El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 15
No me ofendáis suponiendo que sé las cosas a medias. No: Consuelo Briján, o las ignora por entero, o las sabe de cabo a rabo; y todo, todito lo que pasó ayer en Verola lo conoce ya... y vosotros... ni palabra... y estáis rabiando porque yo os lo cuente: de donde resulta que sois tan curiosones como yo; pero hipócritas al propio tiempo, porque os regaláis con la fruta que buscan los que llamáis chismosos... ¡Ay, dejadme que me siente!... estoy cansadísima... he venido volando para contaros... No, no: punto en boca. Ahora me vengo de los hipocritones, negándome a darles la golosina... ~(Gozándose en la ansiedad de los que la rodean.)~ No, no: no digo nada. Sois más fisgones que yo, y más ávidos del escándalo ajeno que yo... Mira, mira los ojos chispos del Alcaldillo... Y el curita... cómo se relame esperando el dulce... Pues me callo... Soy muy discreta... No me gusta meterme en vidas ajenas. ~(Con énfasis cómica.)~ Es pecado; es falta de caridad, de delicadeza... Cada cual se las arregle para buscar la comidilla, que a mí mi trabajito me ha costado sacarla de las entrañas de la tierra. ¡Ahora se fastidian, se fastidian!
EL ALCALDE
Vaya, no marees, y dinos lo que sepas.
EL CURA
¿Pero cómo puede usted saber...? ¿Acaso tiene espías en Verola?
EL ALCALDE
Los tiene en todas partes. Son corresponsales que le escriben, y hasta le ponen telegramas.
CONSUELITO
Espías, no; pero tengo mi representación en Verola. ¿Cómo no, habiendo allí tanta gente gorda de la que da que hablar, y estando además Lucrecia, que por sí se basta y se sobra para dar materia a setenta corresponsales?
LA ALCALDESA
Pues suelta la sin hueso. Abre la espita. ¿Qué ha ocurrido?
CONSUELITO, ~sin poder contenerse~.
Una bronca fenomenal. Lucrecia ha reñido con el Marqués de Pescara, el cual, en una entrevista que tuvieron en la estufa, debió de insultarla... ¡Cosas tremendas, señores, que ponen los pelos de punta! ¡Qué tal habrá sido la gresca, que de ella resultó desafío...!
EL CURA
Dios nos asista.
CONSUELITO
La conducta del de Pescara no le pareció bien al Duquesito de Malinas... Que si esto, que si lo otro, que patatín y que patatán. Salieron desafiados para la frontera, donde a estas horas se habrán disparado el uno al otro la mar de tiros.
LA ALCALDESA
Pero la causa, el porqué de toda esa zaragata...
EL ALCALDE
Vete a saber. Probablemente celos...
CONSUELITO
Algún motivo daría Lucrecia para que el Marqués echara los pies por alto.
SENÉN, ~vivamente~.
No habrá sido la Condesa quien ha dado el motivo, sino el Marqués, que hace tiempo venía faltando...
EL CURA
¡Ah! tunante; luego tú sabes... Permítame la señora Doña Consuelo Briján que ponga en cuarentena todo ese folletín de _La Correspondencia_ que acá nos trae...
CONSUELITO
Mis informaciones, Sr. D. Carmelo, son siempre _competentemente autorizadas_, y proceden...
EL CURA
De chismes de lacayos o marmitones.
EL ALCALDE
Eso no: el corresponsal de mi prima en Verola es un punto que sabe su obligación.
LA ALCALDESA, ~riendo~.
Tadea, la planchadora de los Donesteve.
EL ALCALDE
Y que no se descuida. Larga unas cartas de seis pliegos, llenos de garabatos, que parecen una alambrera. Esta sola los entiende.
CONSUELITO
Y que no se le escapa nada. Antes de la gresca, los Donesteve y Lucrecia habían concertado casar a Nell con el Marquesito de Breda, primogénito de Utrech.
EL CURA
Buena boda. ¿Y a Dolly?
