El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 14
¡Es lástima que las señoritas no disfruten de la sociedad!... Pero, según mis _informes autorizados_, pronto se les acabará el aburrimiento y la sosería de este destierro de Jerusa.
NELL, ~con vivo interés~.
«Según tus noticias,» has dicho... Ah, Senén, tú has estado en Verola. ¿Hablaste con mamá?
SENÉN, ~haciéndose el discreto~.
Vine esta mañana de Verola. Los vientos que allí corren son que la señora Condesa, cuando regrese a Madrid, no dejará a sus hijas en esta _villa provinciana_.
LA ALCALDESA, ~en alta voz, en medio de la sala, dando palmadas~.
Aquí no se cabe, señoritas y caballeros. Al jardín, a mi jardín, que para eso os lo he iluminado a la veneciana.
~(Salida impetuosa de la muchedumbre juvenil de ambos sexos, y de las personas mayores. La juventud se precipita, toma la delantera a los viejos, y se desborda fuera del recinto, ávida de mayor y más fresco espacio en que producir su actividad bulliciosa: la oleada pasa junto a Senén, pero no le arrastra.)~
NELL, ~que permanece en la sala, conteniendo su afán de correr también hacia el jardín~.
Dime pronto. ¿Te habló mamá? ¿Nos llevará consigo? ~(Senén afirma.)~ ¿Pero es verdad, o suposiciones tuyas? ¿Vuelve mamá por aquí?
SENÉN
Seguramente. Dentro de unos días... Hay allí mucha grandeza, marqueses y duques.
NELL
¿Y eso qué...?
SENÉN, ~como quien recela decir lo que sabe~.
La señora no podrá... En fin, no sé. Eso depende...
NELL, ~inquieta~.
Habla pronto; dime lo que sepas, o me voy.
SENÉN
No podré _comunicar_ nada a la señorita si no tiene un poquitín de paciencia. ~(Nell quiere conducirle al jardín.)~ Mejor hablamos aquí. Ya ve la señorita que nos hemos quedado solos.
NELL, ~en quien por el momento puede más la curiosidad que el anhelo de divertirse~.
Bueno: pues aquí me estoy.
SENÉN
Por esta noche, me limito a _consignar_... y esta es noticia adquirida en los centros oficiales... que la señora Condesa ha decidido presentar a sus niñas en sociedad.
NELL
Tú me engañas, Senén maldito. ¡Oh! Pues si eso fuera verdad, y acertaras... vamos, te regalaría yo muy pronto un alfiler de corbata mejor que ese que llevas... ¿Hablas en broma?
SENÉN, ~radiante de fatuidad~.
Hablo con toda la seriedad propia de mi carácter. Y si la señorita me promete guardar secreto, le diré otra cosa. Pero ha de asegurarme que esto no saldrá de entre los dos... ¿Palabra?
NELL
Palabra... y el alfiler si resulta que no me engañas. ~(Senén remusga, haciéndose de rogar.)~ Maldito, habla de una vez... Vamos, no sé qué te haría.
SENÉN
Queda entre los dos... No fastidiar... Pues... quieren casar a la señorita...
NELL, ~vivamente, poniéndose muy encarnada~.
¡A mí!
SENÉN
A usted... con el primogénito de los Duques de Utrech... Ya sabe: Paquito Utrech, Marqués de Breda... lleva ese título hace seis meses. ¡Vaya un partido! ¡Rico él, elegante él, guapo él!...
NELL, ~afectando incredulidad y conteniendo la risa, para que no le salga al rostro el contento, que, no obstante, sale a borbotones~.
¡Vaya unos embustes que te traes! Quita allá... ¿tú crees que yo soy tonta?... No me digas esas cosas si no quieres que te...
LA ALCALDESA, ~llamando desde el jardín~.
¡Nell, Nell!
NELL
Aquí estamos... Voy. ~(Corre al jardín, y Senén tras ella.)~
LA ALCALDESA
Hija, no sé dónde se ha metido tu hermana. Hace un momento estaba aquí...
NELL, ~llamando~.
¡Dolly!
SENÉN
Vámonos pronto.
~(Preguntando en los corros, se averigua que Dolly hablaba momentos antes con D. Pío, y... no se sabía más.)~
NELL
Se habrá ido con él.
