El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 3
SENÉN, ~dándole la mano~.
Siempre fue lo mismo Vuecencia.
EL CONDE
Luego, esta continua disminución de mi vista no me permite distinguir a los bribones de las personas honradas. La ceguera me hace irascible... ¿Y qué tal? Ya recuerdo que me hablaron de ti: sé que estás hecho un hombre.
SENÉN, ~con falsa humildad~.
Aunque me iba muy bien en casa del señor Conde de Laín, me dio por abandonar la servidumbre y trabajar en cualquiera industria o negocio...
EL CONDE
Muy bien pensado. Así se hacen los hombres. ¿Y qué eres ahora? ¿Zapatero?
SENÉN
Señor, no.
NELL
Papá, si es empleado.
DOLLY
Empleado de Hacienda con tantos miles de sueldo.
EL CONDE
Vamos, que tú querías ganar dinero a todo trance... El dinero lo ganan, Senén, todos aquellos que con paciencia y fina observación van detrás de los que lo pierden: fíjate en esto.
SENÉN, ~inflándose~.
La señora Condesa me consiguió un destinito...
NELL
Mamá le ha protegido y le protege, porque es buen muchacho...
EL CONDE
La Condesa es una gran potencia. Nadie le niega nada. Ya sabes tú, picaruelo, a qué aldabones te agarras.
DOLLY
Aquí donde le ves, papá, es la economía andando, y mira por su ropa como una mujer.
EL CONDE
Séneca, digo, Senén, tú pitarás. Y ahora, ¿estás aquí con licencia?
SENÉN
He venido de Durante para tener el honor de saludar al señor Conde de Albrit y a la señora Condesa de Laín, que también debe de llegar hoy.
NELL
¡Que viene mamá! ~(Despréndense las dos de los brazos de su abuelo, y saltan gozosas.)~
DOLLY
¡Jesús, qué alegría!
NELL
Pues no sabíamos nada. ¿Lo sabías tú, abuelito?
EL CONDE, ~pensativo~.
Sí.
DOLLY, ~volviendo a coger el brazo de Albrit~.
Vamos, a prisita.
NELL, ~inquieta~.
Tenemos que arreglarnos.
SENÉN
Las señoritas han de ir al _hotel_ del señor Alcalde, a esperar a su mamá.
NELL
¿Pero va mamá a casa del Alcalde?
DOLLY
¿Por qué no viene a la Pardina con nosotros, con Abuelito? ~(Senén se encoge de hombros.)~
EL CONDE
La Pardina no le parecerá a tu mamá bastante cómoda... En fin, no quiero que os detengáis por mí... Vamos, hijas mías.
NELL
¡Ah! Se me olvidaba... Amigo Senén, ¿querrías hacernos un favor?
SENÉN
Todo lo que las señoritas quieran. ¿Qué es?
NELL
Subirse a aquel árbol a coger la Historia.
EL CONDE
¡A coger la Historia!
DOLLY
El pícaro libro, que se echó a volar.
NELL
Jugando, lo tiramos al aire.
EL CONDE, ~gozoso~.
Comprendo, sí... Estudiáis mirando al cielo... Senén, intrépido Senén, sube pronto, hijo... Anda, que cuando eras muchacho ya treparías más de una vez para coger nidos.
SENÉN ~(disimulando su disgusto, se quita la americana)~.
Allá voy.
NELL
Ten cuidado no se te rompa el traje.
SENÉN
Que es nuevo... ya lo ven.
DOLLY
¡Vaya un alfiler de corbata que te traes!... Por Dios, no te caigas.
EL CONDE
No temáis: este sabe subir y agarrarse bien. Si cae, será porque le tiene cuenta.
SENÉN
Por ahora, señor Conde, me tiene más cuenta apoyarme bien en las ramas fuertes... Ajajá... Ya te cojo, Historia maldita.
DOLLY
Bájate pronto... ~(Desciende Senén a las ramas bajas, y se tira de un salto.)~
NELL, ~cogiendo el libro~.
Dios te lo pague. Vaya, sigamos.
DOLLY
¿No quiere el abuelito entrar por el pueblo?