CONSUELITO
Seguían los tratos para apalabrarla con el hijo segundo.
EL ALCALDE
Eso se llama barrer para adentro.
LA ALCALDESA
¿Y qué más?
CONSUELITO
La noticia gorda, la bomba final... ¡Ah! esa no te la digo si no me la pagas en lo mucho que vale.
LA ALCALDESA, ~riendo~.
¿Qué quieres por ella?
CONSUELITO
Me has de dar el tarro de dulce de coco con batata que recibiste ayer de la confitería. Ya sabes que me muero por el coco.
EL CURA, ~a carcajadas~.
Golosa había de ser.
EL ALCALDE
Está bueno. ¡Que le den el dulce por las mentiras!
CONSUELITO, ~poniendo morros~.
Pues si no me lo dan, no hay caso. No suelto una palabra.
LA ALCALDESA
Hija, no: lo que es el coco, no lo catas...
CONSUELITO
Pues no cataréis vosotros la miel que tanto os gusta... ¿Ves, ves al curita cómo se relame?...
EL CURA, ~riendo~.
Vicenta, dele usted el tarro, ¡por San Blas! porque si no se lo dan, no habla; y si no habla, revienta.
LA ALCALDESA
Bueno; le cederé la mitad.
CONSUELITO
Anda, cicatera... Pues la noticia es que a Lucrecia le dieron como unos siete ataques espasmódicos, seguiditos.
EL ALCALDE
Bah, bah...
CONSUELITO
Espérate... Y se tiró de los pelos, y se abofeteó a sí misma, diciéndose por su propia boca muchas más abominaciones que han dicho de ella las bocas de los demás.
EL CURA
Principio de arrepentimiento.
CONSUELITO
Como que reconocía que por haber sido ella tan alegre de cascos, pasan estas trifulcas. Y consternada, medrosa del infierno, volvió los ojos a la verdad, y... vamos, que se le ocurrió confesarse. ~(Estupor general.)~
EL CURA, ~oficiosamente, a la Alcaldesa~.
Pásele usted recado, Vicenta. Dígale que estoy a sus órdenes.
CONSUELITO
_Tarde piache._ Desde Verola mandó un propio a Zaratán.
EL ALCALDE
Sí, hombre... Hace dos años, se confesó también con Maroto. Por cierto que dijimos: «Ya no volverá a las andadas.» Pero al poco tiempo... ¡trómpolis! Lo que hacen estas: vaciar de pecados viejos la conciencia, para hacer hueco, y poder ir estibando los pecados nuevos.
EL CURA, ~desconcertado~.
Pero entendámonos: ¿mandó aviso a Maroto anunciándole que ella iría a Zaratán, o le suplicaba que fuese él a Verola?
CONSUELITO
La carta no lo puntualiza. Está escrito en una postdata, momentos antes de salir el peatón.
EL ALCALDE
Bueno; y después de todo, ¿qué nos importa? La especie de la confesión apenas vale un cuarto kilo de dulce.
EL CURA, ~cejijunto~.
Sí vale, sí... En fin, Vicenta, hágame el favor de decir a la Condesa...
LA ALCALDESA
Al momento voy. ~(Entra en la casa.)~
EL ALCALDE, ~oyendo la campana que anuncia entrada de visitante por la puerta principal del jardín, al lado opuesto de la casa~.
¿Quién entra?
SENÉN, ~que ha corrido a enterarse~.
¡D. José, D. José!...
EL ALCALDE
¿Quién es?
SENÉN
El Prior de Zaratán.
EL ALCALDE
Que pase a la sala... ¡Y me coge en zapatillas!...
EL CURA, ~de mal talante~.
Yo le recibiré.
