Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves
Part 13
MAGDALENA.--Puedes matar al jorobado, cuando vuelva á traerte los diez escudos restantes y te hace la misma cuenta.
BLANCA.--¡Padre mío!
MAGDALENA.--¿No te parece?
SALTABADIL.--¿Por quién me tomas tú, hermana? ¿Soy yo algún bandido? ¿Soy algún ladrón? ¡Matar á un cliente que me paga!
MAGDALENA (_indicándole un hacecillo_).--Pues bien, mete en el saco ese haz de leña, que en la oscuridad pasará por su víctima.
SALTABADIL.--¡Qué disparate! ¿Cómo quieres que se tome el hacecillo por un muerto?
BLANCA.--¡Qué frío!
MAGDALENA.--Te pido gracia por él.
SALTABADIL.--Déjate de cosas...
MAGDALENA.--Buen hermano mío...
SALTABADIL.--Habla más bajo, ó cállate. Es preciso que muera.
MAGDALENA.--No quiero que muera. Le despertaré y se pondrá en salvo.
BLANCA.--¡Buen corazón!
SALTABADIL.--Pero ¿y los diez escudos de oro?
MAGDALENA.--Es verdad.
SALTABADIL.--No seas niña; cree y déjame hacer.
MAGDALENA.--Quiero salvarle.
(_Se planta resueltamente al pié de la escalera para cerrar el paso á su hermano, el cual vencido por la resistencia, vuelve al proscenio y busca al parecer en su espíritu un medio de conciliarlo todo._)
SALTABADIL.--Veamos. El otro vendrá á media noche á buscarme. Si de aquí á entonces, viene un viajero cualquiera á pedir posada, le mato y le meto en el saco en vez del militar. El jorobado no echará de ver el engaño en la oscuridad de la noche y se dará por satisfecho con echar al río un cuerpo muerto. Es cuanto puedo hacer por ti.
MAGDALENA.--Te lo agradezco. Pero ¿quién ha de venir acaso á estas horas?
SALTABADIL.--Pues no hay otro medio de salvar á tu oficial.
BLANCA.--¡Oh Dios! Sin duda queréis que yo muera. ¿Y he de hacer este sacrificio por un ingrato? ¡Oh! no; soy demasiado joven. ¡No me impulséis, Dios mío!
(_Truena._)
MAGDALENA.--Si viene alguien en semejante noche, me obligo á traer el mar en mi canasta.
SALTABADIL.--Pues si nadie viene, yo no puedo faltar á mi palabra: tu hombre es muerto.
BLANCA.--¡Horror! Estoy por avisar á la ronda... Pero todos estarán durmiendo. Además ese hombre denunciaría á mi padre. No quiero morir: tengo que asistir y consolar á mi padre... luégo morir á los diez y seis años es horrible.
(_Suenan las doce menos cuarto._)
SALTABADIL.--Las doce menos cuarto, hermana. Nadie vendrá ya en tan breve espacio. ¿Oyes afuera algún ruido?... Hay que acabar: sólo me queda un cuarto de hora.
(_Pone el pié en la escalera._)
MAGDALENA (_Deteniéndole._)--Hermano, un momento más.
BLANCA.--¡Cómo! ¡Esa mujer llora, y yo que puedo salvarle permanezco aquí! Puesto que él no me ama, no quiero ya vivir. Muramos por él. (_Vacilando aún._) ¿Qué me importa?... Voy... ¡Qué horror!
SALTABADIL.--No puedo esperar más. ¡Imposible!
BLANCA.--¡Si á lo menos supiera cómo me han de herir!... ¡Si no me hicieran padecer!... Pero si me hieren en la frente, en la cara... ¡Oh, Dios mío!
SALTABADIL.--Ea, ¿qué quieres que haga? No esperes ya que nadie venga á ocupar su puesto.
BLANCA (_tiritando_).--¡Estoy yerta! ¡Vamos! (_Dirigiéndose á la puerta._) ¡Qué frío! (_Deteniéndose._) ¡Vamos!
(_Llama dando una débil palmada._)
MAGDALENA.--¡Ah!
SALTABADIL.--¿Qué?
MAGDALENA.--Han llamado.
