El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 16
Sea. Ni una palabra más. Reconozco la extremada delicadeza del asunto, y no puedo menos de respetar el sosiego reparador en que hoy se halla su espíritu. No insisto. Ni es justo que la martirice exigiéndole una manifestación dolorosa, toda vez que lo que usted había de decirme... ya lo sé.
LUCRECIA, ~desconcertada~.
¡Que lo sabe!
EL CONDE
Sí.
~(Pausa. Ambos se miran.)~
LUCRECIA
Pues si lo sabe, es más generoso no preguntármelo.
EL CONDE, ~muy tranquilo~.
Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en su arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la proposición que voy a hacerle.
LUCRECIA
¡Proposición!
EL CONDE
No he venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la concordia inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos el bien que Dios nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para mí.
LUCRECIA, ~con profunda intención, que disimula~.
¡Para usted!... ~(Pausa.)~ ¿Cuál?
EL CONDE
Acceda usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos las quiere usted lo mismo?
LUCRECIA
Lo mismo: son mis hijas.
EL CONDE
Yo no puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.
LUCRECIA, ~con temor~.
Otra vez la tremenda interrogación.
EL CONDE
Otra vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la otra, la que yo quiera.
LUCRECIA
¡Dejarla aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de Albrit, eso es imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.
EL CONDE, ~fríamente~.
Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.
LUCRECIA
Hoy es indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones. No solo debo atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi corrección, en una palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo necesito el cariño de esas dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.
EL CONDE, ~vivamente~.
No son iguales para usted.
LUCRECIA, ~con firmeza~.
Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para usted será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.
EL CONDE, ~con desconsuelo~.
¿Y yo...?
LUCRECIA
En ninguna situación será el Conde de Albrit un extraño para mí. Nell y Dolly vendrán conmigo a verle... en la temporadita de verano... y usted, como ahora, a las dos las querrá por igual... por igual. Esa es condición indispensable para la concordia de nuestras almas, de que usted me hablaba. Dejemos el misterio allá, ante Dios que lo ve, y atengámonos a la realidad... convencional, a la realidad de la ley.
EL CONDE, ~con arranque~.
No... ¡Maldita sea la ley...! La Naturaleza...
LUCRECIA
¡La Naturaleza, no... la ley!
EL CONDE, ~encrespándose~.
No, no. Abomino de una ley infame. Quiero a mi nieta; me pertenece, la reclamo, y usted me la dará.
LUCRECIA
A mí me pertenecen las dos: las he llevado en mi seno.
EL CONDE, ~con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de ambas manos~.
¡Triste de mí! Lucho con la ley, lucho con la madre... contienda imposible...
LUCRECIA, ~con tesón, levantándose~.
Y ni como madre, ni como tutora, puedo acceder a lo que mi padre político pretende.
EL CONDE
¿Será usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar lo que pide el infortunado Albrit?
LUCRECIA
Con grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis hijas. A ellas les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y la presencia continua de entrambas para vivir en paz con Dios, y asegurarme la rectitud de mi alma. La una es mi deber, la otra mi error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las dos presencias, para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi corazón, mis buenas y mis malas acciones.
EL CONDE, ~atribulado~.
Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible vacío. ~(Levantándose, altanero.)~ No, no, Lucrecia, no me conformo... Por Dios, no me lance usted a la desesperación.
LUCRECIA
Sea usted razonable.
EL CONDE, ~suplicante~.
Sea usted generosa.
LUCRECIA
Soy madre...
EL CONDE, ~exaltándose~.
Soy abuelo, soy viejo... Necesito familia, amor.
LUCRECIA
En mí y en mis hijas lo tendrá. ~(Con una idea feliz.)~ Última palabra: véngase usted con nosotras.
EL CONDE
¡Con usted... con las dos! ¡Nunca!
LUCRECIA
¡Loca obstinación!
EL CONDE, ~brioso~.
Entereza, sentimiento del honor.
LUCRECIA
Demencia.
EL CONDE
Si es demencia, maldita sea la razón.
LUCRECIA
Yo arreglaré la vida de usted... yo...
EL CONDE, ~inflexible~.
Sin lo que pido, sin mi nieta, no quiero nada.
LUCRECIA
No tardará el viejo Albrit en renegar de esa independencia, impropia de su edad y de su situación. Acójase a mí, o su vejez será muy triste.
