Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves
Part 17
REGINA.--Más bajo. Hubiera podido obligarme; soy su prometida.
OTBERTO.--Debiérais haberos quejado al viejo señor: Hatto le teme.
REGINA.--Si voy á morir, ¿para qué?
OTBERTO.--¡Oh! No habléis así.
REGINA.--Sufrir, soñar, desaparecer al fin... He aquí la suerte de la mujer.
OTBERTO (_indicándole la ventana_).--Ved qué hermoso sol.
REGINA.--Sí. ¡Cómo se inflama en su ocaso! Estamos en otoño y muere la tarde. Por donde quiera caen las hojas y el bosque se pone sombrío.
OTBERTO.--Las hojas se renovarán.
REGINA.--Sí... ¡Oh! Es triste ver huir á las golondrinas. Ellas también se van al dorado y ardiente mediodía.
OTBERTO.--Ya volverán.
REGINA.--Sí, pero yo... yo no veré ni volver á las golondrinas ni renacer las hojas.
OTBERTO.--¡Regina!
REGINA.--Acercaos más á la ventana. (_Dándole un bolsillo._) Otberto, echad este bolsillo á los pobres presos. (_Obedece Otberto._) Bello sol, realmente; sus últimos rayos ciñen con una corona la frente del Tauno; el río brilla, el bosque se rodea de esplendores, las ventanas de las cabañas se iluminan. ¡Qué bello y grande es todo eso, Dios mío! La naturaleza toda es onda de vida y de luz. ¡Oh! Yo no tengo padre ni madre; nadie puede salvarme, nadie me puede curar; estoy sola en el mundo, y me siento morir.
OTBERTO.--¿Sola en el mundo vos? ¿Y yo, que os amo?
REGINA.--¡Sueño!... No, vos no me amáis, Otberto. La noche llega; yo voy á caer en sus sombras y vos me olvidaréis muy pronto.
OTBERTO.--Por vos moriría y me condenaría ¡y decís que no os amo!... Me desespera. Desde hace un año, desde el día en que os ví en esta guarida en medio de tantos bandidos, desde entonces os amo, señora mía. Mis ojos se convertían á vos en este fiero castillo, manchado de crímenes, como al único lirio de esta sima y astro único de estas sombras. Sí, me atreví á amaros, á vos, condesa del Rhin, á vos, prometida de Hatto, el conde de corazón de bronce. Ya os lo dije, soy un pobre capitán, hombre de fuerte espada y de raza incierta, acaso menos que un siervo, acaso tanto como un rey. Dejadme y muero. Á dos personas amo en este castillo: vos en primer lugar, antes que á todo, antes que á mi padre... si lo tuviera; luégo (_indicando la puerta del castillo_) á ese anciano abrumado bajo el peso de un pasado espantoso. Tierno y fuerte, triste abuelo de una familia horrible, en vos pone toda su alegría; en vos su último culto y su última antorcha, estrella que alborea en la puerta de su sepulcro. Yo, soldado, cuya frente se inclina al peso de la suerte, os bendigo á los dos, porque á vuestro lado lo olvido todo, y mi alma oprimida por una ley fatal, cerca de él se siente grande, y pura cerca de vos. Ahora veis todo mi corazón. Sí, lloro, y... estoy celoso. Poco há, Hatto os miraba y vos le mirabais á él, y yo sentía hervir mi sangre á borbotones y subir del corazón á la frente todo mi odio y cólera. Me contuve, pero debí haberlo echado á rodar todo. ¡Que no os amo! ¡Ah! Por un beso vuestro os daría yo toda mi sangre. Regina, decid al sacerdote que no ame á su Dios, al toscano sin dueño que no ame su ciudad, al marino en el mar que no ame la aurora después de las noches de invierno, al prisionero cansado de vivir que no ame la mano que le da su libertad; pero no me digáis que yo no os ame á vos, pues sois para mí más que la libertad y más que la luz. Soy vuestro sin reserva... bien lo sabéis vos, Regina. ¡Oh! las mujeres son siempre crueles y nada les agrada tanto como jugar con el alma y el dolor de un hombre. Pero perdonad; estáis enferma, y os hablo de mí, cuando debería acatar de rodillas vuestro febril delirio y besaros las manos dejándoos decirlo todo.
