Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves

Part 19

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MENDIGO.--He aquí la cruz de Carlomagno. (_Pausa._) Yo, Federico, señor del monte en que nací, rey electo de los romanos, emperador coronado, rey de Borgoña y de Arlés, portaestandarte de Dios, profané el sepulcro en que duerme Carlomagno. Pero hice penitencia; he pasado veinte años en el desierto orando y gimiendo de rodillas, viviendo del agua del cielo y de las yerbas de las rocas. Fantasma de que huían con espanto hasta los pastores, el mundo entero me ha creído entre los muertos. Pero oigo la voz de mi patria que me llama y salgo de las sombras á que voluntariamente me había desterrado. Tiempo es ya de levantar la cabeza. ¿Me reconocéis?

MAGNO (_acercándose_).--Tu brazo, César.

MENDIGO.--¡Ah! ¿buscas la marca del hierro candente que me hizo uno de vosotros? Hela aquí.

(_Presenta el brazo á Magno, que lo examina atentamente._)

MAGNO.--La verdad me obliga á declarar aquí que, en efecto, es el emperador Federico Barbaroja.

(_El estupor sube de punto; el círculo se ensancha. El emperador apoyado en la espada les dirige á todos una mirada terrible._)

EL EMPERADOR.--En otro tiempo me oíais andar por estos valles, cuando la espuela de oro sonaba en mis talones. ¿Me reconocéis, burgraves? Soy el que subyugó Europa é hizo renacer la Alemania de Otón; el que eligieron por juez soberano como buen emperador y buen caballero tres reyes en Marseburgo y dos papas en Roma, y dió, tocando sus frentes con el cetro de oro, la corona á Suenon, á Víctor la tiara; el que derribó el viejo trono de Herman y venció sucesivamente, en Tracia y en Icona, al emperador Isaac y al califa Arslan; el que obligando á Pisa, á Milán y á Génova, y ahogando guerras, gritos, furores, viles traiciones, tomó en su amplia mano la Italia de cien ciudades... Él es quien os habla, surgiendo ante vosotros. (_Da un paso y todos retroceden._) Yo supe juzgar á los reyes y batir á los lobos; hice ahorcar á los jefes de las siete ciudades de Lombardía, derrotando las diez mil alabardas que me opuso Alberto el Oso; mis huellas están en todos los caminos; desmembré con mis manos á Enrique el León, le arranqué sus ducados, le arranqué sus provincias, y después hice con sus despojos catorce príncipes. En fin, con mis dedos de bronce y por espacio de cuarenta años desmenucé piedra á piedra vuestros castillos del Rhin. ¿Me reconocéis ahora, bandidos? Vengo á deciros que veo con dolor los males del imperio; que voy á borraros del número de los vivientes y á aventar vuestras infames cenizas. (_Volviéndose á los arqueros._) Vuestros soldados me oirán. Son míos y cuento con ellos, que antes de ser de la vergüenza, eran de la gloria, y á mí me servían antes que llegaran tan desdichados tiempos. Muchos de ellos se acordarán de su antiguo emperador. ¿No es verdad, veteranos? ¿No es verdad, camaradas? (_Á los burgraves._) ¡Ah! ¡Incrédulos, traidores, opresores de pueblos! Mi muerte os hace renacer. Pues bien, tocad, ved, oíd: soy yo. (_Anda á paso largo por en medio de ellos, que se apartan ante él._) Sin duda creéis ser caballeros. Nosotros, diréis, somos hijos de los grandes barones y caballeros, y por consiguiente, lo somos. ¡Lo sois! Vuestros padres, siempre orgullosos, luchaban con nobleza, se ponían en marcha, saltaban los puentes cuyo arco se les destruía, arrostraban el ataque