EL CONDE
No, no: vamos por el atajo, que nos lleva directamente a la Pardina sin pisar las calles de Jerusa. No quiero ver gente, y menos jerusanos.
SENÉN, ~poniéndose la americana~.
¡Lástima no haber sabido antes que venía el señor Conde! El pueblo le habría preparado un buen recibimiento.
EL CONDE, ~con desdén~.
¿A mí?... ¿A mí Jerusa?... Brrr...
SENÉN
Habría salido la música, el orfeón... No faltaría el arquito de ramaje; y luego _lunch_ en la Casa Consistorial.
EL CONDE
Veo que eres un cursi tremendo. Conozco esos homenajes, que en otro tiempo, cuando los merecía y estaba en disposición de recibirlos, me halagaban, sí. Hoy me harían el efecto de una burla cruel. Antes de verme tan viejo y tan pobre como ahora, tuve ocasión de apreciar la villana ingratitud de mis compatriotas, los habitantes del Señorío de Jerusa. ~(Se detiene y suspira.)~ Veinte años ha, la última vez que aquí estuve, los colonos que habían llegado a ser ¡Dios sabe cómo! propietarios de mis tierras, los señoritingos nacidos de mis cocineras, o engendrados por mis mozos de cuadra, me recibieron con frío desdén, que me llenó de tristeza y amargura. Dijéronme que la villa se había civilizado. Era una civilización improvisada y postiza, como la levita que compra el patán en un bazar de ropas hechas.
NELL
Papaíto, no olvida tu pueblo los beneficios que de ti ha recibido.
DOLLY
No los olvida, no. La calle principal de Jerusa se llama _de Potestad_.
NELL
La fuente de los cinco caños, junto a la iglesia, se llama _del Buen Conde_.
EL CONDE
Sí, sí, mi abuelo paterno. Historia, cosas pasadas que solo dejan tras sí un letrero, una inscripción... Todo se borra, ¡ay! aun las piedras escritas. Cuando la roña y el musgo las empuercan, y se han criado en ellas cien generaciones de arañas y lagartijas, viene el progreso, y las manda picar para escribir otra cosa... o aprovecharlas en una alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos todos hacia lo infinito.
SENÉN, ~enfáticamente~.
Jerusa, por más que digan, no puede olvidar que debe su existencia a los Albrit de la Edad Media.
EL CONDE, ~meditabundo~.
Y a mis abuelos y a mí todo lo que en ella es de algún valor. La casa Ayuntamiento, que era el primitivo palacio de los Condes de Laín, fue donada por D. Martín de Potestad, capitán de las galeras de Nápoles. La calzada de Verola y el puente sobre el río Caudo, obra fue de mi madre. Mi abuelo materno hizo el hospital y la casa-cuna; y yo traje las aguas riquísimas de Santaorra; levanté el muro de contención que defiende al pueblo de las avenidas del Caudo; fundé y doté la hermandad de Pescadores, haciéndoles además una dársena para abrigo de sus lanchas; repoblé el monte comunal... sin contar otras mejoras de que ya no me acuerdo. ¿Y cómo pagaron mis paisanos tantos beneficios? Pues cuando me vieron mal de intereses, recargaban horrorosamente mis propiedades en todos los repartos de contribución, para obligarme a vendérselas... Y lo conseguían... En sus manos rapaces está todo.
NELL
Abuelito, no pienses cosas tristes.
DOLLY
¿No estás alegre de vernos y de tenernos a tu lado?
EL CONDE, ~deteniéndose para abrazarlas y besarlas con efusión~.
Sí, sí, ángeles inocentes. Soy feliz con vosotras, y lo demás nada me importa.
SENÉN, ~con malicia indiscreta, que resulta más antipática por lo pedantesco de la expresión~.
Y de que no seríamos justos achacando a Jerusa el pecado de la ingratitud, tenemos hoy una prueba elocuente, señor Conde, porque, sabida con antelación la llegada de la señora Condesa de Laín, se le prepara un recibimiento entusiasta, cual corresponde a quien tan grande fomento ha dado a los intereses materiales y morales de esta villa. Saldrá el Alcalde a la estación...
