El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 2
Sabe griego y latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de granjearse mi estimación, me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado.
GREGORIA
Ahora mismo: hubiéraslo dicho antes. ~(Entra en la casa, llevándose las hortalizas.)~
VENANCIO
Y tú, rey de las hormigas, ¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro ascenso, una plaza mejor?
SENÉN
Quiero adelantar, salir de esta miseria de la nómina, del triste jornal que el Gobierno nos da por aburrirnos, y aburrir al país que paga.
VENANCIO
Picas alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mérito. Yo te vi salir del lodo.
SENÉN
Y me verás subir, subir... El lodo, créeme, es un gran trampolín para dar el salto.
~GREGORIA, que vuelve con la cerveza y copas, y les sirve.~
Dime, Senenillo, ¿y para tus medros, no te agarras también a los faldones del señor Conde?
SENÉN
Albrit no tiene una peseta, y nadie le hace caso ya.
VENANCIO
Ese roble ya no da sombra, y solo sirve para leña.
~GREGORIA, que sentándose entre los dos bebedores de cerveza, acaricia a Senén.~
Vamos a ver, hijo, ¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que tan mal se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo.
VENANCIO
Vaya si lo sabe; pero no muerde el gozque a quien le da de comer. ~(Senén paladea la cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.)~
GREGORIA
Ya lo ves: callado como un besugo. Dinos otra cosa. Será cuento todo eso que se dice de tu señora... Es cuento, ¿verdad?
SENÉN, ~enfático.~
Me permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi bienhechora. Os diré tan solo que es un corazón tierno, y una voluntad generosa y franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis gazmoñerías, eso no. Es mujer de muchísimo desahogo... Compadece a los desgraciados y consuela a los afligidos. Y como persona de instrucción, no hay otra: habla cuatro lenguas, y en todas ellas sabe decir cosas que encantan y enamoran.
VENANCIO
Todas esas lenguas, y más que supiera, no bastan para contar los horrores que acerca de ella corren en castellano neto.
SENÉN, ~endilgando sabidurías que aprendió en los cafés.~
¡Horrores!... No hagáis caso. La honradez y la no honradez, señores míos, son cosas tan elásticas, que cada país y cada civilización... cada civilización, digo, las aprecia de distinto modo. Pretendéis que la moralidad sea la misma en los pueblos patriarcales, digamos primitivos, como esta pobre Jerusa, y en los _grandes centros_... ¿Habéis vivido vosotros en los _grandes centros_?
VENANCIO
Ni falta.
SENÉN
Pues en los _grandes centros_ veríais otro mundo, otras ideas, otra moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer; es una dama, una gran señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse? Cierto que sí; se divierte por la noche, por la mañana y por la tarde... No, no me saquéis el Cristo de la moralidad. Yo os digo, y lo pruebo, que es cosa esencial en las sociedades que las damas se diviertan, porque del divertirse damas y galanes viene el lujo, que es cosa muy buena... ~(Riendo del asombro de sus interlocutores.)~ Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo... Vivís en Babia. Pues os digo, y lo pruebo, que el lujo es lo que sostiene la industria... la industria de los _grandes centros_, por la cual y con la cual, lo pruebo, come todo el mundo. _Reasumiendo_: que si hubiera moralidad, tal y como vosotros la entendéis, la gente no se divertiría, y sin diversiones, no tendríamos lujo, y _por ende_, no habría industrias: la mitad de los que hoy comen se morirían de hambre, y la otra mitad mascarían tronchos de berzas.
VENANCIO
Vaya que eres parlanchín, y entiendes la aguja de marear.
GREGORIA, ~imitando, sin saberlo, a las brujas de Macbeth.~
¡Senén, tú serás ministro!
SENÉN
¿Ministro yo? No, no: mi ambición, como nacida del lodo, no quiere viento, sino barro, barro substancioso que amasar. _Mis tendencias_ son a lo positivo; _tiendo_ a ganar dinero, mucho dinero. No me conformo con un sueldo más o menos cuantioso; ambiciono más, ambiciono el trabajo libre...
