Part 4
»Una vez que me hube secado un poco, nuestro primer cuidado fue, como pueden ustedes imaginárselo, acudir al saco y abrirlo. Nos encontramos con una mujer bastante bonita, un poco gorda, de hermoso pelo negro, y, por todo vestido, con una camisa de lana azul, un poco menos transparente que el chal de la señora de Chaverny.
»Esta mujer salió inmediatamente del saco, y no muy turbada en apariencia, nos dirigió un discurso, muy patético sin duda, pero del cual no comprendimos una palabra; después me besó la mano. Es la única vez, señoras, que una dama me ha hecho este honor.
»Mientras, habíamos recobrado nuestra sangre fría. Veíamos a nuestro truchimán arrancarse la barba como un desesperado. Yo me arreglé la cabeza como mejor pude con mi pañuelo. Tyrrel decía:
»—¿Qué haremos con esta mujer? Si nos quedamos aquí, volverá el marido con refuerzos y nos aplastará; si volvemos a Lárnaca con ella en esta forma, el populacho nos lapidará infaliblemente.
»Tyrrel, confundido con todas estas reflexiones y recobrada ya su flema británica, exclamó:
»—¡Qué demonio de idea ha tenido usted de venir a dibujar hoy!
»Su exclamación me hizo reír, y la mujer, que no había comprendido nada, se puso a reír también.
»Fue preciso, sin embargo, tomar una resolución. Se me ocurrió que lo mejor sería ponemos todos bajo la protección del cónsul de Francia; pero lo más difícil era entrar en Lárnaca. El día declinaba, y fue una circunstancia favorable para nosotros. Nuestro turco nos hizo dar un gran rodeo, y gracias a la noche y a esta precaución, llegamos sin tropiezo a la casa del cónsul, que está fuera de la ciudad. Se me ha olvidado decirles, que habíamos arreglado a la turca una indumentaria, casi decorosa, con el saco y el turbante de nuestro intérprete.
»El cónsul nos recibió muy mal; nos dijo que éramos unos locos; que era preciso respetar los usos y costumbres de los países en que se viaja; que era preciso no poner el dedo entre el árbol y la corteza... En resumen, nos echó una buena reprimenda, y tenía razón, pues lo que habíamos hecho era suficiente para ocasionar un motín violento y una degollina de todos los francos de la isla de Chipre.
»Su mujer fue más humana; había leído muchas novelas y encontraba muy generosa nuestra conducta. De hecho, nos habíamos conducido como héroes de novela. Esta excelente señora era muy devota, y pensó que convertiría fácilmente a la infiel que le habíamos llevado; que esta conversión sería mencionada en el «Monitor», y que su marido sería nombrado cónsul general. En su cabeza quedó instantáneamente dibujado este plan. Besó a la mujer turca, le dio un traje, reprochó al señor cónsul su crueldad y mandó llamar al bajá para arreglar el asunto.
»El bajá vino furioso. El marido de la salvada era un personaje, y estaba echando chispas. Era una ignominia que unos perros de cristianos impidiesen que un hombre como él arrojase su esclava al mar. El cónsul pasó sus apuros; habló del rey su amo, y más aún de una fragata de sesenta cañones que acababa de aparecer en aguas de Lárnaca. Pero el argumento de más efecto fue la proposición que hizo en nuestro nombre de pagar la esclava a justo precio.
»¡Ay! ¡Si ustedes supiesen lo que es el justo precio de un turco! Hubo que pagar al marido, pagar al bajá, pagar al asnero a quien Tyrrel había roto dos dientes; pagar por el escándalo, pagar por todo. ¡Cuántas veces exclamó Tyrrel dolorosamente!:
»—¡Por qué diablos ir a dibujar a orillas del mar!».
—¡Qué aventura, pobre Darcy! —exclamó la señora Lambert—. ¿Allí es, sin duda, donde ha recibido usted esa terrible cicatriz? Levántese usted el pelo, haga usted el favor. ¡Es un milagro que no le hayan rajado la cabeza!
Julia, durante todo este relato, no había apartado la vista de la frente del narrador; por fin preguntó con voz tímida:
—¿Y qué fue de la mujer?