SALTABADIL.--Sin duda el viento que hace crugir el techo.
(_Vuelve á llamar Blanca._)
MAGDALENA.--¿Lo oyes? Llaman.
(_Corre á abrir el postigo y mira afuera._)
SALTABADIL.--¡Es raro!
MAGDALENA.--¡Hola! ¿Quién va? (_Á Saltabadil._) Un joven viajero.
BLANCA.--¿Hay posada?
MAGDALENA.--Sí.
BLANCA.--Abrid.
SALTABADIL.--Espera ¡vive Dios! Dame mi cuchillo para afilarlo un poco.
(_Le da el cuchillo que se pone á afilar._)
BLANCA.--¡Cielos! ¡Siento afilar el cuchillo!
MAGDALENA.--¡Pobre joven! Llama á su tumba.
BLANCA.--Estoy temblando. Voy á morir. (_Cayendo de rodillas._) ¡Oh Dios! Perdono á cuantos me han ofendido; perdónalos tú también; al rey, á quien compadezco y amo, á todos, hasta á ese réprobo que me espera ahí en la sombra con el hierro levantado. Ofrezco en sacrificio mi vida por un ingrato. Si es más dichoso, ¡que me olvide!, y viva en su prosperidad mucho tiempo... él... ¡por quien muero!... (_Levantándose._) El verdugo debe estar ya dispuesto.
(_Va á llamar otra vez._)
MAGDALENA (_á Saltabadil_).--¡Acaba, que se impacienta!
SALTABADIL (_probando el filo en la mesa_).--Bien. Espera; me escondo detrás de la puerta.
BLANCA.--Oigo todo lo que dicen.
MAGDALENA.--Espero la señal.
SALTABADIL (_detrás de la puerta, cuchillo en mano_).--¡Ya!
MAGDALENA (_abriendo_).--¡Adelante!
BLANCA (_aparte_).--¡Cielos! ¡Me va á hacer mucho mal!
(_Retrocede._)
MAGDALENA.--Adelante, pues.
BLANCA (_aparte_).--La hermana ayuda al hermano á matar. ¡Oh Dios, perdónalos!... ¡Perdóname, padre mío!
(_Entra. Al pasar el umbral se ve á Saltabadil alzar el cuchillo. Telón rápido._)
[Ilustración]
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ACTO V
TRIBOULET
La misma decoración del acto anterior, pero cuando se levante el telón, la casa de Saltabadil estará completamente cerrada á la vista. No se ve ninguna luz: oscuridad completa.
PERSONAJES
FRANCISCO I. TRIBOULET. BLANCA. SALTABADIL. UN MÉDICO. HOMBRES Y MUJERES DEL PUEBLO
ESCENA I
TRIBOULET
(_Se adelanta lentamente por el fondo envuelto en su capa. Ha cesado la lluvia y va alejándose la tempestad. De vez en cuando relampaguea y truena._)
Por fin voy á vengarme. Ya acaso esté vengado. Pronto hará un mes que espero, que espío, aun haciendo reir como juglar, ocultando mi turbación, llorando lágrimas de sangre bajo mi máscara de indiferencia. (_Examinando una puerta baja de la casa._) Esta puerta... ¡Oh! ¡Tocar ya mi venganza! Por aquí ha de sacarlo, según creo. Aún no es la hora... Entre tanto miraré la puerta (_Truena._) ¡Qué tiempo! ¡Noche de misterio! Una tempestad en el cielo... un asesinato en la tierra... ¡Qué grande soy aquí! Mi cólera de fuego es esta noche como la de Dios. ¡Qué rey inmolo! Un rey de quien dependen veinte reyes; un rey que soporta ahora el peso del mundo entero y de cuyas manos pende la paz ó la guerra. ¡Cómo va á conmoverse todo cuando deje de existir! ¡Cómo va á estremecerse la Europa, precisada á buscar su equilibrio en otra parte, cuando eche al río su cadáver! Pensar que si mañana dijera Dios á la tierra: ¡Oh tierra! ¿qué volcán acaba de abrir su cráter? ¿Quién agita así al cristiano y al turco, á Clemente, á Doria, á Carlos V, á Solimán? ¿Qué César, qué Cristo, qué guerrero, qué apóstol mueve las naciones á la lucha? ¿Quién te hace así temblar, oh tierra? La tierra contestaría con terror: «_¡Triboulet!_» ¡Oh! goza, vil bufón, goza en tu satánica soberbia: la venganza de un loco hace oscilar el mundo. (_Óyese la hora en un reloj lejano._) ¡Las doce!