GREGORIA
Manos libres, quieres decir.
VENANCIO. ~(Da un cigarro a Senén, y fuman los dos.)~
Lo que tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una rica heredera.
GREGORIA
Por eso vistes tan elegantito, y te quitas el pan de la boca para comprarte trapos... Por eso gastas anillos, y te echas esencia en el pañuelo. Vaya, que hueles bien. ~(Oliéndole.)~ ¿Qué es eso? ¿Heliotropo?
SENÉN, ~reventando de fatuidad~.
Es mi perfume favorito... Pues no he pensado en casarme, y lo pruebo. Claro, si se me presentase una buena ganga matrimonial, no la desperdiciaría. Estamos a la que salta.
GREGORIA
Por un camino o por otro, has de ser rico.
VENANCIO
A trabajar, se ha dicho. En la corte hay mil maneras de afanar el garbanzo.
GREGORIA
Allí donde hay bambolla, derroche, y donde los ricos por su casa gastan, según dicen, más de lo que tienen, el pobre allegador, económico y despabilado como tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el caso del señor Conde. Toda su riqueza se ha repartido entre muchos que andaban quizás con los codos al aire.
VENANCIO
Prestamistas, curiales, cuervos y buitres, y todos los golosos de carne muerta.
SENÉN, ~desdeñoso~.
Mal fin ha tenido el prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las buenas calderadas de patatas, las sopitas de leche, para que se acostumbre a la frugalidad, y olvide sus hábitos gastronómicos.
GREGORIA
No, no: lo que es hoy, al menos, si viene, tengo que prepararle una buena comida.
VENANCIO
Como se entretenga en Polan y no coja el coche que ha salido de allí a las diez, no vendrá hasta mañana.
SENÉN
_Me inclino a creer_ que le veremos venir en carreta, porque el buen señor padece tal _tronitis_, que no tendrá para el coche.
GREGORIA
No exageres... Esos nobles arrumbados siempre guardan algo para sus últimas, y también te digo que suelen encontrar algún tonto que les alimente los vicios.
SENÉN
Albrit no tiene más vicios que la rabia de verse pobre, y el orgullo de casta, que se le ha recrudecido con la pobreza.
GREGORIA, ~intranquila~.
Dime, Senén, ¿y al señor Conde no le dará la ventolera de quitarnos a las niñas?
SENÉN
¿Para qué?... ¿Y a dónde las lleva?
VENANCIO
A un colegio de Francia.
SENÉN
No temáis perder esta ganga. El Conde no tiene con qué pagarles un buen colegio, y la mamá no está por esos gastos, que _dejarían indotado_ su presupuesto. Todo es poco para ella. Además, la presencia de las niñas en sociedad junto a ella, la envejece. _Su obsesión_ es ser joven, o parecerlo.
VENANCIO
Su... ¿qué has dicho? ¡Vaya unas palabras finas que te traes!
GREGORIA, ~incomodándose~.
Pero ya son creciditas, jinojo... Algún día tiene que presentarlas en la corte, casarlas...
SENÉN
¿Casarlas? Dificilillo es... y lo pruebo.
GREGORIA
¿Cómo no, si son tan monas?
SENÉN
Les concedo el buen palmito. Pero cualquiera carga con ellas, educadas en la ñoñería, con hábitos y maneras de pueblo, y, por añadidura, pobres... porque la Condesa está dando aire a la fortuna, y cuando toquen a liquidar, no habrá más que pagarés vencidos, cuentas no liquidadas, y el diluvio... Ya lo dijo Luis XV ~(estropeando el francés)~: _Apré muá, le diluch._
GREGORIA, ~incomodándose más~.
La madre será lo que quieran: una feróstica, una púa extranjera; pero Dorotea y Leonor a ella no salen, digo que no salen... y lo pruebo también.