—Es justamente la parte de la historia que no me gusta contar. La continuación es tan triste para mí, que a la hora presente todavía se burlan de nuestra aventura caballeresca.
—¿Era bonita la mujer? —preguntó la señora de Chaverny, ruborizándose un poco.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó la señora Lambert.
—Se llamaba Emineh.
—¿Bonita?...
—Sí, era bastante bonita; pero demasiado gorda y demasiada pintada, según el uso de su país. Es preciso mucha costumbre para apreciar los encantos de una belleza turca. Emineh fue, pues, instalada en casa del cónsul. Era mingreliana, y dijo a la señora C***, la mujer del cónsul, que era hija de un príncipe. En aquel país, todo granuja que manda a otros diez granujas es un príncipe. Se le trató, pues, como a princesa; comía en la mesa, comía como cuatro, y cuando se le hablaba de religión solía dormirse. Esto duró algún tiempo. Por fin se fijó día para el bautismo. La señora C*** se designó para madrina, y quiso que yo fuese padrino con ella. ¡Bombones, regalos y lo demás!... Estaba escrito que esta desgraciada Emineh me arruinaría. La señora C*** decía que Emineh me quería más que a Tyrrel, porque al darme el café siempre me lo derramaba encima. Yo me preparaba para el bautismo con compunción verdaderamente evangélica, cuando la víspera de la ceremonia la bella Emineh desapareció. ¿Habré de decírselo todo a ustedes? El cónsul tenía de cocinero a un mingreliano que ciertamente era un granuja, pero que hacía admirablemente el «pilaf». Este mingreliano había agradado a Emineh, que tenía, sin duda, un patriotismo a su manera. La raptó, y al mismo tiempo le llevó a la señora una cantidad bastante considerable, que jamás volvió a recuperar. El asunto costó al cónsul su dinero, a su mujer el ajuar que había dado a Emineh y a mí los bombones, sin contar los golpes que había recibido. Lo peor es que me hicieron responsable en cierta manera de la aventura. Pretendían que era yo quien había libertado a aquella maldita mujer, a la que yo hubiese querido ver en el fondo del mar, y que había traído tantas desgracias sobre mis amigos. Tyrrel supo escurrir el bulto. Fue considerado como una víctima, siendo él solo la causa de todo el lío, y yo quedé con reputación de Quijote y la cicatriz que ustedes ven, que perjudica mucho a mis éxitos.
Contada la historia, volvieron al salón. Darcy charló algún tiempo con la señora de Chaverny, y fue después obligado a abandonarla para que le presentasen a un joven muy sabio en economía política, que estudiaba para ser diputado y deseaba tener informes estadísticos sobre el Imperio otomano.
X
Julia, después que Darcy la hubo abandonado, miraba con frecuencia al reloj. Escuchaba a Châteaufort distraídamente, y sus ojos buscaban sin querer a Darcy, que charlaba en el otro extremo del salón. Algunas veces él la miraba sin dejar de hablar con el joven de las estadísticas, y ella no podía soportar su mirada penetrante, aunque tranquila. Sentía que había adquirido un imperio extraordinario sobre ella, y no pensaba sustraerse a él.
Por fin pidió el coche, y ya sea intencionadamente, ya por preocupación, lo pidió mirando a Darcy con una mirada que quería decir: «Ha perdido usted una media hora que hubiéramos podido pasar juntos». Darcy continuaba hablando, pero parecía muy fatigado y aburrido del interrogatorio, que no llevaba camino de acabar. Julia se levantó lentamente, estrechó la mano de la señora Lambert y se dirigió hacia la puerta del salón, sorprendida y casi picada, de ver a Darcy continuar en el mismo sitio. Châteaufort estaba cerca de ella y le ofreció su brazo, que ella tomó sin escucharle y casi sin darse cuenta de su presencia.
Atravesó el vestíbulo, acompañada de la señora Lambert y de algunas personas que la acompañaron hasta el coche. Darcy se había quedado en el salón. Cuando se hubo sentado en el coche, Châteaufort le preguntó sonriendo si no tendría miedo de verse sola de noche por los caminos, añadiendo que iba a seguirla de cerca en su tilbury en cuanto el comandante Perrin hubiese acabado su partida de billar. Julia, que se hallaba completamente ensimismada, se despertó al sonido de su voz, pero no había comprendido nada. Hizo lo que toda mujer hubiese hecho en caso semejante: sonrió. Después, con un movimiento de cabeza, dijo adiós a las personas reunidas en la escalinata, y sus caballos la arrastraron rápidos.