~Momentos de confusión. El Padre Maroto y el cogulla que le acompaña son recibidos por D. Carmelo. Preséntase luego el Alcalde; baja la Alcaldesa; median las cortesanías usuales. Sube el Prior a la estancia de la Condesa. Salen nuevamente al jardín los demás personajes, entre ellos el monje, a quien anuncia Monedero que el señor Prior y la compañía comerán en su casa. Alega D. Carmelo mejor derecho y significación, que los Monederos reconocen. Después, Consuelito entretiene con ameno coloquio al monje.~
LA ALCALDESA
Yo espero que después de la confesión recibirá a los amigos.
EL CURA, ~displicente~.
¡Y si no los recibe, qué le hemos de hacer...! Yo predico esta noche. Comenzamos la novena de la Esperanza, y entre repasar el sermón y vestir un poquito la iglesia, se me va el día... Me parece que no podré volver.
EL ALCALDE
¿Y las niñas?
LA ALCALDESA
Nell estaba con su mamá... ¿Pero no sabes?... Dolly se ha vuelto a la Pardina, sin decirnos nada. La Condesa me encarga que la mande venir inmediatamente. Quiere que las dos estén a su lado.
EL ALCALDE
Lo que digo: es loca esa chicuela. Anda, Senén; vete a la Pardina, y te la traes. Dile que lo manda su mamá, y que también lo mando yo, el Presidente del Ayuntamiento. Ya le bajaremos los humos a esa leoncita...
~La confesión dura cinco cuartos de hora, determinados reloj en mano por Consuelito y D. Carmelo. Este se lleva a su casa a los dos frailes, que resuelven quedarse en Jerusa hasta el día siguiente, porque el Prior tiene que solventar asuntos varios en el Ayuntamiento. Alégrase de esta detención el Cura, para que puedan oír y apreciar su sermón de aquella noche dos teólogos insignes.~
~Vuelve Senén de la Pardina con la incumbencia de que Dolly no quiere salir de allí, y que ha hecho burla del Alcalde y de su vara, lo que saca de quicio a Monedero. Le calma su esposa con el razonamiento de que es muy natural que la chiquilla desee comer con su abuelo por última vez. Transige D. José María, asegurando que a la tarde, o viene la fierecilla, o va él a buscarla con la Guardia civil. Senén, que no se da por vencido con los repetidos desaires de la Condesa, se va a su casa, prometiendo volver al plantón a primera hora de la tarde. Es de los que se imponen por el terror.~
~A la una comen los Monederos con Nell y Consuelito. A Lucrecia se le sirve en su cuarto. Dan las dos, las tres...~
ESCENA V
~Sala baja en casa del Alcalde.~
~LA ALCALDESA; EL CONDE, que acaba de entrar; después NELL.~
LA ALCALDESA, ~aturdida~.
Ya me figuro, señor Conde de Albrit, a qué debo el honor de verle en mi casa.
EL CONDE
Deseo hablar con Lucrecia. Y no sé con qué palabras solicitar de usted la benevolencia que necesito por esta libertad, por esta osadía de mal gusto con que llego a su casa.
LA ALCALDESA
¡Oh, señor Conde...!
EL CONDE
Es que su esposo de usted y yo no hacemos buenas migas. Anoche hemos cruzado algunas palabras un tanto mordaces... Si el Sr. Monedero me arroja de su casa, lo llevaré con paciencia... ~(La Alcaldesa, sin saber qué decir, hace con ojos y boca diferentes muecas y monerías.)~ Ya no me importa. En el conflicto en que me veo, la dignidad, ¿qué digo dignidad? la vergüenza, no significa nada para mí. Voy derecho a mi objeto con cara insensible, y mi objeto es...
LA ALCALDESA, ~recobrando su aplomo~.
Ver a Lucrecia, sí.
EL CONDE
Y me atrevo a rogar a usted que haga comprender a su amiga que solo me mueve a molestarla la necesidad imprescindible de tratar con ella, sin recriminaciones, un grave asunto de familia.
LA ALCALDESA
Yo se lo diré. No dude usted que hablaré a mi amiga con vivo interés.
