Part 5
—Mi segundo deseo, voy a confiárselo. Hubiera querido, era demasiada ambición, ser amado..., pero amado... Era antes del baile cuando lo deseaba; no sigo el orden cronológico... Hubiera querido ser amado por una mujer que me hubiera preferido a un baile —el más peligroso de todos los rivales—; por una mujer a quien hubiese podido ir a ver con las botas sucias, en el momento en que se dispusiese a montar en coche para ir al baile. Estaría elegantemente vestida y me diría: «Nos quedaremos». Pero esto era una locura. No se deben pedir cosas imposibles.
—¡Qué malo es usted! ¡Siempre las observaciones irónicas! Nada encuentra indulgencia en usted. Es usted implacable con las mujeres.
—¡Yo! ¡Dios me libre! De mí mismo es de quien me lamento. ¿Es hablar mal de las mujeres sostener que prefieren una noche agradable... a quedarse a solas conmigo?
—¡Un baile! ¡Un traje elegante!... ¡Ah! ¡Dios mío!... ¿A quién le gusta un baile ahora?
No pensaba en defender a todo su sexo de tales acusaciones; creía escuchar el pensamiento de Darcy, y la pobre mujer no escuchaba más que su propio corazón.
—A propósito de trajes y de baile, ¡qué lástima que no estemos en carnaval! He traído un traje de mujer griega admirable, y que le sentaría a usted a maravilla.
—Hágame usted un dibujo para mi álbum.
—Con mucho gusto. Verá usted qué progresos he hecho desde la época en que emborronaba muñecos sobre la mesa de té de su madre. A propósito, señora; tengo que felicitarle; esta mañana me han dicho en el ministerio que el señor de Chaverny iba a ser nombrado gentilhombre de cámara. Me he alegrado mucho.
Julia se estremeció involuntariamente.
Darcy prosiguió sin advertir este movimiento.
—Permítame usted que desde este momento solicite su protección... Pero, en el fondo, no estoy muy contento de su nueva dignidad. Temo que se vea usted obligada a vivir en Saint-Cloud durante el verano, y entonces tendré menos a menudo el honor de verla.
—Jamás iré a Saint-Cloud —dijo Julia con voz muy conmovida.
—¡Oh! Mucho mejor, pues París, como ve usted, es el paraíso, de donde es menester salir solo para ir a comer de vez en cuando en casa de la señora Lambert, a condición de volver por la noche. ¡Qué fortuna la suya, señora, vivir siempre en París! Yo, que no estaré aquí acaso más que por poco tiempo, no tiene usted idea de lo dichoso que me siento en el pequeño cuarto que mi tía me ha dado. Y usted, según me han dicho, vive en el barrio Saint-Honoré. Me han indicado su casa. Debe usted tener un jardín delicioso, si la manía de construir no ha cambiado ya sus avenidas en tiendas.
—No; mi jardín está todavía intacto, gracias a Dios.
—¿Qué día recibe usted, señora?
—Estoy en casa casi todas las noches. Tendría mucho gusto en que viniese usted a verme algunas veces.
—Usted ve, señora, que me conduzco como si nuestra antigua «alianza» subsistiese todavía. Me invito a mí mismo sin ceremonia y sin presentación oficial. Usted me perdonará, ¿verdad? No conozco en París más que a usted y a la señora Lambert. Todo el mundo me ha olvidado; pero estas dos casas son las únicas que he recordado con sentimiento en mi destierro. Su salón, sobre todo, debe de ser delicioso. ¡Usted elige tan bien sus amigos!... ¿Se acuerda usted de los proyectos que en otro tiempo hacía para cuando fuese ama de casa? Un salón inaccesible a los fastidiosos; música algunas veces, siempre conversación, y hasta muy tarde; nada de gentes con pretensiones, un pequeño número de personas que se conocen perfectamente y que, por tanto, no procuran mentir ni causar efecto. Dos o tres mujeres simpáticas además (es imposible que sus amigas no lo sean), y su casa es la más agradable de París. Sí; es usted la más dichosa de las mujeres y hace usted felices a todos los que la rodean.
