El Abate Constantin

Chapter 4

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Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina, quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.

Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego, con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro, gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.

--Vais a ver, señor cura--dijo Bettina,--vais a ver cómo no he mentido, si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del castillo, la granja, los bosques...

--Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!

--Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan, ¿no es así?

--Sí, señorita, así es.

--¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, os lo ruego!

El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.

Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.

--Os decía, señor cura--continuó Bettina,--que ayer fue el santo de mi hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»

Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a caballo por el bosque... y a propósito de caballo...

Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de Juan, cubiertas de polvo.

--Pero, señor, ¿usáis espuelas?

--Sí, señorita.

--¿Estáis en la caballería?

--Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.

--¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...

--Muy cerca de aquí.

--¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?

--Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?

--No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que no pueden interesarles.

--¡Oh! dispensad, señora--dijo el cura.--En toda la comarca no se trata por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de la señorita nos interesa mucho.

--Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues. Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

--No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de mi santo. Era una delicada atención de su parte.

--Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno grande de alegría.

--Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...

--En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en Souvigny.

--Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga. Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el precio.

--Un precio enorme--respondió el cura,--pues se agitaban muchas esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.

--¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?

--¡Tres millones!

--¡Nada más!--exclamó madama Scott;--¿el castillo, las granjas, el bosque, todo por tres millones?

--Pero es tirado--dijo Bettina.--Sólo el precioso río que pasea por el parque, vale los tres millones.

--¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras y el castillo?

--Sí, señora.

--¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?

--Sí, señora.

--¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por favor, me repitáis lo que dijeron de mí.

--Pero, señora--respondió el pobre cura, que estaba sobre ascuas,--hablaron de vuestra inmensa fortuna...

--Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco tiempo a esta parte... una _parvenue_, ¿no es así? Está bien, pero no es todo, debieron decir otras cosas.

--No, no he oído nada...

--¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...

--¡Por Dios! señora--interrumpió Juan,--tenéis razón, han dicho otra cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís, dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de las más...

--¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...

--¡Ah! ¿sí?

--Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis a desmentirlas?

--Sí, señora--respondió Juan con extrema vivacidad,--hacéis bien en pensarlo.

--Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor; prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?

--¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?

--Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

--Está bien; lo prometo...

--¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os dirija?

--Responderé.

--¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?

--Sí, señora, me lo han dicho.

--¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?

--Me lo han dicho, señora.

--¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre, siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses, estuvimos muy pobres.

--Y entonces era cuando yo ponía la mesa--dijo Bettina.

--Pasaba mi vida en casa de los _Solicitors_ de New-York. Pero nadie quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil dollars, aceptad, vended el pleito.»

Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre, y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M. William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!» Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!--¡Richard!» y nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar, preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió: «Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado; ¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún socorro...--No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con viveza Richard.--Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros, prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que necesitáis.--¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo que es, lo que vale!--No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo. ¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.» Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen esa suma, es porque los terrenos valen el doble.--Pero es preciso que os devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.--¡Oh! por eso no, más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no corre ningún peligro.--Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard, ¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura--dijo madama Scott, riendo,--fui yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de mi casamiento.

En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras. Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece excelente?

Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:

--No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante, despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación, me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia. Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América no lo son menos.

Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo todo su valor, dijo al fin:

--Señor cura, son las siete y cuarto.

--¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo que rezar el oficio del mes de María.

--¿El mes de María va a principiar en seguida?

--Sí, en seguida.

--¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?

--A las nueve y media--respondió Juan,--y emplearéis quince a veinte minutos, para llegar a la estación, en carruaje.

--Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

--Vamos--respondió madama Scott,--pero antes de separarnos, señor cura, tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en invitaros.

--Y nosotros más en aceptar, señora--respondió Juan.

--Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para que estrenemos juntos el castillo.

Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con estas palabras:

--¿Vos estaréis allí?--decía Bettina.

--Sí, estaré.

--¿Y me diréis en qué momento?

--Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que ni sospeche...

Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa. Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente, caminaban por la avenida.

En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta inscripción grabada sobre la piedra:

_Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de Villersexel. Rogad por él._

Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:

--¡Era su padre!

Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas, conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera plegaria en Longueval.

El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.

Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.

Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:

--Ahora es el momento, señorita--dijo Paulina, cuyo corazón latía de impaciencia.--¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!

Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.

Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar una _rêverie_ de Chopín, en la iglesia de Longueval.

Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de baterías organizadas.

Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los pequeños detalles del servicio.

Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:

--¿Cuál de las dos es más linda?

En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada por estas palabras:

--No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os sucede.

También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía, no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:

--¡La más linda es madama Scott!

La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar. Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él, inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta de Bettina.

¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto. Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres, caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba a gran trote a través de los campos de maniobras.

Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las olas de oro de sus cabellos sueltos. _Señor Juan_... ella lo había llamado _señor Juan_... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!... Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más, seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.

--Me engañaba hace un momentose decía Juan,--la más linda es miss Percival.

La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de comparación.

Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró; persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado e inquieto.

--¿Habré cometido--pensaba,--el desatino de enamorarme locamente a primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres a la vez.