EL CONDE
Gracias, millones de gracias, señora mía. Carmelo quedó en proporcionarme la entrevista; mas sin duda sus ocupaciones se lo han impedido. Cansado de esperarle, deshecho, ardiendo en impaciencia, no he podido refrenar mi temperamento ejecutivo, y arrostrando el disgusto del señor Alcalde, aquí me tiene usted...
LA ALCALDESA, ~decidida a emplear un lenguaje extremadamente fino~.
Abrigo la esperanza de ser afortunada en la misión que usted me confía. Pero no puedo evitar al señor Conde la molestia de esperar un ratito, porque Lucrecia, que ha venido malísima, en un estado nervioso imposible, ¡ay qué pena! ha podido al fin conciliar el sueño. La verdad, no me atrevo a despertarla.
EL CONDE, ~alardeando de paciencia~.
Aguardaré todo lo que usted quiera: tres días con sus noches, si fuere preciso. Para mí no es molestia esperar. Si para usted no lo es tener a este pobre viejo en su casa, aquí me estoy, sentadito, hasta que mi ilustre nuera se digne mejorar de sus nervios, y acuerde recibirme.
NELL, ~entrando con timidez~.
Abuelito, hasta ahora no me habían dicho que estabas aquí.
EL CONDE, ~besándola~.
Hija mía, vengo a ver a tu mamá.
NELL
¡Oh, cuánto sufre la pobre! Yo te ruego que no hables con ella más que un ratito. Y si pudieras dejar la conversación para mañana, mejor.
EL CONDE
Mañana... ¡ah! estoy muy viejo. Los viejos no pueden esperar tanto.
NELL
Lo he dicho pensando que sería lo mismo para ti. ~(El abuelo le da suavemente en la mejilla.)~ Porque mañana no estará mamá en disposición de que nos marchemos.
EL CONDE
¿Tienes prisa?
NELL
Ninguna. Lo que tengo es una penita de dejarte... ¡qué pena! Pero yo te aseguro, te doy mi palabra, ¿me crees?... de que siempre que podamos vendremos a verte.
EL CONDE, ~con profunda tristeza~.
¡Ojos que te vieron ir...!
LA ALCALDESA
En buena lógica, debemos suponer, y aun afirmar, que vendrán.
EL CONDE
¡Ah! Cuando os encontréis en ese mundo que ha de aprisionaros con sus mil atractivos y seducciones, no os acordaréis del viejo Albrit, a quien dejáis en Jerusa aposentado de limosna.
NELL, ~abrazándole~.
Papaíto de mi alma, no digas que te olvidamos, porque me enfadaré contigo. Ni yo ni Dolly podemos olvidarte. Las dos te queremos lo mismo. Te escribiremos cartitas, y tú a nosotras también, pidiéndonos lo que te haga falta. ¿Qué quieres, qué deseas?
EL CONDE
Por el momento, que despierte tu mamá.
NELL
¡Si está despierta! Apenas ha dormido veinte minutos.
LA ALCALDESA
Pues voy allá, oficiando de introductora de embajadores.
EL CONDE
Sí, señora, vaya usted... Se lo agradeceré toda mi vida. ~(Vase la Alcaldesa.)~
NELL, ~mirando al jardín~.
Desde esta mañana, tenemos aquí a ese cataplasma de Senén con la pretensión de que mamá le reciba.
EL CONDE
Por lo visto, hay cola. Senén y yo nos encontramos en igual situación de solicitantes de audiencia; pero como yo estoy en desgracia, pobre viejo que soy, y regañón insoportable, verás cómo tu madre atiende a ese lacayo antes que a mí. Tu abuelo será el último, lo verás... No me importa, no. Ya dijo nuestro Señor: «Los últimos serán los primeros.» Seamos humildes, aunque, la verdad, se necesita gran violencia y abnegación grande para ponerse en fila detrás de Senén. ~(Vuelve la Alcaldesa, y suplica al Conde que aguarde un ratito, pues antes recibirá Lucrecia a un postulante importuno.)~ ¿No te lo dije?
LA ALCALDESA
No: si es porque se vaya de una vez, y quitarnos de encima esa mosca.