SENÉN
Sin duda. En la Pardina la encontraremos. ~(Despídese Nell, y sale con Senén, a punto que entra el señor Alcalde, bufando. Viene de la sesión del Ayuntamiento, que ha sido borrascosa. Sus colegas le han hecho el desaire de rechazar la moción, por él presentada, para que a la calle de _Potestad_ se le cambie el nombre, llamándola _Calle del Siglo XIX_.)~
ESCENA XV
~Comedor en la Pardina.~
~EL CONDE, en la propia actitud en que quedó al final de la escena XIII. Llegan sucesivamente DOLLY con DON PÍO, NELL con SENÉN; VENANCIO y GREGORIA, EL CURA, EL ALCALDE.~
EL CONDE, ~oyendo ruido~.
Ya vienen.
DOLLY, ~entrando presurosa~.
¡Abuelito de mi alma... aquí, tan solito, y nosotras de fiesta!
EL CONDE, ~besándola~.
Alma mía, paréceme que hace un siglo que no te veo.
D. PÍO, ~sofocadísimo~.
En cuanto le dije que usía la llamaba, le faltó tiempo para echar a correr.
EL CONDE
¡Hija querida!
D. PÍO
Ni siquiera se despidió de Doña Vicenta. Me ha traído ¡ay! como si viniéramos a apagar un fuego.
EL CONDE
¿Y Nell?
DOLLY
Por no detenerme no me cuidé de buscarla entre el tumulto.
D. PÍO
Ya me parece que llega.
NELL, ~entrando, seguida de Senén~.
Albrit... ¿qué ocurre? ¿Qué le pasa al primer caballero de España, mi ilustre abuelo?
~(Gregoria y Venancio aparecen por el fondo.)~
EL CONDE, ~sorprendido del lenguaje ceremonioso que usa Nell~.
Chiquilla, desde que no nos vemos has estudiado más de lo que creí... has adelantado prodigiosamente en la ciencia del mundo.
NELL
¿Has paseado mucho...?
DOLLY, ~acariciando al abuelo~.
Demasiado... ¡Pobrecito! ¡Cómo habíamos de permitir tal infamia si la hubiéramos sabido!
NELL, ~sorprendida~.
¿Pues qué ocurre?
~(Entra el Cura, un tanto cohibido. No sabe a quién dirigirse primero, si a las niñas o al Conde.)~
DOLLY
D. Carmelo te lo dirá.
EL CURA
Niñas mías, podéis creer que al llevarle a Zaratán nos guiaba el deseo de aposentarle dignamente. Creía y sigo creyendo...
EL CONDE, ~que sale generosamente a la defensa del Cura~.
No te apures, Carmelo, por sincerarte. Estas tontuelas no están bien enteradas. Todo se reduce a que me llevásteis a dar un paseo en coche, y yo tuve la humorada de volverme a pie en compañía del buen Coronado.
EL ALCALDE, ~que entra presuroso, dando resoplidos~.
Me lo temía, sí... me lo temía. El señor Conde se nos ha vuelto un chiquillo...
EL CURA, ~animándose con el refuerzo del Alcalde~.
Y desconoce el grandísimo bien que hemos querido hacerle.
EL ALCALDE, ~con petulancia~.
¡Vamos, que fugarse del Monasterio! No he visto otra... ¡Desmentir así su respetabilidad!
EL CONDE, ~con jovialidad desdeñosa~.
Amigo Monedero, no es lo mismo hacer fideos que encerrar leones.
EL ALCALDE, ~quemado~.
En una y otra cosa, Sr. de Albrit, me tengo por hombre que sabe su obligación.
EL CONDE
No la sabe muy bien cuando tan mal le ha salido esta tentativa.
EL CURA, ~interviniendo pacíficamente~.
Permítame, señor Alcalde...
EL ALCALDE, ~echando roncas~.
Digo y repito que sé mi obligación, y que no necesito que nadie me enseñe a sujetar a los que no deben estar sueltos.
EL CONDE, ~con desprecio~.
No te conozco... No puedo ver en esas arrogancias al buen Pepe Monedero, servidor que fue de mi casa, cuando aquí, siguiendo las tradiciones de mi santa madre, consagrábamos parte de nuestra hacienda al socorro de los desvalidos.
