Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves

Part 18

Chapter 183,860 wordsPublic domain

OTBERTO (_aparte_).--¡Bien, conde! ¡Oh viejo león! contempla con asombro á estos odiosos tigres que descienden de ti; pero si al fin te hacen algún agravio, sacude tu melena y estremézcanse todos.

GORLOIS (_volviendo_).--Señor, ya sube.

JOB (_á los príncipes que permanecen sentados_).--¡De pié! (_Á sus hijos._) ¡Á mi lado! (_Á Gorlois._) ¡Aquí! (_Á los heraldos y trompetas._) Tocad como si entrara un rey.

(_Entra por la puerta del fondo un mendigo casi tan viejo como el conde Job; su blanca barba le llega á la cintura. Viste túnica parda con capucha y una capa también parda y derrotada. Trae descubierta la cabeza, un rosario pendiente de la cuerda con que se ciñe, y calzado de cáñamo, sin medias. Detiénese en el fondo apoyado en su nudoso báculo. Los partesaneros le saludan y suenan de nuevo los clarines. Guanhumara aparece en el piso superior y asiste á la escena._)

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ESCENA VII

Los mismos, UN MENDIGO

JOB (_de pié en medio de sus hijos, al mendigo inmóvil_).--Quienquiera que seáis ¿habéis oído decir que hay en el Tauno, entre Colonia y Espira, sobre enormísima roca, un castillo, famoso entre todos los castillos, y en él un burgrave, famoso entre todos los burgraves? ¿Sabéis que este príncipe sin leyes, cargado de atentados y de hazañas, excluído del sacro Imperio por la dieta de Francfort, y de la santa iglesia por el concilio de Pisa, aislado, excomulgado, pero de pié todavía en su montaña y firme en su voluntad, persigue, provoca y bate al conde palatino, al arzobispo de Tréveris, y que con pié seguro y de sesenta años atrás, viene rechazando la escala del imperio puesta en sus muros? ¿Sabéis que protege á todos los valientes, hace del rico un pobre y del amo un esclavo y que por encima de los duques, reyes y emperadores, á vista de Alemania, víctima y presa de ellos, enarbola en su torre, como un reto de odio, cual fúnebre llamamiento á los encadenados pueblos, una bandera negra, formidable girón siempre agitado al soplo de las tempestades? ¿Sabéis que cuenta ya un siglo y arrostrando la ira del cielo y del destino desde que se alzó sobre su roca, ni la guerra arrancando los castillos, ni César furioso, ni Roma omnipotente, ni el peso de los años, nada en fin, ha podido vencer, ni domar al viejo titán del Rhin, Job el excomulgado? ¿Sabéis todo eso?

MENDIGO.--Sí.

JOB.--Pues estáis en casa de ese hombre. ¡Bien venido, señor! Yo soy el que llaman Job el Maldito. Este es mi hijo... Estos los hijos de mi hijo, que valen menos que nosotros. Así es engañada á menudo nuestra esperanza. Ahora bien, tengo la vieja espada de mi difunto padre, por mi espada un nombre terrible, y por parte de mi madre este castillo. Nombre, espada y castillo, todo es vuestro, huésped mío. Ahora habladnos libremente y en alta voz.

MENDIGO.--Príncipes, condes, señores, yo os saludo, y á vosotros también, esclavos. Escuchadme: si todo es reposo en lo hondo de vuestras almas, si meditando en lo pasado nada turba vuestros corazones, puros, como el cielo es azul, vivid, reíd, cantad... si no pensad en Dios. Mozos, ancianos de grandes y altos destinos, vosotros coronados de flores, vosotros coronados de canas, si hacéis mal á la faz del cielo, mirad adelante y sed prudentes. Son breves y dudosos nuestros instantes: la vejez amaga á los unos; el sepulcro á los otros. Así pues, gente moza, orgullosa de vuestro poder y fuerza, pensad en los ancianos; y vosotros, ancianos, pensad en los muertos; sed, sobre todo, hospitalarios: la hospitalidad es la más dulce ley. Cuando se rechaza á un pasajero ¿se sabe á quién se rechaza? ¿Se sabe de dónde viene? Sea sagrado el pobre para vosotros, siquiera seáis reyes. Á las veces, Dios, que de un soplo arranca y barre los centenarios robles, llena de acontecimientos, de relámpagos y truenos la mano que un mendigo oculta bajo sus andrajos.