EL CONDE
Bueno. Vaya delante la mosca. Luego pasará el moscardón... ~(Siente subir a Senén.)~ Ya sube ese hombre. Dios le dé lo que no tiene: la santa concisión.
~(Asómase a la puerta el Alcalde, que, como ha vuelto a ponerse las zapatillas, puede aproximarse sin hacer ruido. Contempla con burlona sonrisa al Conde.)~
ESCENA VI
~Gabinete alto en la misma casa.~
~LUCRECIA, recostada en un sofá con gatuna indolencia, sin corsé, suelto y en desorden el cabello. Su rostro desmejorado, y el centelleo insano de sus bellos ojos, son el rastro de la furiosa tempestad; SENÉN, que, respetuoso, permanece en la puerta.~
LUCRECIA, ~impaciente y altanera~.
Pasa y cierra... Pero no te acerques. Quédate ahí. Traerás, como siempre, tus endiablados perfumes.
SENÉN
Dispense la señora... He puesto mi ropa al aire...
LUCRECIA, ~desdeñosa~.
No te aproximes... ¿Qué quieres? Dímelo pronto. Ya ves qué mala estoy.
SENÉN, ~con falsa humildad~.
Ya debe suponer la señora que vengo a...
LUCRECIA
Aquello no ha podido ser.
SENÉN
Ya lo sé. Han nombrado a otro. Por eso digo que vengo a quejarme...
LUCRECIA, ~con acritud~.
¡A quejarte! ¿De qué? Pues eso me faltaba. ¿Crees que tengo yo en mi mano los destinos, las fianzas, y todo eso que ambicionas?
SENÉN, ~sacando las uñas~.
La señora no ha conseguido la fianza, que era lo principal, porque no ha querido. Teniendo la fianza, la plaza es lo de menos. Ya tenemos otra vacante de agente ejecutivo.
LUCRECIA
¿Y cómo había de conseguir yo la fianza?
SENÉN, ~tragando saliva~.
Ya, ya sé que al señorito Ricardo no podía pedírsela... No se enfade la señora: yo me pongo en lo razonable... A D. Ricardo no era posible... Pero con que la señora hubiera dicho al Duque de Utrech: «Señor Duque, quiero...»
LUCRECIA, ~interrumpiéndole~.
¿Pero de dónde sales tú? En ese mundo de tu ambición ridícula se pierde, por lo visto, toda noción de la realidad. Está bien: yo no tengo más que hacer que importunar a todos mis amigos, pidiendo fianzas para este gaznápiro.
SENÉN, ~escondiendo las uñas~.
Sí, ya sé... la señora no puede... ¡Qué le hemos de hacer! Es difícil... y además, ¿quién soy yo para que la señora se moleste por mí? No, no lo pretendo. Los servicios que he prestado a la Condesa de Laín, mi lealtad a toda prueba, ¿qué valen?
LUCRECIA, ~con arrogancia~.
Tus servicios bien pagados están. Ea, me canso ya de contemplaciones. Senén, no te debo nada.
SENÉN, ~erizando el pelo~.
Bueno... sea como la señora dice. Yo me callo. Eso he hecho yo toda mi vida, callarme; y de tanto callar, me veo tan atrasado en mi carrera... de tanto callar, sí, señora; y si quieren que lo pruebe, lo pruebo.
LUCRECIA
Tu silencio me importa ya tan poco, que no doy nada por él... No me tiene cuenta.
SENÉN, ~agachándose para dar el salto, los verdes ojuelos centelleando~.
Eso quiere decir que la señora en nada estima mi fidelidad, esta fidelidad de perro, que no tiene igual... y lo pruebo.
LUCRECIA
Lo que estás probando tú es mi paciencia.
SENÉN, ~acobardado nuevamente, sin atreverse más que a desenvainar las uñas de sus patas delanteras~.