(_Corre á la puerta y llama._)
UNA VOZ (_dentro_).--¿Quién va?
TRIBOULET.--Yo.
LA VOZ.--Bien.
(_Ábrese el tablero inferior de la puerta._)
[Ilustración]
TRIBOULET.--Pronto.
LA VOZ.--No entréis.
(_Sale Saltabadil por la abertura y tira de algo pesado y metido en un saco que apenas se distingue en la oscuridad._)
ESCENA II
TRIBOULET, SALTABADIL
SALTABADIL.--¡Pardiez! ¡Y cómo pesa! Ayudadme, señor mío, un poco. (_El bufón, agitado de convulsiva alegría, le ayuda á llevar el saco, que al parecer contiene un cadáver, hasta el proscenio._) Vuestro enemigo está en este saco.
TRIBOULET.--¡Qué gusto! Quiero verlo. ¡Una luz!
SALTABADIL.--¡No, pardiez!
TRIBOULET.--¿Quién teméis que nos vea?
SALTABADIL.--Los arqueros y vigilantes nocturnos. Nada de luz ¡qué diablo! Ya hacemos bastante ruido. Los diez escudos.
TRIBOULET.--Toma. (_Entregándole un bolsillo._) Hay momentos de verdadera fruición en la venganza.
(_Examina el saco mientras el otro cuenta._)
SALTABADIL.--¿No he de ayudaros á echarlo al río?
TRIBOULET.--Para esto yo solo me basto.
SALTABADIL.--Pero los dos lo haríamos más pronto.
TRIBOULET.--Un enemigo muerto y arrastrando no pesa mucho.
SALTABADIL.--¡Como queráis! (_Yendo á un punto del parapeto._) No lo arrojéis por aquí. Este sitio es malo. (_Indicándole una brecha del parapeto.)_ Por aquí hay más profundidad. Despachad pronto y... buenas noches.
(_Vuelve á su casa y cierra la puerta._)
ESCENA III
TRIBOULET
¡Aquí está!... ¡Muerto!... Quisiera verlo. (_Palpando el saco._) ¿Qué importa? Es él: lo reconozco al través del saco. He aquí sus espuelas que atraviesan la lona: no hay duda, es él. (_Se endereza y pone el pié encima del saco._) Ahora ¡oh mundo! mírame. Este es un bufón y este es un rey. Y ¡qué rey! El primero de todos. Y míralo á mis piés, con un saco por sudario, y por sepulcro el Sena que lo aguarda. ¿Quién ha hecho esto? (_Cruzando los brazos._) Yo, yo solo. Viéndola estoy y no creo en mi victoria, ni los pueblos la creerán mañana. ¿Qué dirá la posteridad? ¡Qué asombro entre las naciones! ¡Oh suerte! ¡Cómo juegas con los destinos de los hombres! Una de las más altas majestades de la tierra, Francisco de Valois, rival de Carlos V, un rey de Francia, un héroe, un dios sin la eternidad, el amigo de la victoria, cuyo paso estremecía las murallas, el vencedor de Marignan, el rey del universo iluminado por su gloria... ¡oh Dios! arrebatado de repente en todo su poder, con su nombre y su fama y su corte aduladora; arrebatado como un niño mal nacido, arrastrado en una noche tormentosa por ignorada mano. ¡Cómo! ¡El rey que se elevaba ceñido de inflamada aureola, vedlo aquí extinto, desvanecido, disipado en los aires, apareciendo y desapareciendo como uno de esos relámpagos! Y acaso mañana, pregoneros inútiles irán de pueblo en pueblo ofreciendo oro y gritando á los pasajeros: ¿Quién se ha encontrado á Francisco primero, que se ha perdido? ¡Qué maravilla! (_Pausa de silencio._) ¡Mi hija! ¡Pobre hija mía! Ya estás vengada. ¡Oh! ¡qué sed tenía de esta sangre! (_Inclinándose sobre el cadáver._) ¡Malvado! ¿Puedes oirme aún? Tú me robaste á mi hija, que vale más que tu corona y no había hecho mal