de los piqueros, lo mismo que al escuadrón, hacían frente á todo un ejército, sosteniendo la campaña, y para tomar un castillo sólo necesitaban una escala ó una cuerda de nudos que balanceaba en el abismo á aquellos guerreros más bien demonios que hombres. Si alguien condenaba tales asaltos nocturnos los capitanes desafiaban al emperador á la luz del día en la llanura y esperaban de pié, uno contra veinte, á que saliera el sol y el emperador viniera. Así es cómo ganaban tierras, castillos, ciudades; de tal modo que, después de treinta años de guerra, cuando se buscaba con la vista á los que hicieran tales hazañas, los pequeños eran duques y los grandes, reyes. Vosotros, como los chacales y los quebrantahuesos, ocultos entre los matorrales, viles, mudos, acurrucados, con el puñal en la mano, á orilla de un camino, temiendo que un perro os muerda, espiáis en las sombras de la noche el paso de un viajero ó el cascabel de una mula, y salís ciento para sorprender á un hombre solo. Dado el golpe, huís apresuradamente á vuestras madrigueras. ¡Y os atrevéis á nombrar á vuestros padres! Vuestros padres, audaces entre los más fuertes, grandes entre los más nobles, eran conquistadores; vosotros sois facinerosos. (_Los burgraves bajan la cabeza con despecho._) Si tuviérais corazón, si tuviérais alma, os dirían: Sois en verdad infames. ¿Qué momento elegís, señores barones, para hacer tan cobardemente ese oficio de bandidos? ¡La hora en que espira nuestra Alemania! ¡Oh ignominia! ¡Hijos malvados! saqueáis á la madre en la agonía. Anegada en llanto, alza los brazos al cielo, y os dice con voz débil: ¡Malditos seáis! Lo que ella os dice en voz baja, yo os lo digo en alta voz: ¡Malditos seáis! Yo soy vuestro emperador, no vuestro huésped, y entro desde hoy en el ejercicio de mis derechos para castigaros. (_Ve á los burgraves Platón y Gilisa y se va derecho á ellos._) Marqués de Moravia y marqués de Lusacia ¡vosotros á orillas del Rhin! ¿Es este vuestro sitio? Mientras estos bandidos os festejan, se oyen relinchar caballos hacia el Oriente, y las hordas de Levante están á las puertas de Viena. ¡Á las fronteras, señores! Acordaos de Enrique el Barbudo, y de Ernesto el Acorazado. Nosotros guardamos la almena; guardad vosotros el foso. (_Á Giannilaro._) Y tú, Giannilaro, ¿qué vienes á hacer aquí? Tu cara me repugna. Vuelve á Génova, genovés. (_Al pendragón de Bretaña._) ¡Cómo! ¡Bretones también! ¿Qué quiere el señor Other? ¡Todos los aventureros del mundo se han dado cita aquí! (_Á Platón y á Gilisa._) Los margraves pagarán cien mil marcos de multa. (_Á Lupo._) Tan joven, como perverso. Tú no eres ya nada: queda libre tu ciudad. (_Á Gerardo._) La condesa Isabel perdió su condado: el ladrón eres tú, duque de Turingia. Vete á Basilea, donde convocaremos la cámara imperial. Allí, públicamente, andarás camino de una legua llevando á cuestas á un judío. (_Á los soldados._) Devolved la libertad á los cautivos y que ellos con sus propias manos pongan sus cadenas al cuello de los burgraves. (_Á estos._) ¡Ah! Vosotros no esperabais este fin de fiesta. Con el vaso en la mano cantabais al amor, alegres y dichosos, clavabais las uñas en vuestra presa, desgarrabais á mi pueblo y os repartíais su carne y sangre... De repente, el vengador indignado aparece en el antro inaccesible... el emperador pone el pié en vuestra fortaleza y el águila viene á posarse en medio de los buitres.

