tiene en aquel momento más preocupación que parecer fina, y este singular estado de su espíritu, con la tirantez consiguiente, se revela en todos sus actos, en sus palabras melosas, y hasta en los mohines estudiados de su boca y nariz. Viste bata azul, elegante, que le han enviado de Madrid. Poco después de ella entra EL ALCALDE, señorón macizo, sanote y jovial que, al contrario de su mujer, pone todo su esmero en parecer muy bruto, dejando al descubierto, desnudo de toda gala retórica, su natural llano y la tosca armazón de su ser moral. Entiende que los hombres deben ser _claros_, cada cual mostrándose como Dios le ha hecho. De origen humildísimo, empezó a sacar el pie del lodo con la carretería; trabajó honradamente después en distintas industrias, hasta que halló su suerte en la fabricación de pastas para sopa. Su laboriosidad le hizo rico, y la herencia de un tío de América le ascendió a millonario. Viste levita, y su chistera, que usa con frecuencia por razón de su cargo, es sin disputa la mejor del pueblo. Su esposa cuida de renovar esta prenda con la precisa oportunidad para que no sea ridícula.~
LA ALCALDESA, ~finísima~.
Dispense usted, Condesa. Mi esposo y yo hemos tenido que convencer a los notables del pueblo de que usted, por razón de su luto y del cansancio del viaje, no puede recibir a nadie...
NELL, ~asomándose a la ventana~.
Mamá, mamá, si está la plaza llena de gente.
DOLLY
Quieren que te asomes para darte vivas.
LUCRECIA
Por Dios, Vicenta, líbreme usted de este compromiso... ¡Vivas a mí! Yo no salgo; no sirvo para eso... Por Dios, que se vayan, que me dejen. Yo lo agradezco en el alma...
LA ALCALDESA
Las ovaciones populares, por más que sean merecidas, molestan y fastidian... Jerusa no puede mostrarse ingrata, ni olvidar los beneficios que usted le prodigó....
LUCRECIA, ~aterrada del rumor popular~.
¿Qué beneficios ni qué niño muerto? Yo no he hecho nada, absolutamente nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted, Vicenta, me da miedo _la voz pública_.
NELL
Mamá, que te asomes... Quieren despedirse de ti.
DOLLY
Hay pueblo y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te victoreen? Mira que si no sales, nos darán los vivas a nosotras.
LUCRECIA
Que no salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga el favor de echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y que les agradezco infinito sus manifestaciones... que no las merezco... En fin, él sabrá.
EL ALCALDE, ~limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada, el chaleco abotonado a medias~.
Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba a usted, Condesa, asomarse un poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía usted. Pero, en fin, respeto su repugnancia de las apoteosis. Lo mismo me pasa a mí. Siempre que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre.
LUCRECIA
¿Pero qué he hecho yo, Sr. D. José de mi alma, para estos obsequios, este entusiasmo?
LA ALCALDESA
Hija, la carretera de Forbes, la estación telegráfica... la condonación...
LUCRECIA
Me bastó pedírselo al Ministro...
EL ALCALDE
Más que todo eso vale el Instituto de segunda enseñanza, que nos disputaban los de Durante. Nada agradecen tanto los pueblos, señora mía, como el que les den algo que se le quita al vecino. Cuestión de amor propio: la entidad pueblo es lo mismo que la entidad persona. Fastidiar al vecino, y caiga el que caiga. Jerusa verá siempre en la ilustre Condesa de Laín una individualidad digna de todos nuestros respetos. Y yo, que llevo el corazón en la mano, que digo siempre la verdad llana y monda... soy así, muy bruto, muy francote... le aseguro a usted que la queremos aquí... como sabe querer Jerusa; y si lográramos que nos concedieran la Escuela de Comercio que pretenden los de Durante, no le quiero decir a usted... La apoteosis que le haríamos retumbaría en la China.
LUCRECIA, ~sonriente~.
Yo sí que no vuelvo de mi apoteosis.
DOLLY, ~desde la ventana~.
Ya, ya se retiran.
NELL
Parece que van descontentos. ¡Y cómo nos miran!
LA ALCALDESA
No extrañe usted, Condesa, las vehemencias de mi marido. Desde que es _edil_ ~(marcando bien la palabra)~, no vive. La fiebre de la cosa pública altera su genio pacífico. Verdad que no hay otro que mejor cumpla, ni que sepa consagrarse tan de lleno a los deberes de un cargo espinoso.
LUCRECIA, ~por decir algo~.
Estos son los hombres, estos son los grandes ciudadanos...