EL CONDE
Y se dispararán cohetes. Todo eso está muy en carácter.
NELL, ~impaciente~.
¡Cohetes, música...! Vamos, vamos pronto.
DOLLY
Abuelito, por aquí, si quieres que vayamos derechos a la Pardina.
EL CONDE
¿Estamos ya en la loma que llaman la _Asomada_?
SENÉN
Sí, señor: de aquí se ve toda la villa; y si Vuecencia quiere dar un vistazo a la población, en dos minutos estamos en la plaza.
EL CONDE
No, no. Gracias. Por esta otra calleja bajamos a la Pardina. ~(Deteniéndose y mirando al pueblo, que en aquel punto se ve totalmente, rodeado de arboledas y verdes lomas.)~ Sí, sí... te conozco, Jerusa; distingo un montón de tejados rojos y de ventanales blancos... más allá manchas de verde lozano. Eres Jerusa; te siento bajo mis pies, te huelo al pisarte... Tu ingratitud me da en el olfato. Hiciste escarnio del que fue tu señor, aplicándole un mote burlesco... Pues ahora, el _león flaco de Albrit_, que nada te pide, que para nada te necesita, te manifiesta su desprecio con toda la efusión de su alma, no queriendo de ti ni un pedazo de tierra para sepultar sus pobres huesos. ~(Volviéndose hacia las niñas.)~ Si me muero aquí, que me lleven a enterrar a Polan, o que me tiren al mar.
DOLLY
Papaíto, no es hoy día de cosas tristes.
NELL
¡Si estamos muy contentas!
EL CONDE, ~limpiándose una lágrima~.
Sí, sí... Vamos, para que lleguéis a tiempo de presenciar los homenajes a vuestra mamá.
SENÉN
Por esta calleja llegamos en un instante a la Pardina.
EL CONDE
Conozco bien el camino... En este sitio, torciendo a la izquierda, dejamos de ver el mar. ~(Parándose a contemplar el Océano.)~ ¡Oh, qué hermosura! Es el amigo de mi infancia.
NELL
¡Y qué espléndido, qué azul! Hoy se viste de gala para recibirte.
EL CONDE
¿Sabéis por qué gozo tanto en mirarle? Porque le veo... es lo único que distingo bien, por razón de su magnitud. Desde que voy perdiendo la vista, hijas mías, mis pobres ojos no aprecian bien más que las cosas grandes... ¡Cuanto mayores son, mejor las veo! Quisiera que en el mundo fuera todo colosal, inmenso... Lo pequeño, creedlo, me entristece, me enfada...
~(Se internan en la calleja.)~
ESCENA VI
~Sala baja en la Pardina. En paredes, techo y muebles, aspecto de venerable antigüedad, bien conservada.~
GREGORIA, VENANCIO
GREGORIA, ~asomándose a una ventana~.
Ya está aquí _Capitán_... ¡Oh!... allí vienen. ~(Asustada.)~ ¡Jesús, lo que veo!
VENANCIO
¿Qué?
GREGORIA
¡El Conde con ellas, el señor Conde!
VENANCIO
Sin duda ha venido a pie por el atajo del bosque. Es gran andarín.
GREGORIA
¡Pero qué viejo está! Mira, mira.
VENANCIO, ~mirando~.
¡Y qué mal trajeado! Da pena verle... ¡Quien fue siempre la misma elegancia...!
GREGORIA
¿Sales a recibirle?
VENANCIO, ~con prisa~.
A escape... Prepárale café, que de fijo lo pide al entrar...
GREGORIA
Sí, sí...
VENANCIO, ~desde la puerta~.
Y manda un recado al señor Cura, que nos dijo que le avisáramos en cuanto el Conde llegase...
GREGORIA, ~aturdida, sin saber a qué atender primero~.
El café... recado al Cura... ¿Y la comida? Voy. ¡Pero si ya están aquí! ¡Jesús me valga!...
ESCENA VII
GREGORIA, EL CONDE, LAS DOS NIÑAS, SENÉN, VENANCIO
GREGORIA, ~besando la mano al Conde~.
Bien venido sea mi señor...