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PARTE SEGUNDA

EL MENDIGO

LA SALA DE LAS PANOPLIAS

Á la izquierda una puerta. En el fondo una galería almenada que permite ver el cielo. Paredes de basalto desnudas. Armaduras completas en los pilares. Al levantarse el telón, el mendigo está de pié en el proscenio, apoyado en su báculo y como poseído de dolorosos pensamientos.

ESCENA I

EL MENDIGO, solo

Ha llegado el momento de dar este gran golpe. Todo podría salvarse; pero es preciso arriesgarlo todo... ¿Qué importa, si Dios me ayuda? ¡Alemania! ¡oh patria mía! ¡cómo han degenerado tus hijos! y qué maltratada te encuentras después de este largo destierro. Han matado á Felipe, expulsado á Ladislao, envenenado á Enrique y vendido á Corazón de León como hubieran vendido al mismo Aquiles. ¡Qué abatimiento tan profundo! No hay ya unidad; se deshacen los nudos de los Estados. Veo en este país, tierra de bravos cuando Dios quería, loreneses, flamencos, sajones, moravos, franceses, bávaros... y... ni un solo alemán. El oficio de cada uno es cómodo en verdad: el fraile canta, predica el sacerdote, el paje lleva la lanza de su señor, el barón saquea y el rey duerme. Los que no pillan no saben más que gemir, y temblando como en tiempo de los emperadores sálicos, adorar un relicario y besar santas reliquias. Son feroces, ó cobardes; viles ó malvados. El conde palatino, como escudero trinchante tiene el primer voto en el colegio de Tréveris, y lo vende; se desconoce la tregua de Dios, y el rey de Bohemia, ¡un eslavo! es elector. Todos aspiran á engrandecerse; por todas partes impera la fuerza, el horror, la violencia. La reja del arado viéndose pisoteada, se transforma en cuchilla; las hoces van á la guerra abandonando las mieses. El incendio prende por doquiera: entonando sus cantares, todo gitano que pasa por la puerta de una cabaña, oculta bajo su capa su pedernal y eslabón. Los vándalos han tomado á Berlín. ¡Ah, qué cuadro! Los paganos en Dantzig, los mogoles en Breslau... Todo esto invade mi espíritu en tropel. ¡Oh vergüenza! Todo está muerto, país, ciudades, aldeas, recursos... ¿Cómo se acabará la aguja de Strasburgo? ¿Quién llevará el pendón de las ciudades? Alguno de los judíos enriquecidos en las guerras civiles. ¡Oh abyección!... El imperio tenía grandes pilares, Holanda, Luxemburgo, Cléveris, Gueldres, Juliers... y cayeron. ¿Qué fué de Polonia? ¿Qué fué de Lombardía? para defendernos el día de una invasión atrevida, sólo tenemos á Ulma y Augsburgo cerradas con malas estacas: la obra de Carlomagno y de Otón el Piadoso no existe ya. Bórrase al occidente nuestra frontera, porque la alta Lorena es de los condes de Alsacia y la baja de los condes de Lovaina. La Orden Teutónica ha muerto: apenas quedan á Gauvain veintiocho caballeros y cien escuderos de armas... Á la vez, amenaza Dinamarca, agita Inglaterra á güelfos y gibelinos, hace traición la Lorena, ruge el Brabante, se enciende Turín, Felipe Augusto crece, Génova quiere dinero, continúa el entredicho, el Padre Santo vacila... ¡Oh Dios! ¡Y ni un caudillo ante tales y tantas complicaciones! Los electores dispersos, ahondando más y más la herida, coronan cada cual por su lado, á quien le paga, y como el que muere descuartizado por cuatro caballos, de Amberes á Ratisbona y de Lubeck á Spira, tiran del imperio cuatro emperadores. ¡Alemania! ¡Alemania!...