UNA CRIADA, ~entrando con una bandeja de huevos moles~.
Esto mandan a la señora Condesa las monjas Dominicas.
NELL, ~corriendo a verlo~.
¡Huevos moles! ¡Qué ricos!
DOLLY
¡Vaya un regalo, mamá!
EL ALCALDE
Para que diga usted que no se portan bien las monjitas de mi tierra.
LUCRECIA
¡Pobrecillas! Tendré que visitarlas.
LA ALCALDESA
Iremos. Son finísimas.
OTRA CRIADA, ~entrando con un descomunal ramo de flores~.
De parte de los capataces de la Granja modelo...
LUCRECIA
También tendré que hacerles una visita.
EL ALCALDE
Iremos; sí, señora. Verá usted los carneros moruecos, que han traído ahora para padres.
LA ALCALDESA, ~que ha salido un momento, vuelve trayendo una labor de tapicería y mostacilla~.
Mire usted, Lucrecia, lo que le manda la maestra del colegio de niñas.
NELL
¡Ay, qué precioso!
DOLLY
Mira, mamá. ¿Es un gorro?
LUCRECIA
No, hija: es un _cosy_ para cubrir las teteras...
LA ALCALDESA, ~pesarosa de no haber acertado antes el uso de aquel chisme~.
Es un adminículo extranjero. Aquí no lo usamos.
EL ALCALDE
Tiene usted que visitar el colegio.
LA ALCALDESA
¡Pobre Condesa! Ya le cayó quehacer.
EL ALCALDE
Y podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores tan primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña Severiana.
LA ALCALDESA
Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las chicuelas todo el santo día sobre los bastidores...
EL ALCALDE, ~mirando su reloj, descomunal pieza de oro~.
Y a todas estas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña Lucrecia tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad, _Nelita_ y _Dolita_, que deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por qué no he de decirlo? estoy ladrando de hambre. Conque...
LUCRECIA
Me arreglaré en un momento.
LA ALCALDESA
Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos sirvan la comida.
EL ALCALDE
Y yo, si la señora Condesa me lo permite, voy a librarla de otra _lata_ horrorosa.
LUCRECIA
¿Qué?
EL ALCALDE
El orfeón del pueblo quiere venir a cantar durante la comida.
LUCRECIA
¡No, por Dios!
EL ALCALDE
Ahí está el director. Voy a quitárselo de la cabeza...
LUCRECIA
Sí, sí; que lo agradezco, que siento mucho...
LA ALCALDESA
Que está muy fatigadita. Crea usted que no perdemos nada. Desafinan como perros.
EL ALCALDE
Y que, motivado al luto, no está usted para músicas... Ya, ya sabré despacharles... Y sobre todo, que lo mando yo, ea...
~(Vase presuroso.)~
ESCENA III
~Tocador de la Alcaldesa.~
~LUCRECIA, DOLLY y NELL; una criada extranjera que ayuda a vestir a su ama y no habla; después LA ALCALDESA.~
LUCRECIA
¡Qué descanso! Solas un momento. Prefiero una enfermedad a los entusiasmos de Jerusa.
NELL
Mamá, es que te quieren.
LUCRECIA
Sí, sí: cariños que reclaman la fuga inmediata, como quien escapa de una epidemia. Es violentísimo tener que mostrar gratitud ante estas mojigangas.
DOLLY
Mamá, ten paciencia.
LUCRECIA, ~bajando la voz~.
Lo mismo que soportar las amabilidades de estos pobres cursis... Son muy buenos, lo reconozco... y les aprecio verdaderamente. Pero en Jerusa no quiero ver a nadie más que a vosotras.
NELL
Mamá, ¿cuándo nos llevas contigo?
LUCRECIA, ~meditabunda~.
No sé... Tal vez muy pronto. Depende de circunstancias eventuales...
DOLLY, ~vivamente~.
Mamá, ¿no sabes? Ha llegado el abuelito.
LUCRECIA, ~disimulando su disgusto, que solo se trasluce en rápidos destellos de sus pupilas rasgueadas de oro~.
Ya, ya lo sé... Llegó esta mañana. ¿Y qué? Tan gruñón y desabrido como siempre.
NELL
A nosotras nos quiere mucho.
DOLLY
Irás a verle...
LUCRECIA
Sin duda. Ya sé que hoy come con D. Carmelo... ¿Y con vosotras ha estado muy expansivo? ¿Qué hacíais cuando llegó?
DOLLY
Le encontramos en el bosque. Primero tuvimos mucho miedo, porque no le conocíamos.