EL ALCALDE, ~desconcertado~.
Pues si usted me desconoce, le diré...
EL CONDE
No te empeñes en ello. No te conozco. Sobre que no veo bien, la ingratitud desfigura los rostros...
DOLLY
No sea usted ingrato, D. José María.
EL ALCALDE, ~reventando de vanidad~.
Haga usted entender a su señor abuelo que soy el Alcalde de Jerusa.
DOLLY, ~estallando en ira, con gallarda fiereza~.
Pues al Alcalde de Jerusa, y al Cura de Jerusa, y a todos los alcaldes y a todos los curas habidos y por haber en el mundo, les digo yo que es una oficiosidad inicua lo que han querido hacer con mi abuelo...
EL CURA
¿Pero tú...?
EL ALCALDE
¡Esta mocosa...! Usted...
DOLLY, ~creciéndose a cada palabra~.
Sí, señor, yo... yo misma. Han faltado al respeto que merece el noble desvalido, el anciano, el padre de Jerusa, el que no debiera entrar en estos valles y en este pueblo sin que antes las piedras se levantaran para bendecirle, y hasta los árboles se arrodillaran para adorarle... ¿Por qué queréis privarle de libertad? No padece más locura que el cariño que nos tiene; y si los que se han criado a su sombra le menosprecian o le ultrajan, aquí estamos nosotras, sus nietas, para enseñar a todo el mundo la veneración que se le debe.
EL CONDE, ~en pie, cruzando las manos~. ~(La emoción le ahoga.)~
¡Señor, Señor, ella es... es la mía...! Su noble fiereza lo declara... ~(Vuélvese a Coronado, que está junto a él.)~ Esta, esta... la mía.
EL CURA, ~que ha permanecido junto a Nell~.
Cálmate, hija mía: tratábamos de mejorar su situación...
EL MÉDICO
¡Vaya un geniecillo!
NELL, ~corriendo al lado del Conde~.
Abuelito querido, sosiégate. Creyeron que en Zaratán tendrías mejor albergue que aquí... Y no me parece mala idea, francamente, porque si nosotras nos vamos con mamá...
EL CONDE, ~con dulzura un poco seca, sin rechazar sus caricias~.
Sí: tú, tú puedes marchar cuando quieras.
NELL, ~sin comprender~.
Se acabó la cuestión... Ahora descansas... Antes se te dispondrá la cena. Dolly, démosle de cenar.
EL CURA
Podría venir a mi casa...
DOLLY
¡Pero si está en la nuestra!
EL CURA
Dígolo porque... Bien sabéis que las desavenencias de estos días han creado cierta incompatibilidad entre el señor Conde y Venancio...
NELL
¡Incompatibilidad!... Estamos en nuestra casa.
VENANCIO, ~adelantándose, seguido de Gregoria~.
Perdone la señorita. Las señoritas, lo mismo que el señor Conde, están en mi casa.
NELL, ~acobardada~.
Es verdad; pero...
DOLLY
¿Qué dices...?
VENANCIO
Digo que, a pesar de todo, por esta noche le alojaremos y le serviremos.
DOLLY, ~con brioso arranque~.
¿Cómo se entiende? ¡Por esta noche! Por esta y por todas las noches del mundo, mientras nosotras estemos aquí. La casa es tuya, es verdad; pero somos tus amas nosotras, mi hermana y yo: somos tus amas, ¿lo entiendes bien? A excepción de esta huerta, las tierras que cultivas y que tienes en arrendamiento casi de balde, o en administración, nuestras son, nuestras. Somos las herederas de la casa de Laín, y tú, Venancio, y tú, Gregoria, servís a mi abuelo, no por caridad, que caridad está visto que no tenéis, sino porque yo os lo mando, ¿lo entendéis bien? yo os lo mando... ~(Repite el concepto con firme autoridad.)~
VENANCIO
La que manda... es...
GREGORIA
La señora Condesa.
DOLLY, ~altanera~.
