Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves
Part 12
TRIBOULET.--¿Cuánto os ha dado el rey por mi hija? (_Mesándose los cabellos._) ¡Y no tenía yo más tesoro que ella! ¡Oh! si yo quisiera... sin duda... Es joven y bella... Ciertamente me la pagaría bien. (_Mirándolos á todos._) ¿Creerá vuestro rey que puede hacer algo por mí? ¿Puede cubrir mi nombre con otro como los vuestros? ¿Puede hacerme hermoso, gallardo, igual á los demás? ¡Infierno! ¡Todo me lo ha quitado! ¡Oh! esta jugada es vil, infame, horrible, y se ha hecho cobardemente. ¡Malvados! ¡Asesinos! ¡Todos, todos sois infames, ladrones, bandidos!... Señores... quiero á mi hija... devolvédmela al momento. ¡Oh! Ved esta mano... no tiene nada de ilustre, es la mano de un plebeyo, de un palurdo, de un siervo; pero esta mano que parece desarmada á los burladores, si no tiene espada tiene uñas. Harto esperé ya. Devolvedme mi tesoro. Abrid esa puerta. (_Corre de nuevo á la puerta, que defienden todos los cortesanos. Lucha porfiadamente con ellos hasta que falto de fuerzas y jadeante viene á caer de rodillas en el proscenio._) ¡Todos juntos contra mí! ¡Diez contra uno solo! (_Sollozando._) Y bien, sí, lloro. (_Á Marot._) Marot, bastante te has divertido conmigo; si tienes alma, inspiración, corazón plebeyo, bajo esa librea, dime qué es de mi hija. Está ahí, ¿no es verdad? ¡Oh! Contra esos malditos hagamos causa común los dos, como buenos hermanos. Entre todos ellos, tú eres el único que piensas... Marot... amigo Marot... ¡Callas! (_Arrastrándose hacia los señores._) ¡Oh! ¡Ved cómo me arrastro á vuestros piés pidiéndoos perdón!... ¡Estoy enfermo!... Tened piedad de mí. Otro día hubiera tomado mejor la travesura; pero con frecuencia siento, al andar, dolores de que no hablo nunca, y como contrahecho, suelo tener malos días. Hace muchos años que soy vuestro juglar; no rompáis así vuestro juguete, el pobre Triboulet que tanto os ha hecho reir. No sé ya cómo hablaros, ni qué deciros. Señores, señores míos, devolvedme mi hija que está encerrada en la cámara real. Es mi único tesoro: devolvédmela por piedad. ¿Qué haría sin mi hija? ¡Es ya tan mala mi suerte!... (_Todos guardan silencio. Triboulet se levanta desesperado._) ¡Oh Dios! No sabéis más que reir ó callar. Qué gusto, ¿verdad? ver á un pobre padre golpearse el pecho y arrancarse los cabellos de desesperación.
(_Ábrese de repente la puerta de la real cámara y sale Blanca despavorida y desgreñada._)
BLANCA.--¡Ah! ¡Padre!
TRIBOULET.--¡Hija! ¡Hija mía! (_Recibiéndola en sus brazos._) Sí, ella es... mi hija... ¡Ah! señores... (_Llorando y riendo._) ¿Lo veis? Es toda mi familia, mi ángel tutelar. Sin ella ¡qué duelo en mi casa! ¿No es verdad que tenía razón en dolerme de su pérdida y que eran legítimos mis arrebatos y justas mis lágrimas? (_Á Blanca._) No temas ya nada... Fué sólo una chanza... Te habrán asustado mucho, pero son buenos, ya lo ves: han visto cuánto te amo y en adelante nos dejarán en paz. ¿No es verdad, señores? ¡Qué dicha volver á verte y abrazarte, hija mía! Tanta es la alegría de mi corazón que ignoro si es un bien perderte un momento para encontrarte después. (_Mirándola con inquietud._) Pero ¿por qué lloras así?
[Ilustración: TRIBOULET.--_Tened piedad de mí._]
BLANCA (_tapándose la cara con las manos_).--¡Desdichados de nosotros! ¡Qué vergüenza!
TRIBOULET (_estremeciéndose_).--¿Qué dices?... Habla.
BLANCA.--Delante de tantos hombres, no; á solas los dos.