EL CONDE
Nada me arredra... nada temo. Lo mismo me importa la vida que la muerte. ~(Implorando.)~ Lucrecia, por última vez...
LUCRECIA
No insista usted... Se cansa en vano...
EL CONDE
Bien: no diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica... Lucrecia, adiós para siempre.
LUCRECIA
Eso es locura.
EL CONDE, ~trémulo, balbuciente~.
Sí, sí... y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que piden, hacen lo que yo... se van. Mas no saldré sin decir a usted que no veo, que no toco el cambio moral que debía ser resultado de su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma... Confesada y sin confesar, la misma siempre... No creo que la haya perdonado Dios... ¡No la ha perdonado, no la ha perdonado, no, no!...
~(Sale con vivísima agitación. Se siente su paso inseguro por la escalera. Baja agarrándose al pasamanos. Lucrecia, muy agitada, cae en el sofá llorosa. Acuden presurosos a ella Monedero y su esposa.)~
ESCENA IX
~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA; después NELL~
EL ALCALDE
¿No lo decía yo? ¿Ha sacado la zarpa?... Si estoy por bajar, y aplacarle un poquito los humos.
LUCRECIA
No, no... ¡Pobre viejo!... Es muy sensible que no pueda yo acceder a lo que pretende. Dejarle. ~(Atendiendo al ruido de los pasos.)~ ¿Se caerá en la escalera? Vicenta, mande usted que le acompañe alguien. ~(Sale la Alcaldesa a dar órdenes.)~
EL ALCALDE
De veras, ¿no se ha desmandado?
LUCRECIA
No... Debemos compadecerle, cuidar de él con todo el cariño del mundo.
LA ALCALDESA, ~que ha visto alejarse al Conde~.
El pobrecito llora... Parece que no puede tenerse en pie. Pero se resiste a que le acompañe un criado. Quiere andar solo.
LUCRECIA
Solo... ¡Qué dolor! ¡Triste ancianidad!... ~(Sintiendo perturbado su espíritu.)~ ¡Oh, Dios mío! ¿dónde está la paz que diste a mi alma? Ese hombre me la quitó... Es el agitador de mi conciencia... ¡Otra vez el tumulto en mi mente... otra vez la ansiedad, el temor, la duda!... ~(Consternada, alza los brazos, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos.)~
LA ALCALDESA
¿Otra vez mal, amiga mía?
EL ALCALDE
Que venga el médico.
LA ALCALDESA
Al instante.
LUCRECIA
Los dos... Que vengan los dos médicos. Quiero ver al Prior... Que vuelva.
EL ALCALDE, ~oficiosamente~.
Mandar recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA, ~agitadísima~.
Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme. Se renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si con el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija? Nell, alma mía. ~(Entra Nell y se arroja en sus brazos llorando.)~ Ven, abrázame. ¿Verdad que no te separarás de mí, que no quieres separarte de mí?
NELL, ~con emoción infantil~.
Nunca, nunca.
ESCENA X
~Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.~
~EL CONDE, que avanza con lentitud, vacilante, tentando las paredes; después D. PÍO.~
EL CONDE
Ya lo veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de más en el mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha dicho esa mujer, imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a la esperanza... Ya no hay esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete de aquí... El monstruo me ha negado mi consuelo, me roba el único bien de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué delito he cometido para caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder estrechar entre mis brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi raza, flor nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva... se las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias de sus pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el pecador llora... Sus clamores quieren decir dolor, opresión, empacho del vicio; mas no quieren decir arrepentimiento. Cuando el glotón se indigesta, maldice la comida; pero pasa el mal, y vuelve a comer... No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo que te haya perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? ~(Detiénese bajo un farol, y vuelve los ojos al cielo.)~
D. PÍO, ~parado en la acera de enfrente, contemplándole~.
¡Albrit!
EL CONDE
¿Quién me llama? Conozco esa voz; es voz familiar.
D. PÍO, ~acercándose~.
Soy Coronado, tu amigo... quiero decir, el amigo de usía. ~(Le abraza.)~
EL CONDE
¡Ah! mi único amigo quizás... Ven, acompáñame. ¿En dónde estamos? Mi Jerusa también se vuelve contra mí, y me trastorna con el cariz nuevo de sus calles reformadas.