VENANCIO
Y que entre en su casa con bendición.
EL CONDE, ~con señoril bondad~.
Gracias, gracias, mis buenos amigos Venancio y Gregoria. Me alegro de veros contentos y saludables... digo, como veros... ~(Mirándoles fijamente.)~ No, no veo bien más que las cosas grandes.
VENANCIO
¿Se sienta el señor aquí? ~(Conduciéndole a un sillón de vaqueta, junto a la mesa de nogal.)~
EL CONDE
Donde quieras.
NELL
Y ahora nosotras, abuelito, hemos de vestirnos a escape...
EL CONDE
Sí, sí; no os detengáis.
DOLLY
Pronto volveremos, papaíto... Vendrá mamá con nosotras... supongo.
EL CONDE
Sí, sí... ~(Las besa.)~ Hasta luego...
GREGORIA, ~dándoles prisa~.
Vivo, vivo... Vais a llegar tarde.
~(Vase Gregoria con las niñas.)~
SENÉN
Yo también, con permiso del señor Conde, me retiro.
EL CONDE
Sí, sí... Ve a disparar cohetes...
SENÉN
Si el señor me necesita...
EL CONDE
No... muchas gracias... Y me alegro de que te ausentes... No, no es por nada ofensivo para ti, Séneca... o Senén. ¿Te lo digo?
SENÉN
Nada que usía me diga puede ofenderme.
EL CONDE
Pues deseo que te marches, porque... Hijo, gastas un perfume que marea. Los aromas demasiado fuertes me dan vahídos... Dispénsame ~(dándole la mano, y acariciando la de Senén)~, perdóname que te despida con una impertinencia.
SENÉN, ~desconcertado~.
Señor... unas gotitas de heliotropo...
EL CONDE
No he dicho nada... Abur.
SENÉN, ~aparte, retirándose~.
Malas pulgas trae el _león flaco de Albrit_.
ESCENA VIII
EL CONDE, VENANCIO
~Larga pausa. El Conde inclina la cabeza sobre el pecho, y se cubre los ojos con la mano. Venancio permanece en pie, a bastante distancia, contemplándole.~
EL CONDE, ~alzando la cabeza y llevándose la mano al pecho, en que siente opresión~.
¡Ay, Venancio! La emoción que he sentido al entrar aquí, no me deja respirar... ~(Venancio suspira y calla.)~ No creí volver a verte, casa mía, casa bendita de mis mayores, de mi madre... No esperaba recibir en mi alma esta ola de vida, formada por los recuerdos, embate de calor y de salud, que al pronto reanima al ser caduco; pero después... mata, sí, mata. La memoria me abruma, el sentimiento me ahoga... ~(Vuelve a pasarse la mano por los ojos.)~ No debí venir, no, no.
VENANCIO
Señor, los recuerdos de la Pardina serán gratos para Vuecencia.
EL CONDE, ~señalando a la derecha~.
En esa alcoba nací yo... En ella nació también mi madre, y en la de arriba murió... No sé si es que me engaña mi poca vista; paréceme que nada ha variado, que los muebles son los mismos... ¡Qué ilusión!
VENANCIO
Poco hemos cambiado. Se conserva todo a fuerza de cuidado y aseo.
EL CONDE, ~con profunda tristeza~.
Aquí pasé mi infancia, al lado de mi madre, que enviudó a los pocos días de mi nacimiento... Heredero de los Condados de Albrit y de Laín, ¡cuántas veces, joven, en la plenitud de la vida, y con todo el verdor de las ilusiones fomentadas por la grandeza de mi linaje; cuántas veces, solo, con mi esposa, o con mis amigos, vine a pasar alegres temporadas en la Pardina! En aquel tiempo tú eras un niño. Tus padres, y otros padres de gentes ingratas que andan por esos mundos en diferentes oficios, eran entonces mis servidores. En mi veíais al señor, al rey de la Pardina, y hasta cierto punto, al amo de toda Jerusa... Pasó tiempo; creció mi hijo Rafael. Correspondiéronle por muerte de su madre, y según el fuero de Laín, este Condado y esta casa... Yo volví a la Pardina: ya no era el señor; mas era el padre del señor, y tú, ya grandecito, y los demás servidores de esta antigua casa, me mirábais con respeto, con cariño, con veneración. El Conde de Albrit, poderoso todavía, os remuneraba vuestros servicios con la noble largueza que era en él habitual.
