Chapter 7
Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.
--¿Fumáis?--preguntó a Juan.
--Sí, señorita.
--Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero no, escuchad primero.
Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:
--Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.
--Sí, señor--continuó madama Scott,--y por esto hemos tenido tanto gusto en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana espera desde hace rato.
Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy vivo que puede traducirse por estas palabras:
--Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.
--Ahora sentémonos aquí--dijo madama Scott,--ante esta preciosa noche... tomad vuestro café... fumad.
--Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo, después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.
Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y las conservaría por algún tiempo.
Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su marcha regular.
Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:
--El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.
El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia; pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.
Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba aquellos pies y se preguntaba:
--¿Cuáles son los más pequeños?
Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo a media voz:
--¡Señor Juan, señor Juan!
--¿Señorita?
--Mirad al señor cura, se ha dormido.
--¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.
--¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?--preguntó madama Scott, en voz baja también.
--Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.
--Y ha hecho muy bien--dijo Bettina.--No hagamos ruido, no le despertemos.
--Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.
--¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.
--Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente para que no comprenda que lo habéis visto dormir.
--Dejadme hacer--dijo Bettina.--Zuzie, cantemos algo, juntas, a media voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.
--Bueno; pero ¿qué cantamos?
--Cantemos: _Something childish_... La letra es de circunstancia.
Las dos hermanas comenzaron a cantar:
_If I had but two little wings_ _And were a little feathery bird, etc._
Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con este pequeño concierto, Juan se decía:
--¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!
Las voces seguían más claras y más altas:
_But in my sleep to you I fly:_ _I am always with you in my sleep! etc._
Y el abate continuaba inmóvil.
--¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.
--¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!
Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:
_Sleep stays not, though a monarch bids;_ _So I love to wake ere break of day; etc._
El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud, respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía. Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...
Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando Bettina dijo a Juan, de repente:
--¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.
--Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo vuelvan a presentar.
--¡Pues bien! traedlo uno de estos días--dijo madama Scott.
--Después del 15--exclamó Bettina.--¡Antes no, antes no! Nadie hasta entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente amable con vos al hablar así.
--Y lo sois, señorita.
--Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien. Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.
Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del castillo.
--Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he merecido...
--Reñiros, ¿por qué?
--Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a ese joven.
--No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor impresión, y me inspira una confianza absoluta.
--Y a mí también.
--Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a conquistar su amistad.
--De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí, muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero, en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches, Zuzie, hasta mañana.
Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.
Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.
--Me parece--se decía,--que voy a tomar cariño a esta aldea.
VI
Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:
--Cuenta--le dijo,--pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!
--¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?
--A la última.
--¿Cuándo te llevo a Longueval?
--Sí.
--Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.
--¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?
--¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo volveré muy humildemente a mi obscuridad.
--Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!
--¿Cómo una ventaja?
--Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza, tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina... ¿no es así?
--Sí, Bettina.
--¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito? Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba; he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla, engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo. Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento, llévame hoy a casa de madama Scott.
--No puedo, te lo aseguro.
--¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá, he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones: para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche, mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott o miss Percival.
--¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...
--Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.
--No lo creo--respondió Juan, riendo.
--Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus asuntos.
Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera caber el amor de un pobre diablo como él.
La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.
Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes excursiones con Juan, a caballo.
Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación, idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.
No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia americana. Ese día llegó muy pronto.
El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al castillo, Bettina lo recibió muy triste.
--¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos. Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?
--Seguramente--respondió Juan.
--Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.
--Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de vuestra hermana.
--Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer, en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...
--¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...
--¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?
--Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.
--¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!
--Ni orgulloso ni humillado.
--Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis nacido?
--Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.
--¿Por qué?
--Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la casita de mi padre.
--¿Siempre solo?
--¿Por qué solo? Espero que no.
--¿Tendréis intención de casaros?
--Seguramente sí.
--¿Y buscáis con quién casaros?
--No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién casarse.
--Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más lejos, a vos os han buscado para casaros.
--¿Cómo sabéis?
--¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama _un buen partido_, y lo repito han querido casaros.
--¿Quién os lo ha dicho?
--El señor cura.
--Mi padrino ha hecho mal--dijo Juan, con cierta vivacidad.
--No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto, le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos y algunos céntimos al mes. ¿No es así?
--Sí--dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.
--Tenéis ocho mil francos de renta.
--Más o menos, no completos.
--Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.
--¿Pedido mi mano?... ¡No, no!
--¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa! Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme ¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!
--Se trataba de dos preciosas jóvenes...
--Convenido, eso se dice siempre.
--Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.
--¿Y entonces?
--Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento de emoción, inquietud, turbación.
--En fin--dijo resueltamente Bettina,--ni la menor sombra de amor...
--No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero; pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi opinión.
--Y también la mía.
Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos, no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.
Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando grandes gritos de alegría.
--¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros poneys!
--¡Ah!--dijo Bettina, con voz algo incierta.--Eduardo acaba de llegar de París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a verlos, ¿queréis?
Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en las caballerizas del rey de Liliput.
VII
Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.
Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es Bettina y él la adora!
¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul. Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina la levantó maquinalmente.
¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.
Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo! Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo. Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso. No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.
Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.
Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile, charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo. Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de Longueval.
Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo, cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:
--¡El trigésimo quinto!
Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.
El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba. ¡Hallaba a París en Longueval!