El Abate Constantin

Chapter 5

Chapter 54,016 wordsPublic domain

Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o superficial agitación, nunca lo había pensado.

Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.

Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí dedujo que esos placeres no se hicieron para él.

Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado con las aldeanas de la comarca.

Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.

Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y todavía lo estaba.

En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña. La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.

Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir, de los pobres.

--No os apuréis tanto, señor cura--decía Paulina;--sed económico; creo que distribuyendo hoy unos cien francos...

--No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?

--¿Cuánto, señor cura?

--¡Mil francos!

--¡Mil francos!

Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, ¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.

Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a su paso.

Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.

--Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas, madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas esta noche.

Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta a aquellos que no pedían nada.

Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:

--Tomad, ahí tenéis veinte francos.

--¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi pensión.

¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!

--Pues bien--respondió el cura,--será para cigarros, pero escuchad bien: esto viene de América...

Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.

Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes anterior para Túnez.

--Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?

--Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.

--Le enviaréis treinta... Tomad...

--¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!

--Sí, os los doy...

--¿Para mi hijo?

--Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.

El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con la alegría en el corazón.

--¡Lo he dado todo!--exclamó, apenas divisó a Paulina,--¡todo, todo!

Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.

La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el segundo cuadro del segundo acto de _Aida_, el acto del baile y de la marcha.

Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los dos una impresión muy viva.

--¡Ah, ah!--dijo Puymartin,--ahí está el pequeño lingote de oro.

Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.

--Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro--continuó Martillet.--Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven y ya tan mujer.

--Sí, está preciosa, y alegre también, mira...

--¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la mina de plata que continúan explotando!

--Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al corriente de las cosas de América.

--¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!

--¡Cómo! ¿Romanelli?

--Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.

--Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... ¡Ah, al fin principia el baile!

Cesaron de hablar. El baile de _Aida_ no dura más que cinco minutos y ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.

Las trompetas heroicas de _Aida_ arrojaron su último sonido en honor de Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de la escena.

Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: ¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría! ¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina! ¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...» ¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...

A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia preparaba su lección.

Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes, 1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa, trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.

En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a miss Percival un marido, según su corazón.

IV

Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres, los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a visitar París, sino también a vivir en él.

Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores, sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes; ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son del todo.

Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.

El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos. El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente abierto. El francés dice:

--¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables, procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.

Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.

Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero. Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.

La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.

Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.

--Si yo no estoy aquí--decía,--y vengo sólo dos o tres meses del año a América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.

--¡Qué importa!--respondía Zuzie,--somos ricos, demasiado ricos... Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!

M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de 1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde hacía algunos años habitaba París:

«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente indiscreta, acepto.

»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de la estación, _mi_ carruaje, _mi_ cochero y _mis_ caballos, y que ese día nos acompañaseis a comer en _mi_ casa. Alquilad o comprad una casa, tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.

»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y además dos _boys_, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.

»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí se hace.

»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»

El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia demasiado violenta.

Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.

Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría fundarse ni funcionar una gran casa.

Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún burgués, o a extranjeros.

--Nunca habría dejado a la señora Baronesa--dijo a madama Norton,--si la casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.

Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas, no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera favorable, aceptó.

El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera necesario.

El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente irreprochable.

Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a madama Norton, que les dijo:

--Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí tenéis el _menú_ de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.

Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de oro, que decía: _Menu du dîner du 15 Avril 1880_, y más abajo: _Consommé à la parisienne, truîtes saumonées à la russe_, etcétera.

El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott, molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos, miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al rostro esta simple palabra:

--¡Cáspita!

Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una de sus amigas:

--¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme, comprendí que todo había concluido.

La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por el contrario, todo empezaba.

Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París contaba dos parisienses más.

El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos generales.

Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor. Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada a París.

Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera creciendo de cuadro en cuadro:

1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos maravillosos _grooms_ traídos de América;

2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;

3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama Norton.

Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar _deliciosa_ a una mujer evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca _deliciosa_.

La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam; todo París repitió su: _¡Cáspita!_ bien entendido, con las variantes y modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.

Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta parisienses.

Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra, era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco en sociedad. Era un _galantuomo_ que se sentía vagamente molestado por haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a su cuñada:

--Sois más ricas que el año pasado...

No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito. Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.