Silencio. A disponer la cena... ~(A Gregoria.)~ Tú a la cocina... de cabeza... El Conde de Albrit vive con sus nietas. No nos tenéis de limosna... Cenará aquí, cenaremos los tres aquí ~(Da un fuerte golpe en la mesa)~, en esta mesa. Dormirá en su aposento, que para eso se lo arreglé yo misma esta tarde. Y si no queréis ir a la cocina, iré yo... Y si habéis descompuesto la alcoba, irá Nell a arreglarla... Pronto, vivo... ~(A Venancio y Gregoria.)~ A poner la mesa... Señores, se les convida.
EL ALCALDE, ~con desvío~.
Gracias.
EL CURA
Pero, chiquilla, tú...
DOLLY
Yo... Me basto y me sobro. Nieta soy de mi abuelo.
EL CONDE, ~con inmensa ternura y entusiasmo, abrazándola~.
¡Sí, sí!... ¡Sangre mía, corazón de Albrit!
FIN DE LA JORNADA CUARTA
JORNADA QUINTA
ESCENA PRIMERA
~Sala baja en la Pardina.~
~EL CONDE, sentado; EL MÉDICO, que entra a visitarle, y se sienta a su lado.~
EL MÉDICO
¿Qué tal, señor Conde? ¿Ha pasado usted mala noche?
EL CONDE
Malísima... Insomnio, ideas lúgubres, ideas de exterminio; cosa nueva en mí, pues aunque de genio impetuoso y autoritario, nunca hice mal a nadie. Al contrario, mi ruina proviene del...
EL MÉDICO, ~interrumpiéndole~.
Ya lo sé: del altruismo desordenado, de no saber contenerse en la generosidad y protección a todo bicho viviente.
EL CONDE, ~con amargura~.
He cultivado la ingratitud. En el jardín de mi vida, las rosas que planté se me han convertido en zarzales, y entre ellos... no faltan culebras.
EL MÉDICO, ~pulsándole~.
Tenemos que enfrenar los nervios, y, sobre todo, cerrar la llave, el grifo de la ideación, demasiado afluente.
EL CONDE
Facilillo es eso... ¡Tasarle a uno las ideas o medírselas con cuenta-gotas!
EL MÉDICO
Todo depende de que usted trate de contener su vida cerebral en los límites de lo presente, de lo práctico, y, si se quiere, de lo prosaico. ¿Me explico?
EL CONDE
Sí, hijo, sí. Entiendes por poesía la idea exaltada del honor, de la justicia. Es un rodeo parabólico para evitar el empleo de la palabra locura. ~(El Médico deniega, risueño.)~ ¡Y queríais curarme con la prosa de Zaratán!
EL MÉDICO, ~cortando todo motivo de excitación~.
No se hable más de eso. Considérelo usted como una broma. Y si me apura, le diré que nos equivocamos... en el procedimiento, se entiende... ~(El Conde intenta decir algo; pero Angulo, que considera peligroso aquel tema, le quita la palabra cortesmente.)~ ¡Sí... la libertad, la preciosa libertad!... Estamos conformes... Ahora explíqueme usted por qué le encuentro hoy más desanimado y caviloso que otros días.
EL CONDE
¿Pero estás en Belén? ¿Ignoras que Lucrecia ha vuelto de Verola... y que viene de mal talante, y con la malvada intención de llevarse a las niñas?
EL MÉDICO
En su buen juicio, no desconocerá usted que las señoritas necesitan otro ambiente, otra sociedad...
EL CONDE, ~afligidísimo~.
¡Privarme del único consuelo de mi vida! No, no lo consiento, no puedo consentirlo. ~(Airado, golpea el brazo del sillón.)~ Me opongo, me opondré resueltamente, y por cualquier medio, al inicuo monopolio que esa perversa quiere hacer del cariño filial.
EL MÉDICO
Sosiéguese... Ya trataremos de arreglarlo.
EL CONDE
Sí, sí... ¡Buenos arregladores sois vosotros! ¡Qué amigos me han salido en esta tierra, donde creí haber arrojado a manos llenas simiente de bendiciones!... ¡Pero qué remedio!... No puedo hacer que las piedras se vuelvan amigos.
EL CURA, ~entrando jovial, de rondón~.