(_Todos parecen poseídos de terror. Job ha entrado y se ha confundido silenciosamente entre los caballeros. Sólo Magno escucha al emperador sin turbación, y mirándole ahora de arriba abajo dice con expresión de alegría y furor_:)

MAGNO.--Sí, es él... ¡Vivo! (_Ábrese paso con ademán formidable entre caballeros y soldados y va al fondo, baja de un salto la escalera de seis gradas y grita con voz tonante en las almenas de la galería_:) ¡Triplicad los centinelas! ¡Al torreón los arqueros! ¡Los honderos á los muros! ¡Armad la catapulta! ¡Mil hombres á la quebrada! ¡Mil hombres á las almenas! ¡Soldados! ¡Corred al bosque, arrancad granito y árboles y en este monte que da terror al mundo haced un patíbulo digno de un emperador! (_Bajando._) Él mismo se ha entregado, y queda preso en sus mismas redes. (_Cruza los brazos y mira al emperador con insolencia._) ¡Te admiro! Pero ¿dónde están los tuyos? ¿Dónde los secuaces del imperio? ¿Oiremos sonar pronto tus clarines? ¿Vas á sembrar en las ruinas de este castillo sal como en Lubeck, ó cáñamo como en Pisa? Estás solo, César, no tienes ya ejército. Sé que sueles hacerlo así, que solo y con la espada en la mano, rompiendo una puerta y anunciando tu nombre, tomaste á Tarso y á Cori; y un paso, un grito te bastó para forzar á Génova, á Utrecht y á Roma; Iconio cedió á tu poder, y la Lombardía tembló cuando á tu soplo infernal vió estremecerse en Milán el árbol de las hojas de hierro. Todo esto sabemos; pero ¿sabes tú quiénes somos nosotros? (_Indicando los soldados._) Hace poco hablabas á esos hombres y les decías: _¡Veteranos! ¡Camaradas!_... Ni uno se ha movido. Y es que aquí no tienes nada; á mi padre temen y aman y obedecen, porque son del conde Job, antes que de Dios mismo. Sólo el huésped, César, sólo el huésped es sagrado para el bandido; y tú no eres nuestro huésped: tú mismo lo has dicho. (_Indicando á Job._) Escucha, este anciano que aquí ves, es mi padre. Él fué quien te marcó con el hierro, y se te conoce mejor por las marcas de la humillación que por el óleo sagrado que se borró ya en tu frente. El odio entre los dos es tan viejo como vosotros mismos. Tú pusiste á precio su cabeza y él puso á precio la tuya. Aquí la tiene ya. Solo y desnudo estás entre nosotros. Federico de Hohenstaufen, míranos bien á todos. ¡Eres digno de lástima! Antes de haber entrado en este círculo de hierro, más te valiera entrar en una cueva de tigres y leones, allá en África.

(_Mientras ha hablado Magno, se ha ido estrechando el círculo de burgraves en torno del emperador. Detrás de los burgraves, ha venido á colocarse triple línea de soldados, armados hasta los dientes, por encima de los cuales se alza la bandera del burgo, mitad roja y mitad negra, con un hacha bordada de plata en campo de gules y esta leyenda debajo_: MONTI COMAM, VIRO CAPUT. _El emperador, sin retroceder un paso, los tiene á raya. De repente algunos burgraves sacan sus espadas._)

CADWALLA.--¡César! ¡Devuélvenos nuestras fortalezas!

DARÍO.--¡Devuélvenos nuestros burgos, César!

HATTO.--¡Nuestros amigos por ti sacrificados!

MAGNO (_empuñando su hacha_).--¡Has salido del sepulcro! Pues bien, yo te hundiré en él de nuevo. ¡Tiembla, tiembla, insensato, que amenazabas nuestras cabezas!