VENANCIO
Siempre fue Vuecencia el primer caballero de España.
EL CONDE, ~con melancólica dignidad, levantándose~.
Pues hoy, el primer caballero de España, el generoso y grande, viene a pedirte hospitalidad. Vicisitudes y trastornos que no quisiera recordar, esta revolución crónica que hace y deshace los Estados y las familias, y todo lo trueca y baraja, te han dado a ti la propiedad de la Pardina. En ella entro yo a pedirte albergue, no como señor, sino como desvalido sin hogar, abandonado de todo el mundo. Si me la das, ya sabes que has de hacerlo por pura caridad, no por remuneración ni recompensa. Soy pobre; todo lo he perdido.
VENANCIO
El señor Conde viene siempre a su casa, y nosotros, hoy como ayer, somos sus criados.
EL CONDE, ~se sienta~.
Gracias... Te lo digo tranquilo y sin ninguna afectación, pues con la realidad no caben juegos de retórica. He llegado a los escalones más bajos de la pobreza; pero por mucho que descienda, no he llegado ni llegaré nunca al deshonor. Fuera de la decadencia material, soy y seré hasta el último día lo que fui.
VENANCIO
Y yo igualmente, hoy como ayer, servidor humilde del señor D. Rodrigo.
EL CONDE
Te lo agradezco, créeme que te lo agradezco en el alma... Pero... bien mirado, es tu obligación, y cumples como cristiano. Todo lo que eres y todo lo que tienes, me lo debes a mí.
VENANCIO
Sin duda.
EL CONDE
No haces nada de más en ampararme... en ver en mí a tu señor, y en respetar, no solo mi nombre y mi historia, sino mi ancianidad, mis achaques... Las desgracias, hijo mío, me han hecho algo quejumbroso, algo impertinente. Mi genio altivo se exacerba cada día más con la pérdida de la vista... No puedo sofocar mis ímpetus de absolutismo, de persona acostumbrada a mandar.
VENANCIO
Bien, señor.
EL CONDE
Y a ser obedecida.
VENANCIO
También tengo el hábito de la obediencia... Y ante todo, señor, ¿en qué aposento quiere vuecencia dormir?
EL CONDE
Arriba, en la alcoba que fue de mi madre.
VENANCIO, ~contrariado~.
¿La que da al pasillo grande? La tenemos llena de trastos.
EL CONDE
Pues sacas los trastos y me metes a mí.
VENANCIO
Señor, es un trastorno...
EL CONDE, ~sulfurándose ligeramente~.
¿Ya empezamos?
VENANCIO
La hemos convertido en secadero: allí colgamos las judías...
EL CONDE, ~sulfurándose más~.
Pon las judías en otra parte. ¿Vale tan poco mi persona que no merece... una molestia insignificante de las señoras hortalizas?
VENANCIO, ~sin acabar de resignarse~.
Bien, señor... Ello es que...
EL CONDE
¿Todavía refunfuñas? Debiste, desde que te lo dije, asentir con delicadeza obsequiosa. ¿Será preciso que te lo mande?... Por poco me apuras ~(golpeando el brazo del sillón.)~ ¡Oh, triste cosa es para mí ser huésped de mis inferiores! Venancio, quiero someterme al destino, quiero olvidarme de mí mismo, y no puedo, no puedo. La autoridad es esencial en mí. Por Cristo, súfreme o arrójame de mi casa, quiero decir, de la tuya.
VENANCIO
Eso no... ~(viendo venir al Cura.)~ Ya tiene vuecencia aquí a su amigo D. Carmelo.