TRIBOULET (_volviéndose hacia las puertas del rey_).--¡Infame!
BLANCA.--Quiero estar sola con vos.
(_Sollozando y cayendo á sus piés._)
TRIBOULET (_dando tres pasos y barriendo con el ademán á todos los desconcertados cortesanos_).--Idos de aquí. Y si el rey de Francia se arriesga á venir... (_Á Vermandois._) Vos que sois de su guardia, decidle que se detenga, que estoy aquí yo.
PIENNE.--Jamás se ha visto un loco como éste.
GORDES (_haciéndole una seña para que se retire_).--Con los locos y los niños, hay que ceder algo. Estemos, sin embargo, á la mira, por lo que pueda suceder.
(_Salen._)
TRIBOULET (_sentándose en la silla del rey y levantando á su hija._) Ea, habla pues. Dímelo todo. (_Vuélvese y viendo á Mr. Cossé rezagado, se levanta y le dice indicándole la puerta._) ¿No habéis oído, caballero?
COSSÉ (_retirándose subyugado_).--Estos bufones reales creen que todo les es permitido.
ESCENA IV
BLANCA, TRIBOULET
TRIBOULET (_con gravedad_).--Habla ahora.
BLANCA (_entre sollozos_).--Padre mío... tengo que deciros que ayer... se deslizó en casa... ¡Qué vergüenza!... Hace mucho tiempo--yo debía habéroslo dicho antes--hace mucho tiempo que me seguía... No... debo empezar por el principio... Ese joven...
TRIBOULET.--Sí, el rey.
BLANCA.--Iba todos los domingos á la iglesia...
TRIBOULET.--Sí, á oir misa.
BLANCA.--Y sin hablarme nunca, para llamarme la atención, movía una silla al pasar. Anoche se dió maña para introducirse en casa y...
TRIBOULET.--Ahórrate á lo menos la angustia de decirme lo demás: ya lo adivino. (_Levantándose._) ¡Oh dolor! ¡El oprobio y la vergüenza en una frente tan pura!... Blanca, velo de dignidad echado sobre mi deshonra, único asilo del maldito á quien todos desprecian, ángel olvidado en mi casa por la piedad de Dios, cielo perdido en este sucio lodo, única cosa santa en que creía en este mundo ¿qué va á ser de mí después de esta desgracia? ¿Qué voy ahora á hacer yo, que en esta corte prostituída, fuera de mí como en mí mismo, no veía más que vicio, desvergüenza, impudor, infamia, escándalo, y sólo tu virginal virtud para consolar mi alma? Ya me había resignado y aceptaba mi miseria. Las lágrimas, la abyección, el orgullo que destila sangre en lo hondo de este roto corazón, la risa del desprecio que mis males aguzaban, todos esos dolores mezclados con la vergüenza, todos los quería yo para mí, mas para ella no. Cuanto más bajo había caído, más alta la quería á ella, que bien está un altar junto á un patíbulo. ¡Y han derribado el altar!... Esconde la frente... Sí, llora, hija querida... Te hice hablar demasiado poco hace ¿no es verdad? Llora, llora mucho: á tu edad suele correr con las lágrimas parte del dolor. Viértelas todas, si puedes, en el corazón de tu padre. (_Pensando._) Blanca, cuando haya hecho lo que me queda que hacer, nos iremos de París... si escapo bien del empeño. (_Pausa._) ¿Quién dijera que basta un día para que todo se mude así? (_Levantándose con furor._) ¡Maldición! ¿Quién me hubiera dicho que esta corte infame que va desenfrenada contra todo lo que Dios manda, y corre salpicando de sangre y lodo á las gentes, iría hasta las sombras de mi casa á manchar esta frente casta y piadosa? (_Volviéndose hacia la puerta del rey._) ¡Oh rey Francisco primero! ¡Plegue á Dios que me escucha, que tropieces pronto en ese camino! ¡que tropieces y caigas y no veas el día de mañana!
BLANCA (_Levantando los ojos al cielo. Aparte._)--¡Oh Dios! ¡no escuchéis esa maldición!
(_Ruido de pasos hacia el fondo. Aparece en la galería exterior un grupo de soldados y palaciegos, á cuyo frente va Mr. de Pienne._)
PIENNE.--Caballero Montchenu, mandad que abran la verja al señor de Saint-Vallier, á quien llevan á la Bastilla.