(_Inclina la cabeza y sale pausadamente por el fondo, perdiéndose entre los arcos de la galería. Otberto que apareció algunos momentos antes, le sigue con la vista. Regina, radiante de salud y de dicha, entra por el fondo sin encontrarse con el mendigo._)

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ESCENA II

OTBERTO, REGINA

OTBERTO (_con júbilo_).--¡Regina! ¿Es posible? ¿Sois vos?

REGINA.--¡Otberto! ¡Ya vivo, ya hablo, ya respiro! Ya no padezco ni me derrito, soy feliz y os pertenezco.

OTBERTO (_contemplándola_).--¡Oh dicha!

REGINA.--Esta noche he dormido y no he tenido fiebre. Si hablaba, sólo vuestro nombre entreabría mis labios. ¡Qué sueño tan dulce! Cuando la luz del sol me ha despertado, me pareció que nacía á nueva vida. Los alegres pajarillos cantaban en mi ventana, las flores se abrían enviando al cielo sus aromas, yo me sentía llena de júbilo, y buscaba con la vista lo que me enviaba un aliento tan puro y llenaba mi alma de tan dulces armonías, y arrasados de lágrimas los ojos decía para mí: «Yo soy el canto de los pájaros, y el aroma de las flores, yo.» Otberto, Otberto mío, te amo. (_Se echa en sus brazos sacándose del seno el pomo._) Este licor es la vida. Tú me has dado la salud, tú me has arrancado á la muerte. Ahora defiéndeme de Hatto.

OTBERTO.--¡Regina, hermosa mía! ¡Oh! yo sabré acabar mi obra. Pero no me admires; yo no tengo valor, no tengo virtud; sólo tengo amor. Vives tú y veo ya nueva luz; vives, y siento en mí como una nueva alma. Pero mírame. ¡Dios mío! ¡qué hermosa está! ¿No padeces?... ¿de veras?

REGINA.--Nada absolutamente: estoy ya buena.

OTBERTO.--¡Bendito seáis, Dios mío!

REGINA.--¡Bendito tú también, Otberto! (_Permanecen abrazados y en silencio. Luégo y de pronto se desase Regina y dice:)_ ¡Ah! El buen conde Job me está esperando. Bien mío, adiós. Sólo quería decirte que te amo.

OTBERTO.--¿Volverás?

REGINA.--Muy luégo.

OTBERTO.--¡Gracias, Dios mío, gracias! Regina vive.

(_Aparece en el fondo la siniestra figura de Guanhumara._)

ESCENA III

OTBERTO, GUANHUMARA

GUANHUMARA (_poniéndole la mano en el hombro_).--¿Estás contento?

OTBERTO (_con espanto_).--¡Ah! ¡Guanhumara!

GUANHUMARA.--Ya lo ves: te he cumplido mi promesa.

OTBERTO.--Yo cumpliré mi juramento.

GUANHUMARA.--¿Sin piedad?

OTBERTO.--Sin flaqueza. (_Aparte._) Después... me suicidaré.

GUANHUMARA.--Te esperaré á media noche.

OTBERTO.--¿Dónde?

GUANHUMARA.--Frente la torre de la bandera negra.

OTBERTO.--Es un sitio pavoroso por donde nadie pasa. Dicen que la roca conserva siniestra huella.

GUANHUMARA.--Un rastro de sangre que desde una ventana desciende por el muro hasta la orilla del torrente.

OTBERTO (_con horror_).--¡Sangre!... Ya lo ves: la sangre mancha y quema.

GUANHUMARA.--La sangre lava también y apaga la sed.

OTBERTO.--Ea, pues: manda á tu esclavo. ¿Á quién encontraré en el sitio designado?

GUANHUMARA.--Á un encubierto, solo.

OTBERTO.--¿Qué más?

GUANHUMARA.--No hay sino seguirle.

OTBERTO.--En buen hora.