ESCENA IX
~EL CONDE, VENANCIO; EL CURA, hombrachón de buen año; de aventajadas dimensiones, enormemente barrigudo, sin carecer por eso de cierta agilidad y soltura de miembros. Su cara es arrebolada, su boca risueña, su nariz como pico de garbanzo, sus ojos pillines. Usa gafas de un azul muy claro, que se le corren sobre el caballete. Viene a palo seco, es decir, sin balandrán, por ser buen tiempo. Es limpio, y la sarga de su sotana, pulcra y reluciente, ciñe y modela sin arrugas la redondez del abdomen, bien atacados todos los botoncitos que corren desde el cuello hasta la panza. Usa gorro negro alto, con caída de fleco, y paraguas de reglamento, que así le sirve para el sol como para la lluvia. Entra en la casa y en la habitación presuroso metiendo bulla, y se dirige al Conde con los brazos abiertos.~
EL CURA
¡Carísimo amigo y dueño, D. Rodrigo de mi alma!...
EL CONDE, ~abrazándole~.
¡_Pastor Curiambro_, ven a mis brazos!... Pero, hijo, ¡qué gordísimo estás!... No me cabes... ¿ves? no me cabes... Me cuesta trabajo poner en tu espalda las palmas de mis manos.
EL CURA
¡Qué sorpresa tan grata, qué alegría!
EL CONDE, ~tocándole~.
Pero, chico, ¿es tuyo todo esto? ¿Es esta tu barriga, o te has traído por delante el púlpito de tu iglesia?
EL CURA, ~riendo~.
Es que en esta tierra, Sr. D. Rodrigo, de nada le sirve a uno hacer penitencia.
EL CONDE
¿Penitencia tú? ¡Hombre, qué cosa tan rara!... En fin, siempre que des gusto a tus feligreses...
VENANCIO, ~lisonjero~.
Tenemos un párroco que vale más que pesa.
EL CONDE
¿Y de salud, bravamente? Tu cara... ~(Observándole.)~ Pues, mira, te veo, te veo bien. ¡Como eres tan grandón! ¡Ah!... me permitirás que te tutee, a pesar del tiempo transcurrido.
EL CURA, ~con modestia suma~.
¡Señor Conde, por amor de Dios!...
EL CONDE, ~muy cariñoso~.
Bien, Carmelo; bien, _Pastor Curiambro_. Siéntate a mi lado. ¡Cómo corren, ¡ay! cómo se escabullen los pícaros años! Tú... a ver si acierto... andarás en los cincuenta.
EL CURA
Andaba en ellos... dos años ha.
VENANCIO
Como yo. Somos del mismo tiempo.
EL CONDE
No podía ser menos. Tenías veintiséis cuando...
EL CURA
Cuando murió mi padre. A la generosidad del señor Conde debí el poder terminar mi carrera de Teología y Derecho.
EL CONDE, ~con natural delicadeza~.
Pues, mira tú, de eso no me acordaba.
EL CURA
¡Ah, yo sí!
EL CONDE
¿Te acuerdas de aquellas merendonas del Soto de Aguillón? Desde entonces, te profeticé que serías _la première fourchette de l’Espagne_.
EL CURA, ~riendo~.
Era un tenedor tremendo, sí, sí...
EL CONDE
¿Y sigues con la higiénica costumbre de comer copiosamente, y de digerir clavos?
EL CURA
Ya no soy ni sombra de lo que fui; pero todavía...
VENANCIO
Todavía... si el caso llega, no deja mal puesto el pabellón.
EL CONDE
¿Te acuerdas de cuando apostabas con Valentín, el escribano de Verola, a quién comía más?
EL CURA, ~riendo a carcajadas~.
Y siempre le gané, siempre.
EL CONDE
Un día de vigilia... Venancio, no lo creerás, pero es verdad... le vi comerse una langosta de este tamaño, entera y verdadera, detrás de un arroz con pescado y marisco... y delante de docena y media de torrijas.
EL CURA
Esos tiempos pasaron.
VENANCIO
Pero hasta hace poco... yo recuerdo el día de la jira en Novoa... su postre era un queso de bola, enterito.
EL CONDE
¡Lo que yo gozaba viéndole comer!
EL CURA
Me tranquiliza sobre ese punto la opinión de San Francisco de Sales, que dice: «Lo que entra por la boca no daña al alma.»
EL CONDE
Y tenía razón.