¿Qué... qué dice? ¡Ya nos está poniendo de hoja de perejil! ~(El Conde le mira y calla.)~ ¿Qué ocurre por aquí? Me dicen que el señor Conde desea verme...
EL CONDE
Sí, Carmelo... Caigo, me hundo, y en mi desolación me agarro a lo único que encuentro: a las piedras, a vosotros.
EL CURA
Comprendido: se agarra a lo firme, a lo que seguramente le sostendrá.
EL CONDE, ~con tristeza~.
No sois buenos, no... ~(El Cura sonríe, y hace señas al Médico.)~ Pero no está el tiempo para disputas, Carmelo. No eres bueno; pero te necesito.
EL CURA, ~risueño~.
Quiere decir que soy un mal necesario.
EL CONDE, ~impaciente por entrar en materia~.
Dos palabras: te perdono lo de Zaratán, y a ti también, Angulo. Olvido la pesada broma, a condición...
EL CURA
A condición de que hagamos comprender a la Condesa que es una triste gracia arramblar con las niñas.
EL CONDE, ~dolorido~.
Es inicuo, cruel...
EL CURA
Pero como a Lucrecia no le faltan motivos razonables para presentar a sus hijas en sociedad, a las manifestaciones que le hagamos en el sentido que pretende nuestro arrogante león de Albrit, contestará mandándonos a paseo. La cosa es tan lógica, tan sencilla, tan racional...
EL CONDE, ~vivamente~.
Vete a verla, Carmelo; vete allá...
EL CURA
¡Si de allá vengo! Pero no ha querido recibirme. Ni las moscas pasan a verla. Según me ha contado Vicenta, viene la Condesa de Laín en un estado moral lastimoso. Algo ha ocurrido en Verola que la contraría, que la aflige profundamente. ¿Qué ha sido? Lo ignoramos. Dicen que está abatidísima, los ojos encendidos de tanto llorar, y la pena que agobia su alma la desahoga con los pobres pañuelos, haciéndolos trizas con los dientes.
EL CONDE, ~con hondo interés~.
¿Y qué creéis vosotros? ¿Ese estado de su ánimo será favorable o adverso a lo que yo pretendo?
EL MÉDICO
Antes de responder, sepamos la causa de ese duelo.
EL CONDE
Sea lo que quiera, tú, _pastor Curiambro_, vuelves allá. Le dices que vas de parte mía...
EL CURA
¿De parte del león?... Razón más para que me dé con la puerta en los hocicos.
EL CONDE
No lo creas. Vas como representante de Albrit, para proponerle una transacción o componenda.
EL CURA
Ya me figuro. Puesto que se disputan las dos niñas... a dividir. Es un juicio harto más fácil que el de Salomón.
EL MÉDICO
Partes iguales. No está mal pensado.
EL CONDE, ~con gran viveza~.
Ni puede concebirse solución más práctica y elemental. Una para ella, otra para mí... Pero es condición precisa que yo escoja la mía.
EL CURA
Sí, sí. Con proponérselo nada perdemos. Falta que se ponga al habla, y que yo pueda hoy dedicar mi tiempo a estos negocios. Señor Conde, esta noche predico.
EL CONDE
Ya tendrás tu sermón bien guisado... Preséntate a Lucrecia... pero pronto... No te descuides.
ESCENA II
~EL CONDE, EL CURA, EL MÉDICO, DOLLY~
DOLLY, ~quitándose el sombrero~.
Aquí me tienen otra vez.
EL CURA
¿Y tu mamá, está mejor?
DOLLY
Un poquito más sosegada. ~(Al Conde.)~ Como no podemos atender a las dos casas a un tiempo, hemos determinado partirnos.
EL CONDE, ~con alborozo~.
¿Os partís?... De eso hablábamos, hija mía.
DOLLY
Allá se queda Nell con mamá, y yo me vengo a la Pardina para cuidarte a ti.
EL CONDE
¿Lo veis? Su grande inteligencia, sin ninguna sugestión de mi parte, percibe y pone en ejecución la componenda lógica.
EL CURA
Yo dudo que...
EL CONDE, ~inquietísimo~.
¿Dudas?... Oh, Carmelo, no me quites la esperanza, no aumentes mi congoja. ¿Te ríes?