(_Guanhumara le arrebata el puñal y mirándole con ojos fulgurantes exclama_:)

GUANHUMARA.--¡Oh Cielos! ¡oh profundidades sagradas! ¡triste serenidad de las azules bóvedas! ¡Oh noche cuya tristeza tiene tanta majestad! Y tú, que en mi largo destierro me acompañaste siempre, vieja argolla de mi cadena, sedme testigos. Y vosotros, muros, torres, encinas que derramáis sombras sobre los pasos del viajero, oídme: ¡Yo, yo condeno á morir bajo este cuchillo vengador á Fosco, barón de los bosques, de las rocas y de los llanos; sombrío como tú, noche; viejo como vosotras, encinas!

OTBERTO.--¿Quién es Fosco?

GUANHUMARA.--El que ha de morir por tu mano. (_Le devuelve el puñal._) Hasta media noche.

(_Sale por la galería del fondo sin ver á Job ni á Regina que entran por el lado opuesto._)

OTBERTO.--¡Cielos!

ESCENA IV

OTBERTO, REGINA, JOB

(_Entra corriendo Regina y se vuelve luégo hacia Job, que la sigue lentamente._)

REGINA.--Sí, sí; ya puedo correr. Ved, señor. (_Á Otberto preocupado._) Somos nosotros, Otberto.

OTBERTO.--Condesa... Señor.

JOB.--Esta mañana sentía aumentarse mi melancolía; lo que el mendigo nos dijo ayer, pasaba por mi cabeza á cada instante como un relámpago. (_Á Regina._) Después pensaba en ti, á quien veía moribunda; en tu madre, sombra triste que vaga entre nosotros. (_Á Otberto._) Cuando de pronto entra en mi aposento esta niña, fresca, sonrosada, alegre... Pero ¡qué milagro! Yo, al verla, río y lloro y vacilo. Vamos á dar las gracias á Otberto, me dice. Vamos, contesto yo. Y hemos atravesado el desierto castillo y...

REGINA.--Y vednos corriendo á los dos.

JOB.--Pero ¿qué misterio es éste? ¿Cómo se ha curado mi Regina? No me lo ocultes. ¿Qué has hecho para salvarla?

OTBERTO.--Señor, todo se ha obrado por la virtud de un filtro, de un secreto que me ha vendido una esclava de aquí.

JOB.--Esa esclava es libre. Le doy además cien libras de oro... campos... viñas. Perdono á los condenados á muerte que gimen en este burgo y concedo la franquicia á mil campesinos á elección de Regina. (_Tomándolos de las manos._) Mi corazón está henchido de júbilo. Me gusta veros así. Pero... (_Da unos pasos y queda pensativo._) Es verdad... estoy maldito y solo y... soy viejo. ¡Oh dolor! Oculto vivo en el castillo que habitan mis mayores, y aquí, taciturno, inmóvil, triste, sombrío, miro pensativo en torno de mí y... ¡ay! ¡qué negro me parece todo!... Tiendo á lo lejos la vista sobre Alemania y no veo más que envidiosos, tiranos, verdugos, compitiendo en insensatez é iniquidad. ¡Pobre país, empujado hacia el abismo por cien brazos... caerá al fin en él; caerá, si Dios no envía algún gigante que le tienda la mano! Me aflijo en esta consideración. Miro mi raza, mi casa, á mis hijos... Y ¿qué veo? Odio, bajeza, procacidad... Hatto contra Magno; Gorlois contra Hatto; ya bajo el lobo enseña los dientes el lobezno. Mi raza me da miedo. Miro en mí mismo, en mi vida, y ¡oh Dios! palidezco y tiemblo, pues cada recuerdo que evoco espantado, se reviste de horrible aspecto al pasar ante mis ojos. Sí, todo es negro. Demonios en mi patria, monstruos en mi familia y espectros en mi alma. Por eso, cuando mi turbada vista que sigue la triple visión de esta triple sombra, buscando la luz y á Dios, se levanta al fin, tengo necesidad de veros cerca de mí como dos puros rayos, como dos apariciones en la puerta del infierno, á vosotros, niños cuya frente brilla con tanta claridad; á ti, bravo mozo, y á ti, casta doncella, que parecéis, cuando convertís á mí los ojos, dos ángeles indulgentes inclinados sobre Satanás.