(_Los burgraves con las espadas levantadas dan gritos formidables. Sale Job de entre ellos y levanta la mano. Todos callan._)

JOB (_al emperador_).--Señor, mi hijo ha dicho la verdad. Sois mi enemigo; yo, irritado en la pelea, os marqué en otro tiempo con un hierro. Os odio ciertamente; pero deseo que Alemania sobreviva. La patria se hunde. Señor, salvadla. Yo me postro de rodillas ante mi emperador, que Dios me envía. (_Se arrodilla ante Barbaroja. Luégo se vuelve á los príncipes._) ¡De rodillas todos! ¡Á tierra las espadas! (_Todos tiran las espadas y se arrodillan, menos Magno._) Vos, señor, sois necesario á las naciones quebrantadas; sólo vos; sin vos, el Estado toca en sus últimos momentos. Todavía hay en Alemania dos alemanes, vos y yo. Los dos bastamos, señor: reinad. En cuanto á éstos, los he dejado hablar. Perdonadlos por sus pocos años. (_Ve á su hijo aún de pié._) ¡Magno! ¡De rodillas! (_Magno vacila, pero al fin obedece._) En todo tiempo, los barones y los siervos, los cazadores y los labriegos, se han odiado; las montañas han hecho siempre la guerra á las llanuras; bien lo sabéis. Sin embargo, convengo sin esfuerzo en que los barones han hecho mal y las montañas no han tenido razón. (_Levantándose. Á los soldados._) Poned en libertad á los cautivos. (_Los soldados obedecen en silencio y quitan las cadenas á los presos, que durante esta escena han venido á agruparse en la galería._) Vosotros, burgraves, tomad sus hierros. César lo quiere así. Yo el primero. (_Hace seña á un soldado para que le ponga una cadena al cuello. El soldado baja la cadena y desvía los ojos. Job insiste ofreciendo el cuello. El soldado obedece. Los demás burgraves se dejan encadenar sin resistencia. Job, con la cadena al cuello, se vuelve al emperador._) Augusto emperador, míranos como querías. En su propio palacio el anciano Job es esclavo y te ofrece su cabeza. Ahora, si frentes que han resistido la tempestad, merecen clemencia, óyeme. Cuando vayas á combatir á las fronteras, permite que te sigamos; haznos esta gracia. Como fuerza armada, y sin embargo prisionera, conservaremos nuestros hierros; pero ponnos frente á frente de tus enemigos ante los más audaces, los más bárbaros; y cualesquiera que ellos sean, húngaros, vándalos, magiares, por grande que sea su número, nos verás con ese amargo pesar que se trueca en odio, barrer á tu vista esas hordas, sumisos por nuestros hierros, pero héroes por nuestras espadas.

(_Avanza hasta el conde Job el capitán de los arqueros del burgo para recibir órdenes._)

CAPITÁN.--Señor... (_Job mueve la cabeza con despecho y le indica al emperador, inmóvil y silencioso en medio de la escena. El capitán se inclina profundamente ante el emperador._) Señor...

EL EMPERADOR (_designando á los burgraves_).--¡Á las prisiones!

(_Los soldados se llevan á los barones, excepto Job, que permanece en la escena á una seña del emperador. Cuando quedan solos, Federico se acerca á Job y le quita la cadena. El anciano observa con estupor. Silencio pavoroso._)

EL EMPERADOR (_mirándole á la cara_).--¡Fosco!

JOB (_estremeciéndose_).--¡Cielos!

EL EMPERADOR (_con el dedo sobre los labios en expresión de reserva_).--¡Silencio!

JOB (_aparte_).--¡Tengo miedo!

EL EMPERADOR.--Vé á esperarme hoy donde vas todas las noches.

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PARTE TERCERA

LA CUEVA SUBTERRÁNEA

Una cueva sombría, cimbrada y baja, de aspecto húmedo y pavoroso. Algunos girones de tapicería roída por el tiempo penden de las paredes. Á la derecha una ventana, en cuya reja se distinguen tres barrotes rotos y como violentamente separados. Á la izquierda una mesa y un banco de piedra, groseramente labrados. En el fondo, á lo oscuro, una especie de galería, cuyos pilares sostienen las arquivoltas. Es de noche: un rayo de luna entra por la ventana y dibuja una forma recta y blanca en la pared opuesta. Al levantarse el telón, Job está solo en la cueva sentado en el banco de piedra, y sumido en profunda meditación. Una linterna encendida á sus piés. Viste un saco pardo.