Mientras hablaba Darcy, Julia pensaba que esta dicha, descrita por él con tanta vivacidad, hubiese ella podido alcanzarla de haberse casado con otro hombre... Con Darcy, por ejemplo. En lugar de este salón imaginario, tan elegante y tan agradable, pensaba en las gentes fastidiosas que Chaverny le había llevado. En vez de las conversaciones tan alegres, recordaba las escenas conyugales como la que le había conducido a P... Se veía desdichada para siempre, atada de por vida a un hombre hacia quien sentía odio y desprecio; mientras aquel a quien encontraba el más amable del mundo, aquel a quien hubiese querido encomendar el cuidado de hacerla dichosa, debía ser siempre un extraño para ella. Su deber era esquivarlo, separarse de él... y estaba tan cerca de ella que el revés de su traje estrujaba las mangas de su vestido.
Darcy continuó pintando los placeres de la vida de París con toda la elocuencia que le daba una larga privación. Julia entretanto sentía correr las lágrimas a lo largo de sus mejillas. Temblaba a la idea de que Darcy lo advirtiese y la fuerza que se hacía acrecentaba la violencia de su emoción. Se ahogaba; no se atrevía a hacer un movimiento. Al fin, se le escapó un sollozo, y todo fue perdido. Cayó con la cabeza entre las manos, medio sofocada por las lágrimas y la vergüenza.
Darcy, que estaba bien lejos de esperar tal cosa, se quedó muy asombrado. Por un momento la sorpresa selló su boca; pero como los sollozos redoblaban, creyose obligado a hablar y a preguntar la causa de aquel llanto tan repentino.
—¿Qué tiene usted, señora? Por Dios, señora, respóndame usted: ¿qué le ocurre?
Y como, la pobre Julia, a todas estas preguntas apretaba con más fuerza el pañuelo sobre sus ojos, cogiole la mano y, apartando suavemente el pañuelo:
—Señora, por favor —dijo con un tono de voz alterado que penetró a Julia hasta el fondo del corazón—. Por favor, ¿qué tiene usted? ¿Le habré ofendido involuntariamente? Me desespera usted con su silencio.
—¡Ah! —exclamó Julia no pudiendo contenerse más—. ¡Soy muy desgraciada!
Y sollozó con más fuerza.
—¡Desgraciada! ¿Cómo?... ¿Por qué?... ¿Quién puede hacerla desgraciada? Respóndame usted.
Hablando así, estrechábale las manos y su cabeza tocaba casi a la de Julia, que lloraba en lugar de responder. Darcy no sabía qué pensar; pero le conmovían sus lágrimas. Sentíase rejuvenecido en seis años, y comenzaba a entrever que en un porvenir que no se había presentado aún a su imaginación, podría bien pasar del papel de confidente a otro más elevado.
Como se obstinase en no responder, Darcy, temiendo que se pusiese mala, bajó uno de los cristales del coche, desató las cintas del sombrero de Julia, apartó su capa y su chal. Los hombres resultan torpes para estos menesteres. Quería mandar detener el coche en una aldea. Llamaba ya al cochero, cuando Julia, cogiéndole por el brazo, le suplicó que no hiciese parar, y le aseguró que se sentía mucho mejor. El cochero no había oído nada, y continuaba dirigiendo sus caballos hacia París.
—Pero le ruego, querida señora de Chaverny —dijo Darcy, volviendo a tomar una mano que había abandonado un momento—, le suplico, dígame, ¿qué tiene usted? ¡No comprendo cómo he podido tener la desdicha de haberle lastimado!
—¡Ah! ¡No es usted! —exclamó Julia.
Y le estrechó un poco la mano.
—Pues bien, dígame: ¿quién puede hacerla llorar así? Hábleme usted con confianza. ¿No somos antiguos amigos? —añadió sonriendo y estrechando a su vez la mano de Julia.
—Usted me hablaba de la felicidad de que me creía rodeada... ¡Y esa felicidad está tan lejos de mí!
—¡Cómo! ¿No tiene usted todos los elementos de la felicidad?... Es usted joven, rica, bonita... Su marido ocupa un rango distinguido en la sociedad...
—¡Lo detesto! —exclamó Julia fuera de sí—. ¡Lo desprecio!
Y escondió su rostro en el pañuelo, sollozando más fuerte que nunca.
—¡Oh!, ¡oh! —pensó Darcy—, esto se pone muy serio.