(_El grupo de soldados desfila á dos de fondo, y al pasar Saint-Vallier, á quien custodian, se detiene en la puerta._)
SAINT-VALLIER.--Pues que á mi maldición no ha respondido todavía ni un rayo en el cielo ni un brazo varonil en la tierra, no espero ya nada. Seguirá el rey engrandeciéndose.
TRIBOULET (_Mirándolo de frente._)--Conde, os engañáis. Alguien os vengará.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO IV
BLANCA
La Grève desierta cerca de la Tournelle (antigua puerta de París.)--Á la derecha una casucha miserablemente amueblada en cuyo primer piso á teja vana se ve por la ventana un mal lecho. La fachada, que mira al público, está horadada y se distingue su interior. Hay una mesa, una chimenea y en el fondo una escalera. La fachada de la izquierda del actor tiene una puerta que se abre por dentro. Las grietas de las paredes permiten ver desde fuera lo que pasa interiormente. Hay en la puerta un postigo enrejado y encima una muestra de posada.--Lo demás del teatro representa la Grève. Á la izquierda un parapeto arruinado á cuyo pié corre el Sena, y en que está asegurado el sustentáculo de la campana de aguas.--En el fondo y río allende, el antiguo París.
PERSONAJES
FRANCISCO I. TRIBOULET. BLANCA. SALTABADIL. MAGDALENA.
ESCENA I
TRIBOULET, BLANCA afuera; SALTABADIL, dentro de la casa
(_Durante esta escena, Triboulet debe estar inquieto y preocupado, como quien teme ser sorprendido. Saltabadil, sentado junto á la mesa dentro de casa, se ocupa en limpiar su tahalí sin cuidarse de lo demás._)
TRIBOULET.--¿Y le amas?
BLANCA.--Siempre.
TRIBOULET.--Y eso que dejé correr el tiempo para que te cures de amor tan insensato.
BLANCA.--Pero ¿qué queréis que haga si le amo?
TRIBOULET.--¡Pobre corazón de mujer! Explícame á lo menos las razones de tu amor.
BLANCA.--No sé.
TRIBOULET.--¡Cosa rara!
BLANCA.--¡Oh! no... eso es precisamente lo que hace que le ame. Hay hombres que salvan la vida á las mujeres; maridos que las hacen ricas y dignas de envidia. ¿Les aman siempre? Él no me ha hecho á mí más que daño, y yo le amo sin saber por qué. ¡Y ved qué locura!... le amo de tal modo, que con ser él tan cruel y vos tan tierno para mí, lo mismo, padre, lo mismo moriría por él que por vos.
TRIBOULET.--Eres una niña y te perdono.
BLANCA.--Y si él también me ama...
TRIBOULET.--No, loca, no.
BLANCA.--Él mismo me lo dijo y aun me lo juró. Y luégo dice las cosas de un modo que vence y avasalla el corazón. Y es tan gallardo y hermoso...
TRIBOULET.--¡Es un infame! Y no ha de decir el vil burlador que me robó impunemente mi tesoro.
BLANCA.--Le habíais perdonado, padre mío.
TRIBOULET.--Nunca: necesitaba tiempo para tenderle el lazo y ya está tendido.
BLANCA.--Ha pasado un mes y estabais tranquilo é indulgente.
TRIBOULET.--Lo aparentaba. ¡Oh! Te vengaré, Blanca, te vengaré.
BLANCA.--Me afligís, padre mío.
TRIBOULET.--¿Se indignaría tu blando corazón, si supieras que te engaña el libertino?
BLANCA.--¡Engañarme! No, no lo creo.
TRIBOULET.--Y si lo vieras por tus ojos; si te convencieras de que no te ama, ¿le amarías aún?
BLANCA.--No sé... Ayer mismo me dijo que me adora.
TRIBOULET (_con amargura_).--¿Te dijo ayer?... ¿Á qué hora?
BLANCA.--Por la noche.
TRIBOULET.--Pues bien, mira y ve, si puedes ver.
(_Indícale una grieta de la pared, y Blanca atisba por ella._)
BLANCA (_bajo_).--No veo más que un hombre.
TRIBOULET.--Espera un poco.