VENANCIO
Son buenísimas, aunque algo traviesas; almas puras, ángeles de Dios, como dice D. Carmelo.
GREGORIA
Créelo, Senén; las quiero como si fueran mis hijas, y el día que se las lleven me ha de costar algunas lágrimas.
SENÉN, ~con impertinencia~.
¿Y de instrucción, qué tal?
VENANCIO
Poca cosa les enseña D. Pío, el maestro jubilado del pueblo. Sobre que él sabe poco, no tiene carácter, y las chicas le han tomado por monigote para divertirse.
GREGORIA
Todo el día se lo pasan enredando. Ya se ve: no están en su esfera, como dice Angulo, nuestro médico.
VENANCIO, ~repitiendo una frase del Doctor~.
Su institutriz es la Naturaleza, su elegancia la libertad, su salón el bosque. Bailan al compás de la mar con la orquesta del viento.
SENÉN, ~que se levanta, recordando con inquietud algo que había olvidado~.
¡Buena la hemos hecho!
VENANCIO
¿Qué te pasa?
SENÉN
Que con tanto charlar se me olvidó el encargo del señor Alcalde.
GREGORIA
¿Para nosotros?
SENÉN
Sí... ¡qué cabeza! Pues que inmediatamente le llevéis las niñas, para que la Condesa las vea en cuanto llegue.
VENANCIO
Es natural. Y comerán allí.
SENÉN
¿Están en casa?
GREGORIA
De paseo andan por el bosque. ~(Mirando hacia la izquierda.)~ No las veo.
VENANCIO
Correteando, y de juego en juego, se habrán ido a media legua de Jerusa.
SENÉN
¿Y las dejáis andar solas por el bosque?
GREGORIA
Solitas van. Todo el mundo las respeta.
VENANCIO
Hay que ir corriendo a buscarlas.
SENÉN
Si queréis, iré yo... ¿No saben todavía que hoy viene su mamá?
GREGORIA
No lo saben... ¡pobres hijas!
SENÉN
Pues yo se lo diré, y las traeré por delante, como un pavero de Navidad.
VENANCIO
Las encontrarás, de fijo, bosque arriba, en el sendero de Polan... Pero mira, chico, no les hagas la corte. Verdad que sería inútil.
SENÉN, ~con ganas de irse pronto~.
¿La corte yo?... ¿Yo, _este cura_? ¡Señoritas que no viven en _su elemento_ y reúnen todo lo malo, orgullo y pobreza...!
GREGORIA
Están verdes.
SENÉN
Que las madure quien quiera. ¿Decís que bosque adentro?...
VENANCIO
Vete, y tráelas pronto.
GREGORIA
Vivo... ~(Viéndole partir.)~ ¡Vaya un pájaro!
VENANCIO
¡Vaya un peje!
ESCENA III
~Bosque en las inmediaciones de Jerusa, formado de corpulentos robles, hayas y encinas. Lo atraviesa un tortuoso sendero, donde se ven los surcos trazados por los carros del país. Por el Norte, formidable cantil de roca y conglomerado, en cuyos cimientos baten las olas del mar; al Sur cierra el paisaje la espesura de la vegetación; hacia el Oeste serpentea y se subdivide el sendero, atravesando algunas calvas y espesos matorrales.~
~LEONOR y DOROTEA, niñas de quince y catorce años respectivamente, lindas, graciosas, de tipo aristocrático, la tez bronceada por el aire marino y el sol. Son negros sus ojos, rasgados, melancólicos; negro también su cabello, peinado al descuido en moño alto. Se lo adornan con flores silvestres, que van clavando en él como se clavan los alfileres en un acerico. La diferencia de edad, un año y meses, apenas en ellas se distingue, y por gemelas las tienen muchos, viendo la semejanza de sus rostros, y la igualdad del talle y estatura. Son ágiles, correntonas, traviesas; dos diablillos encantadores. Visten, con sencillez graciosa y elegancia no aprendida, trajecitos claros, cortados y cosidos en Jerusa. La modestia da más realce a su gentileza vivaracha, y les imprime cierta gravedad dulce cuando están quietas. Desde la niñez, su madre, irlandesa, las nombraba con los diminutivos ingleses NELL y DOLLY, y estos nombres exóticos prevalecieron en Madrid como en Jerusa. Las acompaña y juega y brinca con ellas un perrito canelo, de pelo largo y fino, hocico muy inteligente, rabo que parece un abanico. Atiende por _Capitán_.~
DOLLY
Estoy cansada; yo me siento. ~(Se recuesta en el tronco de un roble.)~
NELL
Estoy entumecida; yo quiero correr. ~(Disparándose en carrera circular, vuelve al punto de partida.)~
DOLLY, ~mirando a la copa del árbol~.