Pero precisamente al arrancar el coche, había visto a Darcy salir del salón, pálido, con aire triste y los ojos fijos en ella, como si le pidiese una despedida especial. Partió con el sentimiento de no haberle podido dirigir un movimiento de cabeza para él solo, y hasta pensó que se habría molestado por ello. Ya se le había ido de la memoria que había dejado a otros el cuidado de conducirla al coche; ahora las culpas estaban de su parte, y se las reprochaba como un gran crimen. El sentimiento que había experimentado por Darcy algunos años antes era mucho menos vivo que el que ahora abrigaba. Era que no solo los años habían dado fuerza a sus impresiones, sino que las acrecentaba además toda la cólera acumulada contra su marido. Acaso también la especie de capricho que había sentido por Châteaufort, desde luego completamente olvidado en este momento, la había preparado a abandonarse sin excesivos remordimientos a la pasión mucho más viva que experimentaba por Darcy.
En cuanto a él, sus pensamientos eran de una naturaleza mucho más tranquila. Había encontrado con gusto una mujer bonita que le traía recuerdos felices, y cuya amistad le sería seguramente agradable para el invierno que iba a pasar en París. Pero una vez que no la tenía ya delante, solo le quedaba el recuerdo de algunas horas pasadas alegremente, recuerdo cuya dulzura era, por otra parte, contrarrestada por la perspectiva de acostarse tarde y de recorrer cuatro leguas para hallar su lecho. Dejémosle abandonado a estas ideas prosaicas, envolverse cuidadosamente en su capa y acomodarse a gusto y de lado en su cupé de alquiler, errando en sus pensamientos del salón de la señora de Lambert a Constantinopla, de Constantinopla a Corfú y de Corfú a un sueño ligero.
Querido lector: seguiremos, si gustas, a la señora de Chaverny.
XI
Cuando Julia abandonó el castillo de la señora de Lambert, la noche era horriblemente oscura, la atmósfera pesada y asfixiante. De cuando en cuando, los relámpagos, iluminando el paisaje, dibujaban las siluetas negras de los árboles sobre un fondo anaranjado lívido. La oscuridad parecía redoblar después de cada relámpago, y el cochero no veía la cabeza de sus caballos. Pronto estalló una tempestad violenta. La lluvia que caía, primero en gotas gruesas y raras, se cambió pronto en un verdadero diluvio. Por todos lados el cielo se iluminaba, y la artillería celeste comenzaba a hacerse ensordecedora. Los caballos, asustados, resoplaban fuertemente y se encabritaban en lugar de avanzar; pero el cochero había comido muy bien; su grueso gabán, y sobre todo el vino que había bebido, le impedían temer el agua y los malos caminos. Sacudía enérgicamente su látigo sobre los pobres animales, no menos intrépido que César en la tempestad cuando decía a su piloto: «¡Llevas a César y a su fortuna!». La señora de Chaverny, como no sentía miedo del trueno, no se preocupaba de la tormenta. Se repetía todo lo que Darcy le había dicho, y lamentaba no haberle dicho cien cosas que hubiese podido decirle, cuando de repente fue interrumpida en sus meditaciones por un choque violento que recibió su coche; al mismo tiempo, los cristales saltaron en pedazos y se escuchó un crujido de mal augurio: la carretela se había precipitado en un foso. Julia no sufrió más percance que el miedo. Pero la lluvia no cesaba; una rueda se había roto; los faroles se habían apagado y no se veía por los alrededores una sola casa para guarecerse. El cochero juraba, el lacayo maldecía al cochero y decía pestes de su torpeza. Julia permanecía en el coche preguntando cómo se podría volver a P... o lo que debía hacerse. Pero a cada una de sus preguntas, recibía esta respuesta desesperante.
—¡Es imposible!