(_Vestido el Rey de simple oficial aparece en la sala baja de la hostería saliendo por una puertecita de un aposento inmediato._)
BLANCA (_estremeciéndose_).--¡Padre... él!
(_Durante la escena segunda sigue observando por la abertura con visible agitación._)
ESCENA II
Los mismos, EL REY, MAGDALENA
(_El rey le da en el hombro una palmada á Saltabadil, que se vuelve de repente._)
SALTABADIL.--¿Qué se ofrece?
EL REY.--Dos cosas sin demora.
SALTABADIL.--¿Qué?
EL REY.--Tu hermana y un vaso.
TRIBOULET (_fuera_).--Ya ves sus costumbres. Ese rey por la gracia de Dios, se arriesga á menudo solo en inmundos tugurios, y el vino que más le alegra y gusta es, como vas á ver, el que le escancia impúdica Hebe de taberna.
EL REY. (_Cantando._)
_La mujer, pluma al viento,_ _pronto varía..._
(_Saltabadil ha ido en silencio á la pieza inmediata por una botella y un vaso que trae y pone sobre la mesa. Después da un par de golpes en el techo con el pomo de su luenga espada, á cuya señal, una moza vestida de gitana, lista y risueña, baja á saltos la escalera. Apenas aparece, cuando ya el rey quiere abrazarla; pero ella lo rehuye._)
EL REY (_á Saltabadil que ha vuelto á su tarea de limpiar el tahalí_).--Amigo mío, si limpiaras al aire libre el tahalí, quedaría de perlas.
SALTABADIL.--Comprendo.
(_Se levanta, saluda, abre la puerta de la calle y sale volviendo á cerrar tras sí. Reconoce á Triboulet y se dirige á él misteriosamente. Mientras cambian algunas palabras, Magdalena hace al rey algunas zalamerías, que Blanca observa con terror._)
SALTABADIL (_indicando la casa_).--El hombre está en nuestras manos. ¿Queréis que viva ó que muera?
TRIBOULET.--Vuelve dentro de poco.
(_Saltabadil desaparece lentamente por detrás del parapeto._)
MAGDALENA.--Digo que no.
EL REY.--Ya hemos adelantado algo. Hace un momento, por abrazarte, me golpeaste de recio. Decir que no, es ya un gran paso. No huyas; hablemos. (_Se acerca Magdalena._) Hace ocho días que en la posada de Hércules... ¿Quién me llevó allí? ¡Ah! Triboulet me llevó... pues, como iba diciendo, ocho días hace que ví allí tus ojos por la primera vez, y desde entonces te adoro, hermosa mía. Y no amo ni quiero amar á nadie, sino á ti.
MAGDALENA (_riendo_).--Después de veinte más. ¡Tenéis un aire de libertino!...
EL REY (_riendo también_).--Hasta ahora, sí, he perdido á más de una; pero...
MAGDALENA.--Sois un fatuo.
EL REY.--Te digo la verdad. Pero en fin, tú me has traído esta mañana á tu casa, maldita hostería en que se come muy mal y se bebe peor un vino que debe de hacer tu hermano, que es malísimo. Sea como quiera, deseo pasar la noche aquí, contigo.
MAGDALENA.--¡Claro está! Pero dejadme. Os digo que no.
EL REY.--¡Qué esquiva!
MAGDALENA.--Sed prudente.
EL REY.--He aquí la prudencia y toda la sabiduría de Salomón: Amar, comer, beber, gozar.
MAGDALENA.--Me parece que no vais al sermón tanto como á la taberna.
EL REY (_tendiéndole los brazos_).--¡Magdalena!...
MAGDALENA (_rehuyendo_).--Mañana.
EL REY.--Echo á rodar la mesa, si repites esta majadería. Una mujer hermosa no debe decir nunca mañana.
MAGDALENA (_sentándose al fin al lado del rey_).--Pues bien, hagamos las paces.
EL REY (_cogiéndole una mano_).--¡Oh Dios! ¡Qué bella mano! Con más gusto recibiría bofetones de ésta, que halagos de otra.
MAGDALENA.--¿No os burláis?
EL REY.--De veras hablo.
MAGDALENA.--¡Si soy fea!
