Chapter 3
--¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?
--Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...
El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en ese corazón no debían caber tales pensamientos.
--Por favor, padrino, decidme...--continuó Juan con dulzura,--después os explicaré por qué os lo pregunto.
--Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil francos.
--¿Y eso es mucho dinero?
--Sí, es mucho dinero.
--¿Y todo ese dinero es mío?
--Sí, todo ese dinero es tuyo.
--¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y con Rosalía el dinero que me deja mi padre.
Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca sobre la cabeza rubia del joven.
Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote, rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las arrugas de su rostro.
Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo. Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.
--Vos, sin duda, mi padrino.
--No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo que deseas.
En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.
Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.
--Dadme a Juan--dijo al abate Constantín,--dádmelo hasta el fin de sus estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello. Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más mínima diferencia entre ellos.
Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.
--Hijo mío--le dijo madama de Lavardens,--¿quieres venir a vivir conmigo y con Pablo durante algunos años, en París?
--Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme aquí!--dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.--¿Por qué partís?--continuó.--¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?
--Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere ser soldado.
--Y yo también, señora, quiero serlo.
--¡Tú soldado!--exclamó el cura;--pero no eran esas las miras de tu padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea, médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.
--Me acuerdo, me acuerdo.
--Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz, ¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.
--No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...
--¿Por él?...
--Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado... ¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os opongáis...
El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.
--Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que quieras...
Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió de idea.
En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate Constantín.
«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»
Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.
Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau, lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.
Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía claramente la rectitud, el valor y la bondad.
Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para las grandes ocasiones.
Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos de Longueval siempre era el _pequeño Juan_. Cierto paisano todo arrugado y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar: «¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el tal chicuelo.
Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda con las jóvenes de Longueval.
Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y la besó con cariño en las dos mejillas.
--Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?
--Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de papas, una pata de carnero y crema.
--¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.
--Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar. Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y media, comienza el mes de María.
--¿Dónde está mi padrino?
--En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...
--Sí, ya sé, ya sé...
--Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes! Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene Loulou!
--Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...
Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa, quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.
En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera, de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho la víspera:
--Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.
--¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán... Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien o mejor que yo.
Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas, grandes flores rojas.
--Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?
--Achicoria--respondió Juan alegremente.--Hace mucho tiempo que no como achicoria.
--Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...
Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.
En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje que sonaba demasiado.
El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.
Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.
Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:
--Señor cura, estas señoras os buscan.--Luego, volviéndose a sus clientas:--Ahí tenéis al señor cura de Longueval.
El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de achicoria.
Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo extraño y muy original:
--Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra atención?--Luego, designando a su compañera de viaje:--Miss Bettina Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, ¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras carteras, y las necesitaremos.
--Voy a buscarlas.
Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:
--Permitidme, señorita, que os las traiga.
--Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en el asiento de adelante.
Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.
Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.
III
En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda, sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.
Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil curiosidad la instalación del cura.
--El jardín, la casa, todo es precioso aquí--decía madama Scott.
Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con aire inquieto y sombrío.
--¡Estas son--pensaba,--las herejes, las excomulgadas!
Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la ensalada.
--¡Os felicito, señorita--le dijo Bettina,--por el perfecto orden que reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que deseabais?
--Y el cura también--respondió madama Scott.--¡Ah! sí, señor cura, ¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía, Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?
--Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos blancos, y aire bondadoso y tranquilo.
--Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas parroquianas.
--¡Mis parroquianas!--exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos lo habían abandonado completamente.--Mis parroquianas! Perdón, señora, señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?
--¡Sí, señor, somos católicas!
--¡Católicas, católicas!--repitió el cura.
--¡Católicas, católicas!--exclamó la vieja Paulina, apareciendo radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la cocina.
Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro, apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo recibieron con la misma palabra.
--¡Católicas, católicas!
--¡Ah! comprendo al fin--dijo madama Scott riendo;--¡nuestro nombre y nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos, nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros, señor abate.
--Por eso y por otra cosa--continuó Bettina,--mas para la otra cosa necesitamos nuestras carteras.
--Aquí las tenéis, señorita--respondió Juan.
--Esta es la mía.
--Y esta otra la mía.
Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una presentación: el apellido de Juan.
--Es Juan--dijo,--mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería de guarnición en Souvigny; es de la casa.
Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de serpiente con anillos de oro.
--Os traía esto para vuestros pobres, señor cura--dijo madama Scott.
--Y yo esto otro--agregó Bettina.
Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos, pensaba:
--¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?
Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.
No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; balbuceaba:
--Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.
En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.
--Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.
Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:
--¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!
Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.
--¡Dos mil francos, dos mil francos!
--Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y tened mucho cuidado con él...
Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos dolores disminuidos.
--No es eso todo, señor cura--dijo madama Scott,--os daré quinientos francos todos los meses.
--Y yo haré como mi hermana.
--¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.
--Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... ¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos también vais a darme algo.
Y dirigiéndose a Paulina agregó:
--¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita? No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.
--Y yo--dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso de agua,--yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... ¿No podríais invitarnos a comer?
--¡Bettina!--dijo madama Scott.
--Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor cura?
Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:
--¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?
Juan intervino una vez más.
--Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.
--Sí, sí--respondió Bettina,--muy indulgentes.
Luego, dirigiéndose a su hermana:
--Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!
Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:
--Si supierais, señor cura, cuán buena es.
--¡Bettina, Bettina!
--Vamos, Paulina--dijo Juan,--pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.
--Y yo también--exclamó Bettina,--yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que estoy en casa.
Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.
Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en orden.
Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.
--Pero, señor--le decía a Juan,--yo sé muy bien poner la mesa. Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en New-York, no ponía bien la mesa?
--Sí, muy bien--respondió madama Scott.