En esto, oyose de lejos el ruido sordo de un coche que se acercaba. Pronto el cochero de la señora de Chaverny reconoció, con gran satisfacción suya, uno de sus colegas, con el cual había establecido los fundamentos de una tierna amistad en casa de la señora Lambert y le gritó que se detuviese.
El coche se detuvo y, apenas pronunciado el nombre de la señora de Chaverny, un hombre joven que ocupaba el cupé abrió él mismo la portezuela, y gritando: «¿Está herida?», se echó fuera y se puso de un salto al lado de la carretela de Julia. Ella reconoció a Darcy: le esperaba.
Sus manos se encontraron en la oscuridad, y Darcy creyó sentir que la señora de Chaverny apretaba la suya; pero era probablemente un efecto del miedo. Después de la primera pregunta, Darcy ofreció con naturalidad su coche. Julia no respondió al principio, pues se hallaba muy indecisa respecto al partido que debía tomar. De un lado, pensaba en las tres o cuatro leguas que habría de recorrer a solas con un hombre joven, si quería ir a París; por el otro, si volvía al castillo para pedir hospitalidad a la señora Lambert se estremecía ante la idea de contar el novelesco accidente del coche atascado y del socorro ofrecido por Darcy. Presentarse en el salón en medio de la partida de «_whist_», salvada por Darcy como la mujer turca... no había que pensar en ello. ¡Pero también tres largas leguas hasta París! Mientras, ella flotaba así en la incertidumbre y balbuceaba con bastante torpeza algunas frases triviales sobre la molestia que iba a causar, Darcy, que parecía leer en el fondo de su corazón, le dijo fríamente:
—Tome usted mi coche, señora; yo permaneceré en el suyo hasta que pase alguien para París.
Julia, temiendo mostrar demasiada gazmoñería, se apresuró a aceptar el primer ofrecimiento, pero no el segundo. Y como su resolución fue repentina no tuvo tiempo de decidir de si irían a P... o a París. Estaba ya en el cupé de Darcy, envuelta en su capa, que él se apresuró a darle, y los caballos trotaban vivamente hacia París antes de que hubiese pensado en decir dónde quería ir. Su criado había elegido por ello, dándole al cochero el nombre y la calle de su ama.
Comenzaron la conversación cohibidos. El tono de voz de Darcy era breve y parecía anunciar un poco de mal humor. Julia imaginó que su resolución le había chocado y que la tenía por una gazmoña ridícula. Hasta tal punto se hallaba bajo la influencia de aquel hombre, que se dirigía interiormente vivos reproches y solo pensaba en disipar aquel movimiento de mal humor de que ella se acusaba. El traje de Darcy estaba mojado; lo advirtió, y despojándose inmediatamente de su capa exigió que se cubriese con ella. Entablose con tal motivo un pugilato de generosidad, de donde resultó que, adoptando un término medio, cada uno obtuvo una parte de la capa. ¡Imprudencia enorme que no hubiese cometido sin aquel momento de vacilación que quería hacerse perdonar! Estaban tan cerca uno de otro, que la mejilla de Julia podía sentir el calor del aliento de Darcy. Las sacudidas del coche los aproximaban aun más a veces.
—Esta capa que nos envuelve a los dos, me recuerda —dijo Darcy— las charadas de otro tiempo. ¿Se acuerda usted de haber sido mi Virginia cuando nos pusimos los dos la manteleta de su abuela?
—Sí, y del regaño con que me castigó por eso.
—¡Ah! —exclamó Darcy—, ¡qué tiempo tan feliz aquel! Cuántas veces he pensado con tristeza y gusto en nuestras divinas reuniones de la calle Bellechasse. ¿Se acuerda usted de las hermosas alas de buitre que le ataron con cintas rosas, y el pico de papel dorado que yo le fabriqué con tanto primor?
—Sí —respondió Julia—. Usted era Prometeo y yo el buitre. ¡Pero qué memoria tiene usted! ¿Cómo puede usted acordarse de todas estas locuras? ¡Porque hace tanto tiempo que no nos hemos visto!
—Si me pide usted un cumplido... —dijo Darcy sonriendo y adelantándose de manera que la miraba de frente.
Y con tono más serio:
—En verdad —prosiguió—, no es extraño que haya conservado recuerdo de los más felices momentos de mi vida.