¡Qué gusto poder subir, y posarse en una rama!... ¡Nell!
NELL
¿Qué quieres?
DOLLY
Decirte una cosa. ¿Qué te apuestas a que me subo a este árbol?
NELL
Te desgarrarás el vestido...
DOLLY
Lo coseré... sé coser tan bien como tú... ¿A que me subo?
NELL
No está bien. Nos tomarían por chiquillas de pueblo.
DOLLY, ~que suspendiéndose de una rama, se balancea~.
Pues ser chiquilla de pueblo o parecerlo, ¿crees tú que me importa algo? Dime, Nell, ¿andarías tú descalza?
NELL
Yo no.
DOLLY
Yo sí... Y me reiría de los zapateros. ~(Viendo que Nell se sienta y saca un librito.)~ ¿Qué haces?
NELL
Quiero repasar mi lección de Historia. Ya hemos corrido bastante; estudiemos ahora un poquito. Acuérdate, Dolly: ayer, D. Pío te dijo que no sabes jota de Historia antigua ni moderna, y en buenas formas te llamó burra.
DOLLY
Burro él... Yo sé una cosa mejor que él: sé que no sé nada, y D. Pío no sabe que no sabe ni pizca.
NELL
Eso es verdad... Pero debemos estudiar algo, aunque no sea más que por ver la cara que pone el maestrillo cuando le respondemos bien. Es un alma de Dios.
DOLLY
Mejor la pone cuando le damos alguna golosina, de las que guardamos para _Capitán_.
NELL
Anda, ven; estudiemos un poquito. ¿Sabes que es un lío tremendo esto de los Reyes godos?
DOLLY
El demonio cargue con ellos. Son ciento y la madre... y con unos nombres que pican como las zarzas, cuando una quiere metérselos en la memoria.
NELL
Ninguno tan antipático y majadero como este señor de Mauregato.
DOLLY
¡Valiente bruto!
NELL
Nada: que tenían que echarle cien doncellas por año para desenfadarle.
DOLLY
Para desengrasar, como dice D. Carmelo.
NELL
La verdad es que la Historia nos trae acá mil chismes y enredos que no nos importan nada.
DOLLY. ~(Siéntase junto a su hermana. El perro se echa entre las dos.)~
Figúrate qué tendremos que ver nosotras con que hubiera un señor que se llamaba Julio César, muy vivo de genio... Ni qué nos va ni nos viene con que le matara otro caballero, cuyo nombre de pila era Bruto... ¿A mí qué me cuenta usted, señora Historia?
NELL
Pero, hija, la ilustración... ¿A ti no te gustaría ser ilustrada?
DOLLY, ~acariciando al perrito~.
Ilústrate tú también, _Capitán_. La verdad: me carga la ilustración desde que he visto que también se ha hecho ilustrado Senén. ¿Te acuerdas de cuando estuvo aquí hace dos meses, creyendo que venía mamá?
NELL
Sí: a cada instante sacaba la Edad Media, y qué sé yo qué.
DOLLY
¡Qué tendremos nosotras que ver con las edades medias o partidas!... Y el mejor día nos salen con que a Cleopatra le dolían las muelas.
NELL
O que a Doña Urraca le salieron sabañones.