EL REY.--¡Pardiez! No digas eso; haz más justicia á tus divinos encantos. ¡Ardo como un volcán! ¿Ignoras, reina de las desdeñosas, cómo el amor nos abrasa á nosotros, los militares, y si nos aceptan por suyos las bellas, somos vivo fuego hasta con las suecas?
MAGDALENA (_riendo_).--Eso lo habéis leído en algún libro.
EL REY (_aparte_).--Es muy posible. (_Alto._) Ea, déjate querer.
MAGDALENA.--¿Estáis ebrio?
EL REY.--Sí, pero de amor.
MAGDALENA.--Bonitamente os estáis burlando de mí.
EL REY.--¡Oh! no.
MAGDALENA.--Basta, basta.
EL REY.--Si he de casarme contigo...
MAGDALENA (_riendo_).--¿Palabra de honor?
EL REY (_aparte_).--¡Qué damisela tan loca y deliciosa!
(_La sienta en sus rodillas y hablan bajo. Blanca no pudiendo soportarlo, se retira pálida y temblorosa._)
TRIBOULET (_después de mirarla un instante en silencio_).--Y bien ¿qué piensas de la venganza, niña?
BLANCA (_esforzándose por hablar_).--¡Oh! ¡Qué traición! ¡Ingrato!... ¡Dios mío! El corazón se me parte... ¡Cómo me engañaba! Pero ese hombre no tiene alma. Le dice á esa mujer cosas que me había dicho á mí. Eso es abominable. ¡Dios mío!... (_Oculta la frente en el seno de su padre._) ¡Y á una mujer tan desvergonzada!... ¡Oh!
TRIBOULET.--Déjate ahora de llantos. Ahora no hay sino vengarse. Te vengaré... me vengaré.
BLANCA.--Haced lo que queráis.
TRIBOULET.--Así te quiero.
BLANCA.--Pero estáis terrible. ¿Qué pensáis hacer?
TRIBOULET.--Todo está dispuesto. Escucha. Vé á casa, disfrázate de hombre, toma dinero y un caballo y parte, sin detenerte hasta Evreux, á donde te alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay bajo el retrato de tu madre, está el traje de hombre que hice para ti. El caballo está ensillado. Hazlo todo como te lo digo y Dios te guarde. Para nada tienes que volver aquí: guárdate de volver porque va á pasar algo horrible. Vé.
BLANCA.--Venid conmigo, padre mío.
TRIBOULET.--Imposible.
BLANCA.--¡Ah! Estoy temblando.
TRIBOULET.--Hasta mañana, pues. Haz lo que te he dicho.
(_Blanca se aleja con paso vacilante. Triboulet va al parapeto, hace una seña y acude Saltabadil. Oscurece. El rey y Magdalena siguen retozando._)
ESCENA III
TRIBOULET, SALTABADIL (fuera).--MAGDALENA y EL REY (dentro).
TRIBOULET (_Contando escudos de oro. Á Saltabadil._)--Veinte escudos ¿eh? Aquí tienes los diez del anticipo, según lo estipulado. Sin duda pasará aquí la noche.
SALTABADIL (_mirando el horizonte_).--Muy nublado está.
TRIBOULET (_aparte_).--No siempre duerme en palacio.
SALTABADIL.--Descuidad; no tardará una hora en llover. La tempestad, el vino y el amor lo retendrán en casa, á buen seguro.
TRIBOULET.--Á media noche volveré.
SALTABADIL.--No os toméis esa molestia; me basto y me sobro para echar al Sena un cadáver.
TRIBOULET.--No, no; quiero echarlo yo mismo.
SALTABADIL.--¡Como queráis! Os lo entregaré bien cosido en un saco.
TRIBOULET (_dándole ahora el dinero_).--Muy bien. Luégo os daré el resto. Hasta la vista.
SALTABADIL.--Todo irá á pedir de boca. ¿Cómo se llama el galán?
TRIBOULET.--¿Quieres saber su nombre?
SALTABADIL.--Si no hay inconveniente.
TRIBOULET.--Ninguno; te diré el mío también. Se llama el _Crimen_, y yo el _Castigo_.
ESCENA IV
Los mismos, menos TRIBOULET
SALTABADIL (_mirando al cielo que se carga de nubes y relampaguea_).--La tempestad se acerca: ya está sobre París. Mejor: así se hallará más desierta la ribera. (_Reflexionando._) Toda esta gente tiene aire de no sé qué. No adivino nada más.