—¡Qué talento tenía usted para las charadas!... —dijo Julia, temiendo que la conversación tomase un giro demasiado sentimental.
—¿Quiere usted que le dé otra prueba de mi memoria? —interrumpió Darcy—. ¿Se acuerda usted de nuestro tratado de alianza en casa de la señora Lambert? Nos habíamos prometido hablar mal de todo el universo; pero en cambio sostenernos mutuamente contra todos... Pero nuestro tratado ha corrido la suerte de casi todos los tratados; no ha sido ejecutado.
—¿Qué sabe usted?
—¡Ay!, imagino que no ha tenido usted muchas ocasiones de defenderme; una vez alejado de París, ¿quién iba a ocuparse de mí?
—De defenderle..., no..., pero de hablar de usted a sus amigos...
—¡Oh, mis amigos! —exclamó Darcy con sonrisa algo melancólica—, no los tenía en aquella época o, por lo menos, que usted conociese. Los jóvenes que trataba su madre de usted me odiaban, no sé por qué, y en cuanto a las mujeres, pensaban poco en el señor agregado del ministerio de Negocios Extranjeros.
—Es que usted no les hacía caso.
—Es verdad. Nunca he sabido ser amable con personas a quienes no quería.
Si la oscuridad hubiera permitido ver el rostro de Julia, Darcy hubiese podido ver que un vivo rubor se había extendido sobre sus facciones al oír esta última frase, a la cual ella había dado un sentido en que acaso Darcy no pensaba.
De cualquier modo, abandonando el terreno de los recuerdos demasiado bien guardados por una y otro, Julia quiso llevarle a sus viajes, esperando que por este medio se vería dispensada de hablar. El procedimiento resulta casi siempre con los viajeros, sobre todo con los que han visitado un país lejano.
—¡Qué hermoso viaje ha hecho usted! —dijo—, y cuánto siento no haber podido hacer nunca uno parecido.
Pero Darcy no se hallaba en vena narrativa.
—¿Quién es ese joven de bigotes —preguntó bruscamente— que hace poco hablaba con usted?
Esta vez Julia se ruborizó todavía más.
—Es un amigo de mi marido —respondió—, un oficial de su regimiento... Dicen —prosiguió sin querer abandonar su tema oriental— que quien ha visto ese hermoso cielo azul de oriente, no puede ya vivir en otra parte.
—Me ha desagradado horriblemente, no sé por qué... Hablo del amigo de su marido, no del cielo azul... En cuanto a ese cielo azul, señora, ¡Dios le preserve a usted de él! Se acaba por tomarle tal asco a fuerza de verlo siempre lo mismo, que se admiraría como el más bello de los espectáculos una bruma de París. Nada irrita más los nervios, créame usted, que ese cielo azul, que ayer estaba azul y que será azul mañana ¡Si usted supiera con qué impaciencia, con qué desengaño, siempre renovado, se espera ansiosamente una nube!
—Y, sin embargo, usted ha permanecido mucho tiempo bajo ese cielo azul.
—Pero, señora, me era bastante difícil evitarlo. Si hubiese podido seguir nada más que mi inclinación, hubiera vuelto muy de prisa a los alrededores de la calle Bellechasse, después de haber satisfecho el pequeño impulso de curiosidad que deben excitar necesariamente las cosas extrañas de oriente.
—Creo que muchos viajeros dirían lo mismo si fueran tan francos como usted... ¿Cómo se pasa el tiempo en Constantinopla y en las demás ciudades de oriente?
—Allí, como en todas partes, hay varias maneras de matar el tiempo. Los ingleses, beben; los franceses, juegan; los alemanes, fuman, y algunos espíritus inquietos, para variar sus distracciones, corren el riesgo de recibir algún balazo trepando sobre los tejados para atisbar a las mujeres del país.
—A esta última ocupación daría usted probablemente la preferencia.
—Nada de eso. Estudiaba el turco y el griego, cosa que me cubría de ridículo. Cuando había terminado los despachos de la embajada, dibujaba, iba a caballo a las Aguas Dulces, y paseaba por las orillas del mar a ver si venía alguna figura humana de Francia o de cualquier otra parte.
—¿Debía ser un gran placer para usted ver un francés a tan gran distancia de Francia?