EL CURA
Sr. D. Rodrigo de mi alma, ni he dicho nada, ni me he reído, ni haré más que cumplir fielmente sus órdenes. Vuelvo allá.
EL CONDE, ~desconcertado, variando de pensamiento a cada instante~.
No, no vayas; aguarda... Sí, sí, vete y dile...
EL CURA
¿En qué quedamos?
EL CONDE, ~decidiéndose~.
En que vas. Pero te limitas a anunciarle que yo la visitaré hoy mismo para tratar con ella de un asunto de familia. Cosas tan delicadas no puedo fiarlas a nadie. _Tête à tête_ la pantera y el león, yo propondré...
EL CURA
Y puede que la convenza, sí, señor... Hay panteras razonables. ~(Se aparta y habla con Dolly.)~
EL MÉDICO, ~despidiéndose~.
Luego volveré. Supongo que seguirá usted en la Pardina.
EL CONDE
De ningún modo. No me faltará hospitalidad en cualquiera de las casas de labor, o de las cabañas que fueron mías. En Forbes, en Polan y Rocamor, todos mis antiguos colonos están deseando que el viejo Albrit llegue a su puerta, pidiéndoles un pedazo de pan y un albergue humilde. Verdad que en ninguna de estas casas hallaré las comodidades de la Pardina. Pero no me importa; prefiero guarecerme en la última choza de pastores, a soportar aquí la estolidez egoísta de estos ingratos. A otra parte con mis huesos. Iré de puerta en puerta, con la esperanza de encontrar un corazón noble, un alma cristiana...
EL CURA
Bueno; pues... ya vendré con la respuesta.
EL CONDE
Aquí te aguardo.
EL MÉDICO
Hasta luego.
EL CURA, ~aparte al Médico, retirándose ambos~.
Al fin, nuestra pobre fiera apencará con Zaratán.
EL MÉDICO
¡Si es lo mejor!
EL CURA
¡Lo único, señor, lo único! ~(Salen hablando.)~
DOLLY
Abuelito, tengo que decirte una cosa. Que te quiero mucho, mucho.
EL CONDE, ~con viva ternura, abrazándola~.
¡Corazón grande!
DOLLY
Y vas a saber otra cosa.
EL CONDE, ~poniendo el oído~.
¿Es también secreta?
DOLLY, ~amorosa~.
Sí, muy reservada... Que no se entere nadie. Quiero seguir tu suerte. Si pasas trabajos, yo también... Si vas de puerta en puerta, como dices, también yo... Yo contigo, siempre contigo.
EL CONDE, ~con intensa emoción~.
¡Señor, qué alegría!... ¡Compensación hermosa de mis infortunios! Todo lo que padecí, quebrantos de fortuna, humillaciones, pérdida de seres queridos, se contrapesa con este inmenso galardón de tu cariño, que Dios me da sin yo merecerlo... ~(Abrazándola y besándola con efusión.)~ ¿Pues qué merezco yo, que nada soy, que nada valgo ya?... Dios da la bienaventuranza en esta vida, ya lo veo... a mí me la da. No necesita uno morirse, no, para entrar en el cielo... ~(Pausa.)~
DOLLY
En la prosperidad o en la desgracia, abuelito, tu Dolly no te abandonará.
EL CONDE, ~con majestuosa solemnidad, levantándose~.
Y yo, por el nombre de Albrit, por los gloriosos emblemas de mi casa, por todos y cada uno de los varones insignes y de las santas mujeres que de ella salieron, asombro y orgullo de las generaciones; por la conciencia del honor y de la verdad que Dios puso en mi alma, por Dios mismo, juro que antes me harán pedazos que arrancar de mi lado a la que es luz, consuelo y gloria de mi vida.
ESCENA III
~Jardín del Alcalde.~
~EL ALCALDE, en zapatillas, con batín de vistosos cordones, como un húsar; LA ALCALDESA, EL CURA, SENÉN.~
EL CURA, ~que acaba de entrar~.
Aquí otra vez; mas ahora no vengo por mi cuenta. _Mensajero soy, amigo..._
EL ALCALDE
Ya, ya... Alguna nueva _leonada_.
LA ALCALDESA
¿Pero qué quiere ese hombre?