Y aprovechando con destreza todas las sacudidas del coche para acercarse más a la desdichada Julia:
—¿Por qué —le decía con la voz más dulce y más tierna del mundo—, por qué afligirse de ese modo? Un ser que usted desprecia ¿ha de ejercer tan grande influencia sobre su vida? ¿Por qué le permite que él solo envenene su vida? ¿Es a él a quien debe usted pedir esa felicidad?...
Y le besó la punta de los dedos; mas como ella retiró en seguida su mano con terror, temió haber ido demasiado lejos... Pero decidido a ver el fin de la aventura, le dijo suspirando de una manera bastante hipócrita:
—¡Cuánto me he engañado! Cuando supe su matrimonio, creí que el señor de Chaverny le agradaba realmente.
—¡Ah!, señor Darcy, ¡nunca me ha conocido usted!
El tono de su voz decía claramente: Siempre le he amado y usted no ha querido darse cuenta. La pobre mujer creía en este momento, con la mejor fe del mundo, que había siempre amado a Darcy, durante los seis años transcurridos, con tanto amor como sentía por él en este momento.
—¡Y usted! —exclamó Darcy animándose—, usted señora, ¿me ha conocido alguna vez? ¿Ha sabido usted cuáles eran mis sentimientos? ¡Ah!, si me hubiese usted conocido mejor, ahora seríamos sin duda felices uno y otro.
—¡Qué desdichada soy! —repitió Julia con llanto redoblado y apretándole la mano con fuerza.
—Pero aun cuando me hubiese usted comprendido, señora —continuó Darcy con la expresión de melancolía irónica que le era habitual—, ¿de qué hubiese servido? Yo carecía de fortuna; la de usted era considerable. Su madre me hubiese rechazado con desdén. Estaba de antemano condenado. Usted misma, sí, usted, Julia, antes que una fatal experiencia, no le hubiese mostrado dónde está la verdadera dicha, se hubiese reído de mi presunción, y un coche reluciente, con una corona de conde en las portezuelas, hubiese sido entonces, sin duda, el medio más seguro de agradarle.
—¡Oh, Dios mío! ¡Y también usted! ¿Nadie tendrá compasión de mí?
—¡Perdóneme, mi querida Julia! —exclamó muy conmovido él también—; perdóneme, se lo suplico. Olvide estos reproches. No, no tengo yo derecho a hacérselos. Soy más culpable que usted... No he sabido apreciarla. La he creído débil como las mujeres del mundo en que vivía; he dudado de su valor, querida Julia, y ¡me veo cruelmente castigado por ello!
Besaba con ardor sus manos, que ella no retiraba ya; iba a abrazarla sobre su pecho... pero Julia le rechazó con una viva expresión de terror y se alejó de él todo lo que podía permitirle el espacio del coche.
Entonces Darcy, con una voz cuya misma dulzura hacía más patética la expresión:
—Dispénseme usted, señora, me había olvidado de París. Ahora me acuerdo que aquí se va al matrimonio, pero que no se ama.
—¡Oh!, sí, yo le amo —murmuró ella sollozando—; y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Darcy.
Darcy la apretó sobre sus brazos con efusión, procurando detener sus lágrimas con besos. Ella procuró aún sustraerse a su abrazo, pero este esfuerzo fue el último que intentó.
XII
Darcy, se había engañado sobre la naturaleza de su emoción. Hay que decirlo: no estaba enamorado. Había aprovechado una buena fortuna, que parecía venírsele encima y que merecía que no se la dejase escapar. Por otra parte, como todos los hombres, era mucho más elocuente para pedir que para dar las gracias. Pero, con todo, era hombre educado, y la educación desempeña a veces el papel de sentimientos más respetables. Pasado el primer movimiento de embriaguez, vertía en los oídos de Julia frases tiernas que componía sin excesivo esfuerzo, acompañándolas con numerosos besos en las manos, que le dispensaban de otras tantas palabras. Veía sin pena que el coche estaba ya a la entrada de París y que dentro de pocos minutos iba a separarse de su conquista. El silencio de la señora de Chaverny, el anonadamiento en que parecía sumida, hacían difícil y aun fastidiosa, si puedo atreverme a decirlo, la posición de su nuevo amante.