DOLLY
Pero, en fin, nos ilustraremos algo, puesto que mamá, en todas sus cartas, nos manda que aprendamos, que seamos aplicaditas.
NELL
Mamá nos idolatra; pero no nos lleva consigo. ~(Con tristeza.)~ ¿Por qué será esto?
DOLLY
Porque, porque... Ya nos lo ha dicho. Como nos criamos tan raquíticas, quiere que engordemos con los aires del campo. Ya sabe mamá lo que hace.
NELL
Mamá es muy buena. Pero que venga al campo con nosotras a robustecerse también.
DOLLY
Tonta, ¿no le oíste decir que se espanta de engordar, y que lo que quiere ahora es enflaquecer?
NELL
Gorda o flaca, mamá es guapísima.
DOLLY
Sí que lo es... Ya nos llevará consigo cuando seamos mayores. Yo no tengo prisa.
NELL, ~rayando la tierra con su dedito~.
Como prisa, yo tampoco.
DOLLY
Me gusta el campo.
NELL
Y la soledad, ¡que me gusta!
DOLLY
En la soledad piensa una mejor que entre personas.
NELL
¡Y esta libertad...!
DOLLY, ~poniendo en dos patas al perrito~.
Yo te digo una cosa: creo que cuanto más salvajes, más felices somos.
NELL
Eso no: la civilización, Dolly...
DOLLY
Me carga la civilización desde que oigo hablar tanto de ella a nuestro amigo el Alcalde, que se ha hecho rico y personaje fabricando fideos.
NELL, ~mordiendo el palo de una florecita~.
Salvaje no quiero yo ser... ni civilizada a estilo de D. José Monedero. También te digo que dentro de la civilización puede existir la soledad que tanto me agrada. ¿A ti no se te ha ocurrido alguna vez ser monjita?
DOLLY
¡Ay, no! Nunca he pensado en eso.
NELL
Yo sí, sobre todo cuando nos llevan a misa a las Dominicas. ¡Qué iglesita más mona y más sosegada! Me figuro yo que de aquellas rejas para dentro hay una paz, una tranquilidad...
DOLLY, ~recogiendo piedrecitas~.
La religión es cosa bonita... lo mejor entre lo bueno. El rezar consuela... Pero eso de estar siempre rezando, siempre, siempre... francamente, hija... Y metida entre rejas, como están las monjas, ni ves árboles, ni ves flores...
NELL
Tonta, si tienen huertas y jardines...
DOLLY
Pero no ves el mar.
NELL
¡Bah!... Veo a Dios, que es más grande.
DOLLY
¡Si Dios está en todas partes! ¿Crees que no está también aquí, oyendo todo lo que decimos?
NELL
Pero no le vemos ni le oímos nosotras.
DOLLY
Hay que mirar bien, Nell, y escuchar callandito.
~(Pausa. Las dos, silenciosas y un tanto sobrecogidas, exploran con lento mirar el horizonte, mar y cielo, y la sombría espesura del bosque.)~
NELL
¿Qué oyes?
DOLLY
Como un aliento muy grande. ¿Y tú, qué ves?
NELL
Como una mirada grandísima. ~(Otra pausa larga. Bruscamente, como quien vuelve sobre sí, se incorpora.)~ Pero se nos va el tiempo charlando, y no hemos estudiado ni una letra.
DOLLY
¡Está el día tan hermoso!
NELL
Salimos con ganas de leer. Tú dijiste que estudiaríamos en el campo mejor que en casa.
DOLLY
Porque allí nos molestaban los berridos de Venancio.
NELL, ~repitiendo una frase de su maestro~.
¡Sus, valientes, y a los libros! ~(Dando a su hermana el manualito de Historia.)~ Mira, lees en alta voz, y así nos enteramos las dos a un tiempo.