REGINA.--Mi suerte, como la vuestra, Otberto, está llena de pesar. ¿Qué soy yo? Una huérfana. ¿Y vos? Un huérfano. Uniéndonos el cielo con infortunios comunes, hubiera podido hacer una felicidad de nuestros dos infortunios. Pero...
OTBERTO (_cayendo de rodillas_).--Pero yo te amaré, yo te adoraré, yo te serviré. Si tú mueres, yo moriré. Mataré á Hatto, si se atreve á disgustarte, y reemplazaré á tu padre y á tu madre. Sí, á los dos; como tu padre, tengo mi brazo; como tu madre, tengo mi corazón.
REGINA.--¡Oh dulce amigo mío! Gracias. Veo toda vuestra alma que posee la voluntad de un gigante, y la ternura de una mujer. Pues bien, Otberto mío; con todo vuestro poder nada podéis hacer por mí.
OTBERTO (_levantándose_).--Sí.
REGINA.--No, nada. No debéis disputarme á Hatto, no; mi prometido se apoderará de mí sin lucha ni querella, y vos, tan gallardo y bravo, no le venceréis, porque mi verdadero prometido es... el sepulcro. ¡Ah! Pues ya entro en esa profunda sombra, hago dos partes de lo mejor que tengo en este mundo: la una para el Señor, la otra para vos. Quiero, amigo mío, que pongáis la mano en mi frente y os digo cerca de mi hora suprema: Otberto, mi alma es de Dios; mi corazón es vuestro... os amo.
EDUVIGIS.--Alguien viene.
REGINA.--Ven. (_Se apoya en la nodriza y en su amado y se dirige hacia la puerta falsa. Allí se detiene y volviéndose dice:_) ¡Oh! ¡Morir á los diez y seis años es horrible! Cuando hubiéramos podido vivir juntos, amantes, dichosos. Otberto mío, ¡quiero vivir! Escucha mi plegaria: no dejes que me hunda bajo esa fría piedra. Me causa horror la muerte. Sálvame por mi amor. ¿Podrías tú salvarme? Dí.
OTBERTO.--Vivirás. (_Sale Regina con Eduvigis._) ¡Morir tú tan joven, tan bella y tan pura! Así hubiera de luchar con el demonio, vivirás, yo te lo juro. (_Viendo á Guanhumara inmóvil en el fondo._) ¡Á propósito!
ESCENA IV
OTBERTO, GUANHUMARA
OTBERTO.--Guanhumara, tu mano... tengo necesidad de ti. Ven.
GUANHUMARA.--¡Tú! ¡Déjame!
OTBERTO.--Escúchame.
GUANHUMARA.--¿Vas á preguntarme otra vez por tu tierra y tu familia? Pues bien, lo ignoro. ¿Si tu nombre es Otberto? ¿si tu nombre es Yorghi? ¿Por qué ha pasado tu vida en el destierro? ¿Si fué en Córcega ó en Moldavia donde te encontré niño, desnudo, solo, en pos del sustento? ¿Por qué te aconsejé que vinieras á este castillo prohibiéndote que dijeras que me conocías? ¿Por qué, bien que Regina haya seducido al amo, conservo yo mi cadena al cuello, y en todo tiempo y lugar, como cumpliendo un voto, esta argolla en el pié? No quiero contestarte, nada he de decirte. Delátame si quieres. Pero no, tú no harás traición á la nodriza que te crió á sus pechos y te sirvió de madre; después de todo, tampoco le temo yo á la muerte. (_Retirándose._)
OTBERTO (_deteniéndola_).--No es de mí de quien quiero hablarte. Dime, tú que lo sabes todo, Regina...
GUANHUMARA.--Morirá antes de un mes. (_Retirándose._)
OTBERTO (_deteniéndola_).--¿Puedes salvarla?