Ella estaba inmóvil, en un rincón del coche, apretando maquinalmente el chal contra su seno. No lloraba ya; sus ojos estaban fijos, y cuando Darcy le tomaba la mano para besársela, esta mano, no bien abandonada, volvía a caer sobre sus rodillas como muerta. No hablaba, apenas escuchaba; pero una multitud de pensamientos desgarradores se presentaban de golpe a su espíritu, y, si quería expresar uno, al momento venía otro a cerrarle la boca.
¿Cómo traducir el caos de estos pensamientos, o más bien de estas imágenes que se sucedían con tanta rapidez como los latidos de su corazón? Creía escuchar en sus oídos palabras sin enlace y sin continuidad; pero todas con un sentido terrible. Por la mañana había acusado a su marido, era vil a sus ojos; ahora ella era cien veces más despreciable. Le parecía que su vergüenza era pública. La querida del duque de H*** la rechazaría a su vez. — La señora Lambert, todos sus amigos, no querrían verla más. — ¿Y Darcy? — ¿La amaba? —Apenas la conocía. — La había olvidado. — No la había reconocido de pronto. — Acaso la había encontrado muy cambiada. — Estaba frío con ella. — El golpe de gracia. — Su pasión por un hombre a quien apenas conocía, que no le había mostrado amor... sino solo cortesía. — Era imposible que la amase. — Y ella misma, ¿le amaba? — No, puesto que se había casado cuando apenas acababa de partir.
Al entrar el coche en París, los relojes daban la una. A las cuatro había visto a Darcy por primera vez. — Sí, «visto»; no podía decir «vuelto a ver»... Había olvidado sus facciones, su voz; era un extraño para ella... ¡Nueve horas más tarde era su amante!... Nueve horas habían bastado para esta singular fascinación... habían bastado para que quedase deshonrada a sus propios ojos, a los ojos de Darcy mismo; pues ¿qué podía él pensar de una mujer tan débil? ¿Cómo no despreciarla?
A veces la dulzura de voz de Darcy, las palabras tiernas que le dirigía, la reanimaban un poco. Entonces se esforzaba en creer que realmente sentía el amor de que le hablaba. No se había rendido tan fácilmente. — Su amor venía de mucho tiempo atrás, cuando Darcy la había abandonado. — Darcy debía saber que ella no se había casado más que por el despecho que su partida le había hecho sentir. — La culpa estaba de parte de Darcy. — Con todo, él la había amado durante su larga ausencia, y a su vuelta había tenido la dicha de encontrarla tan constante como él. — La franqueza de su confesión, su debilidad misma, debían agradar a Darcy, que detestaba el disimulo. — Pero lo absurdo de estos razonamientos le saltaba pronto a la vista. — Las ideas consoladoras se desvanecían y quedaban presa de la vergüenza y la desesperación.
Hubo un momento en que quiso expresar lo que sentía. Acababa de imaginarse que se hallaba proscrita por la gente, abandonada por la familia. Después de haber ofendido tan gravemente a su marido, su altivez no le permitía volverlo a ver jamás. «Darcy me ama —se dijo—; yo solo a él puedo amar. Sin él no puedo ser dichosa. Seré feliz en todas partes con él. Vamos juntos a cualquier sitio donde jamás pueda ver una cara que me haga sonrojarme. Que me lleve con él a Constantinopla...».
Darcy estaba a cien leguas de adivinar lo que pasaba en el corazón de Julia. Había observado que entraban en la calle donde vivía la señora de Chaverny y se ponía sus guantes con mucha sangre fría.
—A propósito —dijo—, es preciso que sea presentado oficialmente al señor de Chaverny... Supongo que seremos pronto buenos amigos. Presentado por la señora Lambert, estaré en buena situación en tu casa. Mientras tanto, puesto que está en el campo, ¿puedo volverte a ver?
La palabra expiró en los labios de Julia. Cada palabra de Darcy era una puñalada. ¿Cómo hablar de fuga, de rapto, a este hombre tan tranquilo, tan frío, que solo pensaba en arreglar sus relaciones para el verano de la manera más cómoda? Rompió con rabia la cadena de oro que llevaba al cuello y retorció los anillos entre los dedos. El coche se detuvo a la puerta de la casa que habitaba. Darcy se mostró muy solícito para arreglarle el chal sobre los hombros, para colocar su sombrero de un modo conveniente. Cuando se abrió la portezuela, le presentó la mano del modo más respetuoso, pero Julia se arrojó del coche sin querer apoyarse en él.
