El Abate Constantin

Chapter 6

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Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.

Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable, alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco más que ella a él, quizá.

En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días, cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!

Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es verdad, pero que, sin embargo, era un trono.

Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores y se inclinara ante sus legítimos señores.

Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible, reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.

Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora fundada en Francia sobre bases indestructibles.

Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella... Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.

Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.

Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta para todos era la misma:

--¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!

Algunos días después de la representación de _Aida_, las dos hermanas habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.

Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:

--Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.

--¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar! Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese extremo todavía!

--No, todavía no.

--¡Esperemos, entonces, esperemos!

--¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño que ninguno de ellos...

--¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes? ¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado, rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez, una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?

--No lo creo...

--Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No, nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es preferir a todos y a todo, cierta persona?

--Sí, eso es.

--¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?

--¡Oh, oh, es un gran amor ese!

--¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!

--¿Y es ese el amor que no llega?

--Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?

--No, no lo sé... pero lo imagino...

--Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más. ¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo conseguiré.

--¡Oh, sí!...

--¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente con eso el señor que espero y no llega.

--No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.

Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.

--Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.

--¿Cuáles son?

--Adivinad...

--El Príncipe Romanelli...

--¡Y va uno! ¿El otro?...

--M. de Montessan...

--¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada más que aceptables, y eso no basta.

Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse, interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo, pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.

Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón con su hermana, exclamó:

--¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el 25, ¿no es así?

--Sí, el 25.

--Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes ¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio, el misterio impenetrable.

La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó, acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:

--¡Adiós, mis pretendientes, adiós!

Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa nerviosa.

--¡Ah, Zuzie, Zuzie!

--¿Qué hay?

--Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...

--¡Sois tan poco razonable!

--Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en completa libertad.

--¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos dos personas a comer con nosotras.

--¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre todo, al joven oficial...

--¡Cómo! ¿sobre todo?

--Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de decirle lo que pienso, y la encontraré!

Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.

--¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?

--Sí; ayer antes de comer...

--¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?

--Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.

--¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!

Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas preguntándose con avidez:

--¿Qué es eso; qué es eso?

Algunas personas pensaban:

--Un circo ambulante, quizá...

Pero de todos lados exclamaban:

--¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada lado de la cabeza.

La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las castellanas de Longueval.

Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.

Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro, suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo, hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.

Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados, tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban encabritarse.

--Cuidado, señorita--dijo Edwards;--los poneys están muy briosos hoy.

--Ya los conozco--respondió Bettina;--no temáis.

Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura. Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación, en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.

El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny. Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente, pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y llevaban un trote infernal.

--¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.

--No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.

--¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos, cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí... ¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...

En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.

Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para tener el gusto de ver pasar a las americanas.

--Os engañáis--dijo Zuzie a Bettina,--ahí viene alguien.

--Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.

--No tiene nada de paisano, mirad.

Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría al parisiense.

Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un relámpago. Bettina exclamó:

--¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?

--Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.

--¿Lo conocéis?

--Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.

--¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar otra vez.

V

Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.

Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna. Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido; paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes! una veintena de caballos, ¡y qué caballos!

El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de antes.

Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que conducía al castillo:

--Mira, Juan--dijo el cura,--¡qué cambio! Toda esta parte del parque estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí? Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?

--Sí, padrino, os lo prometo.

Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival; pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?

Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban trajes de una simplicidad demasiado antigua.

Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.

Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era el colmo del arte.

Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:

--Cuán amables sois--dijo,--señor cura, en haber venido, y vos también, señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis únicos amigos en este país.

Juan respiró. Era la misma mujer.

--¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella, venid.

Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados cabellos.

Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con admiración el uniforme de Juan, preguntó:

--¿Y al militar debemos besarle también, mamá?

--Si queréis--respondió ella,--y si él consiente.

Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de Juan y lo abrumaban a preguntas.

--¿Sois oficial?

--Sí, soy oficial.

--¿De qué?

--De artillería.

--¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!

¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?

Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan, mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla. Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.

Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por sus dos hijos.

--¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...

--Dejadlos, señora, os lo ruego.

--¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.

Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable, risueña, franca.

--Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible indiscreción del otro día?

Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:

--¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos... ¿señor?...

--Juan Reynaud.

--Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.

Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo, y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.

La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también, tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.

--¿Todos los días montáis a caballo?--preguntó Bettina.

--Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el servicio y en la tarde por paseo.

--¿Muy temprano por la mañana?

--A las cinco y media.

--¿A las cinco y media todas las mañanas?

--Sí, excepto el domingo.

--¿Entonces os levantáis?...

--A las cuatro y media.

--¿Y es de día?

--¡Oh! en este tiempo sí.

--Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?

--Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con sus deberes bien claros y bien definidos!

--Sin embargo--observó madama Scott,--¡no ser dueño de sí, tener siempre que obedecer!...

--Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.

--¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!

--Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más distinguido de su regimiento, y que...

--¡Padrino, por Dios!

El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:

--Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir, lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos los han dado admirables!

--Tendría curiosidad de saber...--dijo Juan.

--Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais obligado a ruborizaros.

Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:

--Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois un santo...

--¡Oh! eso sí que es bien cierto--exclamó Juan.

Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa, pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas gentes irían al infierno.

El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.