GUANHUMARA.--¿Qué me importa á mí eso? (_Como hablando consigo misma._) Si... cuando yo estaba en la India,... espantosa hasta para los leones, andaba errante por los bosques estudiando las yerbas, los venenos, los filtros supremos que tienen la virtud de resucitar á un muerto y que parezca muerto un vivo...
OTBERTO.--Contéstame. ¿Puedes salvarla?
GUANHUMARA.--Sí.
OTBERTO.--Por piedad; por Dios que nos está oyendo ¡oh Guanhumara! sálvala, cúrala.
GUANHUMARA.--Si ahora mismo, cuando contemplabas aquí á Regina, de repente hubiera entrado Hatto como una tempestad; si feroz y riéndose de rabia, la hubiera asesinado á tu vista y arrojado su cuerpo al torrente, que brama como un tigre ahí afuera; si agarrándote á ti con sus manos homicidas te hubiera llevado á la ciudad inmediata, con la argolla de esclavo al pié, desnudo y medio muerto, para venderte como cosa vil en el mercado; si á ti, soldado y libre, te hubiera vendido para que te condenaran al remo en los barcos del Tíber... Supón ahora que después de este día nefasto, la muerte os olvidó á los dos por muchos años;... si después de haberte arrastrado de playa en playa volvieras viejo de tan larga y ruda esclavitud ¿qué quedaría en tu corazón?
OTBERTO.--La venganza, la sed de sangre.
GUANHUMARA.--Pues bien: yo soy la venganza, el odio sanguinario, y voy, como ciego fantasma, al fin propuesto: tengo sed de sangre. ¿Qué me pides tú? ¿Que tenga piedad, que salve á los vivos? Me río pensando en ello. Dices que tienes necesidad de mí. ¡Qué imprudencia! ¿Y si helando de espanto tu corazón yo te dijera á mi vez que tengo necesidad de ti? ¿Y si te dijera que te he criado para mis proyectos y que retrocedo ante tu inocencia? Retrocede tú, pues, ante mi soledad y desventura. Acabo de contarte mi historia. ¡Qué infamia! Pero sólo mataron al amante; la mujer... era yo. El asesino vive aún, y tú puedes servir á mi designio. ¡Oh! ¡cuánto tiempo he gemido! Toda el agua de las nubes ha caído sobre mi cabeza y he llegado á ser horrible y formidable á fuerza de sufrir. Sesenta años he vivido de lo que causa la muerte, del dolor; hambre, miseria, destierro, abatían mi frente; he visto el Nilo, el Indo, el Océano, la tempestad, y las inmensas noches de los polos; se han marcado en mis carnes duras argollas de hierro; veinte amos diferentes me han echado á latigazos, miserable, enferma. Ahora todo acabó: ya no tengo nada de humano, ni siento nada aquí. (_Llevándose la mano al corazón._) Soy una estatua y habito una tumba. Un día del mes pasado llegué entre dos luces á este castillo perdido y aún me admiro de que al rumor del huracán no oyeran mis piés de mármol en este suelo fatal. Pues bien, yo, cuyo odio nunca duerme, hoy, si quisiera, tendría en mis manos á mi enemigo: le tengo... basta que marque su hora con una sola palabra para que vacile, y con un solo paso, para que muera. ¿He de repetirlo? Tú eres el único que puedes facilitarme la venganza que quiero. Pero al llegar á este momento fatal me he dicho: No, no, sería horrible. Yo, próxima al infierno, me siento vacilar. No vengas á tentarme; porque si entráramos en tratos semejantes, te contaría cosas horribles. Dime ¿querrías sacar de la vaina tu puñal? ¿Querrías ser asesino, verdugo? ¡Te estremeces! ¡Débil corazón y débil brazo! Vete y déjame en paz.
OTBERTO (_bajando la voz_).--¿Qué exigirás de mí?
GUANHUMARA.--Guarda, guarda tu inocencia: márchate.
OTBERTO.--Por salvarla daría toda mi sangre.
GUANHUMARA.--Vete.
OTBERTO.--Hasta cometería un crimen.