ESCENA I

JOB, solo

¿Qué me dijo el emperador?... ¿Qué le contesté?... No, no lo entendería... Sin duda lo comprendí mal... Desde ayer no siento en mí más que dudas y sombra, ando vacilante y como á la ventura, bajo mis plantas se borra mi camino, y los objetos reales, perdidos entre las nieblas de mis turbados ojos, tiemblan detrás de un velo, como en un sueño. (_Pausa._) El demonio juega con el espíritu de los desgraciados. Sí, es sin duda un sueño... pero horrible. ¡Ah! cuando la virtud duerme en nuestro herido corazón, el crimen forja los sueños. Cuando jóvenes, soñamos con el triunfo; viejos, con el castigo. Dos sueños á los dos extremos de la suerte. El primero miente. Y el segundo ¿dice la verdad? (_Pausa._) Por de pronto, lo que sé es que todo se ha hundido en mi alta mansión. Federico Barbaroja es el amo de mi casa. ¡Oh dolor!... En fin, bien hice: he salvado mi país, he salvado el reino. (_Pausa._) ¡El emperador! Éramos fantasmas el uno para el otro, y nos mirábamos con ojos casi deslumbrados, como los dos gigantes de un mundo desvanecido. Quedamos en efecto los dos solos sobre el abismo; somos de lo pasado la doble y sombría cima; el nuevo siglo lo ha sumergido todo; pero sus olas no han cubierto nuestras frentes, porque están muy altas... El uno de los dos va á caer... yo soy... la sombra me envuelve. ¡Oh! ¡qué acontecimiento, la caída de mi montaña! Mañana, el Rhin mi padre, contará al viejo mundo alemán este prodigio y este hundimiento, y cómo acabó el gran duelo del anciano Job y Barbaroja. Mañana no tendré ya hijos ni vasallos... ¡Adiós, inmensa lucha! ¡adiós, nocturnos asaltos! ¡adiós, gloria! Mañana oiré cómo se burlan y ríen de mí los pasajeros; y todos verán á aquel Job que cien años soberanos defendió palmo á palmo cada roca del Rhin, á Job que á pesar de César y de Roma respira, vencido, roído vivo por el águila del imperio, y enclavado, último burgrave, á su última roca. (_Se levanta._) ¡Cómo! El conde Job... ¿soy yo quien sucumbe?... ¡Silencio, orgullo! Calla á lo menos en esta tumba... Aquí, bajo estas bóvedas que se diría palpitantes; aquí, una noche igual á ésta... ¡Oh! cuánto tiempo hace... y siempre es ayer. ¡Horror! Bajo esta bóveda, desde aquel día, ha sudado mi crimen, gota á gota, ese sudor de sangre que se llama remordimiento. Aquí hablo al oído de los muertos. Desde entonces, Dios mío, el insomnio de noches enteras depuso sus dedos de plomo sobre mis párpados, ó si he dormido, dos sombras chorreando roja sangre atravesaban sin cesar mi sueño. El mundo me ha creído grande; olvidado del rayo, estos montes han visto encanecer á su centenario bandido; la Europa me admiraba de pié en nuestras cumbres, pero por más que haga un asesino, su negra conciencia no se deja engañar nunca por la gloria. Los pueblos me creían ebrio con mis triunfos; pero de noche, durante sesenta años, aquí doblaba yo mis rodillas penitentes, y estas paredes, negro pliegue de este burgo tan famoso, veían la falsedad de mi grandeza. Los clarines resonaban delante de mí; yo con mi bandera en alto era conde en el imperio, y león en mis montañas, pero mientras á mis piés todo era nada, mi crimen, odioso enano, vivía en mí como un gigante, se reía cuando me alababan y mordiéndome el corazón gritaba: ¡Miserable! (_Alzando las manos._) ¡Donato! ¡Ginebra! ¡Oh víctimas! ¿no perdonaréis á vuestro verdugo, cuando Dios nos llame á todos? ¡Oh! no basta, no, golpearse el pecho de rodillas, llorar, arrepentirse, orar. Nada me ha perdonado; ¡me siento maldito y condenado! (_Siéntase._) Tenía descendientes y ascendientes, pero ya mi burgo está muerto: mi hijo es viejo; sus hijos son viciosos; mi Benjamín, mi último tesoro, se perdió; Otberto y Regina, á los que amaba aún... que el alma ama siempre porque es divina... se dispersaron sin duda al viento de mi última caída. Vengo á buscarlos y han desaparecido. Harto es: muramos. (_Se saca el puñal del cinto._) Mi corazón ha creído que alguien me espera aquí. (_Vuélvese hacia las profundidades del subterráneo._) Ea, yo te lo ruego en esta hora suprema; perdóname, Donato, antes que muera. Job no existe ya. ¡Queda Fosco! ¡Perdón para Fosco!