EL REY.--Magdalena...
MAGDALENA.--Esperad.
(_Se le escapa._)
EL REY.--¡Maldita!
MAGDALENA (_cantando._)
_Sarmiento que brota,_ _que brota en Abril,_ _poco vino echa,_ _echa en el barril._
EL REY.--¡Qué hombros! ¡qué brazos! ¡Pardiez! No sé por qué quien hizo tan bellos brazos puso un corazón de turco en ese cuerpo de Venus.
MAGDALENA.--_¡Larari lararán!_ ¡Formalidad, que viene mi hermano!
EL REY.--¿Qué importa? (_Se oye un trueno lejano._)
MAGDALENA.--¡Ay, qué miedo!
SALTABADIL.--Va á llover á cántaros.
EL REY.--En buen hora. ¡Ni que lluevan chuzos de punta! Yo ya estoy bajo techado, y no me disgusta pasar aquí la noche.
MAGDALENA (_aparte_).--¿No os disgusta? ¡Qué tono de rey! (_Alto._) Pero, señor, vuestra familia estará cuidadosa.
(_Saltabadil le tira de la falda y le hace señas._)
EL REY.--Ni tengo abuela ni hijas, ni apego á nada.
SALTABADIL (_aparte_).--Tanto mejor.
(_Comienza á llover. Oscuridad completa._)
EL REY.--Amigo mío, tendrás que acostarte en la caballeriza ó en el infierno, donde quieras.
SALTABADIL (_saludando_).--Muchas gracias.
MAGDALENA (_al Rey en voz baja y rápidamente mientras enciende una luz_).--Vete.
EL REY (_riendo y en alta voz_).--Está lloviendo. ¿Á dónde quieres que vaya con este tiempo en que ni á un poeta se podría negar hospitalidad?
(_Va á mirar por la ventana._)
SALTABADIL (_á Magdalena, enseñándole el dinero recibido_).--Déjalo que se quede aquí. ¡Diez escudos de oro! Y muy luégo otros diez. (_Al Rey._) Tengo el mayor gusto en ofreceros para esta noche mi aposento.
EL REY (_riendo_).--Donde en julio se podrá tostar el pan y en diciembre se helarán las palabras ¿eh?
SALTABADIL.--Si queréis verlo...
EL REY.--Veámoslo.
(_Saltabadil toma la luz. El Rey dice riendo algunas palabras al oído á Magdalena y sigue al asesino al piso superior, quedando abajo la moza._)
MAGDALENA.--¡Pobre galán! (_Va á la ventana._) ¡Oh Dios! ¡Qué oscuridad!
SALTABADIL.--He aquí, señor, la cama, la silla y la mesa.
EL REY.--¿Cuántos piés en total? Tres... seis... nueve. ¡Magnífico! Pero, amigo, tus muebles estuvieron sin duda en la batalla de Marignan, según están de lisiados. (_Acercándose á la ventana cuyos vidrios están rotos._) Y aquí se duerme al aire libre. Ni puertas ni vidrios en la ventana. Imposible que se trate al viento que quiera entrar con atención más hospitalaria. En fin, buenas noches.
SALTABADIL.--Dios os guarde.
(_Deja la luz y baja._)
EL REY (_quitándose el tahalí_).--¡Pardiez! ¡Qué cansado estoy! Voy á dormir un poco para esperar mejor. (_Deja sobre la silla el sombrero y la espada, se descalza las botas y se echa sobre la cama._) ¡Qué frescota y alegre es la tal Magdalena!... Sin duda ha dejado abierta la puerta. Esperemos durmiendo.
(_Se recoge y un momento después se le ve profundamente dormido. Entre tanto Saltabadil y su hermana departen abajo. La tempestad ha estallado. Magdalena sentada á la mesa se entretiene con alguna labor, mientras su hermano apura la botella que ha dejado el Rey. Ambos guardan silencio por algún tiempo como preocupados de una idea grave._)
MAGDALENA.--¡Es un buen mozo el militar!
SALTABADIL.--No me disgusta á mí tampoco: me hace ganar veinte escudos...
MAGDALENA.--¿Cuánto?