No molesto más. Aunque la señora me da este pago, yo no le haré ningún perjuicio. Pero, en justicia, bien podría desquitarme. Como soy tan caballero, me he perjudicado por guardarle la consecuencia, por poner arrimos a su decoro, por custodiarle los secretos, por tapar la boca de todos los que hablaban de ella... lo que la señora no debiera oír... ~(En su cobardía, no hace más que enseñar los colmillos, y tirar levemente la zarpa.)~ Vamos, que ni por su madre haría ningún hombre lo que yo he hecho. De suerte que si la señora dice que no le importa...
LUCRECIA
No me importa. Vete pronto.
SENÉN
Pues bien puedo jurar que a mí me importa menos.
LUCRECIA
Bastante tiempo he sufrido a este animalucho siniestro, con sus garras clavadas en mí. Ya no más. Si no sales pronto, llamaré para que te arrojen a escobazos.
SENÉN
No alborote, no alborote, que es peor.
LUCRECIA, ~furiosa, tirando de la campanilla~.
¿Cómo que es peor? ¡Trasto, si no te vas...!
~(Entran precipitadamente una criada, la Alcaldesa, después el Alcalde.)~
SENÉN, ~turbado por la rabia~.
Si no digo nada; si yo... si es que...
LUCRECIA
Por favor, arrójenme de aquí a este hombre, y a su paso vayan echando ácido fénico.
EL ALCALDE, ~con un castañeteo de lengua, como el que se emplea para despedir a un perro~.
¡Eh... tú...!
SENÉN, ~al salir, todo uñas, bufando~.
Ácido fénico... Por donde ella vaya... hace más falta... y lo pruebo.
ESCENA VII
~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA, después NELL.~
LA ALCALDESA
Hija, si llego yo a sospechar esto, cualquier día le dejo pasar.
LUCRECIA, ~tranquilizándoles~.
No; si es mejor así. Se me ha resuelto un absceso; me he sacado una muela, que me dolía horriblemente.
EL ALCALDE
Pues digo, lo que le espera a usted ahora, mi querida Lucrecia.
LA ALCALDESA
¡Ah! el león... Hija mía, no he podido evitarlo... ¿Qué había de decirle?
EL ALCALDE
Pues muy claro: que llamara a otra puerta. ¡Ah! si soy yo quien le recibe...
LUCRECIA, ~sorprendiendo a todos con su inesperada serenidad y alegría~.
¿Queréis que os diga la verdad? Pues mi ilustre suegro, que me inspiraba un pavor horrible, ya no... Es raro... Vamos, que ya no le temo.
NELL, ~entrando a la carrera~.
Mamita, por más que le digo al abuelo que mañana, insiste en que ha de verte hoy.
LUCRECIA
Hoy, sí...
LA ALCALDESA
¿Le digo que...?
LUCRECIA, a Nell.
Ve tú, hija, y suéltame al león. ~(Sale Nell gozosa, y se precipita por la escalera.)~
EL ALCALDE
Nos pondremos todos en guardia detrás de esa puerta, ¡trómpolis! y en cuanto oigamos el menor rugido...
LUCRECIA, ~con locuacidad nerviosa~.
No es necesario... ¿No me ven tan tranquila? Me siento ahora muy bien, despejada, casi alegre, y con ganas de ver a mi papá político, y de pasarle la mano por la melena... Es que mi espíritu se ha refrescado, soy otra... aire nuevo en mí. ~(Óyese el tardo paso de Albrit en la escalera, y la vibrante voz de Nell.~) El león sube. ¡Pobre viejo!... Ya, ya está aquí... Ya llega... Déjenme sola con él.
EL ALCALDE
Por aquí.
~(Vanse por la puerta de la alcoba.)~
ESCENA VIII
~LUCRECIA, EL CONDE~
EL CONDE
Siento infinito molestar a una persona que, según me dicen, no está bien de salud.
LUCRECIA, ~que permanece en pie~.
Me siento mejor. Tome usted asiento.
EL CONDE
¿Y usted en pie?
LUCRECIA, ~un tanto cohibida~.