UNA VOZ.--¡Caín!

(_Sordamente._)

JOB (_con turbación_).--Creo que me hablan... No, es el eco. Si alguien me hablara sería del otro mundo, porque nadie, sino yo, sabe hoy el modo de entrar en esta cueva, en este corredor secreto en que jamás ha brillado luz. Los que lo sabían, murieron hace más de sesenta años. (_Da un paso hacia el fondo._) ¡Mártir, perdón para Fosco!

LA VOZ.--¡Caín!

JOB (_con espanto_).--¡Es singular! Han hablado, no hay duda. Pues bien. ¡Sombra! ¡Fantasma! ¡Yo te imploro! ¡Hiéreme! Quiero morir antes que oir otra vez cómo me llama el eco horrible de este oscuro subterráneo, cada vez que nombro á Fosco.

LA VOZ.--¡Caín! ¡Caín! ¡Caín!

JOB.--¡Gran Dios! Me flaquean las rodillas... estoy soñando. El dolor, trocándose en locura, acaba por embriagar como vino del infierno. Oigo dentro de mí la amarga risa del remordimiento. Sí... ¡sueño pavoroso que me sigue y abruma y más y más horrendo en este seno de tinieblas! ¡Oh voz que sales del sepulcro! ¡Aquí estoy, pues! ¿Á qué pregunta debo contestar? ¿Qué explicación quieres? Habla: yo contestaré.

(_Una mujer velada y vestida de negro sale por detrás del pilar de la izquierda y aparece en el fondo con una lámpara en la mano._)

ESCENA II

JOB, GUANHUMARA

GUANHUMARA.--¿Qué has hecho de tu hermano?

JOB.--¿Quién es esta mujer?

GUANHUMARA.--Una esclava allá arriba; una reina aquí. Conde, á cada cual le llega su vez. Sabes que este burgo es doble y sus colosales torres tienen más de una caverna por debajo de sus cuadras; todo lo que el sol alumbra está bajo tu ley; todo lo que llenan las tinieblas es mío. (_Acercándose._) Me perteneces pues, y no puedes sustraerte á mi tenebroso poder.

JOB.--¿Quién eres?

GUANHUMARA.--Voy á contarte una breve y triste historia. Érase el año... ¡Cuánto tiempo ha pasado y cuántos han muerto desde entonces! Los que tienen ahora cien años, tenían entonces treinta. Dos amantes estaban allí. (_Indicando un ángulo de la cueva._) Era como ahora una noche de Setiembre. Un rayo de luna dibujaba un sudario en la blancura de la pared. (_Se vuelve y le indica la pared alumbrada por la luna._) Así. De repente, con la espada en la mano...

JOB.--¡Por favor, basta, basta!

GUANHUMARA.--¿Sabes esta historia? Pues bien, Fosco, el sitio en que Donato cayó muerto es éste. (_Indica el banco de piedra._) El brazo del asesino este es. (_Le coge el brazo á Job._)

JOB.--Mátame también; mátame, pero calla.