OTBERTO.--Señor...

REGINA.--¡Por Dios!...

JOB.--Hijos, quiero estrecharos á los dos entre mis brazos. (_Á Otberto._) Tu mirada es sincera; se reconoce en ti al caballero fiel á su palabra, como el águila al sol, como el acero al imán... Todo lo que este mozo ofrece, eso cumple. (_Á Regina._) ¿No es verdad?

REGINA.--Le debo la vida.

JOB.--Antes de mi caída, era yo como él: grave, puro, casto y bien templado como una virgen, como una espada. (_Va á la ventana._) ¡Ah! Este aire es grato, el cielo sonríe y el sol alienta. (_Volviendo._) Regina mía, este noble semblante (_Indicando á Otberto_) me recuerda á un niño... mi último hijo. Cuando Dios me lo dió, me creí perdonado. Pronto hará veinte años. Un hijo en mi vejez. ¡Qué dón del cielo! Sin cesar iba á su cuna y hasta cuando estaba durmiendo le hablaba muchas veces, porque los viejos nos volvemos niños. Por la noche le sentaba en mis rodillas y... te hablo de un tiempo... tú no habías nacido aún. Aunque apenas tenía un año, balbuceaba ya graciosamente algunas palabras; tenía mucha inteligencia y me conocía muy bien. Y reía; y cuando le veía reir yo, ¡pobre anciano, sentía un sol en el corazón! Yo quería hacer de él un valiente, un vencedor: habíale puesto el nombre de Jorge. Un día... ¡amargo recuerdo! estaba el niño jugando en el campo y... ¡Oh! cuando seas tú madre, no pierdas de vista nunca á tus hijos... ¡Me lo robaron! Unos judíos, una gitana... ¿Para qué? ¡Horror! ¡Para degollarlo en sus aquelarres! Lloro desde hace veinte años, como desde el primer día. ¡Ah! ¡Le amaba tanto!... Era mi reyezuelo; yo estaba loco, ebrio con él, y sentía en mí todo lo que siente un alma abierta al cielo, cuando sus manecicas tocaban mi blanca barba. No he sabido más de él y... el corazón se me parte. Ahora tendría tu edad y tu hermosa frente y sería inocente como tú. ¡Oh! sí. Á veces digo para mí, cuando te miro: «¡Es él!» (_Le abraza. Guanhumara aparece en el fondo y observa con cautela._) Por un milagro extraño y piadoso á la vez, tu candor, tu porte, tus ojos, tu voz, todo en ti, recordándome aquel hijo perdido, hace que lo tenga presente y que no lo olvide. Sé tú mi hijo.

OTBERTO.--Señor...

JOB.--Sí, sé mi hijo. Tú, honrado mozo, de oscuro linaje, ya lo sé, y huérfano, pero gran corazón que persigue una noble quimera, ¿sabes lo que quiero decirte cuando te digo que seas mi hijo? Pues quiero decirte... escuchad los dos... que pasar el día al lado de un pobre anciano ya á las puertas del sepulcro, y vivir como en prisión desde la mañana hasta la noche, cuando la moza es bella y buen mozo el galán, sería odioso y hasta fuera del orden natural, si no pudieran por encima del anciano, que bien comprende el juego, mirar y sonreir y hacerse alguna seña. Y digo que el anciano es sensible á vuestro amor; que veo con buenos ojos que os amáis, y os echo la bendición.

REGINA y OTBERTO (_con júbilo_).--¡Ah!