DOLLY. ~(Toma el libro y levántase de un brinco.)~
Dame acá. ¿Sabes lo que se me ocurre? Que conviene que se instruyan también los pájaros... Toda la ciencia no ha de ser para nosotras. ~(Lanzando el libro a los aires con fuerte impulso.)~
NELL
¿Qué haces, tonta? ~(El libro, abierto en el aire y dando al viento sus hojas, describe una curva, y se detiene al fin en una rama de encina, como pájaro que se posa.)~
DOLLY
Ya lo ves. ~(El perro se entrega al trajín inocente de cazar moscas.)~
NELL
¡Buena la has hecho! ¿Y cómo lo cogemos ahora?
DOLLY
De ninguna manera. Los pájaros se enterarán ahora de lo que hicieron D. Alejandro Magno, el señor de Atila y el moro Muza.
NELL, ~riendo~.
¡Si a los pajaritos todo eso les tiene sin cuidado!
DOLLY
Como a mí.
NELL
¡Vaya un compromiso! ¡Si pasara por ahí un chiquillo que se subiera a cogerlo!
DOLLY
Me subiré yo. ~(Disponiéndose a encaramarse en la encina.)~
NELL, ~tirándole de la falda~.
No, no, que te desnucas.
DOLLY
Espérate; le tiraré piedras a ver si se atonta y cae. ~(Hace lo que dice.)~
NELL
Hay viento... Puede que vuele el libro.
DOLLY
¡Ay, no, que es muy pesado! ~(Tirando piedras.)~ A mí, bribón; baja, ven acá... ~(El perro cree de su obligación ladrar fuertemente al libro para que baje.)~
NELL, ~sintiendo pasos~.
Basta, Dolly. Viene gente... ¡Qué vergüenza! Te tomarán por una desarrapada del pueblo.
DOLLY
¿Y qué me importa?
NELL
Que te estés quieta. ~(Mirando a lo largo del sendero.)~ Aquí viene un señor, un hombre... por el camino que baja de Polan, ¿ves?... Mira. ~(Aparece por entre los robles el Conde de Albrit, con lento paso.)~
DOLLY
No le veo.
NELL
Mírale... Se ha parado al vernos, y allí le tienes como una estatua. No nos quita los ojos...
ESCENA IV
~NELL y DOLLY.--D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, MARQUÉS DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE POLAN, GRANDE DE ESPAÑA, etc... Es un hermoso y noble anciano, de luenga barba blanca y corpulenta figura, ligeramente encorvado. Viste buena ropa de viaje, muy usada; calza gruesos zapatones, y se apoya en garrote nudoso. Revela en su empaque la desdichada ruina y acabamiento de una personalidad ilustre.~
NELL, ~observándole medrosa~.
Es un pobre viejo... ¿Por qué nos mira así? ¿Nos hará daño?
DOLLY
Parece el Santa Closs de los cuentos ingleses. Pero no trae saco a la espalda.
NELL
¿Sabes que tengo miedo, Dolly?
DOLLY
Yo también. ¿Será un mendigo?
NELL
Si tuviéramos cuartos, se los daríamos... ¡Ay, no se mueve!...
DOLLY
Y ahora, en nosotras clava los ojos...
NELL, ~palideciendo~.
Parece que habla solo... ¡Qué miedo!
DOLLY, ~trémula~.
Y no pasa un alma. Si llamamos, nadie nos oirá.
NELL
No nos hará nada, creo yo.
DOLLY
Lo mejor es hablarle.
NELL
Háblale tú... Dile: «Señor mendigo...»
DOLLY
Mendigo no es. Parece más bien una persona decente mal trajeada. ~(Lánzase el perrillo con furiosos ladridos hacia el Conde.)~
NELL
_Capitán_, ven acá...
DOLLY
¡Ay, Nell, yo conozco esa cara!...
NELL
Y yo también. Yo le he visto en alguna parte... ¡Ay, ay! ~(Se juntan las dos, como para protegerse mutuamente.)~ Ahora se adelanta... Nos hace señas...
DOLLY
Parece que llora. ¡Pobre señor!...