ESCENA X
~DICHOS; GREGORIA, vestida para salir. Trae servicio de café.~
GREGORIA
Aunque el señor no lo ha pedido, como sé que le gusta tanto el café... ~(Lo pone en la mesa.)~
EL CONDE
¡Oh, qué bien!... Tu previsión, hija mía, es muy de alabar. Carmelo, te sirvo...
GREGORIA
Las señoritas están concluyendo de arreglarse. En seguida nos iremos.
EL CONDE
Que no se entretengan; ya será hora. ~(Al Cura, sirviéndole azúcar.)~ A ti te gusta dulzón, si no recuerdo mal.
EL CURA
¡Qué memoria tiene usted!
EL CONDE
No siendo para los favores que me hacen, también la pierdo, como la vista.
GREGORIA
¿Se le ofrece algo más al señor?
EL CONDE
No... Gracias. ~(Vase Gregoria.)~
EL CURA, ~paladeando el café~.
¿Y qué?... Señor Conde, ¿qué le parecen a usted sus nietecitas? ¿No las había visto después de su regreso de América?
EL CONDE
No.
EL CURA
Son angelicales... ¡Y qué lindas, qué graciosas! Se le meten a uno en el corazón... Verlas, tratarlas y no quererlas, es imposible. ~(El Conde, ensimismado, calla. Durante la pausa, D. Carmelo le observa.)~ Dios ha hecho en ellas una parejita encantadora, para regocijo y orgullo de su madre... y de usted.
EL CONDE, ~como volviendo en sí~.
¿Decías?... ¡Ah! Sí, son hechiceras las chiquillas.
EL CURA, ~queriendo sonsacarle el motivo de su estancia en Jerusa~.
Comprendo la impaciencia de usted por verlas. Al santo anhelo de conocer a sus nietas y abrazarlas, debemos el honor de tenerle en Jerusa...
EL CONDE
Yo he venido a Jerusa, principalmente, por... ~(A Venancio, con autoridad, pero sin altanería.)~ Tú...
VENANCIO
¿Señor?...
EL CONDE
Haz el favor de dejarnos solos.
~(Vase Venancio.)~
ESCENA XI
EL CONDE, EL CURA
EL CURA
Ya me dijo Senén que la Condesa y usted se habían citado aquí... ~(Su solapada curiosidad quiere apoderarse del pensamiento del Conde, tomándole las vueltas.)~ Aquí pueden ventilar con toda calma las cuestiones de intereses... ~(Pausa. El Conde no dice nada.)~ O las cuestiones de otra índole, cualesquiera que sean.
EL CONDE
Volviendo a las niñas, te diré, querido Carmelo, que han producido en mi alma una impresión hondísima.
EL CURA
¿De alegría?...
EL CONDE
Sí... Estas alegrías pronto las convierto yo en intensísima tristeza, agobiado como me veo por crueles desgracias, perseguido de pensamientos revoltosos, obra de esta fiebre de análisis que traen consigo la experiencia del mal, el excesivo tesón de mi carácter, los años, la ceguera misma... Figúrome que no me entiendes, mi buen Carmelo, y has de permitirme que por ahora no te diga más.
EL CURA
Francamente, me he quedado en ayunas.
EL CONDE, ~con humorismo~.
¿En ayunas tú?... No lo creo.
EL CURA
¿Tienen algo que ver esas tristezas, que sin duda son nerviosas, con el porvenir de las señoritas?
EL CONDE, ~rehuyendo entrar en el asunto~.
No sé... Déjame que te diga otra cosa. Mi primera impresión al verlas y oírlas, fue... claro que fue excelente, de gran regocijo y orgullo, como has dicho. Creí notar una perfecta consonancia, igualdad más bien, en el timbre de sus voces. Como no veo bien, sus rostros me han parecido como dos reproducciones exactas de un mismo tipo. ¿Serán, por ventura, iguales también sus caracteres, sus almas?
EL CURA, ~después de un ratito de perplejidad~.
¡Oh, no, Sr. D. Rodrigo! Ni son iguales sus voces, ni sus caras, ni menos sus caracteres.
EL CONDE, ~con gran interés~.