JOB.--Yo quiero acabar de curarte. Tu madre era sobrina mía, y al morir te dejó bajo mi guarda y cuidado. ¡Ay! he visto desaparecer como ella siete hijos, los más valientes acaso; Jorge mi último hijo, mi última mujer y todo lo que amaba. Estos pesares guarda el tiempo á los que viven mucho... Tú, á lo menos, sé feliz. Hijos, yo os uno en el amor, porque Hatto... Hatto deshojaría mi pobre flor querida. Cuando estaba para espirar tu madre, le dije: Muere en paz, tu hija es ya mi hija, y si fuere menester daría mi sangre por ella.

REGINA.--¡Oh! ¡Padre mío!

JOB.--Se lo juré. (_Á Otberto._) Tú, hijo, vé, crece, pelea. No tienes nada, pero yo te daré en dote mi feudo de Kammerberg, dependiente de mi burgo de Heppenheff. Vé, pues, como fueron Nemrod, César, Pompeyo... Yo de mí sé decir que tengo dos madres: mi madre natural y mi espada; soy bastardo de un conde, pero hijo legítimo de mis hazañas. Hay que hacer lo que yo hice... (_Aparte._) ¡Ah! Menos mi crimen. (_Alto._) Hijo, sé valiente y honrado. Hace ya tiempo que llevo entre cejas este casamiento. Bien puede emparentar el franco arquero Otberto, con Job, franco caballero. Tú dirías para ti: Siempre he de ser ¡qué vergüenza! el perro del viejo león, el paje del anciano conde, sujeto á su lado mientras viva. No; te quiero mucho, hijo; mas por ti, no por mí. ¡Oh! los viejos no son tan malos como se cree. Ea, arreglemos esto. Yo le temo á Hatto. ¡Silencio! Nada de rompimiento aquí; saldría á relucir el puñal. (_Bajando la voz._) Mi palacio se comunica con los fosos del castillo, y yo tengo las llaves. Esta noche, con buena escolta, partiréis los dos: lo demás te toca á ti.

OTBERTO.--Pero...

JOB (_sonriendo_).--¿Rehusas?

OTBERTO.--¿Cómo he de rehusar, señor, si me ofrecéis el paraíso?

JOB.--Entonces, haz lo que te digo. ¡Mucha reserva! Y luégo á la puesta del sol huyes, y quedo yo al cuidado de evitar que te persiga Hatto, y os casaréis en Caub. (_Guanhumara, que lo ha oído todo, sale._) Ahora, hijos míos, decidme que sois felices. Yo voy á quedarme solo...

REGINA.--¡Padre mío!

JOB.--¿Qué será de mí cuando hayáis partido, cuando mis males me abrumen otra vez? Porque, blanca paloma, después de un momento de alivio, el peso recae sobre mí otra vez. (_Á Otberto._) Gunther, mi capellán, os seguirá de cerca, y espero que todo salga á pedir de boca. Después volveréis á verme un día. No lloréis... dejadme entero mi valor. Sois felices y... cuando se ama á vuestra edad, ¿qué importa un anciano? ¡Ah! Tenéis veinte años; yo... Dios no puede querer que yo padezca ya mucho. (_Á Otberto._) Conque esperadme aquí. Tú conoces bien la puerta ¿eh? Voy á traerte las llaves.

(_Sale por la puerta de la izquierda._)

ESCENA V

OTBERTO, REGINA

OTBERTO.--¡Santo cielo! Todo se confunde en mi turbado espíritu. ¡Huir con Regina, huir de este siniestro burgo!... ¡Oh! si estoy soñando, no me despertéis, por piedad. ¿Conque es verdad, alma mía, que me perteneces? Huyamos sin aguardar á la noche; huyamos desde luégo. ¡Ah! ¡Si pudieras tú saber!... Allá el edén radiante... detrás de mí el abismo. Huyo hacia la felicidad; huyo delante del crimen...

REGINA.--¿Qué estás diciendo?

OTBERTO.--No, no temas nada; huiré... Pero mi juramento ¡gran Dios! Regina, he jurado... ¿Qué importa? Huiré, me escaparé... Dios mío, juzgadme. Ese anciano es tan bondadoso como augusto, y debo obedecerle en todo. Ven, partamos: todo nos favorece y nada puede impedir nuestra fuga.