D. PÍO, ~guiándole~.
Por aquí. Si va usía a la Pardina, entremos por el callejón del Cristo.
EL CONDE
No sé a dónde voy... ¿Es de noche ya?
D. PÍO
Sí, señor. Júpiter está encendiendo los faroles.
EL CONDE
¿Quién es Júpiter?
D. PÍO
El farolero, señor. Se llama Jove, Pepe Jove, y yo por broma le llamo Júpiter, aunque más le cuadraría Baco, porque es el primer borracho de Jerusa.
EL CONDE, ~abismado en sus reflexiones~.
¡Noche triste, más triste que aquella en que nos reunimos en el Páramo! No hay humano juicio que pueda discernir esta noche cuál de los dos es más desgraciado.
D. PÍO
¡Ah, señor! ahora y siempre, Coronado se lleva la palma. Y lo comprendería el señor Conde, si ver pudiera las magulladuras y cardenales de mi cara, donde esas condenadas han escrito esta tarde, con sus uñas, la maldad de sus corazones.
EL CONDE
¿Qué me dices?
D. PÍO
Me han insultado, clavándome sus garras en el rostro; me han herido en la cabeza con una palmatoria... me han tenido todo el día sin comer. Gracias que en casa de un amigo me dieron estos pedazos de pan...
EL CONDE
¿Y no las matas? Si malo es ser bueno, peor es no ser hombre.
D. PÍO, ~con desprecio de sí mismo~.
Albrit amigo, yo no soy hombre... yo no sé lo que soy.
EL CONDE
Mátalas.
D. PÍO
¿Matar yo?... Ni un mosquito ha recibido la muerte de mi mano. Que las espachurre Dios si quiere... Y usía, señor D. Rodrigo, tenga la dignación de acabar conmigo esta misma noche, porque ya no puedo más, ya no aguanto más. Coronado no ha de ver salir el sol de mañana, porque ese sol significaría más vida; significaría luz, aire, sonido, y yo quiero... ver las tinieblas, oír el silencio. ~(Pateando con desesperación.)~
EL CONDE
Así me gusta. ¿De modo que estás decidido?
D. PÍO
Tan decidido, que todo lo he dispuesto. Escribí la carta, en la que digo que a nadie se culpe de mi muerte, y no me he vestido de limpio, porque esas bribonas me han empeñado la ropa... ¿Pero qué me importa la ropa, si esta noche he de acabar? Ahora iba yo en busca de usía para que me cumpliera lo ofrecido.
EL CONDE, ~cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con nerviosa fuerza~.
Sí... lo haré, lo haré con toda el alma... Me siento esta noche... no sé... me siento criminal.
D. PÍO
No será crimen, sino favor.
EL CONDE, ~con gran vehemencia~.
Sí... morirás, Pío; caerás rodando por el cantil... antes de llegar al fondo del abismo, te harás pedazos... Morirás, sí. El hombre extremadamente bueno debe morir. Es una planta viciosa, estéril... Sí, bendito Coronado: verás con qué gracia y con qué denuedo te arrojo a la sombría inmensidad, como si lanzara una pelota. Aún tengo vigor para eso y para mucho más...
D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.
Ahora mismo, si usía quiere...
EL CONDE
No, ahora no. Tengo que ver a mi Dolly, a mi adorada Dolly... quiero darle el último adiós, comérmela a besos... sí, lo que se llama comérmela... Abur, Coronado, no me sigas. Puedo andar solo.
D. PÍO
Espero a Vuecencia...
EL CONDE
En el Páramo.
D. PÍO
Más seguro será en las Tres Cruces, al extremo de la calleja que sube a Santorojo, a la entradita del bosque.
EL CONDE
Bueno... Iré. Déjame ahora.
D. PÍO
¿No quiere usía que le acompañe?
EL CONDE
No... ya estoy cerca.
D. PÍO
Todo seguido. Allí se ve una luz: es la Pardina... Adiós.
EL CONDE
Hasta luego. ~(Renqueando, se pierde en la obscuridad.)~
~(Después de verle entrar en la Pardina, D. Pío se aleja.)~
ESCENA XI
~Habitación del Conde en la Pardina.~
~EL CONDE, VENANCIO, GREGORIA; después SENÉN.~
VENANCIO, ~que entra y ve al Conde revolviendo en su maleta~.