GUANHUMARA.--Me tienta... ya veis que me tienta. Pues bien, te cojo la palabra. Vas á pertenecerme. En adelante, suceda lo que quiera, no pierdas el tiempo en rogarme. Mi alma está llena de sombras y el ruego se pierde en estas tinieblas. Ya te lo he dicho: no tengo piedad ni remordimiento, á no ver vivo al que ví muerto, á Donato á quien tanto amé. Y ahora escucha, te advierto al principio de este horrible camino por la última vez. Todo te lo he dicho. Es preciso matar á alguien, matar como en el cadalso, sin piedad ni perdón, á quien yo quiera y cuando quiera.
OTBERTO.--Prosigue.
GUANHUMARA.--Cada soplo que pasa empuja á Regina al sepulcro. Sin mí moriría irremisiblemente: yo sola puedo salvarla. Toma este pomo. Beba de él una gota cada noche y vivirá.
OTBERTO.--¡Gran Dios! ¿No me engañas? ¿Vivirá?
GUANHUMARA.--Escucha: si por virtud de este licor, la ves venir mañana á ti, como un ángel resucitado, con la luz de la salud en los ojos y la alegría en el corazón ¿me pertenecerás?
OTBERTO.--Dicho está.
GUANHUMARA.--Júralo.
OTBERTO.--Te lo juro.
GUANHUMARA.--La misma Regina me responderá de ti... ella pagaría tu perjurio. Bien lo sabes; conozco de antiguo esta morada, sé todos sus secretos y á todas horas puedo entrar en ella.
OTBERTO.--¿Dices que con ese licor se salvará?
GUANHUMARA.--Sí; piensa en tu juramento.
OTBERTO.--¿Se salvará?
GUANHUMARA.--Sí. Pero piensa en que ha de pertenecerme tu alma.
OTBERTO.--Dame ese licor y tómala.
GUANHUMARA (_Entregándole el pomo._)--Hasta mañana.
OTBERTO.--Hasta mañana. (_Sale la vieja._) ¡Gracias, mujer! Cualesquiera que sean tus proyectos, aceptados están, á trueque de salvar á Regina. Pero huyamos de aquí. (_Deteniéndose en la puerta falsa._) ¡Oh! ¡Trágueme el infierno; pero... viva ella!
(_Entra precipitadamente por la puertecita que cierra tras sí. Entre tanto óyense por el lado opuesto cantos y risas que al parecer se acercan, y luégo se abre la puerta principal de par en par._)
(_Entran con ruidosa alegría los príncipes y burgraves conducidos por Hatto, coronados de flores, vestidos de seda y oro y con los vasos del festín en la mano. Hablan, beben y ríen por grupos, por entre los cuales circulan pajes con ánforas de vino, jarros de oro para el agua y bandejas cargadas de fruta. En el fondo partesaneros silenciosos é inmóviles. Músicos, trompetas, clarines, heraldos de armas._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ESCENA V
LOS BURGRAVES
Hatto, Gorlois, el duque Gerardo de Turingia, Platón, Gilisa, Zoaglio Giannilaro, noble genovés; Darío, Cadwalla; Lupo, muy joven, como Gorlois. Otros burgraves y príncipes, personajes mudos; entre otros, Uther, pendragón de los bretones, y los hermanos de Hatto y de Gorlois. Algunas mujeres engalanadas. Pajes, oficiales, capitanes.
EL CONDE LUPO (_Cantando._)
_Frío es el invierno,_ _fuerte el aquilón_, _y el cielo en los montes_ _la nieve cuajó._ _Mas ¿qué importa el frío_ _si es fuego el amor?_
_Estoy condenado,_ _mi madre murió,_ _y al cielo me llama_ _del cura el sermón._ _Mas ¿qué importa el cielo_ _do reina el amor?_
_Llamando á mi puerta_ _cerrada al temor,_ _Satán con sus diablos_ _también me llamó._ _Los diablos me lleven_ _con vino y amor._
GILISA (_mirando por la ventana lateral á Lupo_).--Conde, desde aquí se ve la puerta del burgo y el camino que sube á él.
PLATÓN (_examinando el local_).--¡Qué desolación y qué vetustez!