SALTABADIL.--Veinte escudos.
MAGDALENA.--Valía mucho más.
SALTABADIL.--¡Muñeca!... Vé, vé allá á ver si duerme y bájate de camino su espada.
(_Obedece Magdalena. La tempestad arrecia. Aparece en el fondo Blanca vestida de hombre en traje negro de montar, y avanza hacia la casa, mientras Saltabadil bebe y Magdalena contempla al rey dormido._)
MAGDALENA (_con pesar_).--¡Qué lástima! ¡Qué confiado duerme! (_Toma su espada._) ¡Pobre mozo!
ESCENA V
EL REY dormido arriba; SALTABADIL y MAGDALENA departiendo en la planta baja; BLANCA observando, afuera
BLANCA.--¡Cosa terrible! ¡Ah! Voy á perder la razón. Atraído á esta casa, va á pasar aquí la noche y... ¡Ah! Siento que se acerca un supremo instante. Perdonadme, padre mío, si os desobedezco; pero no he podido resistir. (_Se acerca á la casa._) ¿Qué irán á hacer? ¿Cómo va á acabar esto?... ¡Ah! ¡yo que antes de ahora, ignorando el porvenir, el mundo y sus azares, vivía escondida con mis flores, verme tan de repente lanzada por tan sombríos caminos!... ¡Ay de mí! Mi virtud, mi felicidad, todo lo perdí, todo es dolor y luto. ¿Sólo esto deja el amor en los corazones que inflama? De todo su incendio ¿no quedan más que cenizas? Nada, el ingrato no me ama ya. (_Levantando la cabeza._) Me parecía haber oído al través de mis ideas un pavoroso ruido... Algún trueno. ¡Qué horrible noche! No hay nada á que no se arriesgue una mujer desesperada. ¡Y yo que me asustaba de mi sombra! ¿Qué pasa ahí dentro? (_Avanza y retrocede._) ¡Ah! ¡tengo oprimido el corazón!... ¡Como no maten á alguien!...
SALTABADIL.--¡Qué tiempo!
MAGDALENA.--¡Mala noche! ¡Qué llover! ¡Qué tronar!
SALTABADIL.--Sin duda riñe el matrimonio en el cielo: el uno rabia y la otra llora.
BLANCA.--¡Si mi padre supiera dónde estoy!...
MAGDALENA.--Hermano.
BLANCA.--Creo que hablan.
(_Se acerca á la casa y aplica los ojos y los oídos á las hendiduras de la pared._)
MAGDALENA.--Hermano.
SALTABADIL.--Habla.
MAGDALENA.--¿Sabes en qué estoy pensando?
SALTABADIL.--No.
MAGDALENA.--Á ver si lo aciertas.
SALTABADIL.--No estoy ahora para acertijos.
MAGDALENA.--Pues oye. Ese mozo es un buen mozo, galante y bien hablado, aunque audaz y... la verdad, me ama con todas las ansias de su gran corazón. Y confiando en nuestra hospitalidad, duerme como un bendito. No le matemos, hermano.
BLANCA.--¡Cielos!
SALTABADIL (_sacando de un baúl un saco de lona y dándoselo á su hermana_).--Recose cuanto antes este saco.
MAGDALENA.--¿Para qué?
SALTABADIL.--Para meter un cadáver y echarlo al río.
MAGDALENA.--Pero...
SALTABADIL.--No me repliques, Magdalena. Si te escuchara, no mataríamos á nadie. Compón el saco y no te metas en lo demás.
BLANCA.--¡Qué pareja! ¿No es el infierno lo que veo?
MAGDALENA.--Obedezco... Pero hablemos como buenos hermanos.
SALTABADIL.--Enhorabuena.
MAGDALENA.--¿Le tienes algún odio á ese caballero?
SALTABADIL.--¿Yo? Al contrario; es un capitán, y estimo á los hombres de espada... ¡como soy uno de tantos!...
MAGDALENA.--Pues matar á un real mozo por dar gusto á un maldito jorobado es una necedad.
SALTABADIL.--Yo he recibido de un jorobado por matar á un buen mozo, lo cual me importa poco á mí, diez escudos de oro á toca-teja, y recibiré otros diez al entregar el cadáver.
[Ilustración: _Magdalena y Saltabadil._]