—Le pediría permiso, señora —dijo inclinándose profundamente—, para venir a preguntar por usted.
—¡Adiós! —dijo Julia con voz ahogada.
Darcy volvió a su cupé y mandó que le condujesen a su casa, silbando con el aire de un hombre muy satisfecho de la jornada.
XIII
No bien en su cuarto de soltero, Darcy se puso una bata turca, calzó sus chinelas y cargando de tabaco de Latakié una larga pipa, cuyo tubo era de cerezo de Bosnia con boquilla de ámbar blanco, se puso en disposición de saborearla arrellenándose en una gran butaca guarnecida de tafilete y convenientemente rellena. A las personas que se asombren viéndole en esta vulgar ocupación, cuando quizá hubiese debido soñar más poéticamente, responderé que una buena pipa es útil, si no necesaria, para el ensueño, y que el verdadero medio de saborear bien una dicha, es asociarla a otra dicha. Un amigo mío, hombre muy sensual, no abría nunca una carta de su amante sin haberse quitado la corbata, atizado el fuego si era invierno y echarse sobre un cómodo sofá.
—En verdad —se dijo Darcy— hubiera sido un imbécil si, siguiendo el consejo de Tyrrel, hubiese comprado una esclava griega para traerla a París. ¡Caramba!; hubiera sido, como decía mi amigo Haleb-Effendi, llevar higos a Damasco. Gracias a Dios, la civilización ha marchado de prisa durante mi ausencia, y no parece que la rigidez sea llevada a la exageración... ¡Ese pobre Chaverny!... ¡Ah! ¡Ah! Sin embargo, si hace algunos años hubiese sido lo bastante rico, me hubiese casado con Julia, y acaso sería Chaverny quien la hubiese acompañado esta noche. Si alguna vez me caso, haré revisar a menudo el coche de mi mujer, para que no tenga necesidad de caballeros andantes que la saquen de los atascos... Veamos, recordemos. De cualquier manera, es una mujer muy bonita, simpática, y si yo no fuese tan viejo como soy, ¡me podría permitir creer en mi propio mérito!... ¡Ah! ¡Mi prodigioso mérito! ¡Ay! ¡Ay! Dentro de un mes, acaso mi mérito estará a la altura del de ese señor de los bigotes... ¡Ah! ¡Hubiese querido que aquella pequeña Nastasia, a quien he amado tanto, supiese leer y escribir y pudiese hablar de las cosas con las gentes educadas, pues creo que es la única mujer que me ha querido!... ¡Pobre muchacha!...
Su pipa se apagó y en seguida se quedó dormido.
XIV
Al entrar en sus habitaciones, Julia recogió todas sus fuerzas para decir con aire natural a su doncella que no la necesitaba y que la dejase sola. En cuanto hubo salido la muchacha, se arrojó sobre el lecho y se puso a llorar con más amargura, ahora que se encontraba sola, que cuando la presencia de Darcy la obligaba a reprimirse.
La noche tiene ciertamente una influencia muy grande, tanto sobre las penas morales como sobre los dolores físicos. Da a todo un tono lúgubre, y las imágenes que de día serían indiferentes y aun risueñas, nos inquietan y nos atormentan por la noche, como espectros que solo tienen poder en las tinieblas. Parece como si durante la noche redoblase su actividad el pensamiento y perdiese la razón su imperio. Una especie de fantasmagoría interior nos turba y nos espanta, sin que tengamos fuerza para apartar la causa de nuestros terrores o para examinar fríamente su realidad.
Representaos a la pobre Julia echada sobre el lecho, medio vestida, agitándose sin cesar, tan pronto devorada por un calor ardiente como helada por un escalofrío agudo, estremeciéndose al menor crujido de las maderas y escuchando distintamente los latidos de su corazón. De su posición solo conservaba una angustia vaga, cuya causa buscaba en vano. Después, súbitamente, el recuerdo de esta noche fatal pasaba por su espíritu, rápido como un relámpago, y con él despertaba un dolor vivo y penetrante como el de un hierro enrojecido en una herida cicatrizada.