GERARDO (_á Hatto_).--Diríase una habitación de espectros.
HATTO (_Indicando la puerta._)--Allí está mi abuelo.
GERARDO.--¿Solo?
HATTO.--Con mi padre.
PLATÓN.--¿Y qué has hecho para desembarazarte de ellos?
HATTO.--Harto vivieron ya. Ambos están locos. Más de dos meses hace que el abuelo no habla: preciso es que al fin la vejez lo acabe, pues tiene ya más de cien años... Ellos se han retirado... yo he debido ponerme en su lugar.
GIANNILARO.--¿Pero lo cedieron de buen grado?
HATTO.--Casi, casi.
(_Entra un capitán._)
CAPITÁN (_á Hatto_).--Señor...
HATTO.--¿Qué ocurre?
CAPITÁN.--El platero judío Pérez no ha pagado aún su rescate.
HATTO.--Que lo ahorquen.
CAPITÁN.--Además, los mercaderes de Linz, cuyo miedo es grande, os piden cuartel.
HATTO.--Saqueadlos. Es país conquistado.
CAPITÁN.--¿Y los de Rhens?
HATTO.--Saqueadlos también.
(_Sale el capitán._)
DARÍO (_á Hatto_).--Tu vino es excelente, marqués.
(_Bebe._)
HATTO.--¡Pardiez! Es de escarlata. La ciudad de Bingen, que me teme y lisonjea, me envía todos los años dos toneles.
GERARDO.--Pero es mejor tu novia Regina.
HATTO.--¡Oh! Cada cual se contenta con lo que tiene.
GERARDO.--¡Parece que está enferma!
HATTO.--No es nada.
GIANNILARO (_bajo á Gerardo_).--Se está muriendo.
(_Entra un capitán._)
CAPITÁN (_bajo á Hatto_).--Mañana han de pasar por aquí unos mercaderes.
HATTO (_alto_).--¡Pues acechadlos! (_Sale el capitán. Hatto continúa volviéndose á los príncipes._) Mi padre hubiera ido allá; yo me quedo aquí. En otro tiempo se guerreaba; ahora nos divertimos; antes imperaba la fuerza, ahora la astucia. El pasajero me maldecía, diciendo: «Hatto y sus hermanos causan terror en ese sombrío castillo, palacio misterioso rodeado de tempestades. Á los margraves y duques da festines Hatto y hace que los príncipes convidados sean servidos por príncipes cautivos.» Enhorabuena: la suerte es excelente. Me temen, me envidian, me maldicen y yo me río. Mi castillo lo arrostra todo. De la vida, hasta la hora de Satanás, hago yo un paraíso. ¡Como un cazador sus perros, suelto yo mis bandidos y vivo tan contento! Es bella mi futura, ¿eh? Á propósito, ¿no te casas tú con la condesa Isabel?
GERARDO.--No.
HATTO.--Pues tú le tomaste su ciudad el año último prometiéndole tu mano de esposo.
GERARDO.--No recuerdo... (_Riendo._) ¡Ah! sí; me lo hicieron jurar por los Evangelios y... nada más. Dejo en libertad á la dama y conservo la ciudad. (Ríe.)
HATTO (_Riendo._)--Y ¿qué dice á eso la dieta?
GERARDO (_Id._)--La dieta calla, que es no decir nada.
HATTO.--¿Y tu juramento?
GERARDO.--¡Bah!