Como por encanto se me ha quitado la pereza. Ya sabe usted que estos arrechuchos nerviosos... la epidemia de las señoras... de improviso nos acometen y de improviso también se nos pasan.
EL CONDE, ~suspicaz~.
Lo celebro mucho.
LUCRECIA
Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para ponernos buenas. De la espantosa crisis solo me queda cierta alegría interna, y un deseo ardientísimo, irresistible...
EL CONDE, ~suspenso~.
¿Qué...?
LUCRECIA
El deseo de besarle a usted la mano... ~(Se arrodilla y le besa la mano una y otra vez)~ y de pedirle perdón por las injurias que en aquel día triste le dirigí.
EL CONDE, ~queriendo levantarla~.
Lucrecia... ¿qué es esto?... ~(Por un momento cree que es burla; pero no tarda en advertir la sincera emoción de la dama.)~
LUCRECIA
Mi única pena es que usted sospechará quizás... que le engaño.
EL CONDE
No, no; creo que es verdad...
LUCRECIA, ~que se levanta, enjugando sus lágrimas~.
Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento moral, revolución de todo mi ser... ~(Se sienta. Su lenguaje es cortado, febril.)~ Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una catástrofe horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha hecho morir y revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo que no. Ha ocurrido mil veces... Fácilmente lo comprenderá usted... Un desengaño de los que anonadan... la perfidia de un hombre... tempestades del alma que todo lo destruyen y todo lo iluminan. Mi dolor ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi conciencia... la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy decidida a ser otra.
EL CONDE
¡Bendito desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el arrepentimiento!
LUCRECIA
Pero el arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo: «Espere usted y verá...»
EL CONDE, ~gozoso~.
Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad, nos lo dirán los hechos.
LUCRECIA
Y aguardando confiada los hechos, he querido dar a mi enmienda una sanción soberana, una garantía que asegure mi convicción y la de los demás. ~(Pausa.)~ Hoy he confesado con el Padre Maroto.
EL CONDE, ~gratamente sorprendido~.
¡Ah!... ya me dijo la niña que estuvo aquí el Prior... Mas no sospeché...
LUCRECIA
No tenía sosiego, no podía vivir mientras no descargara mi alma de la horrible balumba... ¡Qué alivio, qué consuelo!
EL CONDE
Me da usted una grande alegría... Por de pronto, ¡qué situación tan distinta de aquella... la última vez que hablamos en la Pardina!
LUCRECIA
En efecto, yo he variado radicalmente.
EL CONDE
Yo también.
LUCRECIA
¿Usted? ¡Ah! sí, se ha despejado su razón, y ya no piensa en hacerme las terribles preguntas que en aquella conferencia me hizo.
EL CONDE
Mi razón no ha estado nunca turbada. ¿Y por qué no había de repetir yo en esta ocasión la pregunta que usted llama terrible? Ya no lo es. Su estado de conciencia facilita la respuesta, que sería la confirmación de lo que sospecho, de lo que sé... porque al fin, Lucrecia, he podido descubrir...
LUCRECIA, ~con serena frialdad~.
Hoy no puedo incomodarme, señor Conde. No abuse usted de que estoy desarmada...
EL CONDE
Incomodarse... ¿por qué?
LUCRECIA
Porque viene usted a remover en mi corazón heces muy amargas, a trastornar de nuevo mi espíritu, queriendo penetrar los misterios más profundos del alma y de la Naturaleza... Eso, señor mío, eso que aun de nosotras mismas quisiéramos recatar, porque el pensarlo solo nos avergüenza, eso, a que no doy nombre, porque si lo tiene yo lo ignoro... ~(con solemnidad)~ ya lo he dicho a Dios, único a quien debo decirlo... Y crea usted que, para expresarlo, he tenido que violentar mi voluntad de un modo espantoso. Todo el que no sea Dios es un extraño, es un profano, sin derecho ninguno a recibir declaración tan grave. Ni una palabra más. ~(Pausa.)~
EL CONDE, ~gravemente~.