á nadie; me la devolviste, pero llena de vergüenza y llorando. Pues bien, ahora, ¿me oyes, rey de la crápula? ahora yo soy quien se ríe y se venga. Porque aparentaba haberlo olvidado todo, te adormeciste y confiaste. Creías piedad el disimulo de un padre, á quien podías abofetear. ¡Oh! no; en la lucha suscitada entre nosotros, lucha entre el débil y el fuerte, el vencedor es el débil; el que te lamía los piés, te roe el corazón. Ya eres mío, ya estás vencido. ¿Me oyes? Yo soy, rey caballero, yo, el loco, el bufón, esta mitad de hombre, este supuesto animal á quien tú llamabas perro. (_Dándole con el pié._) Y es que, cuando la venganza está en nosotros, no hay nada que duerma en el corazón por muerto que esté; el más pequeño crece, el más vil se transforma, el esclavo desenvaina su odio, el gato se torna tigre, y un verdugo el bufón. (_Irguiéndose._) ¡Oh, cómo gozaría yo si pudiera oirme, sin poder moverse! (_Inclinándose otra vez._) ¿Me oyes? ¡Te aborrezco! Vé á ver si en lo hondo del río en que acaban tus días, hay alguna corriente que te lleve á Saint Denis. ¡Al agua, rey Francisco!
(_Toma el saco por un extremo y lo arrastra á la orilla del río. Al dejarlo en el parapeto, se entreabre la puerta baja de la casa y sale Magdalena, observa con inquietud, hace una seña, dando á entender que no se ve á nadie, entra y vuelve á salir con el rey, al cual induce por señas á irse. Después se encierra en la casa y el rey atraviesa el fondo en la dirección que le ha indicado._)
TRIBOULET.--¡Al agua!
EL REY (_cantando por el fondo._)
_La mujer, pluma al viento,_ _pronto varía..._
TRIBOULET (_estremeciéndose_).--¡Qué voz!... Ilusiones de la noche ¿os queréis burlar de mí?
(_Vuélvese y presta atento oído. El rey ha desaparecido, pero se le oye á lo lejos._)
EL REY (_cantando._)
_loco y necio es el hombre_ _que en ella fía._
TRIBOULET.--¡Maldición! No es él quien está en este saco. Alguien le ha protegido y se pone en salvo. ¡Me han engañado! (_Corre á la casa donde sólo hay abierta la ventana superior._) ¡Bandido!... ¡Si no estuviera tan alta la ventana!... (_Volviendo al saco con furor._) ¿Á qué inocente ha puesto en su lugar el traidor? Estoy temblando. (_Palpando el saco._) Sí, es un cuerpo muerto. (_Desgarra el lienzo con su puñal y mira ansiosamente._) No veo. ¡Qué oscuridad! Esperemos un relámpago. (_Queda un instante con la vista fija en el saco entreabierto._)
ESCENA IV
TRIBOULET, BLANCA
(_Brilla un relámpago. Se levanta el bufón dando gritos frenéticos._)
TRIBOULET.--¡Ah! ¡Mi hija! ¡Dios mío! ¡Mi hija! ¡Cielos! ¡Es mi hija! (_Palpando su mano._) Tengo mojada la mano. ¡Oh Dios! ¡Sangre, sangre de mi hija! ¡Oh! ¡Me vuelvo loco! ¡Prodigio horrible!... Pero no: Blanca partió, está en camino de Evreux. (_Cayendo de rodillas junto al cuerpo._) ¡Dios mío! ¿No es verdad que es un sueño horroroso? ¿No es verdad que habéis guardado á mi hija bajo vuestras alas y que no es ella? (_Brilla otro relámpago._) ¡Sí, ella, ella es! (_Arrojándose sobre el cuerpo y sollozando._) Hija mía, hija, respóndeme. ¡Te han asesinado! ¡Bandidos! ¡Y nadie aquí! ¡Qué siniestra familia! Háblame, hija mía. ¡Oh dolor! ¡Mi hija!