(_Sigue riendo._)
(_En esto la puerta de la derecha se ha abierto dejando ver los primeros peldaños de una escalera en que han aparecido dos ancianos, el uno de más de sesenta años y el otro mucho más viejo. Los dos visten camisa de hierro, espada al cinto y encima una cimarra blanca, forrada de rico tisú, el uno, y el otro una gran piel de lobo, cuyas fauces se ajustan á su cabeza.--Detrás del más viejo, de pié é inmóvil, un escudero de larga y blanca barba, vestido de hierro, y alzando por encima del anciano una bandera negra sin escudo.--En la sombra, más adentro, se vislumbran otros dos escuderos vestidos también de hierro como sus señores, y con barbas igualmente largas y blancas. Estos escuderos traen en coginetes de terciopelo rojo los dos cascos de los ancianos, grandes morriones de forma extraordinaria cuyas cimeras figuran fauces de animales fantásticos.--Los dos ancianos escuchan en silencio: el menos viejo apoya la barba en ambas manos y estas en el mango de una enorme hacha de Escocia.--Otberto, con los ojos bajos, está cerca del más viejo que apoya el brazo en su hombro.--Los convidados no echan de ver la presencia de los nuevos personajes._)
ESCENA VI
Los mismos, JOB, MAGNO, OTBERTO
MAGNO.--En otro tiempo, los juramentos que se hacían en la noble Alemania, eran de acero, recios y lucientes como nuestra armadura, que no se mellaba sin lucha ni batalla; con ella se medía la estatura de un hombre; colgábala el noble á la cabecera de su cama, y aun mohosa era buena y servía. Muerto el valiente, dormía en su fosa humilde, cubierto con su juramento como con su armadura, y el tiempo que roe los vestidos de los muertos, consumía aquella, nunca el juramento. Pero hoy la fe, el honor y las palabras han tomado el nuevo giro de las modas españolas. ¡Oropel! ¡Seda!... Un juramento con testigos ó sin ellos, dura lo que un jubón, y á veces menos; se rompe pronto y no es ya sino un harapo incómodo que se tira diciendo: ¡Moda vieja!
(_Todos se han vuelto con estupor al oir las palabras de Magno. Pausa de imponente silencio._)
HATTO.--Señor...
MAGNO.--Mucho ruido estáis haciendo, muchachos. Dejad á los viejos meditar en las sombras y el silencio. El resplandor de los festines hiere nuestros severos ojos. Los viejos chocaban las espadas; vosotros, gente moza, chocad los vasos; pero lejos de nosotros.
HATTO.--Señor... (_Viendo vueltos los retratos._) Pero ¿qué veo? ¿Quién, padre, ha tenido la audacia de volver los retratos?
MAGNO.--Yo.
HATTO.--¿Vos?
MAGNO.--Sí.
HATTO.--Pero, padre...
GERARDO (_á Hatto_).--Se chancea.
MAGNO.--Los he vuelto para que no vieran la vergüenza de mis hijos.
HATTO (_con cólera_).--Barbaroja castigó á su tío Luís por una afrenta menos grave. Pues que se me tienta...
MAGNO (_con desdeñoso tono_).--Me parece que se ha hablado de Barbaroja; me parece que se le ha alabado... ¡Que delante de mí no se vuelva á pronunciar ese nombre!
LUPO (_riendo_).--¿Qué os ha hecho para proscribirle así?
MAGNO.--¡Oh, mayores nuestros! Permaneced velados. ¡Qué me ha hecho! ¿Quién habló así? ¿el condesillo de Mons? Baja las orillas del Rhin, desde el lago hasta los Siete Montes, y cuenta los castillos derruídos á una y otra margen. ¡Qué me ha hecho! Nuestras hermanas y nuestras hijas cautivas; patíbulos imperiales levantados para cuervos y buitres, sobre nuestros peñascos y con las piedras de nuestras torres; asaltos, pillaje y carnicería, todo lo hemos sufrido... argollas y cadenas de esclavitud al cuello de nuestros mejores caballeros... He aquí lo que me ha hecho y lo que os ha hecho á vosotros. Treinta años bajo el poder del César que triunfaba siempre, el incendio y el destierro, los hierros, los jueces, los calabozos, los tormentos... Sí, todo esto padecimos nosotros; como judíos, ¡gran Dios!, como esclavones pasamos por aquella grande afrenta, por aquella gran victoria suya, y nuestros degenerados hijos no saben esa historia. Todo cedía ante él. Cuando Federico primero, enmascarado, pero cubierto de oro desde la cabeza hasta los piés, surgiendo sobre una brecha inflamada, arrojaba su guantelete á nuestro ejército, todo temblaba y todo huía de espanto. Sólo mi padre un día cortándole el paso en un estrecho patio, con un hierro candente le marcó el brazo derecho. ¡Oh recuerdos! ¡Oh tiempos! Todo pasa y se desvanece. El rayo se apagó en nuestros ojos, los barones cayeron, los burgos cubren de ruinas las llanuras, de todo el bosque no queda más que un roble, y ese roble sois vos, ¡oh padre venerado! ¡Barbaroja! ¡Mal haya su nombre aborrecido! Nuestros blasones están ocultos bajo la yerba; el Rhin corre deshonrado entre ruinas. Pero yo os vengaré, y esta será mi grandeza; sin tregua, sin piedad, sin perdón, en él, si no ha muerto, y si murió, en su raza. Plegue á Dios que antes de caer en el sepulcro se alivie mi corazón, ¡y no muera antes de haberme vengado! Porque para tener en fin esta suprema alegría, para salir de la tumba y caer sobre mi presa, para volver á la tierra después de mi muerte, creed que he de hacer algún esfuerzo execrable. Sí, quiera ó no quiera Dios, con la frente alta y firme el corazón, quiero romper la puerta que me encierre, sea la del paraíso, sea la del infierno, con este puño de hierro. (_Pausa._) ¿Qué he dicho, anciano solitario?