¿Qué hace el señor Conde?
EL CONDE
Ya lo ves: recojo algunos papeles que deseo llevar siempre conmigo.
GREGORIA, ~alarmada~.
¿A dónde va usía?
EL CONDE
A donde a vosotros no os importa. ¿Por qué no viene Dolly? Dos veces la he mandado llamar.
VENANCIO
Ahora vendrá.
EL CONDE
Pues voy a donde quiero. A vosotros os bastará saber que os dejo en paz.
VENANCIO, ~premioso, rascándose la cabeza~.
Me alegro de que el señor Conde facilite la separación, porque yo vengo a decir a Vuecencia... que... que no puede seguir en mi casa.
GREGORIA
Nada más que por el carácter soberbio del señor Conde... que por lo demás...
EL CONDE
Sí: mi carácter altanero no se aviene con el vuestro, tan suave, tan pacífico.
VENANCIO
Por lo cual, he determinado que Su Excelencia se aloje en donde guste, fuera de mi casa... Por esta noche puede quedarse; pero mañana...
EL CONDE, ~con dulzura, resignado y calmoso~.
Esta noche misma: no te apures. Tú te quedas en tu Pardina, y yo me voy... a donde me acomode. No hablemos más. Al fin y a la postre, tengo que agradeceros la hospitalidad que me habéis dado.
VENANCIO
Nada tiene Vuecencia que agradecernos. Lo que me duele es que no hayamos podido hacer buenas migas.
EL CONDE
Las migas hacedlas vosotros... y que os aprovechen... Os pido el último favor. Traedme a Dolly. Los minutos que paso sin verla me parecen siglos.
VENANCIO
Vamos.
EL CONDE, ~sintiendo ruido en la puerta~.
¡Ah! ella es...
SENÉN, ~entrando~.
Soy yo, señor...
EL CONDE
¡Maldito seas! ~(Exaltado.)~ ¡Que venga Dolly, que venga al instante!
SENÉN, ~aparte a Venancio y Gregoria~.
Dejadle conmigo. No hará nada, y en todo caso, yo sabré ponerle como un guante.
~(Se van Gregoria y Venancio.)~
ESCENA XII
~EL CONDE, SENÉN; después GREGORIA~
EL CONDE, ~receloso, altanero~.
¡Ah!... te dejan aquí, como de guardia, por temor de que yo...
SENÉN
No, señor: vengo... porque... es _de todo punto indispensable_ que hable dos palabras con usía.
EL CONDE
¿Conmigo?... ¿Palabritas tú? No: tú vienes a vigilarme. Creen que voy a pegar fuego a la casa... No, Senén; yo no hago mal a nadie, ~(Óyense gritos lejanos de Dolly, llorando, pidiendo socorro.)~ ¡Oh! ¿qué es eso?... ¡Dolly grita... llama! ¿Es su voz... o estoy yo loco y no sé lo que escucho?... Infames, ¿qué hacéis a mi hija, a mi Dolly? ~(Furioso, se precipita hacia la puerta. Cesan las voces.)~
SENÉN, ~cortándole el paso~.
Deténgase usía. Ya no puede evitarlo.
EL CONDE
¿Qué?
SENÉN
Que se la llevan. ~(Mira por la ventana.)~ Ya, ya salen con ella. ~(Corre Albrit a la ventana.)~
EL CONDE
¡Bandidos, ladrones! ~(Vuelve a la puerta.)~
SENÉN, ~sujetándole~.
Deténgase, y óigame un instante. ~(Cierra la puerta y quita la llave.)~
EL CONDE, ~amenazante~.
¿Qué haces?... ¡Me encierras!
SENÉN, ~agitadísimo~.
Una palabra, señor Conde, una sola, y usía comprenderá que quiero prestarle un gran servicio... Yo le explicaré...
EL CONDE
Pronto.
SENÉN
La niña... Su madre la mandó llamar; no quiso ir... Ha venido el Alcalde con toda su fatuidad, y con una pareja de la Guardia civil, y se la ha llevado.
EL CONDE, ~fuera de sí~.
Ábreme esa puerta, o te mato ahora mismo. Ciego, aún tengo vigor para defenderme, para defender al ser amado. Ábreme te digo. ~(Coge una silla, decidido a estrellársela en la cabeza.)~
SENÉN, ~trémulo~.