LUCRECIA
Y después de conocerle, más.
NELL
No, no: el pobrecito no acababa de hacernos cariños. Nos da mucha lástima de verle tan agobiado, viejecito, casi ciego.
LUCRECIA
Y en el camino del bosque a la Pardina, ¿no habló con nadie? ¿No le salió al encuentro alguna persona conocida?
DOLLY
Sí, mamá: Senén.
LUCRECIA, ~disgustada~.
Ya me han dicho que está aquí ese tábano. El tal marea... y pica. Os recomiendo el menor trato posible con él.
LA ALCALDESA, ~entrando~.
Cuando usted quiera.
LUCRECIA
Ya estoy.
LA ALCALDESA, ~llevándola a la ventana, y mostrándole al Alcalde, que en la calle habla con un joven~.
Vea usted, Lucrecia, los apuros que pasa mi esposo por defenderla a usted de impertinencias. Ese con quien habla es Pepito Cea, el periodista de Jerusa, que quiere colarse aquí para celebrar con usted una _interview_.
LUCRECIA
¡Una _interview_!... ¿Pero está loco ese hombre?
LA ALCALDESA
Mire usted... mire usted a José María, más colorado que un pavo... Parece que quiere romperle el bastón en la cabeza... Ahora le coge de las solapas... Al fin parece que le convence.
LUCRECIA
¿Pero qué quiere preguntarme ese tipo, ni qué tengo yo que decirle?
LA ALCALDESA
Pues nada: a qué hora entró en el tren; si le gustó el paisaje; si le prueba bien Jerusa; si quedó contenta de la ovación o le ha parecido poca, y, por fin, cuál es su actitud en el asunto de la Cámara de Comercio, es decir, si apoyará a raja-tabla en Madrid las pretensiones de esta villa.
LUCRECIA
¡Dios me ampare!
LA ALCALDESA, ~mirando~.
Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco. Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María... Que usted adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de reúma, y que se desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio, apabullando a los de Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor.
LUCRECIA. ~(Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas delante.)~
Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese majadero la noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada más que otras, porque, no siendo grave, hace engordar.
LA ALCALDESA, ~bajando la escalera~.
Es muchacho fino, y dirá que está usted nerviosa.
LUCRECIA
Menos mal.
~En la puerta del comedor encuentran al señor Alcalde, que ofrece su brazo a la Condesa. Sofocado, aunque de buen humor, da cuenta del gracioso _quite_ con que logró evitar la formidable tabarra con que les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida, feliz combinación del _estilo de fonda_ y del arte casero en casa rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la Condesa y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de estos, escolares encogidos que se hallaban en plena _edad del pavo_, y eran de lo más desaborido que en tan lastimosa edad comunmente se ve. De personas extrañas solo había una, la que toda Jerusa conocía por CONSUELITO, de apodo la _Solitaria_, prima del Alcalde, viuda rica sin hijos, que en investigar vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto, un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor Alcalde la comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas, presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba su esposa por intercalar observaciones finas en medio de la gárrula oratoria del buen Monedero: pero rara vez vio coronado por el éxito su laudable propósito. Cuando servían el café (que, entre paréntesis, llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la Condesa EL SEÑOR CURA, que ya la había visto, y SENÉN, que aún no había tenido el honor de besarle la mano.~
ESCENA IV
~Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos y plantaciones ornamentales de variada coloración.~
~LUCRECIA, NELL y DOLLY; EL ALCALDE, LA ALCALDESA, sus DOS HIJOS, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, EL CURA, SENÉN.~
~Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.~
EL CURA, ~sentándose con la Condesa y la Alcaldesa en un banco _rústico_, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los _civilizados_~.
Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde solo por el gusto de verla, que siempre es grande, sino...
LUCRECIA
Ya, ya... Ha comido usted con _él_... y me trae algún mensaje; recadito por lo menos.
EL CURA
Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado ninguna comisión ni recado para la Condesa de Laín.
LUCRECIA
Entonces...
EL CURA
Lo que yo diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de amigo.
LUCRECIA, ~a la Alcaldesa, que se aparta discretamente~.
No, no se retire usted, Vicenta. No hablamos nada reservado. Puede usted oírlo... Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá político, como si lo viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores espeluznantes.
EL CURA
No, señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida.
LUCRECIA
Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido. Es usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso de virtud. Se dan casos.
EL CURA
Habló mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus virtudes, su mérito no común, lloró...
LUCRECIA, ~que palidece, e intenta desviar la conversación~.
También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió atraído por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre se le ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de Hualgayoc, olvidadas durante un siglo.
EL CURA