EL ALCALDE, ~en jarras~.
Ya me va cargando a mí ese fantasmón, que, después de todo, no es más que un desagradecido, pues bien podía mirar que, enchiquerándole en Zaratán, le dábamos más de lo que merece la polilla de sus pergaminos... Agradezca que da con un hombre de mi pasta... ~(No se refiere a la de sopa.)~
EL CURA
Amigo mío, hay que respetar las grandezas caídas.
EL ALCALDE
Pues digo... ¡los moños que se puso anoche, María Santísima!...
LA ALCALDESA
Hijo, como no somos aristócratas...
EL ALCALDE
Y hay más. Bien sabía el vejete que ayer celebrábamos tu fiesta _monástica_...
LA ALCALDESA
Onomástica.
EL ALCALDE
Y ni un recado de atención, ni una fineza... Pues digo, la niña segunda, esa Dolly, ha heredado el tupé y la caballería andante o cargante de todos los Albrites y Laínes del obscurantismo. ¿Pues no se me subió a las barbas la muy mocosa? ¡Si la hubieras oído, Vicenta!... Y todo ello cuando acabábamos de atracarla de dulces y de atenciones, aquí, en tu fiesta _numismática_.
LA ALCALDESA
Ono... mástica.
EL ALCALDE, ~bufando~.
Lo mismo da... Sacan ahora unas palabras que le vuelven a uno loco... Acabaremos por tener que hablar por señas.
EL CURA
Lo de anoche, mi querido Monedero, ha perdido su interés con la vuelta repentina de la Condesa en ese estado de tribulación que ustedes me pintaron esta mañana.
EL ALCALDE
Lo que digo a esta: menudo _jollín_ habrán armado en Verola los duques y marqueses...
EL CURA, ~a la Alcaldesa~.
¿Y no se espontanea con usted, no le cuenta...?
LA ALCALDESA
Ni una palabra.
EL ALCALDE
Este tunante de Senén debe de saber algo. Pero ahora, desde que ha dado en tener _bouquet_, como el vino de Burdeos, se nos ha vuelto tan reservadillo, que ni con saca-corchos se le destapa la boca. ~(Los tres miran hacia un cenador, cubierto de madreselvas, en cuyo interior está Senén, sentado, tristón, mirando al suelo.)~ Tú, funcionario, ven acá... o te voy a poner en mi jardín de estatua de la Hacienda pública esperando un ministro.
LA ALCALDESA
Desde las ocho de la mañana le tiene usted ahí, esperando audiencia de la que fue su ama.
SENÉN, ~destemplado, acercándose~.
Ya he dicho que no sé nada.
EL ALCALDE
No negarás que estuviste en Verola.
EL CURA
¿Qué personas de viso había en el castillo de Donesteve?
SENÉN
Anda, anda... ¿quién las puede contar?
EL ALCALDE
¿A que no faltaba el Marqués de Pescara?
SENÉN
Llegó el lunes, y con él los Duques de Utrech y sus hijos; y el martes otros, y otros...
EL CURA
¿Viste a la Condesa?
SENÉN
Sí, señor... Cuatro minutos nada más.
EL CURA
¿Qué cara tenía?
SENÉN
La de siempre: la bonita.
EL CURA, ~riendo~.
Pues si no nos das más noticias, debemos decirte que nos devuelvas el dinero.
EL ALCALDE
Este es muy cuco y no se compromete.
LA ALCALDESA, ~viendo entrar en el jardín a Consuelito con medio palmo de lengua fuera~.
Aquí viene Consuelito, y en la cara le conozco que no ha perdido el tiempo. Trae comidilla.
EL ALCALDE
Con tal que no sea fiambre...
ESCENA IV
~LOS MISMOS; CONSUELITO~
CONSUELITO, ~gozosa~.
Ya estoy de vuelta, y con las alforjas bien repletas.
EL CURA
¿La de la espalda?
CONSUELITO
Las dos... Sois unos mandrias, que aguantáis sin rascaros la comezón de la curiosidad. Yo no puedo: o averiguo lo que no sé, o reviento.
EL ALCALDE
¿Sabes algo, maestra?
CONSUELITO
¿Cómo algo?
EL CURA
Y algos.
CONSUELITO