Tan pronto miraba la lámpara, observando con atención estúpida todas las vacilaciones de la llama, hasta que las lágrimas que se amontonaban en sus ojos, no sabía por qué, le impedían ver la luz.
—¿Por qué estas lágrimas? —se decía—. ¡Ah! ¡Estoy deshonrada!
Tan pronto contaba las borlas de las cortinas del lecho, sin que pudiese nunca retener su número.
—¿Qué locura es esta? —pensaba—. ¿Locura? Sí, porque hace una hora me he entregado como una miserable cortesana, a un hombre a quien no conozco.
Después seguía con mirada vaga la aguja del reloj, angustiada, como condenado que ve aproximarse la hora de su suplicio. De repente, el reloj daba la hora.
—¡Hace tres horas —decía estremeciéndose con sobresalto— estaba con él, y estoy deshonrada!
Pasó toda la noche en esta agitación febril. Al amanecer abrió la ventana, y el aire fresco y vivo de la mañana le produjo cierto alivio. Inclinándose sobre la balaustrada de la ventana que caía sobre el jardín, respiraba el aire frío con una especie de voluptuosidad. El desorden de sus ideas disipose poco a poco. A las vagas torturas, al delirio que la agitaban, sucedió una desesperación intensa que relativamente resultaba un reposo.
Era preciso tomar una decisión. Dedicose entonces a buscar lo que debía hacer. No se detuvo un momento en la idea de volver a ser de Darcy. Esto le parecía imposible; se hubiera muerto de vergüenza al verle delante. Debía abandonar París, donde, dentro de dos días, todo el mundo la señalaría con el dedo. Su madre estaba en Niza; iría a juntarse con ella; le confesaría todo, y después de haberse desahogado en su seno, solo le restaba una cosa: buscar algún lugar desierto en Italia, desconocido de los viajeros, donde iría a vivir sola y a morir en seguida.
Una vez tomada esta resolución, sintiose más tranquila. Sentose delante de una mesita frente a la ventana, y con la cabeza entre las manos, lloró, pero esta vez sin amargura. La fatiga y el abatimiento vencieron al fin, y se durmió, o más bien, dejó de pensar durante una hora próximamente. Despertose con escalofríos de fiebre. El tiempo había variado, el cielo estaba gris, y una lluvia fina y glacial anunciaba frío y humedad para el resto del día. Julia llamó con la campanilla a su doncella.
—Mi madre está enferma —le dijo—; tengo que salir inmediatamente para Niza. Arregle usted una maleta; quiero salir dentro de una hora.
—Pero señora, ¿qué tiene usted? ¿No está usted mala? ¡La señora no se ha acostado! —exclamó la doncella, sorprendida y alarmada por el cambio que observó en el rostro de su ama.
—Quiero partir —dijo Julia con tono impaciente—; es absolutamente preciso que salga. Prepáreme usted una maleta.
En nuestra civilización moderna no basta un simple acto de voluntad para ir de un sitio a otro. Hay que hacer paquetes, llevar cajas, ocuparse de cien preparativos enojosos, que bastarían para quitar las ganas de viajar. Pero la impaciencia de Julia abrevió mucho todos estos engorros necesarios. Iba y venía de cuarto en cuarto, ayudaba ella misma a arreglar las maletas, amontonando sin orden gorros y vestidos acostumbrados a que se les tratase con más miramiento. Pero su agitación contribuía más bien a retardar la labor de los criados, que a acelerarla.
—¿La señora ha avisado sin duda al señor? —preguntó tímidamente la doncella.
Julia, sin responderle, cogió papel y escribió:
«Mi madre está enferma en Niza. Voy a su lado».
Plegó el papel en cuatro dobleces, pero no pudo resolverse a ponerle una dirección.
En medio de los preparativos de partida un criado entró:
—El señor de Châteaufort pregunta si la señora está visible; hay también otro señor que ha venido al mismo tiempo, al cual no conozco; pero ha dado esta tarjeta.
Ella leyó:
«E. DARCY, secretario de Embajada».
Apenas pudo contener un grito.
—¡No estoy para nadie! —exclamó—; diga usted que estoy enferma. No diga que voy a salir.