BLANCA (_Como reanimada á los gritos de su padre y con voz desfallecida._)--¿Quién me llama?
TRIBOULET.--¡Habla! ¡Se mueve! ¡Late aún! ¡Entreabre los ojos! ¡Vive, oh Dios! ¡Vive!
BLANCA (_incorporándose un poco_).--¿Dónde estoy?
TRIBOULET (_abrazándola_).--¡Hija mía, mi único bien en la tierra! ¿reconoces mi voz? ¿Me oyes? Dí.
BLANCA.--¡Padre mío!
TRIBOULET.--Blanca mía, ¿qué te han hecho? ¿Qué infernal misterio es este? Temo lastimarte... no veo. Hija, hija mía, ¿estás herida? Guía tú mi mano.
BLANCA.--El hierro... ha tocado sin duda... el corazón... lo he sentido.
TRIBOULET.--Pero ¿quién, quién te ha dado golpe tan cruel?
BLANCA.--¡Ah! Yo sola soy la culpable... Os he engañado... le amaba y... muero... por él.
TRIBOULET.--¡Suerte implacable! ¡Cogida en mi venganza! ¡Oh! Dios me castiga. Pero ¿cómo ha sido esto? Explícate, hija mía.
BLANCA (_moribunda_).--No me hagáis hablar...
TRIBOULET.--Perdóname... Pero ¡perderte sin saber cómo!...
BLANCA.--¡Me ahogo!
TRIBOULET.--Blanca, hija mía, no te mueras. (_Con desesperación._) ¡Socorro! ¡Socorro! Nadie hay aquí. ¿He de dejar morir así á mi hija? ¡Ah! la campana de las aguas está ahí en el parapeto. ¿Puedes, hija mía, esperar que vaya á traer agua y á tocar para que vengan en tu auxilio? (_Blanca hace una seña negativa._) ¿No quieres? Pero fuerza es que... (_Llamando sin dejarla._) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa, Dios mío, es una tumba! (_Blanca agoniza._) ¡Se muere! No, no te mueras, hija mía. ¡Tesoro mío! ¡paloma mía! Si tú me faltas ¿qué me quedará ya en el mundo?
BLANCA.--¡Oh!
TRIBOULET.--Espera; te estoy lastimando con el brazo; déjame mudar de postura. ¿Estás así mejor? Procura respirar hasta que venga alguien á asistirnos... ¡Y no viene nadie! ¡Oh Dios!... ¡Nadie!
[Ilustración: TRIBOULET.--_¡Blanca!... ¡Hija mía!_]
BLANCA.--Padre mío... perdonadme... ¡Adiós!
TRIBOULET (_mesándose los cabellos_).--¡Blanca! ¡Hija mía!... ¡Está espirando! (_Corre á la campana y toca á rebato._) ¡Socorro! ¡Asesinos! ¡Fuego! (_Volviendo á Blanca._) ¡Procura, hija mía, decirme otra palabra, una sola por piedad! ¡Á los diez y seis años! ¡Oh! es demasiado joven; no está muerta. Blanca ¿has podido dejar así á tu padre? ¿No he de oir más tu dulce voz? (_Viene gente del pueblo con hachas encendidas._) No tuvo el cielo piedad al darte á mí. ¿Por qué no te llevó, á lo menos, antes de mostrarme la belleza de tu alma? ¿Por qué me dejó conocer tesoro tan precioso? ¡Que no te hubieras muerto en la infancia, cuando te heriste jugando con otros pequeñuelos! ¡Hija mía! ¡Hija mía!
ESCENA V
Los mismos, hombres y mujeres del pueblo
UNA MUJER.--Sus palabras me parten el corazón.
TRIBOULET (_volviéndose_).--¡Ah! ¿Ahora? Á buen tiempo. (_Agarrando del cuello á un carretero que trae su fusta en la mano._) ¿Tienes caballos, gaznápiro? ¿Tienes carro?
CARRETERO.--Sí, señor. ¡Vaya si está furioso!
TRIBOULET.--Pues bien, toma mi cabeza y ponla debajo de las ruedas. (_Volviendo á Blanca._) ¡Hija, hija mía!