GUANHUMARA.--Por esa ventana... Ven. (_Le arrastra á ella._) Por esta ventana, fueron arrojados al torrente el escudero Sfrondati y Donato su señor; y para que pudieran pasar los cuerpos, uno de los verdugos rompió estos tres barrotes con su mano de acero. (_Cogiéndole la mano._) Aquella dura mano, hoy impotente, es esta, conde.

JOB.--¡Por piedad!

GUANHUMARA.--Alguien también pedía piedad entonces; una mujer que se retorcía de dolor, mientras sonriendo el asesino la hizo maniatar y con su propia mano le puso al pié la férrea argolla de la esclavitud: mírala. (_Se alza la túnica y enseña la anilla remachada á su pié._)

JOB.--¡Ginebra!

GUANHUMARA.--Frente muerta, mano fría, ojos hundidos, sí, mi nombre es bello, en corso, Ginebra. Estos duros países del Norte, han hecho de él Guanhumara; y la edad, ese otro Norte que nos hiela y arruga, convirtió la hermosa joven en lívido espectro. (_Álzase el velo._) Vas á morir.

JOB.--Gracias, ¡qué beneficio el tuyo!

GUANHUMARA.--No me las dés todavía. Tu hijo menor, tu Jorge vive aún.

JOB.--¡Cielos! ¿Qué has dicho?

GUANHUMARA.--Yo soy quien te lo robó.

JOB.--¡Ah!

GUANHUMARA.--Llevaba puesto este collar.

(_Se saca del seno y le tira un collar de oro y perlas que recoge el anciano y besa muchas veces, cayendo luégo de rodillas á los piés de la esclava._)

JOB.--¡Piedad! ¡Véanle mis ojos antes de cerrarse á la luz! te lo suplico de rodillas.

GUANHUMARA.--Le verás.

JOB.--¿Le veré?

GUANHUMARA.--Sí; él es quien ha de venir á darte el golpe mortal.

JOB (_levantándose horrorizado_).--¡Oh Dios! Pero ¿has hecho de él un monstruo, en tu enojo impío, para creer que un hijo quiera matar á su padre?

GUANHUMARA.--Es Otberto.

JOB (_juntando las manos en alto_).--¡Dios mío, bendito seas! Lo había soñado yo. Pero en su corazón todo es noble; no hay una sombra de mal en su alma inocente y pura. No cuentes con él; no me matará mi Otberto.

GUANHUMARA.--Escucha. Gozabas tú de la luz del día, mientras yo hacía en las sombras mi camino y no me has visto avanzar en mi rastrero paso. Despierta, Fosco, preso en los anillos de la serpiente. Mientras el emperador robaba tu atención, poco há, estaba yo con Regina, á quien he dado á beber un filtro de poderosa virtud. Mira...

(_Entran por el fondo de la galería, por la derecha, dos enmascarados trayendo un ataúd cubierto con un paño negro. Job corre á ellos, que se detienen._)

JOB.--¡Un ataúd! (_Levanta el paño con temor y ve un rostro pálido._) ¡Regina! (_Á Guanhumara._) ¡Monstruo! ¡Tú le has dado la muerte!

GUANHUMARA.--Aún no. Estoy acostumbrada á estos juegos. Está muerta para todos; para mí sólo dormida. En cuanto yo quiera, despertará.

JOB.--¿Qué quieres por despertarla?

GUANHUMARA.--Tu vida. Otberto lo sabe y él será quien elija. (_Extendiendo la mano derecha sobre el féretro._) ¡Juro por el eterno enojo que nos deja el agravio, por la Córcega de cielo dorado y sol devorador, por el frío esqueleto que yace en el torrente, por este seno de sombras que se tragó su sangre... juro que este ataúd no saldrá de aquí vacío! (_Los dos encubiertos que llevan el ataúd siguen su camino hacia la izquierda. Á Job._) Él ha de elegir, ó á ti ó á ella. Si quieres huir lejos de ellos, huye en buen hora: entonces morirán los dos que están en mi poder.

JOB (_tapándose el rostro con las manos_).--¡Qué horror!

GUANHUMARA.--Muere tú, y entonces ellos vivirán.