Chapter 8
Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno, el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre Juan?
Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato, ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su elocuencia.
Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al otro extremo del salón, diciéndole:
--Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss Percival.
--¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa; sois los mejores amigos del mundo.
--Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.
--¿De los confidentes?
--Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa! Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después? comandante. ¿Y después? coronel _et cætera_... _et cætera_...» ¡Ah, Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...
Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso de brusca irritación.
--¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...
--Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea tan absurda?
--¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia cuenta, esta idea absurda.
--¡Ah! tú...
--¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales más que yo...
--¡Pablo, por favor!...
El disgusto de Juan era evidente.
--No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott, pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.
Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina, tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un abrigo, un asilo.
El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor, Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y enternecimiento.
Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!
En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad: ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen; ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.
Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día, estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino también de ser amado.
Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo... La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos amarnos, y si podemos, amémonos!»
El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin embargo, ella tomaba para sí.
Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban. Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo, ¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...
Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.
Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su amistad.
Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en el camino, pensó volver sobre sus pasos.
--Si tuviera valor--se decía,--no la volvería a ver. Partiré mañana y no volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada, bien tomada.
Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.
Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:
--¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!
--He estado muy ocupado.
--¿Y partís mañana?
--Sí, mañana.
--¿Temprano?
--A las cinco de la mañana.
--¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?
--Sí, por ese camino pasaremos.
--¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un esfuerzo, y dijo:
--Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.
--¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a sentaros un momento aquí conmigo.
El se vio obligado a sentarse a su lado.
--Nosotras también partiremos.
--¿Vosotras?
--Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el _Labrador_... Y nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana, llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?
--Veinte días.
--¿Veinte días... en un campamento?
--Sí, señorita, en el campamento Cercottes.
--En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días, una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole cómo estáis y que no nos olvidáis?
--¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!
Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.
--Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha visto... y debe estar asombrada...
Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.
--¿Queréis hacerme el honor, señorita?
--¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.
--En fin, ¿si no es con él... será conmigo?
--Convenido.
Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama Scott.
--Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí, ¿no es verdad, queréis?
¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.
--Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.
Madama Norton comenzaba el preludio del vals.
--¡Y bien!--dijo Pablo, llegando alegremente,--¿es con él o conmigo, señorita?
--Con vos--respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.
Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él... pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.
Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo. Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.
--No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir--se dijo.--Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.
Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se habría quedado.
Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:
--Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?
Pablo le ofreció el brazo.
--No, gracias--dijo ella.
La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le pasaba.
Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.
--¡Señor Juan! ¡señor Juan!
Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.
--¿Os vais... sin decirme adiós?
--Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.
--Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.
Y extendió la mano hacia fuera.
--¡Mirad! ya llueve.
--¡Oh! apenas.
--Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré llevar en carruaje.
Y volviéndose a uno de los criados:
--Decid que pongan el cupé, en seguida.
--No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo necesidad de caminar... dejadme partir.
--¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para cubrios.
--No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para obligaros a entrar.
Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas del pórtico.
«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»
¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro abierto.
Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía esta frase en los labios:
«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»
Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad... Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta. Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir su corazón.
--Bien sabía que él me amaba--se dijo;--pero ahora estoy segura de que yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...
De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola, completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:
--Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi cuarto.
Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso cansancio.
La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.
--¿Estáis enferma, Bettina?
--¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir! Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.
Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.
--Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?
--Nada, nada... son los nervios... es la alegría.
--¿La alegría?
--Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto bien!... no tengáis cuidado... no es nada.
Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.
--Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.
--¡Juan! ¿lo llamáis Juan?
--Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte, que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?
--Sí, en efecto.
--Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí, pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté, perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre, si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!
--¿A vos?
--Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba, me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien! ¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es verdad?
--Seguramente, no.
--¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte; ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los demás, porque...
--Cuidado, querida, si os engañarais...
--¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir, me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta: si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento, diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le habría respondido?
--Que vos también le amabais.
--Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!
--Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M. Reynaud tenga mucho afecto por vos...
--¡Oh! más que eso, mucho más.
--Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el marido que os conviene?
--Sí, si lo amo.
--Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, Marquesa o Princesa...
--Sí, pero no he querido.
--¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?
--Absolutamente, si lo amo...
--¡Ah! insistís...
--Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta, y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme, consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y reflexiva... ¿No es así?
--Sí, lo reconozco.
--Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo: «¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?
--Sí, os lo permitiré.
Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:
--¡Gracias, mamá!
--¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso. Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?... ¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá, como antes?
--Sí, quiero.
--¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?
--Buena, como una santa.
--¿Y haréis todo lo posible por dormiros?
--Todo lo que pueda...
--¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?
--Con juicio y sin pensar en nada.
--¡Sea enhorabuena!
Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:
--Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.
Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él, nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz somnolienta le dijo:
--¿Sabéis?... lo amo.
--Chit... ¡Dormid, dormid!
--Duermo, duermo.
Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre, pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.
--¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!
Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.
Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana, viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.
Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y especialmente sobre el servicio de artillería.
¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan recibirá este diluvio.
¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio, toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.
Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan. El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...
Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él, viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa? Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.
¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El regimiento sale a las cinco.
Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso, si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo; deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja la escalera.