EL CONDE, ~con voz grave, avanzando~.
Preciosas niñas, no me tengáis miedo. ¿Sois Leonor y Dorotea?
NELL
Sí, señor: así nos llamamos.
EL CONDE, ~llegándose a ellas~.
Pues abrazadme. Soy vuestro abuelo. ¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado algunos años desde que me visteis por última vez. Erais entonces chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra gracia, con vuestra donosura angelical... ~(Las abraza, las besa en la frente.)~
DOLLY
¡Abuelito!
NELL
Yo decía: le conozco.
DOLLY
Por el retrato te conocemos.
EL CONDE
Y yo a vosotras por la voz. No sé qué hay en el timbre de vuestras vocecitas, que me remueve toda el alma. ¿Y como es que los dos sonidos me parecen uno solo? Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras caritas como lo son vuestras voces?... No, no puedo veros bien, hijas de mi alma. Estoy casi ciego. Vamos, sigamos hacia Jerusa. ~(_Capitán_ abre la marcha.)~
NELL
¡Qué sorpresa tan agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo.
EL CONDE
¿Miedo a mí, que os adoro?
DOLLY
Senén nos dijo anoche que venías; pero no creímos que llegaras tan pronto.
NELL
¿Y cómo no has venido en el coche?
EL CONDE
Me molesta horriblemente el traqueteo de ese armatoste... y el venir prensado entre personas groseras y estúpidas... No, no... He preferido venirme a pie, sin más compañía que la de este palo, que me ha regalado un pastor de mis tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será viejo el hombre! Era yo un niño, y él un mocetón como un castillo que me llevaba a la pela por estos montes...
NELL
¿Pero vienes de Polan?
EL CONDE
Allí pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido pasito a paso por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah! Todos los caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las breñas, las rocas, los árboles... Hasta los pájaros creo que son los mismos de mi niñez... Esta hermosa Naturaleza fue mi nodriza. No podréis comprender, niñas inocentes que empezáis a vivir, cuán grato, y cuán triste al mismo tiempo, es para mí recorrer estos sitios, ni cuánto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y personas. Todo lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que desde el mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda en suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver pasar al desdichado Conde de Albrit. ~(Las dos niñas suspiran.)~
DOLLY
Apóyate en mi brazo, abuelito.
NELL
En el mío.
EL CONDE
En los dos... Una por cada lado. Así... Me lleváis como en volandas.
ESCENA V
~NELL y DOLLY; EL CONDE; SENÉN, que ha presenciado de lejos, oculto tras un árbol, el encuentro del abuelo y sus nietas.~
SENÉN
¡Qué estropeado y qué caído está el viejo león de Albrit!... Hoy por hoy, no me conviene malquistarme con él. Nunca se sabe de qué cuadrante sopla la suerte. ~(Viendo avanzar el grupo, se adelanta sombrero en mano.)~ Señor Conde, bien venido sea, mil veces bien venido, a la tierra de sus mayores. ¡Qué hermosa figura hace Vuecencia en medio de estos dos ángeles!
EL CONDE, ~parándose~.
¿Quién me habla?
NELL
Es Senén, papá.
DOLLY
¿No te acuerdas?
SENÉN
Senén Corchado, señor, el que fue... no me avergüenzo de decirlo... criado del señor Conde de Laín.
EL CONDE
¡Ah, lacayo! ~(Con súbita cólera, requiriendo el garrote.)~ ¿Vienes a que te dé dos palos?
SENÉN, ~retirándose~.
¡Señor...!
NELL
Abuelito, ¿qué haces?
DOLLY
¡Si es de casa, si es nuestro amigo!
EL CONDE, ~reportándose~.
Perdonadme, niñas queridas... he confundido sin duda... Y tú, Séneca, Cenón, o como quiera que te llames, perdóname también... te he tomado por otro. Pensé que eras tú el infame que se permitió decirme... Ven acá, dame la mano. Tengo el genio poco sufrido...