—Sí; pero por un hombre inteligente, ¡cuántos mercaderes de quincalla y de cachemira no nos venían!; o, lo que es peor, jóvenes poetas, que, apenas divisaban de lejos a alguien de la embajada, le gritaban: «Lléveme usted a ver las ruinas, lléveme usted a Santa Sofía, condúzcame por las montañas, al mar azul; querría ver los lugares en que Hero suspiraba.» Después, cuando han pescado una buena insolación, se encierran en su cuarto y no quieren ver nada más que los últimos números de «El Constitucional».
—Lo ve usted todo por el lado malo, según su vieja costumbre. ¿Sabe usted que no se ha corregido? Continúa siendo tan burlón como siempre.
—Dígame, señora; ¿no estará permitido a un condenado, que se fríe en una sartén, divertirse un poco a expensas de sus compañeros de fritura? Le aseguro, que no sabe todo lo miserable que es la vida que llevamos por allá. Nosotros, los secretarios de Embajada, nos parecemos a las golondrinas, que no reposan nunca. Para nosotros no existen esas relaciones íntimas que constituyen la felicidad de la vida..., me parece. (Pronunció estas últimas palabras con un acento singular y acercándose a Julia). Desde hace seis años no he encontrado a nadie con quien pudiese cambiar mis pensamientos.
—¿Es que no tenía usted amigos por allí?
—Acabo de decirle que es imposible tenerlos en país extranjero. Había dejado a dos en Francia. El uno, ha muerto; el otro, se encuentra en América, de donde no volverá hasta dentro de algunos años, y si la fiebre amarilla no se queda con él.
—¿De suerte que está usted solo?
—Solo.
—Y la sociedad de las mujeres, ¿cómo es en oriente? ¿No le ofrece a usted ningún recurso?
—¡Oh! Esta parte es la peor de todas. En las mujeres turcas no hay que pensar. De las griegas y las armenias lo mejor que puede decirse en su alabanza es que son muy bonitas. En cuanto a las mujeres de los cónsules y los embajadores, permítame usted que no le hable de ellas. Es una cuestión diplomática, y si dijese lo que pienso, pudiera causarme perjuicio en el ministerio.
—Me parece que no tiene usted mucho cariño a su carrera. ¡Con qué ardor deseaba usted en otro tiempo entrar en la diplomacia!
—No conocía aún el oficio. Ahora quisiera ser inspector de los fangos de París.
—¡Dios mío! ¿Cómo puede usted decir eso? ¡París! ¡El sitio más fastidioso de la tierra!
—No blasfeme usted. Quisiera escuchar su palinodia en Nápoles, después de pasar dos años en Italia.
—Ver Nápoles, es lo que más quisiera en el mundo —respondió ella suspirando...—, siempre que mis amigos estuviesen conmigo.
—¡Oh! Con esa condición yo daría la vuelta al mundo. ¡Viajar con los amigos! Es como si se quedase uno en su salón, mientras pasara el mundo por delante de las ventanas, como un panorama que se desenvuelve.
—¡Pues bien! Si es pedir demasiado, quisiera viajar con uno..., con dos amigos solamente.
—Por mi parte, no soy tan ambicioso; no quisiera más que uno solo, o una sola —añadió sonriendo—. Pero es una dicha que nunca he tenido..., y que no tendré —continuó con un suspiro. Y en tono más alegre—: En verdad he sido poco afortunado. Nunca he deseado vivamente más que dos cosas, y no he podido conseguirlas.
—¿Cuáles eran?
—¡Oh! Nada muy singular. Por ejemplo, he deseado con pasión poder bailar con alguien... He hecho estudios profundos sobre el baile. Me he ejercitado durante meses enteros, solo, para vencer el mareo que nunca dejaba de presentarse, y cuando he llegado a no sufrir ya vértigos...
—¿Y con quién deseaba usted bailar?
—¿Si le dijera que con usted?... Y cuando me había hecho, a fuerza de trabajo, un bailarín consumado, la abuela de usted, que acababa de tomar un confesor jansenista, prohibió el baile por una orden del día que tengo aún sobre el corazón.
—¿Y su segundo deseo?... —preguntó Julia muy turbada.