(_Durante estas últimas palabras Guanhumara ha vuelto por la galería del fondo conduciendo á Hatto que ve á los amantes abrazados. Hatto hace una seña y se acercan tras él los príncipes, burgraves y soldados. El marqués les indica los amantes, los cuales no echan de ver nada en su amoroso éxtasis. Al volverse Otberto para salir con Regina, se alza el celoso Hatto ante él. Guanhumara ha desaparecido._)

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ESCENA VI

OTBERTO, REGINA, HATTO, MAGNO, GORLOIS, los BURGRAVES, los PRÍNCIPES, GIANNILARO, SOLDADOS, luégo el MENDIGO, luégo JOB

REGINA.--¡Hatto!

OTBERTO.--¡Ah!

HATTO.--Arqueros, prended á este hombre y á esta mujer.

OTBERTO (_sacando su espada y teniendo á raya á los soldados_).--Marqués Hatto, sé que eres un infame, un traidor, un impío abominable y bajo. Quiero saber ahora si se encuentra en tu corazón el miedo, fango vil que deja siempre el vicio. Sospecho que eres un cobarde, y que todos estos señores, mejores que tú, van á tener ocasión de verlo. Yo represento aquí, por su elección soberana, á Regina, doncella noble y condesa del Rhin, que á ti te rechaza y me ama á mí. Hatto, yo te desafío á pié con toda suerte de armas, en campo cerrado, sin dilación, sin cuartel, á cara descubierta, á la orilla del río, á donde se arrojará al vencido. Mata ó muere. (_Regina cae desmayada y se la llevan sus doncellas. Otberto corta el paso á los arqueros que intentan acercársele otra vez._) ¡Cuenta con dar un paso! Hablo á estos señores. Escuchad todos, duque de Turingia, pendragón de Bretaña, barones y marqueses y burgraves, yo abofeteo á vuestra vista á este barón é invoco aquí para castigarlo el derecho de franco arquero ante vosotros.

(_Tira su guante al rostro de Hatto. Entra el Mendigo y se confunde con los circunstantes._)

HATTO.--Te he dejado hablar, y sabe Dios que mi espada tiembla aún en su vaina. Ahora te digo: ¿quién eres tú,... tan bravo? ¿Eres hijo de rey, duque, conde ó margrave para que así te atrevas á retarme? Dime siquiera tu nombre. Pero ¿lo sabes tú tampoco? Te llamas el arquero Otberto. (_Á los señores._) Miente. (_Á Otberto._) Mientes. Tu nombre no es Otberto. Yo voy á decirte de dónde vienes y lo que vales. Tu nombre es Yorghi Spadaceli. No eres ni siquiera hidalgo. Tu abuelo era corso y eslava tu madre. Mira si te conozco: eres un vil falsario, esclavo é hijo de esclava. ¡Atrás! (_Á los otros._) Si alguno de vosotros quiere batirse por él, acepto el desafío, á brazo partido, aquí, en la avenida, puñal en mano y á pecho descubierto. Pero, tú, vil aventurero, escapado de los hierros, vé á tirar tu guante á los criados.

(_Le da con el pié al guante de Otberto._)

[Ilustración: OTBERTO.--_Marqués Hatto, sé que eres un infame, un traidor, un impío..._]

OTBERTO.--¡Miserable!

EL MENDIGO (_á Hatto_).--Marqués, tengo noventa y dos años, pero yo os haré frente. Una espada.

(_Tira su báculo y toma una espada de una panoplia._)

HATTO (_riéndose_).--Faltaba un bufón á este paso de comedia, y aquí está ya, señores. ¿De dónde sale tan digno defensor? Hemos pasado del gitano al mendigo. ¿Tu nombre?

EL MENDIGO.--Federico de Suabia, emperador de Alemania.

MAGNO.--¡Barbaroja!

(_Asombro y estupor. Apártanse todos formando una especie de círculo al rededor del Mendigo, que saca de entre sus andrajos una cruz pendiente de su cuello y la levanta con la mano derecha teniendo la otra sobre la espada hincada en el suelo._)