UN HOMBRE DEL PUEBLO.--¡Un asesinato! ¡Un padre desesperado! Vamos á separarlos. (_Quieren apartar á Triboulet que se resiste._)
TRIBOULET.--¡Quiero aguardar aquí! ¡Quiero verla! Yo no os he hecho ningún mal para que me la quitéis. No os conozco. (_Á una mujer._) Señora, vos que sois buena, porque lloráis conmigo, decidles que no me aparten de mi hija. (_Intercede la mujer, y vuelve él junto á Blanca._) ¡De rodillas! ¡De rodillas, miserable, y muere al lado de ella! (_Se arrodilla._)
LA MUJER.--Tranquilizaos, buen hombre. Si gritáis, os echarán de aquí.
TRIBOULET.--No, no; dejadme. Creo que respira aún; tiene necesidad de mí. Id á pedir socorro á la ciudad. Dejadla en mis brazos, sin temor de que me mueva. (La toma en brazos como una madre á un niño.) No, no está muerta: no lo querrá Dios, porque, en fin, bien sabe Dios que no tengo en la tierra más que á mi hija. Todos odian al pobre deforme, y á sus males todos son indiferentes. Ella me ama, sin embargo; es mi alegría, mi apoyo, y cuando se ríen de su padre, llora con él. ¡Tan hermosa y muerta! ¡Oh! no. Dadme un pañizuelo para enjugarme la frente. (_Se la enjuga una mujer._) Sus labios están aún sonrosados. ¡Oh! ¡Si la hubiérais visto! Parece que la veo yo aún, cuando era pequeñuela con sus cabellos de oro... Era rubia entonces... (_Estrechándola con delirio._) ¡Oh! ¡Pobre niña! Mi Blanca, mi dicha, mi hija adorada. Cuando era pequeña, la tenía yo así. Ella se dormía en mis brazos como ahora, y cuando se despertaba... ¡qué ángel del cielo! No le parecía yo nada extraño; y se sonreía mirándome con sus ojos divinos, mientras yo le besaba las dos manos. ¡Pobre paloma mía! ¡Muerta! Oh no; está durmiendo, y pronto la veréis abrir los ojos. Ya veis, señores, como hablo ahora con juicio, me estoy quieto y no ofendo á nadie; ya veis... no hago nada, bien me podéis dejar que mire á mi hija. (_Contemplándola._) ¡Ni una sombra en la frente! ¡ni uno de los dolores antiguos! Ya he calentado sus manos entre las mías. Ved, tocadlas. (_Llega un médico._)
LA MUJER.--El cirujano.
TRIBOULET (_al médico que se acerca_).--Venid, miradla. No me opondré á nada. Está desmayada ¿no es verdad?
EL MÉDICO (_después de reconocer á Blanca_).--Está muerta.
TRIBOULET.--¡Muerta!
(_Se levanta con un movimiento convulsivo._)
EL MÉDICO (_continuando fríamente_).--Tiene en el costado izquierdo una herida harto profunda, y la sangre ha causado su muerte sofocándola.
TRIBOULET (_con desesperación_).--¡Yo, yo he matado á mi hija! ¡Yo he matado á mi hija!
(_Cae al suelo sin sentido._)
[Ilustración]
[Ilustración]
NOTA
Como documento biográfico interesante se incluye en esta edición la reseña de la vista pública á que dió lugar la prohibición de _El Rey se divierte_. Esta reseña está tomada del _Journal des Débats_, en su número correspondiente al 20 de Diciembre de 1832.
TRIBUNAL DE COMERCIO
Demanda de Mr. Víctor Hugo contra el TEATRO-FRANCÉS y acción en garantía del TEATRO-FRANCÉS contra el ministro de obras públicas.
El drama _El Rey se divierte_ no llevó proporcionalmente tanto público á la _Comedia-Francesa_, como la demanda de que ha sido ocasión, ha atraído hoy á la audiencia de la jurisdicción consular.