Abriré... pero antes... quiero deshacer el grave error de usía.
EL CONDE
Habla... pronto.
SENÉN
Usía, movido del honor, ha pretendido descorrer el velo, señor; descorrer el velo...
EL CONDE
Acaba.
SENÉN, ~sudando la gota gorda~.
El velo ¡ay! para descubrir la verdad, el endiablado secreto de la familia.
EL CONDE
Sí.
SENÉN
Y usía no ha visto nada.
EL CONDE
Sí he visto.
SENÉN
Lucrecia no ha querido decir a su padre político la verdad... Ese secreto, señor Conde, no lo posee más que un hombre en el mundo, y ese hombre soy yo.
EL CONDE
¡Tú!
SENÉN
Yo, que lo oculté, y ahora lo revelo. La hija falsa, la hija espúrea... es Dolly.
EL CONDE, ~aterrado~.
¡Oh!... No, no... ¡Tú mientes! ~(Poseído súbitamente de un furor trágico.)~ Lacayo vil, tú mientes, y yo... ahora mismo ~(Se arroja sobre él, clavándole ambas manos en el cuello)~, ¡te ahogo, rufián! ~(Forcejean. El Conde, aunque anciano, es mucho más vigoroso que Senén; le arroja al suelo, y oprimiéndole con el peso de su cuerpo, le acogota.)~ ¡Villano, serpiente!... te mato, te ahogo, te aplasto. ~(Breve y formidable lucha.)~
SENÉN, ~que al fin, con gran trabajo, logra desasirse del Conde~.
¡Qué furor!... ¡Así paga mi servicio! Tengo pruebas.
EL CONDE
Tus pruebas son falsas.
SENÉN
Ahora lo veremos.
EL CONDE
¡Falsario, traidor! Dolly es mi sangre.
SENÉN, ~trémulo, descompuesto el rostro y el cabello, registrándose los bolsillos~.
Aquí, aquí la verdad, señor... Tan verdad, como que hay Dios. ~(Saca un paquetito de papeles.)~
EL CONDE
Venga. ~(Arrebata el paquete que muestra Senén, lo deshace, abre un pliego, intenta leer aproximándose a la luz.)~ No veo... no veo... ~(Con desesperación.)~ ¡Dios mío, luz a mis ojos; quiero luz!... Este hombre me engaña.
~(Llaman a la puerta. Óyese la voz de Gregoria.)~
SENÉN
Aguarde un poco.
EL CONDE, ~consternado, indeciso~.
No veo... Toma, toma tus papeles... ~(Se los da, y luego los retira.)~ No... léemelo tú... pero no me engañes.
GREGORIA, ~golpeando la puerta~.
Abrir... Abre, Senén.
EL CONDE
¡Qué importunidad!
SENÉN, ~recogiendo sus papeles de manos del Conde~.
Luego los veremos.
EL CONDE, ~a Gregoria, que sigue llamando~.
¿Qué demonios quieres? ~(Gregoria dice dentro algo que Albrit no entiende. Senén aplica su oído a la cerradura.)~
SENÉN
Dice que han traído una carta de la Condesa.
EL CONDE
¿Para mí?... Venga pronto. ~(Abre Senén. Entra Gregoria, y da una carta al Conde, que la abre con temblorosa mano.)~ No veo... ~(A Senén, dándosela.)~ Léemela tú.
SENÉN, ~leyendo, alumbrado por el farol que trae Gregoria~.
«Señor Conde, por consejo de mi confesor, he autorizado a este para revelar a usted la verdad que desea saber.--Lucrecia.»
EL CONDE
¿Dice eso?
GREGORIA, ~examinando la carta~.
Eso dice.
EL CONDE
Basta.
SENÉN
El Prior está en la parroquia.
EL CONDE, ~disparado~.
Corro allá.