(_Se abisma en su pensamiento. Poco á poco renace la alegría entre los convidados, circula el vino y resuenan las risas. Los dos ancianos parecen dos estatuas._)
HATTO (_bajo á Gerardo_).--La edad les ha turbado la razón.
GORLOIS (_bajo á Lupo_).--Un día estará mi padre como ellos y yo haré lo que él.
HATTO (_á Gerardo_).--Pero todos nuestros soldados le son afectos y...
(_Gorlois y algunos pajes se han acercado á la ventana y miran afuera._)
GORLOIS.--¡Ah! Padre, ven á ver á ese viejo de blanca barba.
LUPO (_corriendo á la ventana_).--¡Con qué lentitud sube la cuesta!
GIANNILARO.--Viene muy fatigado.
LUPO.--El viento silba en los agujeros de su capa.
GORLOIS.--Parece que pide hospitalidad en el castillo.
GILISA.--Algún mendigo.
CADWALLA.--Ó algún espía.
DARÍO.--¡Cuidado!
HATTO (_en la ventana_).--Echadme lejos de aquí á pedradas á ese miserable.
LUPO, GORLOIS Y LOS PAJES (_tirando piedras_).--Afuera, perro, afuera.
MAGNO (_Como despertándose._)--¡Dios poderoso! ¡En qué tiempos vivimos! ¡Se echa y apedrea á un anciano que suplica! (_Encarándose con todos._) En mi tiempo teníamos también nuestras locuras, nuestros festines y canciones. Éramos al fin jóvenes. Pero cuando un anciano vencido por la edad y por el hambre, venía á tender su yerta mano en medio de un banquete, cesaba el vaniloquio y luégo al punto se le daba una buena moneda y un buen vaso de vino. Después volvíamos á nuestro júbilo, porque el anciano seguía confortado y alegre su camino. Por lo que hacíamos nosotros, juzgad de lo que vosotros hacéis.
JOB (_enderezándose y tocando á Magno en el hombro_).--Callad, joven. En mi tiempo, cuando bebíamos en nuestros festines cantando más recio que vosotros al rededor de un buey entero puesto en una fuente de oro, si sucedía que un anciano pasaba por la puerta, pobre, andrajoso y suplicante, iba á buscarlo una escolta. Luégo que entraba, se tocaban los clarines, se levantaban los barones, los mozos se inclinaban sin hablar, sin cantar, sin sonreir siquiera, así fueran príncipes del sacro Imperio; y los ancianos tendían la mano al desconocido diciéndole: «¡Señor, bien venido seáis!» (_Á Gorlois._) Vé á buscar al forastero.
HATTO (_inclinándose_).--Pero...
JOB.--¡Silencio!
GERARDO.--Excelencia...
JOB.--¿Quién se atreve á hablar, cuando yo he dicho «¡silencio!»? (_Todos retroceden y callan. Gorlois obedece._)