Allí, como en la calle de Richelieu, se dividían los espectadores en muchas y diversas clases. En el recinto del estrado personas distinguidas y damas ricamente ataviadas; en la tribuna de abogados, ilustres jurisconsultos entre los que se confundían los diputados Bryas y Brigode; en fin, en la parte más retirada, donde el público está de pié, lugar que puede compararse al paraíso de los teatros, se veía apiñado un auditorio más impaciente, el cual desde las nueve de la mañana había estado haciendo cola en las vastas galerías del palacio de la Bolsa. Todavía detrás de este auditorio había otro público de más modesto porte y tanto más impaciente y rumoroso, cuanto que se veía relegado al último lugar.
Á las doce del día, franqueadas las puertas á estas dos masas del público, todo lo que estaba vacío fué inundado atropelladamente, y hasta la sala de _Pas-perdus_, especie de vestíbulo separado de la sala de audiencia por puertas vidrieras, fué invadida por multitud de curiosos.
Algunos de estos extrañaban que el Tribunal y los litigantes no observasen la misma puntualidad con que ellos mismos acudieron, y reclamaban pidiendo á voces que se diera comienzo á lo que suponían ni más ni menos que un espectáculo.
Cuando se vió llegar y sentarse en los bancos de la izquierda á Víctor Hugo y sus abogados, muchos de los concurrentes se subieron sobre las banquetas, y otros, á quienes los primeros tapaban la vista, les gritaron que se sentaran. Fué aplaudido el autor por unos y otros.
El Tribunal, presidido por Mr. Aubé, abrió, por fin, la sesión, y no sin dificultad hubo de restablecerse el silencio. Los gritos de ¡fuera! se alzaron contra los que, no habiendo podido encontrar sitio, causaban algún tumulto; y en medio de esta agitación, se pregonaron las dos causas: 1.ª la demanda entablada por Mr. Víctor Hugo contra el _Teatro-Francés_; 2.ª el recurso interpuesto por los cómicos contra el ministro de Comercio y Obras Públicas.
MR. CHAIX-D’EST-ANGE, abogado del ministro, deduce conclusiones encaminadas á que el Tribunal se declare incompetente, considerando respecto á la cuestión de legalidad ó ilegalidad de un acto administrativo, que la ley del 24 de Agosto de 1791 prohibe á los tribunales conocer de actos administrativos y de inmiscuirse en asuntos de administración.
«El texto de la ley, dice este abogado, es de tal modo terminante, que á la incompetencia no puede oponerse la menor dificultad. Fuera de esto, esperaré las objeciones para contestarlas.»
MR. ODILON BARROT sienta por su parte las conclusiones siguientes:
«Considerando que por contrato verbal del 22 de Agosto último entre Mr. Víctor Hugo y la _Comedia-Francesa_, representada por Mr. Desmousseaux, uno de los empresarios del _Teatro-Francés_, debidamente autorizado, se obligó la administración á representar el drama titulado _El Rey se divierte_ bajo las condiciones estipuladas; que la primera representación tuvo lugar el 22 de Noviembre último; que el día siguiente fué _oficiosamente_ advertido el autor de que las representaciones de su drama estaban suspendidas de orden superior; que de hecho, el anuncio de la segunda representación desapareció de los carteles del _Teatro-Francés_ para no reaparecer; que los contratos constituyen la ley de las partes; que nada puede modificar su ejecución; ha de servirse el Tribunal condenar por todas las vías de derecho, _aun por la fuerza_, á los empresarios del _Teatro-Francés_ á representar el drama de que se trata, ó á pagar veinticinco mil francos de indemnización; y en el caso de que consintieran en representar el drama, condenarlos, por los perjuicios anteriores, á la suma que parezca justa al Tribunal.
»Señores, dice el defensor, la celebridad de mi cliente me dispensa de dároslo á conocer. Su cargo, el que ha recibido de su talento y de su genio es de traer la literatura á la verdad, no á esa verdad de convención y artificio, sino á esa verdad que se saca de la realidad de nuestra naturaleza, de nuestras costumbres, de nuestros hábitos; tarea que ha emprendido con valor y prosigue con tanta constancia como talento. Muchas tempestades ha levantado, y el público, tribunal soberano ante el cual comparece, parece haber consagrado sus esfuerzos con entusiastas y numerosos aplausos.