ESCENA XIII
~Iglesia parroquial de Jerusa, situada al Norte de la villa. Es irregular, conjunto inarmónico de nobles vestigios, y de restauraciones y enmiendas de fementido gusto. En el costado de Poniente, conserva un bello pórtico románico rodeado de poyos de piedra, muy cómodo para los que van a esperar la misa, o a ver salir la gente. La puerta, que por allí da ingreso a la nave lateral, es gótica, pintada de ocre, y sus gastadas esculturas, con las repetidas manos de cal, parecen obra de pastelería. En un ángulo del pórtico hay una puertecilla, de arco rebajado, que conduce a la sacristía. En diversas partes del edificio se ve el escudo de Laín: banda de cuarteles y un águila explayada con el lema en el pico: _Decor vinxit_. El interior ofrece escaso interés.~
~Como primera noche de la novena de Nuestra Señora de la Esperanza, hay sermón, que predica D. Carmelo, y Manifiesto. Asisten al piadoso acto los dos monjes de Zaratán, ocupando los sitiales del presbiterio, en que antaño se sentaban los Condes de Laín y señores de Jerusa, y hogaño son para las autoridades y personas de viso. Ha querido D. Carmelo deslumbrar al Prior, prodigando las luces, con ayuda de las señoras piadosas de la villa. Cortinas de terciopelo baratito, ramos de dalias y guirnaldas de follaje, completan la vistosa decoración.~
~Prevalece en Jerusa una costumbre que el progreso no ha podido destruir, y consiste en que las mujeres usan, para ir a la iglesia, unas mantellinas o caperuzas de franela, blancas, en forma de saco abierto por un lado, y ribeteado de estambre de color, con una motita en el vértice. Este tocado, que ha resistido valiente a las anuales acometidas de la moda, es extremadamente gracioso y pintoresco, y da a las multitudes un aspecto medieval. Úsanlo también las señoras principales, distinguiéndose por la finura de la franela y la mayor gala del adorno, comunmente de seda.~
~Sube al púlpito D. Carmelo, y enjareta un sermón pesadito, recamado de retóricas de similor, y el indispensable latiguillo de latinajos al final de cada período. Óyenlo con gran recogimiento los feligreses, sin entender palabra, lo que les aumenta la devoción, que tira un poquito a somnolencia.~
~EL CONDE, SENÉN, en la iglesia, fatigados del plantón y del kilométrico discurso.~
EL CONDE, ~de mal talante~.
Salgamos; esto es insoportable.
UN HOMBRE DEL PUEBLO, ~abriendo paso al prócer~.
¿Por qué no sube usía a su sitial, en el presbiterio? Por la sacristía puede pasar sin apreturas.
EL CONDE
Gracias, amigo... me voy fuera. Se ahoga uno aquí con tanto calor y tanta retórica. ~(Salen y esperan. Ambos permanecen silenciosos. El Conde da espacio a la ansiedad de su espíritu paseándose.)~
SENÉN. ~(En el camino de la Pardina a la iglesia, le ha contado algo de las ocurrencias y zaragata de Verola, sin que el Conde demuestre interés alguno.)~
Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado con gana. ¡Vaya una correa de sermón que se ha traído!
EL CONDE
Es pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El chorro de palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja contrariedad para mí! ¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin duda, Carmelo quiere lucirse con el Prior, y no cae en la cuenta de que el pobre fraile estará tan aburrido como nosotros.
~(Pasa tiempo. Como todo tiene fin en este mundo, se acaba el sermón carmelino. Óyense modulaciones de órgano, cantos... Media hora más, y empieza a salir la gente. Retírase Albrit al ángulo del pórtico, para dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la sacristía Nell, acompañada de Consuelito y de una criada del Alcalde. Lleva la niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica, arrancada de las vitelas de un misal antiguo. Su rostro, de hermosas líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues de la tela con suprema elegancia.~
~Antes que vea Nell a su abuelo, Senén llama la atención de este sobre la aparición de la niña. Se estremece Albrit de sorpresa y emoción; la busca con su mirada incierta. Nell le ve al fin, y corriendo hacia él, le coge las manos y en ellas da sonoros besos. Al aproximarse la señorita, Senén se escabulle.)~
ESCENA XIV
~EL CONDE, NELL, CONSUELITO~
NELL
Abuelito mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto al altar, tienes tu silla.
EL CONDE
¡Nell, qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...
CONSUELITO, ~oficiosamente~.
Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de Albrit. La conservo yo como recuerdo histórico.
EL CONDE, ~con arrobamiento~.
Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo rodea...
NELL, ~sorprendida de la emoción del anciano~.
Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por qué tiemblan tus manos?... ¿Lloras?